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Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 7

por Aang
domingo, 09 de noviembre del 2008 a las 18:22

Capitulo 7

 

Aprender a vivir.

 

Un sol blanquizco se adormecía sobre el campo sediento, y un cielo triste parecía reflejarse sobre el llano, donde algunos brotes dispersos anunciaban una temprana primavera.

Juan O'Leary había pasado apenas los difíciles días que le tuvieron en el umbral de la muerte. La barba crecida y los ojos hundidos daban a su rostro esa profunda melancolía de los convalecientes. Su debilidad le había puesto a merced de las piadosas manos que se afanaron por hacerle vivir; y vivía sin saber cómo, ni dónde. Recordaba su torpeza cuando le llevaron de la cama hasta la butaca; dio algunos pasos con las piernas temblorosas, con el cuerpo empapado de su sudor frío, con sus ojos empañados por la impotencia y vergüenza, en tanto que las dos mujeres se esmeraban por sostenerle y le animaban con palabras cordiales y tímidas sonrisas. Aquella cortesía, un poco rígida, un tanto desconfiada, no estaba exenta de ternura.

Lo habían sacado al portal, para que tomara el sol, y desde allí miraba esa misteriosa lejanía que le hablaba de un sitio desconocido y ajeno. Más allá comenzaba la llanura desierta y caliza, como una llama blanca y sucia que requemara las piedras erizadas de espinos.

Muy atrás el perfil adusto de la cordillera que llevaba a las Huastecas, fecundas y alegres.

-San Lorenzo es nuestro santo patrono -le dijo Constancia señalando el horizonte mientras decía-:es un poco triste, ¿sabe?

San Lorenzo era un sitio completamente español, de no haberse encontrado en México. Austero y seco, pero sin molinos de viento ni crepúsculos que lo incendiaran como el  crisol de la llanura manchega, crepúsculos dorados que tenían el alivio de las aspas chirriando al viento. La gente de San Lorenzo debería ser como la gente de Castilla, severa, silenciosa, de pasiones violentas y escondidas, de simple vida y recta cristiandad. El color de la piel era semejante, el yantar muy parco, y la palabra, y la efusión de sentimientos, sobrios como el paisaje, como el agua, como la escasa frescura de la tierra. Gente difícil de entregarse a los efectos, pero leal hasta la muerte cuando daban su amistad o su cariño.

O'Leary se imaginaba a Cayetano Uribe como un Quijote, osado y temerario, cauto  silencioso. Constancia era la Dulcinea de aquella tierra escasa de verdor; era como una flor bajo el cielo, como las alas de algún pájaro o como el espejo del aljibe en que abrevaban los rebaños.

La había contemplado muchas veces frente a él, inclinada la cabeza sobre el labor, el cutis apiñonado y terso, los ojos oscuros sin malicia y los labios risueños y candorosos. Entre todos sus recuerdos no había una imagen como la de esa criatura sorprendentemente nueva, sin nada que lo atara a él y, sin embargo, tan suya. No había en su semblante la huella de otro rostro, y su voz, cuando le hablaba, tenía un dejo de ternura como el arrullo de las tórtolas. Hasta su nombre era tan nuevo que no despertaba nostalgias en su corazón.

-Constancia..., ¿sabes que tienes un nombre muy hermoso?

-Es el de mi madre.

-¿Te parecías a ella?

-Puede ser..., así lo siento cuando me mira Cayetano Uribe.

-¿Qué edad tienes, Constancia?

-Diecisiete años.

¡Qué pocos resultaban sus diecisiete años para el medio siglo que Juan llevaba ya vivido! Constancia podía ser su hija, y se había aferrado a esa idea tratando de salvarse, por lógica, del cariño que le iba naciendo muy dentro, contra su propia voluntad.

A veces sentía la profunda impaciencia de partir y alejarse de ella para siempre, no volver a verla nunca más, arrancársela del sentimiento y olvidarla. Pero volvía a mirarla, retacada y seria, como una estampa de los viejos tiempos, como alguna imagen de los dorados retablos españoles donde las santas llevan sonriendo la palma del martirio.

Y pensaba en Deirdre, libre como los pájaros, impetuosa como el oleaje, fresca como la lluvia, melancólica también como las canciones de su isla, y sin quererlo, la unía a Constancia y la hacía viva en ella, como si volviera a ser joven y renaciera a una vida en la que esperó siempre sin lograrla.

Acushla, Acushla,

Tu dulce voz está llamando

Me llama dulcemente

Una y otra vez

Acushla, Acushla...

 

Había cantado en gaélico, y Constancia le miró atenta, atraída por la profunda nostalgia de aquella antigua y desconocida canción. Juan comprendió su curiosidad y tradujo al castellano las palabras.

-¿Quién es Acushla? -preguntó.

-Eres tu.

Constancia se ruborizó sin saber por qué. Ella se sentía feliz al lado de Juan, tranquila y segura solamente con saberlo cerca.

-Acushla simboliza lo que más amamos, aquella que nos llama donde quiera que estemos, ala que volveremos siempre -dijo Juan.

Constancia bajó los ojos y los fijó nuevamente en su labor, pero sus manos y sus labios temblaban, y para ocultar su turbación, dejó la labor en su regazo y volvió a mirar hacia el campo donde se ahogaban las cigarras.

Ambos guardaron silencio, temerosos de haber dicho algo que pudiera haber sido escuchado por oídos ajenos. En verdad, pensaban en lo mismo: en la barra de la separación, en esa hora implacable que abría de llegar y los apartaría de nuevo. Era tan encantador pasar las horas largas llenas de silencio, del sol, de olor a tierra, de lejanos rumores y sentirse cerca y saber que en esa simplicidad se puede ser inmensamente feliz.

La guerra parecía olvidada; no la mentaban las palabras, pero estaba viva en sus sentimientos.

Juan tenía plena sensación de culpa. En Irlanda, donde había permanecido hasta que con Deirdre pareció haberse agotado su afán de lucha y de libertad, creyó estar al lado de la justicia; en España, a la que salió por la aventura y llevado por el afán de recobrar a Deirdre, creyó también estar al lado de los débiles.  Las revueltas que siguieron a la muerte de Fernando VII convirtieron el país en un caos sangriento, como si todavía Napoleón no hubiera muerto; y en América, Juan se había equivocado de bandera. Le parecía encontrarse arrastrado por un torbellino y todo era confuso, como si una niebla espesa le impidiera hallar el verdadero camino, aunque en el trasmundo de su conciencia intuitivamente tratara de salvar el poco de felicidad que había encontrado. Y esa dicha era Constancia.

Era inútil engañarse. La búsqueda de Deirdre había sido solo un pretexto para salir de Irlanda. Juan no tenía los arrestos de Esteban O'Leary ni la entereza de Dominick O'Flynn. El era como esa juventud de la que su madre abominara tan cordialmente, era de aquellos que llevaban la política de paz a toca costa, cansados de la lucha sostenida por los padres de sus padres, sin rescate posible. Y ya era la hora de encontrarse a sí mismo.

Ahora lo comprendía claramente, y frente a Constancia sentía vergüenza y le parecía que usurpaba un lugar que no le correspondía.

Había llegado la hora de tener limpios el cuerpo y el alma. ¿Pero Dónde estaban las palabras para decir sus culpas? ¿Cómo desengañar a Constancia Uribe de que él era solamente parte del odiado enemigo?

No supo por qué le preguntó:

-¿No llueve nunca?

Constancia volvió el rostro hacia él y le miró otra vez, pero como si rehuyera encontrar sus ojos.

-Llueve muy poco..., pero vemos la tormenta por las Huastecas. -Luego de un momento, casi con severidad interrogó-: ¿Cómo entiende mi idioma y yo no entiendo el suyo?

-¿Te he hablado acaso en mi lengua?

-No, pero cuando estaba enfermo, decía cosas que no podía entenderle..., ¿dónde aprendió el español?

-viví largo tiempo en España.

-Pero usted dijo que no era español.

-Telo dije. Soy Irlandés.

-¿Y que fue a hacer a España?..., ¿Qué vino hacer aquí?

Juan sonrió y dijo señalando con el indice ala muchacha:

-Eres muy curiosa, ¿verdad?

-Si..., me extraña que la gente salga de su tierra y deje su casa y los suyos, ¿para que?

-Para buscar lo que no se encuentra nunca.

Constancia había abandonado por completo la labor en su regazo y escuchaba atenta.

-¿Qué es lo que buscan? -preguntó.

-Algunos, libertad; otros, fortuna.

-¿Y usted?

Juan levantó los hombros con gesto displicente.

-Tal vez un sitio donde poder vivir.

Los ojos de Constancia le miraron con extrañeza.

-¿Y porque no puede vivir entre los suyos?

-Es una historia muy larga y muy triste -dijo Juan, y añadió-: ¿Quieres que me entristezca al contártela?

Ella movió la cabeza negando, pero Juan tuvo la impresión de que no era eso todo lo que ella quería saber.

-¿Qué mas quieres saber de mi ¿ -preguntó.

-El señor cura dice que debemos huir de los herejes todos los que no hablan nuestro idioma ni profesan nuestra santa religión.

-No te preocupes por eso en lo que a mi respecta, hermosa niña -dijo galantemente, como un caballero español-. No hablo tu idioma por nacimiento, pero nací en un pueblo católico, perseguido por su fe... -y al decirlo, le mostró la medalla que colgaba sobre su pecho.

-Ya la había visto -dijo ella-, y a esa medalla le debe la vida. Dice mi padre que detuvo la punta de la bayoneta sobre su pecho...

-La he traído hace años conmigo..., desde que era joven. Fue un regalo de un ser muy querido.

-¿Su madre'

-No...

-¿Su esposa?

-No tengo esposa..., no la tuve nunca -respondió y guardo silencio recordando a Deirdre nuevamente, cuando aquella remota tarde en que colgó sobre su pecho la pequeña imagen de plata, le dijo: "Sé que con ella me recordarás siempre..." ¿Pero porque hablar de Deirdre?, ¿Qué podía importarle esa historia a una curiosa muchacha como Constancia?

-Debe ser triste no tener a nadie, ¿verdad? -dijo ella suspirando conmovida.

-¡Te tengo a ti! -respondió Juan sin reflexionar.

-¿A mí?

Ella fijó entonces sus ojos en la mirada azul, fascinada por las pupilas brillantes, por aquellas palabras, por él mismo y por su propia e inmensa soledad.

-¡A mi! -volvió a decir, pero no ya como una pregunta, sino como una afirmación.

-¿Puedes quererme, Constancia Uribe? -preguntó con voz suave.

-¿Por qué no habría de quererlo? -su voz era suave, inocente, pero firme.

-¿Sabes tú lo que es amar, Constancia? -preguntó Juan tomando entre las suyas las manos de la joven.

-No lo sé, pero imagino que es alegrarse si el amado es feliz, llorar si él sufre; compartir las penas, los trabajos..., y compartirlos para toda la vida...

-Yo no lo habría dicho mejor que tú, Constancia. ¡Y tu has compartido mi desgracia, mi enfermedad y mi pobreza! ¿Es porque me amas?

Se inclino y se llevó a sus labios las manos de Constancia y añadió buscando nuevamente sus pupilas azoradas, como las de una gacela.

-Aunque bien puedes haber sentido piedad por el desconocido que legaba a tus manos.

Constancia movió la cabeza negando, Juan paso sobre sus labios su dedo y agregó:

-Puedes haberme sentido lastima, Constancia, y me cuidaste como se cuida a un animal herido, y te encariñaste con ese pobre ser que era ya más tuyo de lo que se pod´´ia suponer.

-¡Hacía mucho que lo esperaba!

-¿Me esperabas? -preguntó sorprendido Juan.

-Si. Le esperaba. Desde alguna noche en que alguno de los hombres habló del  San Patricio y nos dijo que eran extranjeros que se pasaban del enemigo para pelear por nosotros. Entonces le pedí ala virgen que me lo mandara.

Aquella confesión resultada inesperada y sorprendente. ¿Con que había soldados que abandonaban al ejercito triunfador?..., ¿y con que motivo? Locos deberían de ser para hacerlo así..., Locos o....

-¿Qué más sabes de ellos? -preguntó interesado.

