Usuario anónimo ¿Quieres tener tu propio blog?
Crear blog gratis en OboLog

El batallón de San Patricio. Capitulo 19

por Alberto
jueves, 10 de febrero del 2011 a las 05:52

Capitulo 19

 

La sentencia.

 

Con certeza no sabía el lugar donde se encontraba. Había llegado allí llevado por sus captores y sin imaginarse siquiera los sitios que habían atravesado pie, entre lodo y lluvia, entre la noche y la angustia de ser sólo un hombre arrastrado por la violencia y el orgullo. A empellones le habían obligado a caminar el ultimo trecho; recordaba que había caído algunas veces, porque sintió en el rostro el frio visoso del lodo de los charcos, pero le parecía que se movía en otro cuerpo ajeno al suyo y que él ya no existía desde hacía mucho… ¿desde cuándo? ¿Tal vez desde esa trágica mañana de agosto en que sus ojos vieron descender de la torre de Churubusco el blanco pabellón del San Patricio! Tal vez desde entonces había dejado de ser él y solamente se movía por ocultos y misteriosos resortes. Le había parecido que desconocía sus manos y que le era raro el acento de su propia voz; era como si las palabras vinieran de algo profundo y hueco que no era su garganta. Tal vez había tenido fiebre porque, a veces, su pensamiento se iba por caminos confusos y sombríos, como entre sombras, hundiéndose en una tiniebla pegajosa y húmeda. ¿O sería que la lluvia le envolvía como un sudario?

 

La enorme estancia se encontraba  apenas alumbrada por unas bujías que ardían en un candelabro de plata, sobre una mesa de roble oscuro. Las luces iluminaban rostros desconocidos y turbios como sus pensamientos; las voces parecían venir de muy lejos, como si las palabras se colgaran en las sombras como pesadas gotas de un líquido oscuro como la sangre. Nunca lo había pensado antes: que hubiera palabras dichas con sangre…, pero así era, porque su mente comenzaba a aclararse como si alguna ráfaga hubiera realizado el prodigio de abrirse paso entre a confusión. Por aquella brecha venían las voces dichas en el mismo odiado idioma de los ingleses; por aquel túnel negro  de su memoria, parecían revivirse aquella madrugada en que Esteban O’Leary murió acribillado por balas traidoras. ¡Hasta creyó escuchar los sollozos de su madre y le pareció sentir su mano dolorosa, crispada sobre su hombro hasta hacerle daño!

 

Sus ojos empezarn a escudriñar las sombras y comenzó a descubrir algunos rostros; eran caras amigas, gestos conocidos, perfiles duros y ojos penetrantes. Habían sido amigos y compañeros, hombres que siguieron la misma lucha y que cayeron al empuje de la adversidad, y cada uno de ellos era un manojo de nervios sacudidos en la agonía de una espera imposible, un manojo de carne desgarrada y doliente, sin ternura ni cariño sin futuro: un muro cerrado ante la vida.

 

Tal vez como Juan O’Leary, todos ellos ya estaban pisando aquel umbral oscuro y misterioso de la muerte. Sus rostros parecían modelados con la sombra; los ojos eran pozos de luz donde agonizaba la esperanza.

 

Todos ellos no eran sino la prolongación de una humillación, de una eterna vergüenza, de una maldición que cayera sobre Erie cuando en la edad remota, sus antepasados olvidaron el privilegio sagrado de la libertad y se esclavizaron involuntariamente y por ignorancia al poderoso.

 

Es duro el precio que el hombre paga por la cobardía; es muy alto el castigo merecido por caer en el engaño… Y debe pagarse con la sangre, con el dolor y la vergüenza de los que se resisten a ser esclavos, de los que se niegan a sí mismos el derecho de ser cobardes.

 

Una voz venía del fondo de la sala, una voz que explicaba cómo irlandés del Batallón de San Patricio habían sido engañados y seducidos por el llamado de los mexicanos.

 

El hombre que decía aquellas palabas avanzó hacia el marco de luz que proyectaban en las bujías; tenía el rostro lampiño, casi infantil y sus palabras más que una defensa, eran una acusación.

 

Levantó las manos y mostró unas páginas impresas mientras seguía diciendo:

 

-fueron seducidos, puedo afirmarlo con plena convicción porque aquí están los testimonios que lo confirman firmados por Guillermo Prieto, por Luis Martínez de Castro y por Fernando Ramírez. Ellos hicieron un llamado a los católicos de nuestras filas, nombrando con viles calificativos a los que no lo atendieran, atraídos por los mexicanos a su causa por cuestiones religiosas no es extraño que los irlandeses hayan respondido y desertaran, desoyendo las palabras de nuestro clero cuando se les aseguro que no faltaban a su condición de católicos los que permanecieran fieles a nuestra bandera.

 

El orador hizo una pausa, seguramente para meditar sobre su defensa, cuando de pronto, de entre los prisioneros se adelantó una figura maltrecha y desgarbada, vestida a retazos por un uniforme oscuro que le colgaba del cuerpo sucio de lodo y de sangre. Su actitud resuelta hacia olvidar su falta de prestancia, su voz enérgica y vibrante resonó en el espacioso salón y los severos jueces se turbaron al escucharlo.

 

Un rumor lejano se escuchó distante; era un murmullo de voces remotas, como el retumbo de un río como el estruendo de una tormenta.

 

-¡Despejen la calle…, contengan al pueblo!

-Sin disparar un tiro… ¡Orden…, orden!

 

¡Qué extrañas sonaban aquellas palabras, mientras un solo hombre, de pie frente al Consejo de Guerra, iniciaba la defensa del Batallón de San Patricio! Y ese hombre era Dennis Conaban, el eterno juglar de los caminos, el errabundo poeta de los campos, el que cantaría la epopeya de la verde Erin en tierra extraña.

 

Juan O’Leary le reconoció apenas; le parecía que se encontraba arrastrado por las turbias aguas de un torrente y, ya sin fuerzas, se dejo llevar por la magia de aquellas palabras, por la fuerza tranquila y serena de aquella voz que había estado a sus espaldas durante los últimos tiempos.

Era uno de los hombres capturados en la batalla del Molino del Rey, un prisionero apenas llegado al tribunal, un hombre que al fin hablaba de todos los demás que, como un puño, habían cerrado de golpe toda esperanza al negarse a hacer su propia defensa. Había sido algo así como un silencioso y mudo desafío, como un reto orgulloso al vencedor. Nada sino silencio habían obtenido en todas sus preguntas, nada sino una aceptación de culpa a la clemencia. Esa actitud, que no era de humildad sino de deliberado orgullo, había herido en lo profundo al general vencedor quien desde Churubusco había anhelado escuchar una súplica, una queja de sus prisioneros.

 

Levantó la mano en señal de asentimiento. Los soldados que habían avanzado hacia Conaban retrocedieron mientras Dennis se adelantó acercándose a la mesa.

 

-Se nos ha acusado de desertores –dijo volviendo su mirada hacia sus compañeros-. Y yo pregunto al honorable consejo de guerra: ¿Somos nosotros ciudadanos americanos? ¡Ciertamente que no! Venimos como inmigrantes a Texas que ha pertenecido a México a pesar de la firma del general Santa Anna en un documento que dictaron las ambiciones esclavistas y que firmó la mano de su excelencia cuando cayó prisionero en San Jacinto. Esto pertenece a la historia y, como ella, queda escrito sin que nadie pueda borrar la tinta que imprimieron las palabras. A una mujer se le seduce, a un hombre se le convence.

 

Dennis volvió el rostro hacia sus compañeros y nuevamente fijó la vista en Winfield Scott.

 

-Muchos de nosotros fuimos colonos llegados a Texas cuando Esteban Austin iniciaba sus labores para apoderarse de ese territorio; ciertamente, veníamos esperanzados en forjarnos una patria que os ingleses nos habían arrebatado. Veníamos en busca de paz, de un sitio donde labrar y cultivar la tierra, donde fundar un hogar y crear una familia, pero volvimos a encontrar la misma intolerancia religiosa, la misma discriminación que nos segregaba de aquellos colonos orgullosos que se dijeron católicos perseguidos en los Estados Unidos y encontramos también una nueva infamia, desconocida hasta entonces para nosotros: la esclavitud humana, una esclavitud humillante y dolorosa, una esclavitud sin rescate posible. En la escarnecida Irlanda, en la perseguida y hambrienta multitud que se volcaba sobre estas tierras, ese horror y esa vergüenza eran desconocidos. México había decretado la abolición de la esclavitud y los colonos de Texas se sublevaron contra el país que le había dado tierras y bandera… Los católicos perseguidos de Esteban Austin no eran ciertamente católicos: eran lobos con piel de oveja, eran cristianos sin Cristo…

 

Un murmullo de enojo acogió sus palabras. Los prisioneros le escuchaban electrizados por aquella palabra fácil y candente, por aquellas frases que, como un látigo, caían sobre los acusadores y los convertía en acusados.