-Nada más, por eso esperé el milagro. La guerra pasa por pueblos alejados y nosotros resentimos sus rigores. ¡Y odiamos a los invasores!

La mirada de Constancia se endureció de pronto.

-Tienen razón -dijo, pero no agrego una palabra más. Su sentimiento de culpa, el haber tomado las armas contra México, era como una muralla que se levantaba entre él y la muchacha, y era una muralla infranqueable, un abismo de odio. Lo decían los ojos ardientes, los labios plegados en un citus de rabia impotente, las manos crispadas.

San Patricio, había dicho. Los soldados extranjeros no podían ser otra cosa que irlandeses que, católicos al fin. No habían visto bien aquella guerra y obedecieron la voz de su conciencia.

Pero también había católicos equivocados como él; y al pensarlo, recordó al padre Anthony Ray, quien aseguraba que tomar las armas contra México no era pelear contra su propia fe, aunque ambos pueblos fueran católicos. De allí la horrible muerte que unos guerrilleros mexicanos dieran al sacerdote.

-¡Maldita guerra! -dijo con voz apagada.

Guardaron silencio mirando hacia el horizonte. Un cielo limpio y desteñido por el poniente parecía tragarse el sol como una moneda redonda y roja. No había nubes que embellecieran el crepúsculo, ni había pájaros que cantaran u buscaran en las ramas de los árboles los nidos de su querencia. No había grillos, ni brumas. Allí seguramente no existirían los lepricorn que hicieran travesuras a los humanos, ni niebla donde guarecieran sus tesoros, ni cuevas húmedas donde danzaran por las noches.

Constancia le miró pensativo  preguntó:

-¿En que piensa?

-En algo tan ajeno... -dijo Juan sonriendo-. Cuando yo era joven todavía, esperaba las noches de luna llena para encontrarme con un lepricorn; son unos hombrecitos que caben en la palma de mi mano...

-¿Y existen de verdad? ¿Son encantados? -los ojos y la voz de Constancia adquirieron una impaciencia casi infantil.

-No los vi nunca..., ¡pero estoy seguro de que existen!

Y la sedujo nuevamente con el encanto de aquella dorada y vieja leyenda; y le describió el paisaje húmedo y lluvioso, sus grandes lagos, sus ríos que cantan, su mar rugiente que se estrella contra los acantilados en el mar de Irlanda, y los duendes verdes que hacen zapatos y a los duendes rojos que se beben la cerveza y tienen mal carácter.

Y se olvidaron de la guerra, y de las amarguras y las hambres, hasta que el cielo de estaño se fue oscureciendo poco a poco y los ángeles de Señor colgaron bajo el oscuro palio sus luceros.

Matilde los encontró así, las manos enlazadas y charlando como niños que se contaran embustes. La luz del farol le daba en los ojos oscuros y penetrantes, como el águila.

Constancia apartó de inmediato sus manos y se levantó.

-Es la hora del rosario -dijo Matilde.

Por el campo se aceleraban las mujeres, los niños de los peones y algunos viejos.

-¿Querrá nuestro huésped llevar el rezo de esta noche? -preguntó con severa malicia entregando a Juan el grueso rosario de cuentas toscas de madera, ensartadas en un cordel, sucio de tanto manejarse.

-Lo rezaré con gusto -dijo esperando que la gente se arrodillara, y al concluirlo exclamó:

-En Irlanda son siempre las mujeres de la casa las que levan el rezo. La autoridad de la mujer es indiscutible en el hogar.

Constancia le miraba desde la noche, donde los luceros parecían ensartarse en sus cabellos.

Así era el hombre que ella había amado anticipadamente a su llegada. Estaba segura de ello, aunque Matilde dijera  que todos los hombres son siempre malvados y perversos. Juan no podía serlo, no podía engañarla ni mentirle.

Sintió que el corazón le palpitaba aceleradamente y que la sangre se agolpaba en sus mejillas.

"¿Quieres dejármelo Virgen Santa, por mucho tiempo..., mientras se acaba la guerra y mi padre vuelve? Sólo así ha de irse nunca..., sólo así se quedara conmigo", rezó fervorosamente.

Le llevó a su cuarto mientras la Matilde caminaba erguida, con el farol alumbrándole los pasos.

Del campo venía una voz remota y melancólica:

Sólo Dios alcanza a ver

lo que hay en el porvenir;

por tanto no has de decir

de esta agua no he de beber.

 

Ya en su lecho, Juan se dejó llevar por el pensamiento de Constancia. Le había mentido, la había engañado..., ¿pero que objeto tenía arrancar la verdad  de su candor? Nunca es tarde para reparar el daño; nunca sería tarde para encontrar a aquellos que se le habían adelantado. Y lo haría, porque tenía esa deuda que pesaba sobre su corazón más que sobre su conciencia. Porque solo así podría ser libre para amarla como nunca hubiera querido a mujer alguna.

Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 6

por Aang
domingo, 09 de noviembre del 2008 a las 04:22

Capitulo 6

 

Constancia Uribe.

 

-La mujer que a mí me gusta la tomo, quiéralo o no, le guste o no...-dijo Pacheco.

Estaban en una de las callejas del pueblo, solitaria y oscura. Constancia tembló, pero saco fuerzas de su propio miedo. Volvió la vista en busca de amparo y no vió a nadie. Estaba a Merced de Macario.

-Te costara muy caro si tocas a la hija de Cayetano Uribe -replicó desconociendo su propia voz.

-No mientras Cayetano este lejos de San Lorenzo -dijo Macario tomándola por las manos hasta hacerle daño. Constancia se volvió furiosa y él comenzó a reír burlesco, mientras decía-: No te asustes, paloma. Yo escogeré la hora y el sitio. Me gusta hacer las cosas como las hacía mi padre bien echas y a la antigua.

Constancia miró los ojos oscuros brillar como ascuas; los dientes blancos y parejos destacarse bajo el bigote, por el rostro hermoso y perverso apenas iluminado por la luz que iba muriendo en un atardecer sangriento. Había logrado desasirse y echó a correr, pero la risa de Macario la perseguía como un demonio que fuera tras sus pasos como una maldición.

-Antes me mato..., antes me mato -dijo jadeante, sintiendo el agitado corazón golpearle el pecho.

Matilde le miró llegar pálida y sobresaltada.

-Cualquiera dirá que has visto un alma en pena -dijo.

-Era el diablo mismo... ¡Macario Pacheco!

-¡Jesús, María y José! -exclamó Matilde levantándose y yendo hacia Constancia.

-¿Te amenazó?

La muchacha afirmó con un movimiento de cabeza.

-No volverás a salir sola, por la señal de la cruz -dijo la vieja besando el sagrado símbolo.

Constancia le relató detalladamente el encuentro. Al concluir, Matilde comentó:

-Con que le gusta hacer las cosas bien echas, como a su padre.

Constancia le miró sorprendida.

-¿Cuándo murió Macario el grande?

-No, niña. Ese no ha muerto. ¡Cuánto diera este infeliz por ser las botas viejas del conde            de Valdespino! El sí que hacía las cosas bien echas; tuvo muchos hijos de muchas mujeres y a ninguno olvidó. Pero éste, el mas despreciable, el mas ridículo, iba ser su castigo, iba a ser la afrenta que no puede levarse porque ya no tiene manos para hacerse justicia. -La voz de Matilde temblaba con extraña emoción, todavía cuando dijo su frase sacramental: ¡Los hombres son malos, todos ellos son la piel de Judas!, había en su voz un asomo de llanto.

Constancia guardó silencio mientras Matilde cerraba los ojos, y los labios le temblaban como si rezara. De pronto interrumpió su oración para decir:

-¿Con que va a escoger hora y sitio? ¡Eso lo veremos, porque para hacerlo tendrá que pasar sobre los huesos de la vieja Matilde!

Le tendió los brazos y se estrechó contra ella, como si en ese momento Matilde estuviera más temerosa que Constancia ante aquella amenaza.

-¿De verdad..., no te gusta?

-No.

-Es Extraño...

-Tal vez..., pero me da miedo.

  • - Es mejor, es preferible que así sea. No volverás a salir sola. Te defenderé de un mal encuentro. Ahora duérmete.

La arropó y apagó la luz. Constancia hubiera jurado que Matilde no dormía. Se levantaron muy temprano. De Palma Sola a San Lorenzo eran dos horas de camino por un llano solitario.

Desde que la guerra había estallado, meses antes, se hablaba mucho, pero muy pocos habían echo lo que hizo Cayetano Uribe al sacrificarlo todo por su patria.

Todavía recordaba Constancia su rostro grave al despedirse:

-No tengo nada que dejarte, sino un hombre honrado y una tierra pobre. Sé que sabrás cuidarlos.

Y los cuidaba con celo, porque algún día la guerra acabaría y Cayetano vendría de nuevo.

Pero nada más lejos de aquellas esperanzas. Desde la toma de Monterrey, las guerrillas comenzaron su verdadera lucha. El territorio no se prestaba para combates enforma, y esto lo sabían los hombres de las guerrillas. El teniente Coronel Cruz consideró a Cayetano como un valioso elemento y le confió las hazañas más peligrosas que el viejo soldado cumplió con valentía y desición.

Desde agua nueva, Las animas, El salado y por Peñasco, La Hedionda y Laguna seca, por valles y desfiladeros, las guerrillas de Cayetano Uribe eran incansables. El numero de heridos hizo que este resolviera a llevar a San Lorenzo a todoslos que pudieran transportarse. Una vida salvada era un hombre sobre las armas, un soldado para intervenir la injusta intervención.

-¿Podrás hacerlo,  Constancia? -preguntó una noche, aquella en que volvía a verla después de su partida.

-Trataré de hacerlo. Pondré mi alma en servir de esta manera.

Cayetano la bendijo y partió, no había tiempo que perder; el enemigo avanzaba implacablemente.

Ni Constancia ni nana Matilde tenían tiempo para preocuparse de los Pacheco. La hedionda estaba alejada, y ellos posiblemente hubieran sentido un impulso generoso y se decidieran por la guerra. En San Luís Potosí, el general Santa Anna adiestraba tropas para salir a combatir a Zacarías Taylor, adueñado de casi todo el norte, mientras los políticos discutían las conveniencias o las desventajas del centralismo o la federación, como si la forma de gobierno fuera más importante que combatir al invasor.

En el afán de ayudar, de ser útil a los hombres que servían a México, Juan O'Leary entró en la vida de Constancia Uribe.

Una noche en que el herido parecía entrar en agonía la joven junto al lecho la pasó rezando casi con histerismo. De pronto creyó escuchar el galope de un caballo y se sobresaltó. No podía permanecer allí sola y ver morir al hombre que casi agonizaba sin más compañía que su escaso valor. Todo podía soportarlo menos eso. Se levantó suavemente y sin ruido cruzó la puerta y salió al portal. Miró hacia la llanura solitaria. El cielo, cuajado de estrellas, le dio un poco de tranquilidad. Penetró en la cocina llevando en la mano un pequeño farol con una vela de sebo que ardía parpadeante y la colocó sobre la mesa. El relincho de un animal afuera de la habitación la puso en guardia, se llevó las manos al pecho sintiendo palpitar su asustado corazón.

-¡No..., Dios mío no lo permitas! -musitó persignándose, recordando la superstición de los rancheros sobre la muerte cabalgando entre la noche.

La puerta se abrió de improviso y apareció en ella Macario Pacheco. Constancia dio un grito al reconocerle. Macario se había levantado el ala del sombrero y avanzaba hacia ella sonriendo burlescamente.

-¿Te acuerdas que te dije que escogería hora y sitio? Entonces hubiera sido imprudente. Estábamos en el pueblo y los hombres del mesón hubieran podido socorrerte. Ahora estás sola y tu plazo se ha cumplido...

Constancia trató de alcanzar la puerta, pero Macario se lo impidió tomándola de los brazos.

-Estás sola...,¿no te das cuenta? Después de esta noche es cuando vas a querer casarte conmigo y no será posible. Nadie podrá obligarme, ¿entiendes?

Constancia le imploró:

-Un hombre esta muriéndose, Macario..., ¿lo dejarás morir sin que encomiende su alma a Dios?