 

-Muchos inmigrantes –añadió- fundamos el Condado de San Patricio, esperanzados en formar en esas tierras la patria que el destino nos negaba. Hicimos de ese desierto un oasis, y un malhadado día los apaches cayeron sobre nosotros y no dejaron de nuestros hogares piedra sobre piedra. México no nos ayudó entonces. Sus problemas internos eran lo bastante graves para preocuparse de un puñado de colonos arrasados por las tribus bárbaras, y después de refugiarnos en Matamoros, volvimos a establecernos y a empezar de nuevo. Nuestro error fue no haber saldado aquella cuenta con la apachería y ese error lo estamos pagando hoy ante este tribunal porque el General Zacarías Taylor nos enroló en su s fuerzas asegurándonos que íbamos a combatir contra los bárbaros mexicanos y caímos en el engaño. Santa Isabel nos abrió los ojos y desgarró el velo de aquella mentira. Íbamos a combatir contra un pueblo que era nuestro, íbamos a desangrar un pueblo católico como nosotros, y un hombre no puede obligarse por juramento a pecar; si comprende que una vez jurado falta a sus deberes de católico, está obligado a rehusarse… Y eso es para nosotros, señores del jurado, no es desertar: es cumplir simple y llanamente con nuestro deber cristiano, con nuestro deber de hombres libres. Eso no es seducir; eso es convicción.

 

Winfield Scott se había ido incorporando lentamente escuchando aquellas palabras. El mismo había proclamado abiertamente su fe católica en algunos manifiestos que circulaban profusamente en las poblaciones ocupadas del territorio invadido, pero nadie le había dicho que faltara con ello a sus deberes de conciencia. Nadie, ni siquiera los sacerdotes que venían entre sus tropas, ni los irlandeses que, sedientos de venganza y de altivez, habían exigido la ejecución de sus compatriotas caídos en desgracia. Y aquel hombre prisionero frente al Consejo de guerra, aquel desconocido insolente lo gritaba ante los jueces y los prisioneros. Dejó caer violentamente el puño  sobre la mesa y con el rostro congestionado por la cólera, gritó:

 

-Basta…, basta ya…, puerco irlandés…

 

Pero Dennis Conaban se había alterado también y apretó los puños fuertemente, estaba en derrota y no pudo hacer más que decir sus últimas palabras:

 

-Moriremos todos condenados al a horca, lo sabemos y no esperamos clemencia de ustedes, pueblo joven y auténticamente bárbaro, algún día la providencia ajustará sus cuentas ante la faz del mundo.

 

Dos soldados se acercaron hasta el prisionero y a una señal de Scott lo redujeron a la inmovilidad. Un golpe sobre el rostro le hizo sangrar la boca y Dennis Conaban fue obligado a ponerse de rodillas, pero el prisionero hundió la cabeza sobre el piso y quedó inmóvil.

 

Fray Román, que había presenciado la escena, trató de acercarse al infeliz, pro fue detenido por las armas cruzadas de los soldados.

 

El sacerdote nada había entendido de aquellas palabras, pero el silencio con que fueron escuchadas le había impresionado vivamente. Hay veces que no es necesario entenderlas porque la emoción y el tono de la voz nos hace comprender lo que ellas dicen. Y él estaba seguro de haber entendido todo.

 

Desde la mesa, el Tribunal superior de guerra leía la sentencia inapelable que los prisioneros escucharon de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza descubierta.

 

Nuevamente todo volvía a ser confuso y turbio para Juan O’Leary; volvía a caer en aquel pozo de sombras donde iban perdiéndose los contornos de los seres y las cosas, los ecos de las voces y el significado de las palabras. Lo último que alcanzo a escuchar fue un grito de terror, un alarido histérico que corrió por entre la muchedumbre agolpada por la calle:

 

-¡La horca!... ¡La horca!

 

Las fatídicas palabras rodaban de boca en boca, se agrandaban alzando proporciones gigantescas y corrían como un incendio por las calles, los hogares y las plazas.

 

La campana de la parroquia dobló a muerto.

 

Adentro, en la sala del consejo, la voz del fiscal daba lectura a la sentencia. Nueve hombres quedaban indultados por causas atenuantes no especificadas, y entre aquellas nueve figuraba, sin saberlo, Juan’OLeary.

 

Sintió que caminaba empujado por un impulso que no era suyo; se movía como llevado por resortes mecánicos que hacían de el un ser grotesco impulsado por algo distinto a su propio ser. Era como si las aguas del torete volvieran a arrastrarlo y él se dejaba llevar ya sin fuerzas ni deseos de lucha.

 

-¡Constancia…, amada mía! –se oyó decir y desconoció su voz.

 

Oía sonar los parches flojos de los tambores, escuchaba el murmullo de las voces, el eco de los pasos y se sintió levantado sobre un carro. El aire de la noche le golpeo el rostro como una fría caricia de múltiples dedos agiles y feroces. Se sorprendió mirando en lo alto una estrella que brillaba en un desgarrón de las nubes, y pensó: ¿cómo es que todavía hay estrellas en el cielo?

 

A los lados del carro iba la turba enfurecida, llevando antorchas y gritando maldiciones. El carretero hizo sonar el látigo contra la multitud mientras respondió a las injurias.

 

Junto a él, los guardias charlaban mientras bebían el licor de una botella:

 

-En la batalla del Molino murió el sobrino del general Scott…

-es explicable entonces que a nadie haya perdonado…

-¿Y los nueve indultados?

 

El otro arrojó un escupitajo.

 

-¿El perdón a cambio de todo eso? –dijo con desprecio-. ¡Prefiero la horca!

 

El carro se balanceaba entre los baches del camino. Uno de los guardias alargó a O’Leary la botella de linar mientras le dijo:

 

-Bebe…

 

Pero aquella palabra tenía acento de una orden no de un amistoso llamado, y O’Leary movió la cabeza. El soldado replicó con ira:

 

-Cerdo…, cerdo irlandés… -y la mano se aplastó sobre el rsotro en na bofetada.

 

O’Leary crispó sus manos esposadas y se enterró las uñas.

 

La horca…, mil veces la horca en vez de aquella clemencia arrogante y vulgar. Y por vez primera en esas largas horas de opaco cautiverio, sintió que sus pupilas se llenaban de un llanto ardoroso como el fuego.

 

Como traídas a la muerte por una comprensión tardía, entendió el destino que le estaba deparado a cambio de la vida: cincuenta azotes sobre las espaldas desnudas, a ser rapados y a no percibir pago alguno de sus sueldos, a ser marcados en el rostro con una letra “D” con hierro candente, a llevar al cuello un collar de hierro con tres picos de un pie de largo y a llevar grilletes en dos pies, a sufrir prisión y trabajos forzados por todo el tiempo que el ejército invasor tuviera la “penosa necesidad de la ocupación”, entonces serían dados de baja y expulsados ignominiosamente del ejercito… ¡Eso era la clemencia para el vencido!

 

Fray Román había orado fervorosamente para que el Arcángel san Miguel bajara con su flamígera espada y acabara con aquella cobardía solapada en la justicia…, pero el Arcángel no había escuchado su indigna voz y había permanecido con sus legiones celestiales, alejado del horror del hombre contra el hombre.

 

Juan O’Leary  pudo verlo entonces frente a él, sentado en el mismo carromato, balanceándose en los altibajos del camino: los dedos nudosos llevando las cuentas del rosario y los ojos fijos en el rostro de los indultados.

 

La justicia del General Scott alcanzaba proporciones de inhumana clemencia.

 

Muy lejana brillaba la aurora perfilando la sierra. El aire trajo perfume de manzanas y el aroma penetrante de la retama.