-¿Qué me importa a mi cualquiera? Yo estoy vivo y tú sigues gustándome como antes. ¡Que se muera el que tiene que morir!

Esas palabras tuvieron el poder de despertar en Constancia toda su cólera y su indignación. Con fuerzas desconocidas dio un empellón a Macario que, al tambalearse por lo inesperado del ataque, tropezó con la mesa y la tiró al suelo. La luz se apagó. En la oscuridad sólo se escucho el jadeo de su respiración enfurecida.

-Perra..., maldita perra..., conmigo no vas a jugar ya más -gritó.

Ese breve instante sirvió a Constancia para buscar a tiendas el atizador del fogón y con él entre las manos tembló de miedo y rabia.

-Atrévete a tocarme..., da un paso más y no respondo de mi... -al decirlo, desconoció su propia voz.

Macario, desde su rincón de sombras preguntó:

-Di solamente por qué no me has querido.

-Porque me repugnas. Porque eres malo, como tu padre...

-Y tú eres hipócrita, como el tuyo..., pero yo te dejaré tan humillada como tu me dejaste a mi, ¿te acuerdas?

Se había orientado en la oscuridad y  avanzaba hacia la muchacha pisando los carros rotos, en el piso humedecido por el agua derramada. Constancia casi podía verlo, más bien, presentía dónde estaba por el sonido de su voz.

-Te advierto... ¡No te me acerques! -gritó.

-¿Crees que tengo miedo, chiquita? ¡A mi no me asusta ni el diablo cuantíennos tú!

Estaba como siempre, arrogante y seguro. Constancia sintió sus pasos, su aliento, y levantó el atizador cerrando los ojos mientras decía:

-¡Aver María Purísima!...

Sintió que el atizador había golpeado y escuchó un alarido de  rabia y una maldición:

-Malhaya...

Por la puerta entornada vio salir tambaleante una sombrea, y ella, desfallecida, se dejo caer sobre el piso. Al coraje seguía una sensación angustiosa de miedo. Si Macario volviera, ya no podría defenderse. No encontraba el atizador. Escuchó los cascos del caballo golpear suavemente la tierra y le pareció que se alejaba. Alguien abrió la puerta llevando en las manos un farol que iluminó la revuelta estancia.

-Por los santos varones... ¿Qué sucedió aquí? -preguntó Matilde con sobresalto.

Constancia, apenas pudo, respondió:

-¡Macario Pacheco!

-Hijo de su... -gritó Matilde en el como de si indignación. Constancia no se alarmo siquiera. En esos momentos se sentía a salvo y nada le importaba lo que Matilde hiciera o dijera. La vieja mujer salió a la puerta y gritó en demanda de auxilió. No tardaron en presentarse algunos hombres que no eran sino un remedo de guerrilleros, sin armas, debilitados y heridos.

Matilde se había acercado a Constancia y la sostuvo, la llevo a una silla u mientras los hombres levantaban la mesa y ponían un pocote orden, trataba de consolarla. A la débil luz del farol descubrió una mancha de sangre sobre la tierra suelta de la cocina. Al mismo tiempo la habían visto los hombres.

-¡Lo heriste Constancia!...

Uno de ellos tenía el atizador en las manos.

-¡Vaya si le diste un diablazo, muchacha! -dijo como un general en una acción arriesgada y heroica-. ¡Bien por la chiquilla!

Apenas entonces Constancia se dio cuenta de lo sucedido y preguntó asustada:

-¿Lo habré matado?

-No, mi alma, ¡que bueno fuera! Los muertos no se van a caballo...

Matilde tuvo entonces un ligero presentimiento:

-¿Qué hacías aquí?

Constancia se puso de pie bruscamente.

-Me dio miedo. El extranjero agonizaba y salí a buscarte...

Echo a correr sin importarle la oscuridad y abrió la temblorosa puerta de la habitación. El rostro afilado y pálido tenía los ojos grandemente abiertos y la miró. Ella se acerco temblando y le tomó los las manos, se arrodillo y murmuró:

-No volveré a dejarte..., no, por Dios, así el miedo me mate contigo...

El extranjero cerró sus ojos y ella le miró anonadada. Las manos eran tibias, sudorosas, sacudidas a veces casi imperceptiblemente.

Atrás de ella, Matilde comenzó a rezar el rosario de difuntos. Parecía el fin de todo afán, de tanto esfuerzo, de tanto desvelo. Las voces de los hombres, enronquecidas, salmodiaban el monótono Ruega por él. Nadie sabría jamás el nombre del desconocido. Quedaría allí, en tierra extraña, donde la caridad de los Uribe le darían piadosa sepultura...

En el corazón de Matilde  se revolvieron viejos pesares adormecidos. Un hombre que muere y desaparece..., uno mas entre muchos que se pierden para siempre jamás.

Se arrodilló y ella también tomó entre las suyas las manos del agonizante.

-Ruega por él -dijo mientras pensaba: ruega por este hombre al que dimos piedad siendo extranjero, del que no sabemos ni su nombre. Por lo menos, nuestras manos cerrarán sus ojos y pondremos una cruz sobre su tumba. Permite Señor que esto que hacemos ahora, alguien lo haya echo ayer por el hombre que fue mi marido...

Uno de los hombres la tocó en el hombro y ella volvió la vista hacia él, como si se hubiera olvidado de todo.

-No se va a morir, por lo menos no ahora -le dijo.

El rostro del enfermo parecía inundado de paz. Pero no era la tranquilidad de la muerte; la intensa palidez y los hundidos ojos, tenían algo extraño que inspiraba un poco de confianza.

Constancia, arrodillada todavía, tenía inclinada la cabeza entre las manos y se había dormido, rendida por la fatiga. Matilde sonrió y su rostro duro y áspero, pareció bañarse de una recóndita ternura. Así la sorprendió el amanecer.

Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 5

por Aang
martes, 28 de octubre del 2008 a las 07:07

Hola otra vez, como dije esta vez no tardaré en subir los capitulos y asi lo hize y buneo seguire subiendolos en maximo dos días, para que lo puedan leer mejor. Que disfruten el capitulo el miercoles les dejo el 6... saludos.

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Capitulo 5

 

Llama el amor.

 

Constancia salió ensimismada del cuarto del enfermo. El brillante azul del cielo abierto ante sus ojos, la cegó. Todo parecía radiante es mañana; el eriazo, el aire, las distantes montañas, el agua del aljibe y aquellos ojos hondos, cuya mirada llevaba adentro como cosa suya.

Dejó a un lado la canasta y se sentó sobre el petril de la casa que daba al campo. Necesitaba soledad para poner en paz su agitado corazón. Sentía un dulce temor que la embriagaba y tenía miedo de que Nana Matilde descubriera lo que le ocurría. Estaba enamorada y no quería negárselo ella misma; lo había estado desde que Cayetano Uribe dejó en sus manos aquel cuerpo desgarrado e inconsciente. ¡Si pudiera llorar un poco! El llanto alivia las penas, pero ella no estaba triste, lejos de eso, se sentía turbada por una rara felicidad nunca sentida.

El campo yermo y reseco se extendía a lo lejos. De vez en vez , se escuchaban gritos aislados de algunas mujeres que desempeñaban ahora la ruda tarea de los hombres. El sol caía implacable sobre las espaldas inclinadas, y las agudas hojas de los magueyes se perfilaban altivas retando al sol. Comenzaba a sentirse el bochorno que seguía a las frías madrugadas; y los pájaros anunciando la primavera, que poco se podía advertir en aquel páramo.

Constancia sintió remordimiento por su ocio, hubiera querido dormir profundamente y descansar; olvidarse de la guerra, de las privaciones y las hambres, de su fatiga y, sobre todo, de Macario Pacheco. Quería olvidarlo por completo, como si no hubiera existido nunca, y tal vez por eso se entregaba en cuerpo y alma al trabajo huyéndole a los pensamientos. Ahora precisamente, el maldito recuerdo vino hasta su sueño y la despertó.

Recordó precisa la tarde en que el padre de Macario Pacheco apareció en San Lorenzo, acompañado de su hijo. Constancia había advertido desde tiempo atrás que el muchacho la cortejaba, hasta que un día, en una de las callejas del pueblo vecino, al que fue de compras, le cerró el paso y algo dijo que ella no comprendió del todo.

Macario le parecía insolente y apagado de sí; había en su sonrisa algo de perdonavidas y tenía la arrogancia de esos hombres por quienes las mujeres pierden honor y vergüenza. Apuesto, con buena voz y con dinero, montaba con gallardía y usaba caballos lujosamente enjaezados, acostumbraba hacer alardes en las esquinas de la población, donde todos lo vieran y comentaran por la noche sus actitudes, y eso era demasiado,  ya que de los Pacheco se hablaba bastante mal, por cierto.

El padre era mayordomo de la Hedionda, una hacienda en la que los amos no se presentaban desde que en 1833, los españoles fueron expulsados de México. Dueño y señor de tierras y de vidas, Pacheco no desperdiciaba la oportunidad de humillar y robar, productivas aficiones que había ejercido con anterioridad robando al amo mañosamente, para cobrarse en dinero el precio de su honra, pues se afirmaba que su esposa y el amo eran auténticos padres de su hijo.

Nunca había dado Constancia mayores oídos a los chismes que corrían, porque ni el padre ni el hijo le interesaban ni poco ni mucho; además, Nana Matilde parecía con saña especial y aunque nada sobre ellos hubiera dicho, Constancia había advertido un extraño fulgor en sus ojos cuando se les mencionaba.

Al verlos aquel día en su casa, la muchacha sintió un extraño malestar, pero no esperaba ser ella el objeto de la visita.

Macario Pacheco, tan insolente como su hijo, era vanidoso de su persona y de su fortuna, que sus alardes lo hacían ridículo, porque a fuerza de propalar que "era muy decente y buen cristiano, que su fortuna era echa honradamente", parecía acusarse públicamente de sus descaradas raterías y de sus abusos.

Constancia les introdujo en la estancia, una salita íntima en la que el principal adorno era un altar donde lucían todos los santos patronos de diferentes pueblos vecinos y diversas imágenes de Nuestra Señora en varias advocaciones, todos ellos adornados con flores de oropel, candelabros de cobre pulido y una lámpara que ardía continuamente por el eterno descanso del alma de su madre.

No era ese el sitio que a ella le hubiera gustado llevar a unos visitantes como aquellos. La estancia era su grada por muchos y diversos motivos y creyó que la profanaba la presencia de los Pacheco, pero nunca antes se había visto en semejante dilema. Los amigos, que eran pocos, iban siempre a la cocina y allí prolongaban la charla hasta muy tarde, entre jarro y jarro de café o fumando los apestosos chacuacos que compraban en San Luís Potosí, en "ca de ñor Benito", un buen señor que tenía de todo y para todos, según afirmaba con tal de vender.

Se pasaba la vida entera en la cocina y por eso Matilde y Constancia la tenían alegremente adornada con toda clase de juguetes y jarros de barro vidriado que brillaban de puro limpios, y una enorme tinaja donde se guardaba el agua para el uso corriente. El piso de tierra suelta olía a frescura por las tardes, cuando entre ambas mujeres lo negaban, y ponían sobre la mesa una jarra de vidrio con flores de papel de China que Constancia había aprendido a hacer cuando fue a la doctrina, y allí, naturalmente, había un altarcillo con la imagen de San Pascual Bailón y de los santos varones, patronos en toda necesidad, sobre todo el primero, en las tribulaciones culinarias.

Constancia había titubeado sobre la habitación  correcta en la cual introducir a los visitantes, y pensaba en ello mientras iba en busca de su padre a los corrales.

-¿A qué vendrán? -preguntó mirándola mientras ella le ayudaba a meter los brazos en la chaqueta corta que usaba para siempre desde sus tiempos de guerrillero en la lucha por la independencia.

-¿Saber? -respondió Constancia con clásica pregunta que trata de responder sin hacerlo.

No hablaron más hasta que Constancia les introdujo en la estancia y se disponía a salir sin despedirse. Al advertir su ademán Macario, el padre, indicó:

-Yo me permito rogar a la señorita Constancia que nos honre con su presencia. El asunto que nos trae le interesa a ella directamente... - el timbre de su voz era desagradablemente burlesco o, por lo menos, eso creyó Constancia, que buscó con la mirada los ojos de su padre mientras respondió:

-Si mi padre lo autoriza.