 

 

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

 

Comenten por favor.

Capitulo 18. Sin esperanzas

por Alberto
sábado, 08 de mayo del 2010 a las 19:48

Capitulo 18

Sin esperanzas

 

 

 

¡Qué extraña aquella sensación de soledad entre el bullicio! ¡Qúe rara y crispante angustía la de saber que se vive con los días contados; qué amargo sabor a sangre y humo en la boca reseca, en la sangre que de golpe, parece cuajarse entre las venas! ¿Que sensación de vacio y de silencio, y de dolor y de sueño sin reposo!

La noche había caído sobre laciudad empapada en lluvia; una congoja oscura se adueñaba de la gente que se asomaba a las puertas de sus casas y miraba pasar las tropas en derrota, arrastrando el arma, tirando de las bestias. Un rumor se acercaban hasta los soldados y se asomabanen aquellas miradas huecas, sin vida ni esperanza.

-¡Nos han vendido! ¡Nos han vendido!

La flor y nata de lejercito, cinco mil hombres pertrechados, habían sido retirados sin combatir por don Antonio López de Santaana. La linea de fortificaciones había pasado al recuerdo de sus gloriosas derrotas.

La suerte de los colorados del San Patricio era una interrogante que ponía temblor de reno en todos los habitantes. Permanecían largas horas echados sobre sucios jergones, soportando el frío húmedo del claustro de San Jacinto con la mirada perdida en el azul cielo, como si la vida hubiera dejado de tener interés, Habían aceptado su culpa sin una palabra de protesta, sin enojo, con una fatalista resignacion que señalaba la aceptación del cadalso y de la muerte ignominiosa.

Fuera de ellos, mucho más allá de su propia voluntad, se movían manos piadosas por salvarleos. Las mujeres de San Angel, Coyoacán y Tacubaya intercedieron por los prisioneros. Las damas de la aristocracia lograron una entrevista con el general Scott intercediento por los irlandeses, pero la respuesta volvió a ser la misma, implacable y cortante: aquellos hombres eran convictos de grave culpa y nadie sino el consejo de gurra decidiría su destino.

Las damas no se desanimaron por la respuesta. Por la noche, una larga fila de mujeres de todas clases sociales, con la cabeza cubierta por mantos, chales o rebozos, se movió lenta y ordenada desde la Parroquia de Tacubaya hasta el arzobispado. Un fervoso entusiasmo las llevaba a pedir clemencia, una secreta fe las empujaba en esperanza de lograr en esta forma lo que la diplomacia y el gobierno no habían conseguido.

Nada fue capaz de conmover el corazón de Winfield Scott. Aquél hombre no supo ni quiso suavisarse ante los ruegos, no entendio de sentimientos humanitarios, no se doblegó ante la súplica de las madres, de las hijas u de las esposas de hombres que defendían su patria del invasor. Eran mujeres que habían llorado y sufrido y muhcas de ellas habían perdido seres queridos en los frentes de batalla. ellas tomaban amorosamente entre sus manos la vida de aquellos seres sin fortuna, de aquellos extranjeros que habían sacrificado por México su propia tranquilidad y su conveniencia.

Nada podía hacerse sino esperar en un milagro, pero los largos días de espera, la tregua en la que se gestionaban los famosos tratados para una paz honorable, tenían la recóndita certeza de un presentido final.

Y esas horas inclementes eran para O'Leary y sus compañeros una copa demasiado amarga para beberla diariamente.

-¿Cuándo acabará esto? -preguntó Connaban

McCaffrey y O'Leary le devolvieron la mirada sombría. Esa era la pregunta que ellos se hacían a toda hora, en esos largos días en que el tiempo tenía un ritmo desesperadamente lento, en que el hombre agonizaba despacio sufriendo el dolor de sus hermanos en desgracia.

-¿Por qué no estamos con ellos y acabamos de una vez por todas como acabaran ellos? -preguntó O'Leary con voz hueca.

Al decirlo, pensó en Cosntancia y bio en su recuerdo los ojos alegres, la boca reidora, la piel apiñonada y el pelo negro con extraños reflejos del sol. ¿Qúe podía ofrecerle despues de aquellos? ¿Qué podía darle que no fuera una vergonzosa derrota? Y le parecio como una pesadilla sentir sobre si piel la humedad de la lluvia, y como un fuego en sus pupilas ardorosas y sin sueño, y sintió que su boca había dejado de llamarla porque quería olvidar hasta su nombre... Tenía un dolor y verguenza, una extraña ensación de soledad, un tremendo silencio adentro de su propio corazón. ¿A dónde voy si ya estoy muerto? -se preguntó.

La madrugada del 7 de semptiembre el toque de generala frente a Palacio advirtió al pueblo de México que las hostilidades se reanudaban. Los bandos recorieron las calles dando instrucciones y la campana mayor de catedral romió el silencio con el fúnebre toque de rebato.

Los pueblos cercanos se hallaban materialmente incadidos por la gente, que huía llevando a cuestas sus pertenencias; el pueblo se agolpaba bajo los portales, en las plazas y los atrios, bajo los árboles y en las huertas, porque madie quería ver invadida su ciudad, nadie quería soportar el espectáculo que conocíaan de oídas y nadie aceptaba saberse gobernado por el invasor.

Las tropas empezaron a movilizarse; las garitas se forozaron y se estableció una linea improvisada de defensa en las lomas del Molino del Rey, por donde se presumía que atacarían los yanquis.

El derecho de México a mantener sus antiguos límites, a defender el territorio que era suyo, lo manifestaba don Antonio López de Santaana en una enardecida proclama en la que llamaba a todos los mexicanos para que, olvidando sus partidarismos politicos, se entregaran con fervor a una sola tarea: salvar el territorio nacional.

La defensa de la líena de los Molinos parecía insuperable. Las tropas mexicanas del Ejercito del Norte duramente fogueadas iban nuevamente al sitio que les correspondía en el Molino del Rey y la Casa Mata, comunicados por un alto acueducto que unía ambas construcciones y bajo cuyos arcos se instalo la artillería. Y allí en ese puesto, los tres del San Patricio. Al mando del general Juan Alvarez estaba la caballería emplzada en la Hacienda de los Morales para presentar ataque una vez que las tropas hubieran entrado en acción y dispersar, derrotadas, a las fuerzas enemigas.

La noche del 7 de semptiembre, en vista de que el esperado ataque no se realizó, Santaana movió las fuerzzas y debilito completamente la defensa del Molino del Rey. Quedaron solo unos cuantos hombres que serían arrastrados si se presentaba combate. La madrugada del día 8 llegaron los yanquis y la defensa de los nacionales fue desesperada e inútil porque se carecía de parque y hasta de los animales indispensables para movilizar las piezas de artillería. al ver la situacion angustiosa de los defensores, el general Echegaray los reforzó lanzandose desesperadamente desde la rampa del castillo de Chapultepec.

Las piezas de artillería habíansido prácticamente perdidas y la defensa volvía a quedar como siempre, al vigor de los brazos que empuñaban la bayoneta.

Oficiosamente y sin que tuviera órdenes de hacerlo, el general Lucas Balderas se presentó al mando del cuerpo de Mina y del Tercero Ligero, los famosos polkos de verano, obreros y gente humilde, ansiosa de conquistar un sitio bie nganado como los polkos del bravos y del independencia lo habían logrado en Churubusco.

Envueltos en humo y ardiendo en cólera los mexicanos atacaron con valor sobrehumano. al empuje se desorientaron los norte americanos; Echegaray rescató los cañones y Balderas consiguió dispersar al enemigo, pero la caballería de Juan Alvarez permaneció criminaolmente inmóvil y vino a sumarse una más a la larga serie de "victoriosas derrotas".

Herido gravemente Lucas Balderas, vino a caer moribundo en brazos de su hijo Antonio quien, con la voz quebrantada por el llanto, daba órdenes, que sus hombres obedecían ciegos, alentados por aquel ejemplo de sublime heroísmo. Margarito Suazo, envuelto en el pabellón nacional, cayó para no levantarse más, acribillado por las bayonetas enemigas.

Los íltimos irlandeses fueron hechos prisioneros. Cuando los yanquis consiguieron dominarlos, eran solo un despojo sangrante, sostenidos en pie por una cólera superior a sus fuerzas.

Era inútil luchar más. La sangirienta lucha del destino colmaba su copa de margura.

Caminaron prisioneros entre los golpes y las inujrias, cayendo entre los charcos donde el sol encendía su ascua moribunda; las miradas borradas por un agrio despecho y hundiendo los pies descalzos entre el lodo resbaladizo, apoyandose unos a otrosp ara no caer, y lo más agobiante, saber que las fuerzas aniquiladas en ese esfuerzo eran solamente para llegar hasta el cadalso. No había ya ni esperanza ni consuelo.

¡La vida! ¿Quién sabe cuánto vale la carne que nos cubre hata que ella duele, hasta que sentimos en el rostro cómo se perfilan los dedos de la muerte ? ¿Quién sabe lo que es la vida sino cuando va a perderse y la conciencia lúcida nos e da reposo y el corazón se hace nudo de angustia y el labio enmudece ante el asombro y el dolor?

No te duelas de mí, Cosntancia... -pensó O'Leary-. ¡Te quiero mucho y eras lo más noble y hermoso en el final que me correspndía vivir; en este gran final que se ha devorado implacable miles de seres en los frentes de combate, en la soledad de los caminos, en la tristeza de los pueblos incendiados y esclavizados! ¡No te duelas de mí porque, despues de todo, mi vida no ha sido una eterna búsqueda de una felicidad que pude imagianr a tu lado!

Pensando en ella, el prisionero no sentía el camino ni oía las voces; no vivía en sí mismo, en su carne herida. El dolor físico cedía ante la nostalgia de una felicidad nunca alcanzada y existía en el una extraña embriagues de algo desconocido y eternamente buscado.

Seré para ti el amor no logrado, la eterna esperanza inalcanzada, la palabra que no dijimos nunca, la caricia que deje de darte. No he muerto todavía y hace tiempo que soy sólo un recuerdo.

Marchaba ajeno a todos, sumergido en sus propios pensamientos como si el mundo hubiera desaparecido y sólo su su sombra caminara entre la larga fila de prisioneros.

Y se sintió de nuevo sobre la tierra del desierto, caminando sin rumbo entre el cielo y la tierra, entre la vida y la muerte.

 

Les pido disculpas

por Alberto
martes, 23 de marzo del 2010 a las 03:39
guardado en

Hola, bueno pues quisiera pedirles una gran disculpa a los lectores de este blog, desde semptiembre no me ha sido posible seguir escribiendo el libro pues el libro que tengo esta ya muy viejo y se desohjo esta a punto de acabarse, y estoy tratando de cuidarlo lo mas posible para seguir escribiendolo, las razones por las que deje pausado esto es por falta de tiempo, y honestamente no es nada  sencillo pero aun asi seguire publicando  el libro

Solo por favor les pido paciencia pronto tendre los demas capitulos listos, a mas tardar  para el sabado tendre 2 capitulos, gracias por visitar este blog, estamos en contacto, cualquier duda o sugerencia  escribanme a

 

alb_beifong@yahoo.com.mx   o dejenme un comentario 

Batallon de San Patricio. Capitulo 17

por Alberto
sábado, 05 de septiembre del 2009 a las 03:15

Hola, aquí les dejo el capitulo numero 17 de este libro, espero que lo disfruten y recuerden que los capitulos anteriores pueden encontrarlos mas abajito en este blog, saludos y comenten.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

 

Capitulo XVII

 

El ultimo reducto

 

La ciudad estaba sobre las armas.

 

En los cafés y las almuercerías, en el Coliseo, en los portales y en los atrios no se hacía otra cosa que discutir sobre la guerra. Por vez primera, la ciudad bulliciosa y alegre recibía el tremendo impacto de aquella bárbara invasión.

 

En las plazuelas y en las calles se adiestraban los polkos que formaban la Guardia Nacional. Aquellos regimientos reunían todas las clases sociales en la población  y respondían a nombres de los héroes de la independencia: Victoria, Mina, Bravos, Independencia, Hidalgo, eran cuerpos adiestrados y bisoños que solo conocían de la guerra aquella revolución que hicieron contra Gómez Farías y en defensa de los bienes del clero.

 

Por vez primera se hacía recuerdo de las fuerzas nacionales.

 

-¿Por qué desertores? –preguntó Connaban una mañana en el amplio del cuartel de San Juan Teotihuacán al que habían sido confinados-. ¡Se nos engancho con engaño y además no somos yanquis! Estamos aquí una vez más peleando por la libertad, exactamente igual que pelearíamos si hubiera sido posible vivir en Irlanda o en España.

 

-¿Cómo podrá un irlandés, un cristiano, adoptar bandera tal? –preguntó a sus compañeros Connaban-. Estas tierras son de México y jamás deberán ser cuna de esclavitud.

 

-¿Y la independencia de Texas? –respondió uno.

-¿Cuál independencia? A Texas, la solitaria y orgullosa estrella, la devoró la poderosa república de los Estados Unidos. ¡Tenía sus días contados desde que se apartó de su legítima madre!

 

-¡Y los apaches?

-Otro engaño que fue señuelo.

 

Dennis guardó un momento de silencio y los miró a todos desde su pequeño sitial, los brazos cruzados sobre el pecho, después que paseó sus ojos sobre aquellos rostros expectantes, macilentos y sucios, preguntó:

 

-¿Por qué están ustedes aquí?

-Porque es igual que en Erie –respondió uno.

-Hubieras dejado de ser Irlandés de no haberlo echo.

-Pero hay muchos todavía del otro lado.

Muchos están ciegos y sordos a su conciencia, a su propia convicción de hombres libres y de cristianos. Dios iluminó nuestros ojos a tiempo y nos hizo ver el camino justo.

-Pero perderemos la guerra.

 

Tal vez. No siempre es la justicia la que esta al lado del débil, pero dejaremos constancia de nuestro paso en estas tierras, aquí escribiremos con sangre nuestros nombres, aquí hondeara nuestra bandera y el nombre de San Patricio será venerado. Seremos, nosotros mismos libres para resolver nuestro destino.

 

Resultaba amarga aquella libertad que sólo podía elegir de una vez y para siempre una anticipada derrota.

 

Los políticos continuaban sus intrigas partidaristas, los prestamistas hacían su agosto felicitando al gobierno dinero con réditos altísimos y todo era anarquía y demagogia, palabras huercas que no conducían sino al desastre.

 

Las enardecidas rencillas entre los generales Santa Anna y valencia darían el nefasto fruto que arrastró al país a una sangrienta, injusta y dolorosa mutilación.

 

Por las calles de la ciudad corría el rumor de que era el propio Santa Anna quien proponía a Scott durante unos tratados secretos que, “para conseguir una paz honrosa” avanzara hacia la capital, cosa que pondría en el pueblo la consiguiente alarma, mucho mas efectiva si el ejercito americano atacaba y hacía suyas las fortificaciones. Según Santa Anna, trató de comprobar más tarde, sus intenciones habían sido las de atraer al enemigo y presentarle el combate final.

 

Parecía que su plan, puramente defensivo, estaba bien estudiado y que, de realizarse, podía coronar los esfuerzos de los mexicanos, pero el tiempo demostró lo contrario al seguir los jefes sus propios y particulares enconos y al desbaratar al propio Santa Anna, como siempre, sin previo aviso, su plan defensivo original.

 

El 7 de agosto en el árido Cerro del Peñón  se abanderó a las tropas en una conmovedora ceremonia. El Batallón de San Patricio recibió su insignia blanca, con el arpa de Erín y el escudo de México y el nombre de su capitán bordado en verde. Desde ese momento se esperaba solamente el trágico aviso de que el enemigo avanzaba sobre el camino de puebla.

 

Las calzadas se llenaron de gente que huía buscando refugio en los pueblecitos aledaños a la capital. En aquella desesperada hora se multiplicaban los horrores de la guerra y la angustia empujaba con prisa a los capitalinos, que no querían ver las calles de su ciudad pisadas por la bota del invasor.

 

La defensa, por medio de una línea de fortificaciones, parecía invulnerable. Sin embargo, estudiándola sobre los planos, el general Gabriel Valencia señaló el punto débil de la Hacienda de Padierna. Santa Anna sostuvo que el sitio era indefendible y Valencia insistió en defenderlo por su cuenta. Ambos, enemistados por cuestiones  políticas, estaban dispuestos a no ceder. Santa Anna no perdonaría jamás a Valencia su pretensión de ocupar la Presidencia de la República y se hicieron de palabras. El general-presidente señaló como traidor a Valencia y lo dejo que cargara con la culpa que le correspondía al empeñarse al defender Padierna.