Constancia no hacía nunca nada sin contar con el consentimiento paterno. Se encontraba en todo sometida a él, como lo estuvieron las mujeres de la edad antigua, y nunca había pensado que pudiera tomarse ciertos derechos y determinadas libertades.. No se sentía por ello esclavizada, puesto que adoraba a su padre en quien había fundido el amor maternal, del que careció desde el momento mismo de nacer.

-Si el asunto que trae a estos señores te concierne puedes quedarte, hija mía.

Constancia tomó asiento, los dos pies apoyados sobre el piso, las manos enlazadas en el regazo y los ojos bajos, mirándose con interés la punta del calzado. Creyó que escuchaba mal cuando oyó ponderar a Pacheco todas sus virtudes de muchacha cristianamente educada, seria y formal, digna de ser la esposa de su muchacho. Ellos eran lo bastante ricos para compensar la desigualdad social que existía entre ambas familias. En suma, iba a pedir a Cayetano Uribe la mano de Constancia para su hijo.

Afortunadamente Cayetano sabía ocultar perfectamente bajo su ruda apariencia un carácter firme y tenaz, su reconocimiento de la vida y de la gente, su convicción de que no era el dinero lo que iba a compensar "la desigualdad social de las familias", y respondió sin altanería, pero con firmeza:

-Me permito recordar a usted que en nuestro medio no se acostumbra dotar a los hijas. En este caso, aunque pobres, San Lorenzo es una propiedad particular que me pertenece, que he trabajado y que está libre de hipotecas. Será este rancho el que herede mi hija cuando yo haga falta, no antes, mientras mis manos puedan trabajarla.

Pacheco pareció que mascaba plumas, pero se contuvo y respondió:

-Lo sé muy bien, señor Uribe, y creo que ha dado usted una equivocada intención a mis palabras.

-Usted no midió las suyas..., tal vez -dijo Cayetano mirándole retadoramente.

-Lo acepto y le presento mis excusas.

El lenguaje era demasiado refinado para unos campesinos como ellos, pero Pacheco quería hacer sentir una superioridad que creía tener, y Uribe le demostraba qué el sabí colocarse en el terreno en que lo obligaran.

-Excusado está -dijo con enfado.

-volvamos al tema que nos ha traído -dijo Pacheco tosiendo y revolviéndose en el asiento-. Aspiramos la mano de la señorita Uribe, que posee todas las cualidades de una dama.

Ahora no podía replicar nada Cayetano Uribe, así que miró a Constancia buscando su mirada, pero ésta había enrojecido y permanecía con los ojos bajos, tenazmente fijos en la punta de su calzado.

-¿Ha habido algún convenio entre los jóvenes? -preguntó Cayetano con la voz quebrada, como si  haber descubierto por ajena persona un romance de su hija le hubiera decepcionado profundamente. La pregunta parecía que iba a quedar sin respuesta, hsta que el propio Pacheco tuvo que contestarla.

-Que yo sepa, no, señor Uribe, solamente que a mi me gusta tener las cosas a la antigua..., bien echas.

Muchas palabras se agolparon en la mente de Cayetano, palabras crueles que no se atrevió a decir. Guardó silencio un momento y concluyó:

-Pues lo haremos a la antigua, señor Pacheco. Usted conoce la etiqueta. Yo debo interrogar a mi hija si desea casarse, y quiéralo o no, tendré que darle una negativa la próxima vez que usted venga por acá con sus presentes. No soy hombre que acostumbre sujetarme a convencionalismos tontos, pero es el sistema que usted ha escogido y lo seguiremos. La ultima palabra quedará para que sea Constancia quien lo diga por mi conducto... -Al terminar esta frase, Cayetano se levantó. Fue entonces cuando Constancia le miró asombrada, anonadada casi. La alta y seca figura erguida frente a ellos, la voz firme, profunda y grave, los ojos entrecerrados, como el águila que atisba su presa. ¡Ese era su padre Cayetano Uribe, el temible guerrillero de la independencia, el que secundará, sin preguntar, razones, las órdenes del generalísimo! La mano  áspera tenía entre los dedos la fusta, era una mano de la que Constancia solamente había recibido ternura, pero ¡qué fiera se miraba con las manos levantadas!, como ríos de sangre que se abalanzaban haciendo latir su pulso en apagada cólera. Ese era el hombre que había amado hasta la muerte, porque no otra cosa había sido encerrarse en San Lorenzo y dedicarse  su hija con devota ternura.

Macario Pacheco y su hijo se habían levantado también,  y el padre se despidió sonriendo irónico:

-Fijaremos un plazo razonable..., digamos dos semanas, ¿le parece?

-Digamos dos meses...

-Es largo el plazo -argumentó Pacheco.

-¿Le parece poco lo que ha venido a pedirme?

Pacheco quiso tomarse la libertad de tocar el rostro de Constancia, que permanecía inclinado, pero ella se retiró violentamente mientras él se disculpaba:

-Pero criatura..., si mi sueño dorado es que tú me cierres los ojos -dijo tratando de parecer convincente, entonces le tendió la mano y los dedos de ella apenas rozaron los suyos. Fue un movimiento repulsivo más que tímido.

Una vez que se hubieron ido, Cayetano preguntó:

-¿Ha habido entre tú y el hijo del mayordomo de La Hedionda?

Constancia advirtió que su padre mencionaba intencionadamente el oficio de Pacheco, entonces le miró francamente a los ojos y sonrió abiertamente.

-No papá..., ni me gusta.

-¿No te gusta porque Matilde te haya pervertido, o simplemente porque te no gusta? No creo que sea la clase de hombre que le desagradecería a una mujer -dijo Cayetano sentándose en el petril del corredor. Constancia vino a su lado y le acarició.

-¿Matilde nunca te ha dicho nada sobre ellos?

-Nunca... -Constancia hizo la señal de la cruz y la besó.

Cayetano era ahora el que sonreía.

-Pues si alguna vez dice algo, será mucho, créeme. Ella los conoce bien, ella y todos nosotros, los que sabemos sus porquerías, sus robos, sus... -guardó silencio y luego se levantó violentamente y casi gritó descargando el puño sobre el petril-: ¡Y ese quiere que seas tú quien le cierre los ojos!

-¿Qué es lo que no te gusta de él, papá?

-¿Por qué no te gusta a ti? -preguntó volviendo a sentarse junto a ella y tomándole las manos. Constancia se encogió de hombros.

-No sé..., no podría decirlo.

-¿Presentimiento?

-Tal vez...

_No hay corazón que engañe a su dueño, pero mira bien, Constancia, algún día debes casarte. No quiero dejarte sola, no quiero que causes lástimas como Matilde.

-Pero Matilde -interrumpió Constancia-, Matilde fue casada y perdió al marido.

-Si lo perdió, pero quedó sin amparo, sin nadie que le entendiera la mano, que viera por ella, y seso no es lo que quiero para ti. Por eso aferro a San Lorenzo, por es quiero que te cases -la miró a los ojos y dijo resignado-: con el hombre que tú elijas, solamente mira que sea todo un hombre.

 -Todo un hombre como tú, Cayetano Uribe -dijo ella besándole las manos que soltaron la fusta.

-Constancia... - dijo como un murmullo.

-Dime papá... ¿Me llamas a mi o llamas a mamá?

-Un poco de cada una. Soy hombre de un solo amor Constancia. En la vida y en la muerte solo hubo una mujer para mi.

-Yo también quiero ser amada así, en la vida y en la muerte -dijo ella como un suspiro...

Al cabo de los dos meses convenidos, los Pacheco volvieron a San Lorenzo. Esta vez ya les esperaba Cayetano, que había escrito la fecha en la pared de la cocina con un pedazo de carbón.

 -La llevo estampada en el lama también -comentó con sus amigos, todos ellos vecinos y trabajadores, gente ruda y pobre, pero decidida y enérgica, que no disimularon su admiración ante los hechos.

-Quiere hacerse decente el tal... -dio uno.

-Nada más que la herencia es como el talento, se nace con ellos y se muere sin que nos dejen -respondió otro.

Allí estaba otra vez insistiendo en su propuesta, sin que Cayetano pudiera explicarse qué razones tenían.

La respuesta negativa no parecía desanimar a los Pacheco; es más, la esperaban y decidieron poner otro plazo, "según lo acostumbrado!. Sobre la pequeña mesa de la estancia estaban los presentes que la novia rechazó también, según lo establecido. Un rebozo de Santa María, de eso que pasan por un anillo de puro fino que son; unas arracadas de oro y una mascada de seda. Los Pacheco regresaron con ellos por donde habían venido.

-¿Otros dos meses? -interrogó Pacheco.

-Digamos cuatro -respondió Cayetano.

-Es mucho tiempo.

-Están jóvenes, pueden esperar. Yo no tengo prisa -dijo Cayetano casi furioso.

Pero la tercera vez fue necesario aclarar de una vez por todas la rotunda negativa de Constancia.

-La muchacha no quiere casarse -dijo Cayetano.

-¿Por qué?

-Porque no quiere. Eso es todo y conste que lo advertí desde la primera visita.

-Fue una jugada darnos plazo.

-Una jugada que ustedes quisieron hacerse. Si mal no recuerdo, señor Pacheco, usted dijo que haríamos las cosas a la antigua. Así lo hemos hecho. No hay poder ni ley, ni fuerza legal alguna que me obligue a entregarles a mi hija contra su voluntad -dijo Cayetano con tono decidido.

-La señorita nos desdeña... -replicó Pacheco recogiendo  violentamente los presentes de sobre la mesa y añadió casi entre dientes-: ojalá no le pese algún día habernos echo este desaire.

Constancia, como era lo establecido, había acompañado a su padre en las dos entrevistas, pero sin levantar la vista, exactamente igual a como se comportara la primera vez. Todavía Pacheco insistió acercándose a ella y preguntó:

-dime la verdad, hija mía. ¿No te han forzado a dar la negativa  por contesta? ¿Voluntariamente desdeñas a mi hijo que te quiere tanto y puede hacerte feliz?

Constancia no sabría decir por qué sintió miedo, y persistió en su terca actitud sin levantar los ojos.

-No quiero..., no quiero... -respondió rompiendo su miedo, la timidez que la tenía asida por los cinco sentidos, y entonces levantó la vista y desafió la altiva de los Pacheco.

Mal había acabado la entrevista. No quedó siquiera la atenuante del disimulo, sino la desnudez del despecho.

-Vamos, padre -intervino el hijo-. Ninguna mujer hasta ahora nos había afrentado como la señorita Uribe. Somos muy poco para ella, pero Dios quiera no se arrepienta de haberlo echo...

Cayetano y Constancia los vieron partir. Está ultima vez, para impresionarlos sin duda con los brillos de su fortuna, habían echo la visita con un carruaje de La Hedionda.

-Uno de los coches del amo -dijo Cayetano mirándolos alejarse.

Más tarde, al comentarlo con Matilde, ésta dijo con rabia contenida:

-Bien se cobra el fulano los galanteos de su mujer con el señor de Valdespino. Nadie ha de reclamarle ahora nada si desde antes no o hicieron.

Y la voz de Matilde parecía un comienzo de llanto, de rabia y despecho apretados en la garganta como una tenaza.

Batallon de San Patricio (Patricia Cox). Capitulo 4

por Aang
domingo, 26 de octubre del 2008 a las 03:53

hey hey hey Sonrisa hola a todos de nuevo, aqui una vez mas les dejo el cuarto capitulo de este buen libro del batallon de san patricio, espero qeu lo sigan disfrutando tanto como yo en transcribirlo para ustedes, bueno subiré el proximo capitulo para el miercoles, espero sus COMENTARIOS Lengua fuera. saludos a todos.

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Capitulo 4

Otra patria.