 

El 9 de agosto la campana mayor de  Catedral tocó

 A rebato y sonó el primer cañonazo avisando a los habitantes de la capital que la hora decisiva había llegado.

 

Se movilizaron de sus posiciones las aguerridas tropas del Ejercito del Norte hacia Padierna. Santa Anna mordiendo su rabia y su despecho ante tal desobediencia, se dedico a jugar a las cartas del destino de la nación y sus incondicionales le siguieron a San Ángel.

 

El ejercito enemigo, después de un largo rodeo, encontró precisamente el punto débil previsto por el general Valencia. La artillería enemiga amenazó la Hacienda de Padierna.

 

Noche tras noche los soldados mexicanos habían soportado la lluvia inclemente. Se habían resignado a esperar una furiosa embestida pero abrigaban la esperanza de que don Antonio no los abandonaría en el momento decisivo. Muy clara estaba la comprobación a las suposiciones de Valencia.

 

Los hombres del San Patricio habían medido cabalmente las consecuencias que acarrearía un abandono que sería mortal no solamente para ellos, sino para el país entero; aquellos largos días de espera, aquellas noches eternas sin sueño ni reposo habían quebrantado las últimas murallas de su fortaleza moral. ¡Al fin para morir nacimos!

 

Y era la muerte que acechaba sus pasos, la que había cegado muchas vidas desde Matamoros hasta  Padierna.

 

El 19 de agosto el enemigo  abrió el fuego y le respondió una defensa valerosa y denodada. Las tropas de Scott, sorprendidas ante el rechazo, tuvieron que replegarse y se organizaron de nueva cuenta. El punto débil resistía tan bravamente que Winfield Scott vio en peligro su campaña en México. Otro rechazo y se vería obligado a retroceder sin lograr nunca esa paz honorable cuyo precio todavía se resistían a aceptare los desordenados y hambrientos mexicanos.

 

Padierna estaba a punto de convertirse en una tenaza trituradora, en una trampa mortal. En lo alto del lomerío las tropas del general Pérez dispuestas al ataque, y a sus espaldas, las líneas fortificadas que la ciudad preparó para su defensa. Un empuje más y el orgulloso invasor tendría que volver las espaldas para siempre.

 

La muralla de Padierna, muralla de soldados que sabían pelar, estrellaba las ambiciones políticas de Scott y las territoriales del partido esclavista. Los codiciados territorios de México se le escapaban de las manos y quedarían perdidos si Santa Anna no intervenía favorablemente.

 

La madrugada del 20, Valencia pidió refuerzos. Las tropas miraron con angustia la retirada de la caballería que comandaba el general Pérez, y Santa Anna ordenó que Valencia abandonara el punto y fuera hacia San Ángel por caminos ocultos.

 

Gabriel Valencia apretó las manos con furia. ¡Se le abandonaba a su suerte! Pero ahora no era solamente el destino de un rival político…, era el destino de la patria.

 

  -¡Resistiremos!... –fue la orden.

 

Los hombres conocían cabalmente el significado de aquella palabra. Había sido la misma que tras amargos días de lucha dejo Monterrey en poder de Zacarías Taylor.

 

Muy temprano en las lomas don Antonio montado en su caballo blanco. Desde allí, sus ojos se recrearon contemplando la desesperación de las tropas, dignas de mejor suerte; su espíritu perverso y mezquino había determinado su malévolo propósito: “Entre la derrota del invasor y la derrota de su enemigo, prefirió la derrota de Valencia”.

 

Volvió la espalda. El lomerío quedó limpio de tropas y limpio de esperanzas y la anhelada victoria se coronó en derrota, como en la Angostura.

 

-¡Esto es la muerte! –gritó Dennis Conaban.

 

Entre el humo y la pólvora, entre la desesperación y la furia, los hombres lucharon como leones. Ya no era la batalla por la libertad, ni por la justicia: era la defensa de la vida propia, la angustiosa desesperación ante una presentida venganza.

 

Sin refuerzos y sin parque, el Ejercito del Norte se vio rechazado y copado. Una compañía del San Patricio quedó envuelta por el enemigo.

 

Ya ondeaba en las lomas de Padierna el pabellón invasor.

 

Valencia huyó con los suyos a Cuautitlan; el Ejercito del Norte, ya sin jefe, se dispersó.

 

-¡A Churubusco… a Churubusco! Era el grito que salía de todas las gargantas.

 

Una avalancha humana se dejó caer hacia los muros asilados del convento de San Diego; las casuchas y las tierras pantanosas que lo rodeaban se vieron de pronto sacudidas por le fragor del combate. Los cañones del invasor arrasaban la retaguardia y el Ejercito del Norte llevaba a rastras a sus heridos. Con ellos venía la otra compañía del San Patricio. Palmo a palmo del terreno  se rego con sangre de valientes. El Celaya, que había enarbolado nuevamente el Pabellón tricolor arriando el de las barras y las estrellas en Padierna en un acto de gallardo desafío y los Piquetes de Tlapa, formados por españoles, acudieron en defensa del convento convertido en fortaleza.

 

Churubusco se encontraba defendido por los Polkos del Independencia y del Bravos al mando de don Manuel Rincón y don Pedro María Anaya a quienes Santa Anna les había dejado dos cañones.

 

Los colorados del San Patricio se parapetaron en el puente. A un tiro de piedra se veían los blancos muros envueltos en el humo de la pólvora y la llovizna.

 

Adentro, en el convento, se descubrió con rabia que las cajas de parque no eran sino cartuchos de salva y los pocos útiles eran de otro calibre que los soldados mordían con desesperación para introducirlos en sus fusiles. Ya sin parque Peñuñuri dio la orden:

 

-¡A bayoneta!

 

Los defensores fueron replegándose hacia el convento, cuando de pronto se hizo un extraño y fúnebre silencio preñado de impotencia y desolación.

 

El enemigo quedo desconcertado y el capitán Smith izó la bandera blanca y atravesó el campo mortal. Penetró en el convento por el boquete abierto por un estallido de la pólvora y se sorprendió al ver en el patio a las tropas de pie  con las armas en descanso; sus jefes tenían las manos y el rostro quemados por la pólvora. El comandante del San Patricio miraba ondear en la torre su blanco Pabellón. El y los suyos habían cumplido su deber de hombres libres.

 

Un alarido salvaje cortó los aires; era un grito altanero y desafiante mientras una carga de caballería cruzaba el campo; eran hombres vestidos de charro que llevaban en el sombrero lña infamante cinta roja que decía spy company.

 

La contraguerrilla poblana hizo caer la puerta de Churubusco.

 

Tres irlandeses fuera del convento se batían a bayoneta calada. El solo echo de ver a aquellos despreciables sujetos manejar el arma contra sus hermanos era suficiente para mantener ardiendo la llama del coraje y del desprecio ante la vida. Hubo un momento en que la contraguerrilla dio el frente a sus atacantes y de entre el humo y el estruendo de la caballería, un hombre, insolentado de sí mismo, avanzó gritando mientras batía el machete:

 

-¡Ábranla…, hijos de la mañana, que aquí viene Macario Pacheco!

 

Aquel maldito hombre tuvo un mágico poder sobre Juan O’Leary que avanzo resuelto hasta encontrar a su adversario; atrás de el, Tomás McCaffrey le seguía con el arma dispuesta. El pelo rojo al aire, el rostro  cubierto de lodo, la ropa desgarrada, el fusil sin carga y la mirada llena de rabia les hacían blanco seguro, pero no dieron un paso atrás, llevados por el ansia de aniquilar a aquel despreciable sujeto.

 

Era tan resuelta y denodada la actitud de aquellos hombres, que varios de la contraguerrilla se hicieron atrás. De caer en manos de sus enemigos, su suerte estaba echada, y ellos no eran héroes.

Adentro, en el convento, las tropas invasoras trataban de “hacerse justicia” en los miserables convictos que formaban el Batallón de San Patricio.

 

¡Colgarlos allí mismo, sin proceso, sin juicio, atendidos a la sola razón de un triunfo conseguido sobre toda justicia para ellos y que el vencedor desquitaría en su carne doliente y humillada los imaginarios agravios que un pueblo débil y exhausto como México no les había causado! En ellos, en sus pobres cuerpos fatigados y rendidos, la soberbia del fuerte se cobraría la eterna rebeldía del oprimido.

Al mediodía Churubusco arrió el Pabellón tricolor desgarrado por el fuego, el infortunio y las pasiones. El ultimo Pabellón que descendió fue el blanco del San Patricio, donde las manos campesinas dibujaron el arpa de Erín y el águila de México.

 

Una lluvia menudita empapó la tierra y resbaló sobre los muros. En los ojos de los prisioneros no había siquiera el consuelo del llanto; muy adentro, el alma sollozaba silenciosa, amargamente, entregada a su implacable infortunio.

 

Muy alta, el águila mexicana plegaba sus alas a la herida de muerte.

 

Batallon de San Patricio. Capitulo 16

por Alberto
viernes, 04 de septiembre del 2009 a las 11:40

Capitulo XVI

La corona Negra.

 

Las mulas se atascaban en los lodazales atrasando la pesada artillería; los hombres, bajo el bochorno del sol o empapados por la lluvia, hacían la marcha con grandes esfeurzos.

 

-¡Solo en Irlanda llueve así! –dijo Conaban.

-Sólo en Irlanda hay tanta miseria y tanta injusticia –responió Juan.

 

Atrás de ellos, Tomás McCaffry comentó:

 

-¿Y en España…, no hay injusticia, ni pobreza ni cárceles? 

 

O’Leary soltó una maldición. Una de las bestias había caído, hizó esfuerzos por levantarse y luego, al castigo del arriero, quedó agotada, de panza en el lodo, sacudiendose aveces en el espasmo de su agonía. O’Leary detuvo el brazo del hombre que iba asestar un nuevo golpe.

 

-Dejala morir en paz –exclamó.

 

El arriero se seco el sudor y bajó el latigo, se encogió de hombros y escupio con desprecio.

 

-¡Parecen señoritas! –dijo.

 

Los colorados no le presondieron. Desengancharon a la pobre bestia y desviaron a su compañera. Algunos hombres se metieron a empujar  el vagon mientras otros tiraban de él. Ya nadie se quejaba ni maldecía, uno tras otro los carros y los cañones se hundían y el empuje de todos los hombres los rescataban de los atascaderos.

 

-Debe haber norte…

 

    O’Leary levantó sus ojos y miró el cielo sucio, la montaña oculta por los jirones de nubes, el camino cubierto por la niebla,  y añoró la llanura áspera y seca, y como removido por su propia angustia, el recuerdo de Constancia, de sus ojos, de su voz llámandole con el arrullo de la tortola.

 

Y siguó la marcha hundiendose en el lodo y el despecho. ¡Maldita guerra!...

 

Al atardecer rindieron la jornada. Hombres y bestias estaban agotados, rendidos por la fatiga  rodearon la fogata. El olor de la carne asada despertó el apetito y algunos arrieros  se les unieron para compartirles  un trago de licro que calentara a los miembors entumecidos.

 

-Salud, colorado… -los ojos tenían reidora malicia y fraternal amistad.

 

-Slanta igo moch –respondió O’Leary en gaélico.

 

El arriero soltó la risa y empinó el jarro hasta acabarlo, luego se limpió las manos con el dorso de la mano y se acercó al fuego. Levantó los ojos. Por los desgarrones de lasn ubes parecían luceros.

 

-Va a levantar –dijo-. Llegarán a México con buen tiempo.

 

-Dios te oiga compadre –dijo McCaffry.

 

     Algunos hombres tendían los jergones y se echaban a dormir: otros sacaron las cartas para jugar un rato, algunos se contaban chistes y su risa sonaba ruidosa, pero no alegre. Poco a poco el sueño se fue adueñando de todos; las bestias permanecían quietas, apartadas, hechas un puño para calentarse y tal vez para aliviar esa extraña tensión del miedo que se sentía como algo presente que pudiera tocarse como algo vivo.

 

-¿No fuiste vos el extranjero que llevaron al rancho de San Lorenzo los hombres de Cayetano Uribe?

-Si…, era yo –respondió con voz quebrada por la emoción.

 

-¡Quien iba a decirlo! –dijo mientras lo observaba con curiosidad-. ¡Hubiera jurado que no se salvaba!

 

O’Leary sonrió con desgano. Las palabras venían a ser casi un cumplido. Le interesaba ahora charlar, le era grato hacerlo con quien conocía a personas lo unían firmes lazos de gratitud y cariño. Seguramente no tenía que forzar a su compañero, porque este ya se disponía a decir todo lo que quisiera.

 

-¡Diablo de viejo..., hace años que nos conocemos!

 

La difunta era una mujer preciosa…, igualita a la Constancia, sólo que esta es más echa, más mujer. ¡Buena gente todos ellos, hasta la pobre Matilde!

 

O’Leary comentó:

 

-Ayer apenas nos vimos en San Martín.

-También yo lo vi. Se vuelve a Veracruz. Se le ha metido entre ceja y ceja acorralar a Walker, que tantas vidas esta costando…,  ¡y pobre de Macario si le pone la mano encima!

-¿Quién es Macario? –preguntó O’Leary extrañado nuevamente ante ese nombre que nada le decía particularmente, pero que parecía significar mucho para los guerrilleros.

 

-¿No sabes vos quien es Macario Pacheco? –el viejo arriero parecía asombrado-. ¡Haber vivido en San Lorenzo y no saberlo!

 

-No no lo sé…, pero usted puede decírmelo.

 

El arriero atizó las brasas y levantó los ojos para ver a O’Leary que comenzaba a impacientarse.

 

-Macario había pedido en matrimonio a la Constancia…

 

O’Leary sintió que el corazón  le daba vuelos, pero trató de parecer indiferente; el arriero bajó la mirada otra vez a los leños que comenzaban a arder y añadió:

-Tienen mala fama los Pacheco, pero son ricos y el muchacho es galano. Cualquier mujer hubiera dado el sí alocadamente y sin pensarlo, pero la Constancia dijo que nones, y tan cerca como su padre, nadie la sacó de su contesta; y ya sabe usted de lo que es capaz un despechado. Una noche, ya empezada la guerra, hasta creo que usted ya estaba allí más muerto que vivo, el tal Macario llegó a San Lorenzo y quiso hacer violencia en la muchacha…

 

O’Leary  cerró los ojos como si del rescoldo se hubiera levantado una llamarada; seguía oyendo las palabras como si vinieran de adentro de su sangre.

 

-Pero la Constancia es brava y se defendió como un demonio. Con un atizador le dio un diablazo y lo dejó marcado. ¡Quién sabe cuantas atrocidades hicieron en la cocina: rompieron la olla del agua, echaron la mesa patas arriba y quebraron toditos los trastes! Cuando llegó la Matilde que estaba en la troje con algunos hombres heridos, el Macario había huido dejando un rastro de sangre. Nadie pudo alcanzarlo, nadie metió las manos siquiera.

 

O’Leary se levantó para caminar algunos pasos. Hasta ahora comprendía cabalmente lo que significaba Macario Pacheco para todos ellos, hasta para él mismo. El arriero lo miró de hito en hito.

 

-¿No lo supiste vos? –preguntó.

-No supe nada –respondió seco y cortante. El arriero volvió el rostro al fuego y se entretuvo haciendo crepitar los leños. O’Leary se acercó hasta él y arrodillándose a su lado le urgió.

 

-¿Y que pasó después?

- El Macario se escurrió de las manos como el mismo diablo. Nadie supo más de él hasta que ya en Veracruz, un día, Cayetano se dio a maliciar que algún cochino traidor enseñaba a los yanquis de Walker las veredas para caer a los poblados o sobre los escondites de las guerrillas y se dio a seguirle los pasos con cautela. En Santa Clara ya los tenía en las manos, si no hubiera sido porque Juvencio, el gachupincito que es una criatura sin experiencia, disparo el arma y se sembró la confusión. Y allí, cara a cara se vieron Cayetano Uribe y el Macario Pacheco…, ¿para que preguntar más?