 

Esa mañana, al volver en si, al revivir sus recuerdos, comprendió la grandeza del dolor y la enorme alegría de vivir. Pocas veces se había encontrado tan dentro de si mismo. Un loco torbellino le había arrastrado desde ese día en que Deirdre se alejara para siempre de su lado y la gente le volviera la espalda. Había sido fugitivo de sí mismo, rehuyendo el encuentro de los que fueron sus compañeros, y rechazando el llamado del padre Nolan. Partió para siempre, sin decirle adiós a nadie, sin saber siquiera a donde podía buscar fortuna. Vivía aturdido y humillado y creyó que nunca se aliviaría la herida de su corazón. No sabía por qué recordaba ahora todo aquello. Era como si algo extraño hubiera rebotado lo vivido, como si volviera a beber su copa de amargura. Pero el agua turbia se tranquilizaba lentamente y los sentimientos también.

¡Qué extraña sensación de paz y de nostalgia, tendido sobre un lecho limpio, sin dolor, sin angustia, sin saber siquiera dónde se encontraba!

Juan O'Leary creyó que soñaba, cuando su mirada encontró los risueños ojos negros de una muchacha que le observaba tímidamente; con la sonrisa jugando en los labios entreabiertos. Estaba muy cerca de su lecho, y la joven tenía las manos cruzadas sobre la blancura de las sábanas. Eran manos pequeñas, morenas y así enlazadas, le parecieron a Juan como esos pajarillos parduscos que alegran el campo.

-¡Alabado sea Dios! -exclamó la joven-, por primera vez le veo los ojos limpios, libres de nube que parecía borrarle todo.

Su voz cantarina y alegre sacudió los nervios del herido. La muchacha hablaba en castellano, idioma que O'Leary comprendía, aunque lo hablaba lentamente por su marcado y rudo acento irlandés.

 La joven se incorporó y le toco la frente, bajó sus dedos por su rostro y le rozó la barba crecida. El la dejaba hacer, gratamente satisfecho; tenía la curiosa sensación de haberse convertido en un animalillo mimado y orgulloso.

-Todavía tendrá que estar muy quieto -le reconvino la muchacha amenazándole con el índice-. Sus heridas no están del  todo cerradas; no deberá dar manotazos, ni empujarme las manos cuando le cure... ¡tendrá que portarse como niño bueno para que se alivie pronto!

O'Leary disfrutaba de aquella charla infantil y del ademán de cariño con que la muchacha cumplía sus deberes de enfermera. Cuando ella guardó silencio y se quedó pensativa, el enfermo oyó a los pájaros alborotar afuera.

-¡Ave María Purísima! -exclamó--, ¡es posible que no haya entendido nada de todo lo que he dicho!

O'Leary la miró enrojecer mientras se inclinaba sobre el lecho y sus ojos buscaban su mirada. Había apoyado sus manos muy cerca de la que O'Leary tenía fuera de la sábana, y los dedos largos y fuertes se acercaron a la manecita que permanecía inmóvil.

-Comprendo todo, niña... -respondió oprimiéndola ligeramente.

Ella se asombró de haber sido comprendida. Había oído decir que los extranjeros hablaban un idioma incomprensible y en su inocencia creía que por eso eran herejes y perversos; difícilmente podría olvidar el horror que le causó desde su niñez haber escuchado al Tata Cura en la doctrina hablarles de la Torre de Babel, y pensó que hablar otro idioma que no fuera el suyo significaba ya en sí una maldición.

El enfermo, desde su lecho, la miraba curioso. De pronto se sintió abochornada por los ojos fijos en ella, entre sonrientes y burlones, pero se sobrepuso y haciendo acopio de su ánimo le preguntó:

-¿Es usted Iñaki?

O'Leary sonrió y negó suavemente con un movimiento de cabeza, mientras respondió:

-No..., soy irlandés.

-¿Y allí..., hablan nuestro idioma?

-No. Tenemos lengua propia, pero los ingleses nos obligan a usar la suya.

-Y eso..., ¿dónde queda?

O'Leary hizo un ademán amplio mientras dijo:

-Al otro lado del mar.

Constancia fingía entretenerse con pequeños dobleces que hacía entre sus dedos nerviosos a la sábana cuando preguntó lo que más le interesaba:

-¿Y qué hace usted aquí?

O'Leary se desconcertó y no supo de pronto qué responder. Sus ojos se clavaron en ella y su mirada suplicante y humillada.

-No sé... -respondió confuso-. Pelear..., supongo.

Constancia le miró las manos sin sangre, enflaquecidas y debilitadas, manos que ella había tenido que contener rudamente durante la fiebre, manos que habían sido entre las suyas flores arrancadas de su tallo. Levantó la vista y la fijó en él; un extraño impulso la obligó a callar la pregunta que estaba por hacer.

-¿Peleaba usted por ellos?..., o por nosotros?

Nunca sabría explicarse porqué guardó silencio; jamás quiso decirse a si misma que sabía la verdad. Sabía que había cuidado con esmero a un invasor, a un puerco yanki al que su padre, los guerrilleros y aun ella misma, en un momento dado, hubieran matado sin tentarse el alma.

O'Leary advirtió que ella no parecía feliz, como hacia apenas un momento y, sin embargo, veía que la dominaba esa recóndita ternura con que las madres miraban a sus hijos y las niñas a su muñeca preferida. Era agradable su rostro casi infantil, sus manos breves y morenas, su figura toda menudita y graciosa. Le pareció sentir la impresión de encontrar en ella algo que podía considerar íntimamente suyo como si le perteneciera por un misterioso derecho. La miró por un instante seria, pensativa, y luego adoptó una actitud rotundamente maternal y severa.

-Va a quedarse solo porque tengo mucho qué hacer allí afuera -dijo señalando hacia la puerta entornada-. ¡Nada de hacer imprudencias! -reconvino mientras concluyó-: ¡Fue muy duro pelárselo a la muerte! ¡Cuantas veces me amaneció sentada en este mismo sitio cuidándole las manos para que no se arrancara los vendajes o se quitara las cobijas y cogiera frío... Fue un batallar continuo hasta esta mañana... ¡Y ahora ha salido el sol!

¿Por qué lo dijo? Había habido sol todas las mañanas y allí estaba como siempre, en el cielo desnudo y azul, cayendo sobre el llano donde estallaban las flores amarillas de huisache..., y, sin embargo, creyó firmemente que ese sol no había brillado para ella sino hasta ese día. Se levantó bruscamente de la orilla de la cama y fingió ocuparse de recoger ropas y vasijas que acomodaba en una cesta. Había guardado silencio, pero escuchó al enfermo tararear una canción llena de nostalgia.

Un hombre como él, se dijo, debe tener muchas mañas con las mujeres, Es distinto de nosotros, viene de otro mundo, de otra gente que no habla siquiera nuestro idioma y, sin embargo, aunque quisiera, no podía aborrecerlo, casi le pertenecía, casi era suyo. Y sintió ganas de llorar, sin saber por qué, así como se dejaba llevar sin defensa por encontrados sentimientos, por extrañas  y oscuras sensaciones.

Ella no había conocido más hombres que los rudos rancheros del llano, de esa tierra dura como madrastra a la que había que arrancarle cada grano de maíz, cada mata de fríjol. Las nopaleras y los magueyales crecían arrancado al llano su propia subsistencia. Eran ásperos y hermosos, por lo menos a Constancia le agradaban, y los hombres tenían algo de la llanura, pero eran hombres malos porque todos los hombres son malos, así lo aseguraba Nana Matilde, que la había criado al faltar su madre.

Sintió un ferviente impulso de huir, pero a la vez un extraño sobrecogimiento la retenía. Hubiera querido preguntarle por qué la observaba así, pero hacerlo no estaba permitido en las normas de la buena crianza. Recordó entonces que los dedos del enfermo habían oprimido suavemente su mano, y se turbó más todavía. Acabó por confesarse que algo extraño le ocurría, algo que ella había presentido desde el comienzo, y tal vez por eso pensó con angustia en las palabras de Nana Matilde: "Los hombres son todos malos, muy malos, no lo olvides, Constancia...". Como si escuchara la voz de la mujer, dio media vuelta y lentamente, sin atreverse a mirar de nuevo al  enfermo, salió del cuarto.

O'Leary creyó que con ella se había ido su alivio, su alegría de vivir otra vez, la felicidad de su abandono. Muchas mujeres habían pasado por su vida después de Deirdre, aunque ninguna como ella, hasta esta criatura de quien ignoraba el nombre. A todas las había amado en distinta forma, tal vez en realidad buscaba en ellas a la que dejó en su juventud un agrio sabor de imposibles, y cuyo recuerdo permanecía tan solo adormecido en su corazón.

El despertar de esa mañana había sido como renovar sus sentimientos. Esa niña le invadió de una dulce esperanza, de una deliciosa embriaguez que le llevaba aprisa la sangre por las venas. Juan O'Leary ya no era  joven. Había pasado de los cuarenta hacía ya tiempo, pero tenía hermoso aspecto y los pocos cabellos blancos que resaltaban en su pelo cobrizo, le hacían más seductor; por otra parte, era libre y de espíritu aventurero, sabía charlar y su conversación de su éxito en el mundo femenino, aunque careciera de fortuna.

-Es ridículo -pensó- conmoverse así por esta niña que puede ser mi hija. -Trató de justificarse ante él mismo explicándose: la debilidad reduce al individuo y lo vuelve a la niñez; en estas condiciones, un hombre es capaz de llorar por una nadería. A pesar de sus reflexiones, sintió que despertaba de nuevo como si desde su adolescencia se hubiera quedado dormido a la orilla del camino, ese mismo camino donde cerró los ojos a su primer amor y lo dejó perder. Constancia, sin saberlo, le traía el recuerdo de sus días felices. Resultaba sorprendente volver a encontrarse a sí mismo, como si él tiempo se hubiera detenido y una magia extraña lo hubiera transportado a un país diferente, tan ajeno a su infancia que su solo nombre parecía conjuro de horizontes.

-No -insistió reprochándose otra vez-, la debilidad es maña, acobarda y nos hace ridículos y sentimentales.

Pero a pesar de todo se sentía feliz, dulcemente embriagado por esa diáfana paz que brillaba en los ojos de la desconocida.

Y Juan O'Leary sonrió como si estuviera presente.

Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 3

por Aang
lunes, 20 de octubre del 2008 a las 01:55

Hola de nuevo, para quienes leen esto, les pido una discupa por haberme tardado tanto en escribir el siguiente capitulo, es que esta semana pasada la universidad me tuvo un poco ocupado pero ahora si aqui esta el capitulo y les prometo subirl los demas  em minimo cuatro días. Espero sus comentarios un saludo y que lo disfruten.

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Capitulo 3

Deirdre.

-Nada tengo que esperar ya, ni tengo por qué vivir -dijo Dominick después de aquella noche. Al perder su última esperanza sólo le quedaba la muerte, que habría de reunirla para siempre con Esteban en el paraíso.

Juan la miraba sobresaltado ocupar el sitio donde Esteban pasara sus últimas horas. Era como una figura de cera, inmóvil y sombría sin hablar y sin moverse.

El padre Nolan vino y trató de ayudarla, con cristianas palabras, pero en vano se esforzó por hacerla hablar. Toda su entereza anterior parecía haberse derrumbado y aplastarla con su propio peso.

-Lo que quiere tu madre es morir en paz -le dijo Popsi una mañana a Juan-. ¡Yo muchas veces he querido morir también, pero tal vez no lo he deseado con vehemencia que la muerte me haya escuchado! Aquí me tienes todavía u no le pertenezco ni al pasado ni al presente. Soy una sombra despreciable.

A veces, cuando Popsi se embriagaba, recurría a la tragedia para tener compasión de si mismo y justificar su vicio. Juan le tenía paciencia y le ayudaba siempre, tal como Dominick ayudara a sus vecinas. No era, pues, extraño ver a Popsi desde el amanecer hasta que cerraba la noche en casa de los O'Leary, para después ir a refugiarse a la taberna o al City Hall.

Juan pasaba el día en el campo y le parecía vivir una pesadilla; no hallaba refugio alguno al llegar a su casa y contemplar a su madre sentada, dispuesta a morir a toda costa, sin probar alimento y sólo dormitando cuando el sueño vencía su fatigado cuerpo.

-Madre..., necesitas vivir para no dejarme solo -suplicó Juan un día.

Dominick pareció escucharle desde muy lejos, porque movió su cabeza negando, pero no pronunció palabra. Y Juan se refugiaba con Popsi, en el soportal húmedo y frío, donde prendían una pequeña hoguera.