-Malhaya… -exclamó O’Leary apretando los puños-. ¿Por qué Cayetano Uribe no lo mató antes cuando el quiso abusar de Constancia?

 

-El arriero le miró sorprendido; parecía extraña aquella actitud del colorado, irritada y anhelante.

 

-¿Por qué? ¡Dios sabe!

-¿Y por qué no lo mató allí, en Santa Clara?

-Porque a Macario parece que lo protege el diablo… -respondió el arriero santiguándose-. Y lo que es peor: parece que Walker se lo mandó a Scott bien recomendado para que lo ponga en la lista de la contraguerrilla poblana. ¡Buena guerra van a darnos estos…! –y soltó la injuria con reprimida cólera-. ¡De todos ellos no dejaría uno sin la soga al cuello!

 

-No son hombres… -dijo, como si de pronto toda su cólera se ahogara en una rabia sorda, turbia, que le mordiera el alma a tarascadas furiosas.

 

El arriero se levantó también; el raído poncho rozó la tierra húmeda.

 

-Cualquier desconfianza es poca –murmuró.

 

El aullido del coyote se escuchó a lo lejos como un lamento, una lechuza cantó en la rama y un coro de grillos salmodió un De profundis.

 

-Hay que reposar un rato…, la jornada de mañana es ya la última…, y yo me vuelvo –dijo el arriero.

 

-No tengo sueño, gracias. Yo velaré el resto de la noche; no despierte al centinela en turno… -dijo Juan.

 

Poco rato después. O’Leary estaba solo, tan solo que sintió frio.

 

-Es el relente – se dijo removiendo la hoguera.

 

Pero era un frio intenso y desolado. Le invadía una sensación de disgusto, le irritaba que Constancia no hubiera mencionado aquel desagradable incidente y  le molestaba haberlo sabido por otra boca y tan lejos de ella.

 

Era esa hora pesada en la que la noche empieza a ceder su paso al día y toda la desconsolación de los seres abandonados aplasta sobre su espíritu; es la hora de los insomnios y las pesadillas. Muy lejana, una tormenta rasgaba el vientre de las nubes y ponía en el cielo extraños reflejos azules y vibrantes. Un retumbo, y la tormenta desgajada bajaba por la sierra, tempestuosa y desencadenada. ¿Qué haría Constancia a esa hora? Tal vez saliera al portal y mirara a lo lejos, en su eterna  espera. Quería encontrarla en su corazón, porque sentía que la ausencia comenzaba a desdibujarle el rostro amado.

 

 -¿Por qué nunca me dijo nada? –se preguntaba una y otra vez para responderse como los hombres de las llanuras lo hacían siempre: ¡Sabe!... Y le parecía sentir sobre su pecho en la tierra de Constancia mientras encerraba toda su pesadumbre en unas cuantas palabras.

 

-se ha ido…

 

Y pensó que él tampoco había dicho a Constancia  nada de su atormentada juventud, ni había mencionado siquiera el nombre de Deirdre, ni le había hablado de aquella hija a la que no conocía, ni había dicho tampoco que cuando el destino le puso entre sus manos, él no era de los colorados del San Patricio. ¡Y ella empezó a amarme por ellos! –se dijo-. ¡Qué de extraño tenía entonces que hubiera guardado silencio sobre algo que la humillaba y sobre un hombre al que no amaba!

 

Muy altas, las nubes del amanecer tomaban tintes metálicos y palidecían los luceros en la aurora; lenta y siniestra giraba arriba de las cumbres la negra corona de los buitres.

 

Los hombres comenzaban a desperezarse y O´Leary, de cara hacia la aurora, permanecía absorto en sus pensamientos. De pronto, alguien gritó con voz apretada de horror:

 

-¡Miren… allí!

 

Bajo el árbol se balanceaba el cuerpo de un ahorcado. Su horripilante aspecto causaba miedo y asco.

 

-¡Cuando dije que aquí penaban las ánimas benditas…! –dijo el arriero, persignándose.

 

-¡Haber velado sin ver al difunto! –dijo otro.

 

Se apresuraron los arreos, tiraron con  prisa de las bestias y ensillaron los caballos bajo el espectro de aquella pesadilla que el viento movía en horribles contorsiones.

 

-Lo bajaremos –dijo O’Leary.

 

Los hombres le miraron asistiendo.

 

-Hoy por él –dijo uno- para que alguien entierre a nosotros también mañana, si nos toca la de perder…

 

Un fornido joven subió a la rama y brazos potentes recibieron el cuerpo. El rostro tumefacto y los ojos saltados eran horrorosos, la lengua colgante tenía estrías de sangre. O’Leary le echó un pañuelo sobre el rostro y se arrodilló. Los demás le imitaron rezaron una breve oración por el difunto.

 

En un momento quedó cavada la sepultura y el cuerpo bajo la tierra envuelta en un raído capote. Las ramas de un árbol le hicieron la cruz, atada con una correa.

 

-En paz descanse… -dijo el arriero santiguándose.

 

-¿Quién sería?..., ¿qué habría echo? ¿fue justicia o venganza? –peguntó el viejo.

 

O’Leary se encogió los hombros.

 

-¿Hay alguna diferencia? –preguntó. El fin es sólo un monton de tierra y el olvido después…

 

El arriero le tendió la mano diciéndole:

 

-Adiós colorado. Si no volvemos a vernos en esta vida, sabe que me llamo Remigio Salazar.

 

-Adiós…

 

Las manos rudas se separaron; los hombres también. La guerrilla volvió grupas y emprendió el camino monte arriba.

 

O´Leary miró hacia la tierra recién removida por última vez.

 

Había velado el sueño sin sueños de un desconocido. ¡cuantos como él habría por los caminos de México, cuántos más sobre las tierras de Irlanda!

 

Y el hombre sueña en la justicia, en el amor y en la paz y vive debatiéndose entre el odio y la ambición: y todo acaba en un puñado de tierra, de ceniza triste. El justo y el pecador, el que ama y el que odia tienen señalado el único camino al que no han de escapar jamás. ¿De qué vientre de mujer ha nacido el hombre que no ha de morir nunca?

 

Oh Dios –se dijo-, si tan solo por un momento el hombre midiera la magnitud de su maldad, si por un momento pensara que el fin de uno es el mismo fin de todos, no destruiría su propia vida ni la de su prójimo. Pero nadie piensa en la muerte, ni siquiera aquellos que la llevan a la espalda y que de tanto llevarla la olvidan.

 

Ya los hombres bajaban la cuesta arreando las bestias. El sol era tibio y la mañana azul. La corona negra revoloteaba en busca de su presa y abajo el rio golpeaba contra las rocas profundas de la cañada. Más allá, el camino de herradura y los toques de los clarines y caballos.

 

O’Leary volvió la mirada a la montaña. No había ya guerrilleros y en ninguna rama se detenía la muerte. Trepando, el camino se perdía en la sierra como una herida.

 

Batallon de San Patricio. Capitulo 15

por Alberto
martes, 03 de marzo del 2009 a las 03:27
guardado en

Capitulo 15

Las contraguerrillas

 

Había sido inutil para don Pedro María Anaya convencer a don Antonio de la utilidad de un ataque a Winfield Scott en Puebla. Santa Anna había dispuesto fortificar la ciudad de México y esperar allí el ataqued final. Perversamente el general-presidente rechazaba por segunda vez la oportunidad de firmar esa "paz honorable" que tanto pregonaban buscar los generales invasores.

 

Las tropas recibieron órdenes de movilizarse hacia la capital y la defensa del territorio invadido quedaba prácticamente en manos de las guerrillas.

 

La sorpresa recibida de Santa Clara puso al capitan Walker sobre aviso y no ignoró que la cabeza de Macario Pacheco corría peligro en cualquier sitio, sin las formalidades de un Consejo de Guerra ni juicio alguno qeu aparentara la legalidad de leyes urgentes dicatadas por el estado de emergencia en que se vivía. Cualquier guerrilllero tenía no solamente la autorizacion, sino el derecho de ejecutar al traidor. Le había sido hasta entonces muy útil y, aunque no era un conocedor  perfecto del terreno, era lo bastante habil para conseguir informes y lograr adeptos. El precio del dolar quebrantaba voluntades y borraba escrúpulos; los bandoleros carecen de reglas de moral y desconocen deberes elementales.