-Deberías casarte, Juan -dijo Popsi una ocasión-. Tu madre va morir cualquier día y tu vas a dejar para siempre esta tierra si no te has casado antes.

-¿Con quién he de casarme, Popsi? Las muchachas son esquivas conmigo, parecen tenerme miedo.

-Tal vez así sea -dijo Popsi-. En la taberna se escucha el sentir del pueblo; allí los hombres cuando beben dicen sin recato sus sentimientos, y tú llevas sobre ti el peso de Esteban O'Leary..., ¿no me entiendes, verdad? -dijo mirando el gesto de sorpresa del muchacho-. Esteban había sido un proscrito de quien nadie se acordaba, a excepción de tu madre que mantenía vivo el desastre del 98. Los hombres sentían vergüenza frente a ella porque fue siempre muy entera, menos ahora -dijo volviendo el rostro para mirar de soslayo la figura inmóvil de Dominick, iluminada apenas por el resplandor de la chimenea-. ¡Y fíjate que hablo de ella como si ya no nos escuchara, que Dios me lo perdone! -Atizó la hoguera y se frotó las manos mientras añadía-: Al volver Esteban tan inesperadamente, el pueblo tuvo que admitir su propia cobardía, pero no hizo nada por salvarle, nadie movió un dedo para librarlo de la muerte. Parece extraño, pero así lo hicieron. Eres una acusación viviente, y esto te aparta de todos. Si fueras un delator, te odiarían y ejercerían sus pequeños rencores en contra tuya; si fueras un proscrito, te protegerían y serían tus cómplices, porque representarías lo que su cobardía les impide ser, pero no eres ni lo uno ni lo otro..., por lo menos así es como yo entiendo lo que ocurre.

Tal vez Popsi tenía  razón. El hecho de ser hijo de una víctima era como echarles en cara su debilidad y su parte culpa, de allí que tuviera pocos amigos y que ninguna muchacha le mirara a los ojos.

Vio a Popsi fijamente, estudiando cada línea de su rostro. Era repugnante y sucio, y olía a alcohol, pero era su único amigo y tuvo que confesarse que significaba muy poco para si entristecida juventud. Popsi seguía hablando, como lo hacía siempre que el licor le calentaba los huesos y le soltaba la lengua.

-No quiero aconsejarte, Juan O'Leary, pero yo en tu lugar esperaría simplemente que Dominick cerrara de una vez sus ojos, la sepultaría cristianamente y me apartaría para siempre de esta tierra. ¡Hemos perdido casta, y sobre Irlanda y sus hombres ha caído una maldición! Los jóvenes tienen que buscar la tierra de promisión, como las antiguas tribus de Israel.

La mirada de Popsi parecía la de un profeta, ardiente y fanática. Mientras el fuego ponía en sus barbas sucias reflejos rojizos.

-¡La tierra de promisión! -repitió mecánicamente Juan, como si respondiera a un recóndito anhelo largamente acariciado. Miró a lo lejos la tierra duramente peleada a los pantanos, la casa que construyeron sus abuelos y que cuidó con esmero su madre, ¿qué significaba todo aquello frene a su asilamiento? -¡Tal vez tengas razón, Popsi! -dijo, cediendo de una vez por todas a sus pensamientos.

-¡A donde vayas, te llevarás todo lo que en verdad te pertenece: tu propia libertad, tu conciencia y tu voluntad para rehacer tu vida...!

Juan estiró su mano y tomó la sucia mano del viejo Popsi que le miraba sonriendo con su boca desdentada.

Dominick no vivió mucho; se había propuesto morir y quería morir, hasta que lo consiguió. El padre Nolan acudió a su lado en los últimos momentos, pero comprobó plenamente que la pobre mujer había muerto desde que sepultó a su marido. Su pobre alma atormentada vagaría de aquella sepultura al interior de su casa si él no perdonaba su actitud y la consideraba con caridad cristiana. Era un dilema para su sacerdocio aceptar los actos como dispuestos así por el Señor, pero sin duda. El lo había querido, y Dominick no tenía ya otra misión por cumplir. Todavía en la mirada de la agonía, el padre Nolan había admitido la resolución que ella tenía de morir Portu propia voluntad.

Los funerales de Dominick fueron bastante concurridos. Era el último tributo que el pueblo daba a la viuda de Esteban O'Leary, una mujer que había sido silenciosamente heroica. La tradición se seguía al pie de la letra, y Popsi ayudó concientemente a Juan en aquellos menesteres.

Una vez más se reunieron en el soportal los dos extraños amigos.

-Deja todo esto, Juan, y ve en busca de esa tierra de promisión -aconsejó Popsi.

Juan estaba de pie mirando ese campo cultivado con el agobio de los suyos  regando con el sudor y la sangre de aquellos O'Leary que alguna vez tuvieron la pretensión humana de ser los dueños de la tierra que trabajaban. Era como una traición abandonarla, pero también era demasiado dura la carga sobre sus debilitadas espaldas. Dominick le había enseñado a venerar el trabajo y el esfuerzo heredado de los suyos.

-Trataré de salvarme, Popsi..., quiero aferrarme a lo que ha sido de mi familia, a lo que me pertenece -respondió con voz apagada.

-¿Hasta cuando podrá pertenecerte? -dijo Popsi llevándose a los labios los restos de whisky que quedaban en el galón de barro-. ¿Hasta que el coronel Johnston disponga lo contrario? A Dominick O'Flynn se le respetaba porque era la mujer de un proscrito, después d todo, hubiera sido demasiado arrojarla de su propiedad, y ella no lo hubiera permitido, era demasiado valiente para consentirlo, pero contigo cambia todo: eres un hombre soltero que puedes significar una amenaza en el futuro. Eres el hijo de Esteban O'Leary, como quien dice un rebelde en potencia.

 Juan no sabría decir si en la voz de Popsi había un acento de burla o de sinceridad.

-No soy un rebelde -dijo con disgusto.

-No lo eres, por Nuestro Señor..., pero lo serás si sigues aferrado a este maldito lugar.

Juan sintió ira contra Popsi..., ¿tienes algún interés en que yo me vaya de aquí? -preguntó Juan con no disimulado disgusto.

-Dios me libre de semejante sentimiento en contra tuya, siendo el único amigo que tengo y el único que me soporta -respondió Popsi casi con lagrimas en los ojos-. Lo digo porque me duele tu soledad, porque miro el vacío que hay a tu alrededor. ¿Dónde están tus amigos de la infancia? ¿Dónde están los tuyos? Tus padres y tus abuelos ¿no tuvieron aquí su hogar, no son piedras de este peñasco?.., y tus amigos no están ya aquí, se fueron en busca de otro mundo menos hostil y menos difícil, donde haya siquiera una esperanza.

Juan volvió el rostro hacia el interior de la casa, como antes, y no vio a la rígida figura de su madre; el fuego iluminaba apenas los muros blanquizcos.
Algo adentro de si mismo pareció decirle:

-¿Qué esperas ya? ¿Qué te queda aquí?

Sólo entonces comprendió el gran vació de Dominick, pero ella, al menos, lo tenía a él y vivía por él.

Miró a Popsi y comprendió también porque el vagabundo miserable buscaba el olvido en el licor; una embriagues estúpida y opaca que sólo servía para provocar lástimas y desprecio.

-Si te quedas aquí -le oyó decir-, acabarás como yo, ¡la misma imagen de la desolación y la miseria!, o serás un rebelde y terminarás con lasota al cuello o deportado.

-El paisaje es hermoso... -dijo Juan con ironía. -Pero es tu único paisaje -dijo Popsi llevándose a los labios el último trago. Después los dos quedaron en silencio.

Pocos días más tarde Juan conoció a Deirdre, y se asombró de que hubiera una mujer como ella. Estaban ambos en el acantilado, frente al mar. Se encontraron allí porque el destino así lo tenía dispuesto, según comprendió más tarde.

Ella le hablo amigablemente. No era una mujer como las de la población, aldeana desconfiada: era una muchacha libre de preocupaciones y prejuicios, libre como los pájaros y como ellos, alegre y voluntariosa. Le miró serenamente y preguntó sin embozo:

-¿Eres Juan O'Leary, el hijo de Esteban el ajusticiado?

Juan recibió esas aquellas palabras como un golpe en pleno rostro y la miró con rencor, pero ella sonrió y sus ojos tenían una extraña luz cálida y azul.

-Sé que Dominick ha muerto... -dijo-. Creo que fue lo mejor para ella.

No sabría Juan decir por qué una extraña opinaba en esa forma sobre ellos, así que preguntó entre indignado y confuso:

-¿Por qué hablas así de nosotros los O'Leary?

-Porque ustedes son gente nuestra, como Popsi, como Rally, como los McClelland o como Cavanaugh... ¿Qué más da? ¡Tu madre ha descansado al fin, después de una larga y penosa jornada!

Se había acercado hasta él y le miraba abiertamente a los ojos, sin recato, como una real señora acostumbrada a mandar. Juan advirtió que en sus  palabras y en su actitud, aquella criatura no tenía la menor intención de molestarlo; así pues, tuvo que confesar:

-Es verdad..., ha descansado. No quería vivir ya y no tenía porque vivir más.

-¿Y tú qué piensas hacer?..., ¿seguirás con la tierra, con la casa, con el peso de los tuyos sobre tus solitarias espaldas?

Nuevamente le parecía que  ella se burlaba de él, así que con enfado replicó bruscamente:

-Seguiré adelante y por si te interesa, puedo bastarme a mi mismo...

Ella rió de su enfado, y lo hizo alegremente.

-eres un incorregible irlandés, sombrío y gruñón, con un profundo sentido fúnebre de las cosas y la gente.

Juan no pudo contenerse y la tomó por las manos bruscamente. Ella dejó de reír. Sus azules ojos parecieron azules llamas de cólera y trató de zafarse diciendo:

-Y, además, eres un campesino bruto y salvaje.

-¿Qué querías que fuera entonces? ¿Qué otra cosa le permiten los ingleses a un irlandés para que pueda vivir?

-El mundo es grande. ¿o lo has reducido a este poblacho miserable? -gritó ella furiosa.

Ambos quedaron en silencio, mirándose a los ojos. Después, Juan fue soltando lentamente las manos de ella, que se frotó las muñecas enrojecidas mientras decía suavemente:

-tienen razón los que hablan de ustedes. Son bárbaros rebeldes, pero en el fondo reconozco que deben serlo, Juan O'Leary. Si cambian algún día y reconocen que el tirano tiene sus derechos, Irlanda se habrá perdido para siempre. Por eso admiré tanto a Dominick O'Flynn.

Juan había pasado insensiblemente de la ira a la humillación y de ésta a la admiración que despertaba en él aquella muchacha, diferente a todas las que había conocido.

-¿Tú la conociste? -preguntó.

-La conocí, y a ti también..., pero tú nunca me viste.

-¿Dónde has estado? -preguntó él.

-Aquí... -dijo ella señalando todo lo que la rodeaba- ¡soy irlandesa, como tú..., como todos!

Se encaminó directamente hacia un peñasco y como si nada hubiera ocurrido se puso a cantar quedamente. Juan, atrás de ella, veía sus cabellos revueltos por el viento, sus manos suaves y blancas caídas sobre la falda, el perfil adolescente y gracioso y la boca reidora y alegre. La escuchaba con embeleso.

Acushla, Acushla,

Tu dulce voz esta llamando

Me llama dulcemente

Una y otra vez.

Acushla, Acushla...

Un impulso ciego le hizo acercarse a ella, apoyó sus rudas manos en los hombros y la miró profundamente. Sintió que una desconocida ternura le invadía y cayó de rodillas frente a ella, besándole las manos que antes había lastimado.

Ella apoyó su rostro sobre los cabellos y permaneció quieta y silenciosa, como si tuviera miedo de romper el hechizo que los unía.

Desde ese día se encontraron todas las tardes y se amaron con locura. Allí, frente al horizonte donde se hacía cristal el día, se olvidaban de todas las miserias, de todos los pesares y abrían sus corazones a un mundo insospechado y nuevo...

-Deirdre..., ¡si quisieras casarte conmigo! -pidió Juan una vez.

-No me hables  de eso, Juan... ¿No estoy contigo?

Ambos sabían que estaban desafiando una situación establecida. Entre ellos se abría un abismo, y pretender salvarlo era una locura; para borrar aquella impresión Deirdre reprochaba con ternura.

-Como buen irlandés quieres tener sobre mi derecho de propiedad, como si fuera un caballo o un pedazo de tierra..., sin embargo, nada es tuyo ni mío. ¡Todo es y será de los ingleses!

-Será..., hasta que podamos arrancárselo de las manos.

-¿Qué esperan, pues?

Juan no supo qué responder. ¡Hacía tanto que esperaban!, ¡siglos de lucha sin orden ni sentido, años de hambre, miseria y desesperación!

-Confórmate con lo que te da la vida, Juan O'Leary.

Fueron días felices, semanas y meses. Popsi miraba maliciosamente la alegría de Juan, su nerviosismo, su asilamiento. A veces le esperaba largas horas en el soportal, porque Juan era el único que seguía tolerándolo y teniéndole paciencia, y Popsi se había esclavizado voluntariamente a la casa  de los O'Leary.

Un día, Deirdre no llegó. Juan la esperó enfadado primero, angustiado más tarde. Y desde entonces vivió en un infierno. No volvió a verla nunca más. Las tardes iban a morir en ese vacío opaco y desabrido que había sido su vida antes de conocer a Deirdre. Preguntar por ella hubiera sido insólito y atrevido, así que tuvo que guardar en silencio si abatimiento y su congoja.

A veces no regresaba a su hogar. Permanecía en su soledad hasta muy avanbzada la noche. No quería ver  a nadie ni saber de nadie. ¿Quién podría darle razón de su adorada?

Una noche, sin embargo, Popsi le esperó hasta el alba. Bajo el soportal había hecho fuego y se calentaba las manos temblorosas, su botella de whisky estaba casi agotada cuando llegó Juan.

-He sabido algo que puede interesarte -dijo el vagabundo mirando de soslayo a Juan, y sin esperar respuesta continuó-; La señorita Johnston  parte para Londres con su familia...

-¿Qué me importa a mi la señorita Johnston? -dijo Juan casi con un gruñido, mientras tomaba asiento frente a Popsi que le miraba interrogadamente.

-Tal vez te importe si sabes que ella se llama Deirdre...

Juan se levantó de un salto y miró al vagabundo, conturbado por un extraño sentimiento de inquietud y de ira.

-¿Qué sabes tú  de Deirdre?

-De ella, ¡lo que ha dicho una de las criadas!

-¿Qué ha dicho? -preguntó Juan tomándole bruscamente por los hombros.

-Que parece... parece -dijo enfáticamente- que va a tener un hijo y que se ha negado a decir de quien puede ser el padre...

Juan no termino de escuchar aquellas palabras. Echo a caminar resueltamente hacia el poblado. Atrás de él Popsi caminaba a brincos, levantando su bastón y tropezando, mientras trataba de contenerlo:

-Espera, Juanito, espera...

Pero Juan no le oía ya. Corría dominado por un torrente de emociones encontradas y diversas. ¡La raptaría! Nadie tenía derecho sobre Deirdre sino él, Juan O'Leary, el hijo del ajusticiado.

Se detuvo frente a la vestusa casa del coronel Johnston, una mansión pesada y sombría, apagada y oscura a esas horas. Un peeler le salio al paso.

-¿Qué  buscas? -preguntó.

Popsi había tratado en vano de alcanzarlo y lo miraba desde lejos hablar con el odiado peeler.

Juan se sobresaltó, pero reaccionó rápidamente.

-No busco nada..., solamente quisiera saber de la familia.

-¿En que país del mundo vives tú? ¿En lo alto de las rocas o en los pantanos? ¿Y qué interés tiene un pelafustán como tú  en la familia de su honor? ¡Se han ido esta tarde y no volverán nunca a este maldito lugar! Se han ido para siempre, ¿sabes? -y añadió con desprecio-: Ya veremos si los campesinos pueden encontrar a otro amo como el coronel Jonatan Johnston...

Juan permaneció como petrificado.

-¿Sabes a dónde se han ido? -preguntó con voz casi suplicante.

-¿Quién eres tú para preguntarlo? Michael Hegarty te podría informar si tienes algún negocio pendiente..., y ahora..., ¡vamos..., vamos de aquí! -dijo empujándole con la culata del fusil.

Juan sintió que su sangre se había convertido en un torrente de amargura.

-Deirdre..., Deirdre... -exclamo con voz ahogada-, ¡te amo!

Popsi había llegado hasta él y pasó su mano por su hombro en señal de amistad. ¿Qué podría decirle el vagabundo para consolar ese dolor nuevo hasta entonces? ¿Qúe palabras pueden aliviar la pesadumbre de un amor truncado, la desolación de una esperanza quebrantada?

Hundido en su derrota, Juan comprendió que había sido una locura pretender salvar aquel abismo. De si cariño enloquecido quedaba sólo ceniza, agrio sabor ausencia sin adioses.

Batallon de San patricio (Patricia Cox) Capitulo 2

por Aang
lunes, 06 de octubre del 2008 a las 04:27

Aqui les pongo el capitulo numero 2 de este para mi un gran libro, espero les guste yo seguiré subiendo los demas capitulos lo mas pronto posible mientrastanto espero sus comentarios.

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Capitulo 2

 

Un Patriota.

 

-No volverás a irte... ¡Nunca más!  ¡Nunca más! -gimió Dominick.

Juan no pudo separar sus ojos de aquel rostro austero, enflaquecido, de ojos profundamente azules y de atormentado mirar, la boca finalmente dibujada tenía un extraño rictus y los labios le temblaban ligeramente. Sus manos curtidas acariciaban los cabellos de su esposa. En las muñecas se advertía claramente el castigo del hierro.

-No me iré, Dominick... ¡he venido a empezar de nuevo!...

Juan advirtió un estremecimiento que denotaba claramente el horro que Dominick sintió ante aquellas breves palabras. Como impulsada por un violento empuje de inconformidad casi gritó:

-¿Empezar de nuevo, Esteban O'Leary? ¿Acaso has terminado? ¿Y quien va a secundarte? Aquellos hombres nuestros que tú dejaste no están ya, los que quedan están viejos, enfermos y desencantados. Los jóvenes no quieren oír hablar del pasado u sólo piensan en salir de aquí en busca de la tierra de promisión. Dicen que es América, los demás no ambicionan nada: tienen alma de esclavos y han jurado fidelidad ala reina. Protestan en voz baja y nuestros sacerdotes predican la paz " a cualquier precio".

-Daniel O'Connel opina de distinta manera. Dios que ahora la lucha es política y que logrará la unión de Irlanda a pesar de los irlandeses -dijo Esteban.

-¿A pesar de nosotros mismos? ¿Quiénes nos han empujado a la desesperación?...., ¿Quién nos apartó, Esteban? -Al decirlo, le miró angustiosamente, dolida de los largos años de ausencia y separación, y añadió-: ¡Tenemos derecho a un poco de felicidad... y para mi, la dicha toda es estar a tu lado!

Juan pensó en aquellas palabras de Dominick, provocadas por la desolación y el abandono: ¡Si yo fuera hombre!. El cambió era brusco y rotundo: era, sobre todo, mujer y esposa. Esteban la miró inundado de amor y ella le beso las manos.

-¡Mira cómo te han dejado, amor mío! -dijo al ver las marcas del hierro en las muñecas. Después reaccionó y habló con voz muy suave, lenta, como si cada palabra le pesara en el alma-: Olvidaba que para nosotros no puede ni deber haber paz humillante. Perdóname. Esteban O'Leary. Es curioso que el tenerte otra vez conmigo me ha acobardado, me ha hecho sentirme mujer otra vez.

Esteban no respondió. Le tomó las manos y ambos se miraron con infinita ternura. ¿Porqué recordó Juan aquel breve poema escuchando muchas veces de labios de su madre?

 

 

¡Ah, mirlo! Estás alegre

Con tu nido escondido entre matojos.

Eremita, no tañes la campana:

Dulce, suave y plácida es tu nota.

 

-¡Tu nota, eremita, que destruiría el encanto de esta hora nunca vivida antes! -dijo completando el antiguo romance, mientras calladamente se retiró a su lecho.

-¡Ah, pícaro lepricorn!, ¿por qué no has usado de tu magia y has limpiado el país de invasores y nos dejas dueños de nuestras tierras? -se preguntó al cerrar los ojos y caer en las tinieblas del sueño.

Muy de mañana Dominick bajó al pueblo sola. Era necesario comprar algo especial para agasajar a su adorado huésped. Sus ojos tenían un reflejo profundo de felicidad. Los vecinos la saludaron extrañados de verla sola.

-¿se te ha casado Juanito? -preguntó el vagabundo Popsi.

Dominick sonrió, pero no respondió, y siguió adelante, de prisa, porque los minutos para ella se convertían en horas.

Esteban y Juan se vieron por vez primera. Hasta ahora, los ojos del padre encontraban al hijo presentido apenas.

-Eres ya un hombre -dijo-. A tu edad, yo tenía una esposa.

-Usted tenía tierras.

-Es verdad. Las tenía. A lo largo de los años, a solas con mis pensamientos, he llevado sobre el corazón una carga muy pesada. Haber fracasado, y haberlos abandonado. Para una lucha como ésta, el hombre debe ser soltero. Ninguna mujer debe llorar nuestra ausencia, su soledad y su pobreza. Pero ya es tarde para regresar el camino andado... -dijo Esteban, sentándose frente a la mesa y mirando a Juan que, de pie junto a la chimenea, observaba aquel rostro tan viejo y tan nuevo, temeroso de que la magia del lepricorn lo hiciera desaparecer así como lo había echo llegar.

Parecía irreal encontrarse de pronto frente a frente y teniendo tanto qué decirse, no saber de que hablar. Así lo demostraban los grandes silencios en que, sin quererlo, se encontraban como sumergidos en una corriente extraña. De pronto, Juan hizo la pregunta en la que ambos pensaban:

-¿Y si le encuentran, padre?

-Hay orden de disparar sobre cualquier fugitivo, ¿lo sabes? -despeus de un breve y pesado silencio, su padre dijo-: ¡Nadie puede imaginarse la vida de un forzado, y Australia está tan lejos que se pierde en el mar!. Si he de morir, prefiero que sea aquí en la tierra de los míos, donde están mi casa y mi familia. Tal vez sólo a eso he venido, Juan: a morir aquí. Estoy  desencantado de todos y principalmente de mi mismo.

Alargó sus manos enflaquecidas y tomó  entre ellas las de Juan.

-Suceda lo que suceda, cuando el tiempo pase quiero que recuerdes esto: el hombre nació para vivir libre, ese hombre soy yo, eres tú, somos todos los que luchamos y fracasamos, los que aun perdiendo, tenemos una esperanza. No sé a ciencia cierta que esperamos, pero creemos en algo que debe llegar un día, en la justicia que debe regir sobre los hombres, en la comprensión y tolerancia que hacen llevadera la convivencia humana y, a pesar de decirlo, yo no he sido tolerante porque no puedo convivir con quienes durante setecientos años han explotado y envilecido a mi pueblo, contra quienes le han despojado de su cultura y de su fe, de su idioma y de sus tradiciones. Me asquea y me da lastima mi propia gente, derrumbada bajo el peso de su desgracia. ¡Qué contradictorio y ¡qué absurdo es todo! Luché por la libertad y me deportaron, condenado a trabajos forzados. Amé la vida y me arrancaron de los que amaba y, a pesar de todo, espero que llegue un día la libertad y la paz. ¡Y tengo miedo de no verlo!

Dejo caer la cabeza,  abatido, y soltó la mano del hijo, que le había escuchado bebiendo sus palabras, luego levantó los ojos y los fijó en Juan.

-No debo estar mucho tiempo aquí. Quiero ahorrar a tu madre el trago mas amargo. He venido dispuesto a morir y huyo de quien puede hacerme la muerte menos dura, menos amarga... ¡Ay!, Juan, ¿cuántas veces Cristo ha de redimir al hombre?

Juan le oía extasiado. A nadie había escuchado jamás expresarse en esa forma, con palabras tan simples y tan bellas, como las de alguno de los antiguos poemas célticos, como se hablaba en los Cánticos de Ossian.

-¿Pensar que nunca antes te había visto, que jamás pude hablarte? Y teniendo tanto de qué decirte, no te he dicho si no mi propia pesadumbre. ¡La comprenderás, porque eres un hombre y eres esencia de mi sangre! Así como ahora, te he visto siempre dentro de mi mismo, como el fin y la razón de mi esperanza. Después de ti, nada sino el vacío.

Juan sintió arder sus manos por la fiebre, vio los ojos brillar como una luz lejana.

Así los encontró Dominick, que regresaba del poblado. Todavía no se sabía nada de los recién llegados... Se arrodilló frente al esposo y preguntó:

-¿Crees que hay un mañana?

-El hoy es lo único que nos pertenece... -dijo Esteban, inclinándose a besarla.

Juan les miró fascinado. Había descubierto una ternura desconocida en su madre, valerosa y aguerrida siempre, como un soldado. Se retiró a su habitación sin que ellos se dieran cuenta y cayó en un sueño acogedor y profundo.

Le pareció escuchar un disparo, podía ser, quizá, cualquier ruido que perturbara su sueño; pero no tardo en oír otro y otro más. Despertó sobresaltado, y unos golpes violentos a la puerta de su casa le pusieron de pie  rápidamente.

Se asomó a la ventana. Era apenas el alba, un amanecer sucio de nubes grises y de charcos sobre el camino.

¡Dominick O'Flynn! -gritó desde afuera una voz imperiosa-: ¡Abre en nombre de la reina..., sabemos que tu marido está en tu casa!

Junto a la puerta, Juan encontró a su madre. La miró rápidamente y comprendió que era de nuevo la mujer adusta de siempre.

Afuera otro grito:

-Disparen sobre todo aquellos que se mueva.

La puerta abierta dejó ver el rostro  odiado y sanguinario de un peeler, con la bayoneta sobre el arma.

-En nombre de su majestad la reina... -dijo.

-Pasad, en nombre de Dios, que es el único que se venera en esta casa. -dijo Dominick, franqueándoles la entrada.

-No escapará con vida, Dominick... ¡No escapará! -dijo uno de ellos mientras arriba se escuchaban los pasos, el remover de muebles y las palabras groseras.

-Ha muerto hace mucho, y ustedes los irlandeses lo mataron -respondió ella levantando el mandil sobre su rostro y cubriendo su cabeza en señal de dolor y desesperación.

Y muerto estaba. Le sorprendieron al huir, no mucho más lejos del acantilado. Dominick iba entre los peeler que la custodiaban con lujo de fuerza. A Juan le habían atado los brazos ala espalda y lo llevaban a golpes tras de su madre.

Lo vieron tendido en unas angarillas, el cuerpo sangrante, acribillado por las balas asesinas. Entre el hoy y el mañana había transcurrido un breve tiempo, el alba apenas, tan breve que sólo quedaría señalando por más horas.

Dominick permaneció silenciosa como una estatua. Sus labios se movían pronunciando solamente un nombre: ¡Esteban... Esteban O'Leary!

Después se arrodillo junto al cadáver,  mientras el pueblo entero desfilaba junto a ellos.

Para colmar la balanza inmisericorde de aquella turba que burlaba toda piedad y justicia, colgaron el cuerpo en un improvisto patíbulo, "como un escarnio y una advertencia" -dijeron.

Dominick no se había movido de su sitio. Parecía petrificada, anonadada en el torrente de su propia angustia.

-¿Quién lo dispuso así? -pregunto Michael Hegarty, que no tardó en presentarse en el lugar.

-La justicia -le respondieron.

-¿Quién le juzgó?

El silencio fue la respuesta. Pero el coronel Johnston había llegado también. El pueblo le abrió paso respetuosamente. Era un hombre seco, de pocas palabras, que ejercía su autoridad sin abusos, y a pesar de ellos el pueblo no le amaba. Tenía que pagarle el arrendamiento de sus propias tierras y esto era más que suficiente para odiarle.

Con los ojos penetrantes y dominantes miró a los peeler y preguntó al jefe:

-¿Quién dio semejante orden?

El peeler trató de excusarse:

-Es la ley, señor...

-Pero la ley tiene reglamento. ¡Que ninguna mano se atreva a ejecutar a lo que yo debo disponer! ¡Abajo ese cuerpo!

Los hombres obedecieron.

Dominick solo tenía ojos para mirar a su marido, inerte como un fardo, destruido y miserable por una causa justa. El coronel Johnston se acercó a ella.

-Llévate el cuerpo de Esteban O'Leary y dale cristiana sepultura. Dios sabe que hombres como él no merecían esa muerte.

 Dominick no respondió. Su rostro pálido parecía sin sangre y sus ojos estaban secos, como si de pronto la fuente de su llanto se hubiera agotado.

-Desatad al muchacho -ordeno Johnston.

Y Juan sintió el martirio de su sangre corriendo bruscamente entre sus venas, pero permaneció impasible, como su madre, Johnston les volvió la espalda y subió a su caballo. Michael Hegarty le siguió.

Los vecinos ayudaron a Dominick en aquella penosa tarea. Estaba tan profundamente abatida, que parecía no darse cuenta de todo lo que ocurría a su alrededor. Nada falló para el velorio, y cualquiera que no hubiera sido ella, podría haberse sentido satisfecho de tan magnifico funeral.

-Hemos pensado mal de esta pobre gente -dijo Juan más tarde  cuando todo hubo concluido y estuvo a solas de nuevo con su madre-, En el fondo, estamos estrechamente unidos, no se necesitan palabras para decirlo, las voluntades, aparentemente quebrantadas, se mueven en un solo y generoso impulso. Necesitan solamente un poco de esperanza, un poco de fe en sus hombres, en sus guías.

-Nada de eso puede devolverme a Esteban O'Leary. Todos ellos juntos no podrían dármelo de nuevo - dijo.

Juan trató de consolarla.

-Mi padre venía dispuesto a morir, ¿telo dijo acaso? ¡Quería que sus cenizas descansarsaran en la tierra de los suyos, cerca de ti, a la que tanto amó!

Fue entonces cuando toda la férrea entereza de Dominick se quebrantó. Se dejo caer sobre el piso, donde Esteban Había apoyado sus pies, junto a la mesa, y allí lloró desconsoladamente. Lloró hasta quedar sin lagrimas.

Batallon de San Patricio. (Patricia Cox)

por Aang
lunes, 29 de septiembre del 2008 a las 00:16

Capitulo 1. Nuevo despertar.

 

Al estallido siguió una luz violenta como un relámpago, y con ella, un dolor que parecía rasgar su propia carne, intenso hasta el delirio; después se dejo caer sin voluntad y sin defensa en una hoguera donde las llamas fueron convirtiéndose en sombras; luego, el silencio, la noche pesando en sus pupilas, en sus labios, en su mente.

 Volvía a la vida sin saber cuándo ni adónde.

La brisa perfumada le traía olores de campiña, el balar de los rebaños, el canto de los  gallos y alguna voz indefinida que iba a perderse a lo lejos en un paraje desconocido y remoto.

 Su pensamiento giró violentamente; su memoria, como una ruleta, se detuvo recordando un grito, un paño tricolor flameando al viento, un disparo y esa nube  roja, incandescente, que lo envolvió consumiéndolo en el olvido. ¿Habían pasado días o años? Lo único que sabía con precisión era que estaba herido, en tierra extraña, en un país desconocido y hostil.

 Había tomado las armas en una guerra que le era ajena. La brecha abierta por las tropas de Zacarías Taylor, en el fuerte de Santa Isabel, se había convertido en un desierto hasta el Desfiladero de Piñones. La aridez de la tierra tenía espejismos distantes, y las noches pasaban de luceros y presagios. El odio estaba petrificado en rostros tallados en las rocas, en ojos calcinados en la arena; eran garras las espinas que florecían en el yermo, y un sudario de ceniza el horizonte gris, donde el sombrío perfil de la sierra era el filo de una amenaza en asecho.

 Será insospechado el sitio donde estoy -pensó, recorriendo con la mirada la habitación modesta y limpia, una como muchas de las que había visto en pueblos y ranchos que cayeron al empuje del invasor. Cabañas de gente pobre, de campesinos rudos convertidos en guerrilleros y de mujeres en cuyos rostros de habían desdibujado la sonrisa.

 Tienen razón en odiarnos..., pero no somos enemigos; la fatalidad nos arrastró hasta este país desconocido donde los irlandeses no tenemos porque combatir, porque despojar, incendiar y saquear. ¡Hemos dejado un mar de llanto a nuestro paso! -suspiró, pensando en los ojos que le miraron con rencor, en los rostros señalados con el hierro de marcar esclavos, en las manos caídas y vacías en los labios marchitos y sedientos. Esos ojos, espejo de todas  las tristezas, le recordaron a su madre. Allí estaba ella, en ese llanto silencioso, en esas manos lacias como flor tronchada. El rostro querido estaba fijo en su memoria, imborrable en el amor, aclarándose en su conciencia, preciso como si sus ojos lo miraran. Estaba adentro, como su sangre y su dolor.

 Cuando un hombre llega a la vida -pensó-, siempre hay una mujer. La vida misma es como ella, débil y fuerte, amorosa y cruel. El hombre siempre tiene en sus recuerdos un nombre de mujer.

 Ese rostro, borrado casi por los años y la ausencia, volvía de nuevo a su memoria. Había sido tan suyo como su paisaje húmedo, su propia soledad y la locura de sus sueños de adolescente; era, a la vez, irreal como la niebla y el humo del hogar, como los duendes de las leyendas y la queja errabunda de las ánimas en pena.

 De su niñez miserable y amarga, de su juventud aniquilada, no le quedaba si no el melancólico recuerdo de Dominick O'Flynn, atareada siempre, porque decía ella que las mentes ociosas engendran malos pensamientos, y ella era joven, hermosa y asediada. Alguna vez su mano áspera y grosera, maltratada por la tierra y los quehaceres domésticos, se detenía en los cabellos, la única caricia que le hacía, le comunicaba energía y confianza en la lucha diaria que llevaban las cuestas.

 Vivían solos, alejados de la población, en el ambiente húmedo y sombrío de pantanos recobrados difícilmente para la agricultura, labrando una tierra que ya no era del todo suya, sorteando la miseria y el abandono con un valor ejemplar.

 En la diaria oración que recitaba Dominick frente al cazo donde humeaban las papas, daba gracias al Señor por la ración lograda como premio al fruto del trabajo, agradecía también el techo que les cobijaba y pedía por el padre ausente y perseguido; un nombre que era para Juan una añoranza y para Dominick un destino sin mañana.

 Juan estaba acostumbrado a esa vida hosca y silenciosa que interrumpían a ratos las visitas de los vecinos, hombres, mujeres y niños que solicitaban invariablemente ayuda de aquella solitaria mujer. Les escuchaba charlar de los eternos e insolubles problemas del campo y la cosecha; y oía a las mujeres quejarse de sus hombres, y los niños hablar de las proezas realizadas en sus sueños al arrecho de cualquier desvelado lepricorn verde o rojo que pudiera sacarles de su miseria, dándoles un tesoro en relucientes monedas de oro.

 Año con año, el alboroto de la feria les llevaba al pueblo con sus mejores ropas. Dominick se miraba deslumbradamente hermosa con los cabellos recogidos en lo alto de su cabeza, como una dama, y vestida con el traje verde oscuro que había sido el de sus bodas y que ella conservaba con esmera.

 Iba ala feria a vender sus productos y sus animales y a pagar también la cuenta al administrador del coronel Johnson, deuda que casi siempre era mucho mayor de lo que esperaban.

 -Te has salvado otro año, Dominick -decía el administrador a la hora de las cuentas, cuando ella le entregaba relucientes monedas recién adquiridas-. ¡Si aceptaras mi proposición no trabajarías tanto y habría a tu lado un hombre que mirara por ti!...

 -Mientras ese hombre sea mi marido, ninguno estará a mi lado ni pisará mi casa -respondía ella sin alterarse.

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