 

Pero tampoco resultaba bien saberse perseguido y acosado por hombres tan cabales como Cayetano Uribe y los suyos, y decidió que un piquete de su contraguerrilla acompañara a Macario Pacheco hasta Puebla y la entregara al general Scott quien sin duda alguna lo haría ingresar, con magnifica hoja de servicios, a la Spy Company.

 

El Ejercito del Norte emprendía la retirada obedeciendo órdenes. El Batallon de San Patricio siguió la marcha con el ejercito al que pertenecía y sus filas aumentaban a despecho de Winfield Scott que sintió por ellos un odio especial y a los que calificaba de "miserables descarriados".

 

Las lluvias torrensiales hacían intransitables los caminos; la artillería se atascaba en los lodas¡zales de las brechas, y aveces, para escapar a las emboscadas de las guerrillas de Walker, se veían obligados a utilizar veredas escondidas en las cañadas, lo que dificultaba el movimiento. Llegar a San Martín Texmelucan había sido una proeza; por lo menos, más adelante podría seguirse el camino de herradura que utilizan las diligencias y las conductas.

 

De pronto apareció Cayetano Uribe al frente de su gente. A ellos les había correspondido cuidar la retirada de los valientes colorados.

 

Los hombres estaban agotados y sucios, llenos de lodo y sudor, los uniformes desgarrados y ya sin calzado con que protegerse de las piedras y las zarsas del camino. Algunos se cubrían con capisayos de palma que les habían regalado los campesinos a su paso por los pequeños poblados y rancherías. San Martín Texmelucan pareció un osasis.

 

Había cerrado la noche cuando acamparon. La espadaña de la parroquia estaba iluminada por lámparas de aceite protegidas del viento. Algunos hachones de ocote ardían y su flama se retorcía humeante y caprichosa. La tropa se había refugiado en el convento y algunos hombres acampaban en el cementerio encendiendo fogatas para secar un poco las humedas ropas. voces perdidas cantaban aquella cancion que era ya como un grito de guerra en los desolados ampos mexicanos de 1847.

 

¡Ay muerte, no seas inhumana

dejame vivir,

esperando qeu tal vez mañana

la ronca campana

nos llame a morir!

 

Allí le encontró Cayetano, cuando junto con Dennis Conaban escuchaban aquel canto que tenía algo de suplica y de reto. El capisayo le abrigaba el cuerpo rendido por la fatiga y empapado por la lluvia Juan O'Leary le miró con agradable sorpresa como si de pronto, entre el dolor de la tierra, desgarrada por el odio, surgiera la amistad.

No era Cayetano hombre de efusivas demostraciones; le bastó un apretón de manos en el qeu significaba su afecto y buscaron un sitio apartado para charlar, mientras a lo lejos se escuchaba el rumor sordo del paso de las tropas, el pesado rodar de los carros y el trote de la caballería.

 

-¡Y pensar que los hubieramos desbaratado en Puebla! -suspiró el guerrillero. Torció entre los dedos un cigarro y Juvencio raspó el pedernal y le acercó la llama-. ¡A veces pienso que es al proposito!

 

Así lo habían pensado también los hombres de San Patricio, pero estaban acostumbrados a pelear en confuso sistema; ahora, sin embargo, eran parte del Ejercito del Norte que, desde el principio, llevaba a cuestas el peso de la guerra.

 

-¿Qué sabe de Constancia? -preguntó Juan.

-Nada, hijo, nada. Estará rezando por nosotros en San Lorenzo. ¡No quizó salir de allí; se aferró a sus adobes y a su pozo, a sus tierras y a sus animales y dijo que solo con los pies delante la llevarían al panteón!... ¡Y yo tan lejos..., y ella sin amparo! Pero Dios verá por ella y de vez en vez alguien le dará razón de nosotros.

 

Volvieron a qeudar en silencio mirando ambos el cigarro, que era como un puntito de luz en la sombra.

 

-No sé cuando volvamos a vernos -dijo el guerrillero-. El ejercito del norte se va a defender la ciudad de México, allí se decidirá la guerra qeu pudo resolverse antes ¡pero no somos nosotros quienes mandamos; nos toca obedecer, y somos buenos soldados! De modo que nos encontraremos allí cuando todo acabe, para bien o para mal.

 

Juan entendió ne aquellas palabras más pesimismo que confianza.

 

-¿No cree usted el triunfo? -preguntó.

-¡Como creer..., ya no creo en nada! La muerte es lo unico seguro -dijo.

 

Un lejano toque de corneta daba órdenes a las tropas que marchaban. Pareció de pronto que el tiempo apremiaba, que el enemigo  estaba ya al frente, preparandoles una emboscada. Cayetano se irguió y le tendió la mano.

 

-Me voy -dijo, pero se quedó de pie, mirandole. Parecía modo de mentira que teniendo tanto qeu decirse hubieran hablado de lo que todo mundo hablaba. Luego, como obedeciendo a un íntimo impulso sobre algo que le repugnaba, preguntó:

 

-¿Ha oído mentar a Macario Pacheco?

 

Juan movió la cabeza negando.

 

-Es de los hombres que han ayudado al capitan Walker a asolar los pueblos de Veracruz. Hay orden de qeu sea ajusticado donde se le encuentre sin formacion de causa.

-Yo no puedo hacerlo -respondió juan.

-So lo encuentra a solas, podrá hacerlo y deberá hacerlo, créame ¡por el bien de todos!

 

Juan sonrió escéptico. ¿Qué valía aquella mísera traicion entre las muchas que estaba nresistiendo?

 

Cayetano se apartó de él seguido por Juvencio y por Ricardo Guitierrez; Juan lo vio montar en su caballo y antes de aprtir volvió el rostro hacia él y levantó la mano para despedirle. Una intima congoja le afligió.

 

-Si el viejo falta -pensó-, ¿qué será de Constancia?

 

Buscó de nuevo la compañia de Conaban, que había permanecido aparte. Al verlo llegar preguntó:

 

-¿Malas o buenas noticias?

-Más malas que buenas...

 

Extendieron los capisayos bajo el portal que había sido aislo de los peregrinos en la época de la evangelizacion y se tendieron a dormir, pero la noche preñada de lluvia hacía más triste la hora. Conaban fue el primero en hablar.

 

-¿Cuanto tiempo hace que nos vimos en España? Dejame sacar la cuenta..., la hija de Deirdre estaba apenas recien nacida.

 

-Por ti lo supe -respondió Juan-. Fue en el 20.

-¿Te aceurdas? ¿Quién diablos nos metió entre comuneros y nos echó a cantar el himno de Riego? -sonreía sin que Juan le viera-. ¿Qué es lo qeu nos arrastra siempre, lo que nos lleva de un lado a otro?

-lo que nos trae y lo que nos lelva es la inconformidad con nosotros mismos. no hemos logrado nada en la vida y nisiquiera hemos vivido bien, lo digo por mi, que no pudo ser el hombre que diera  a su propia hija el hogar y el nombre que merecía.

 

Dennis guardó silencio. Con las manos enlazadas bajo la cabeza miraba hacia la espadaña, donde las luces agonizaban entre la lluvia y el viento.

 

-A veces me pregunto si somos verdaderamente culpables, si nosotros somos resonsables del mundo que heredamos -dijo.

 

Juan se encogio de hombros sin responder. Conaban habló entocnes muy quedo:

 

-¿Te acuerdas qeu salí de España sin vovler a verte? Yo había estado con "El Empecinado" al que ejecutaron acusado de masón y tuve que salir so pena de que corriera la misma suerte. Vine a America entonces. Los disturbios eran iguales allá que acá, la misma incoformidad, el eterno descontento, el disputarse el poder unos a otros y el ego a flote en todo. Pues bien, había un lugar en el que muchas familias irlandesas habían puesto sus ojos. Ese lugar era Texas y yo fui de los inmigrantes qeu fundaron el condado de San Patricio... Yo vi a los apaches destruir casa por casa, violar mujeres, asesinar a los hombres y secuestrar a los niños, ¡Era la embriaguez de la sangre y el exterminio! ¡Te aseguro que nada hay comparable a eso; ninguna crueldad puede asemejarse al odio feroz y encarnizado de los apaches! Llevaban armas qeu les proporcionaban los traficantes yanquis; iban borrachos de alcohol, alucinados por la droga y llenos de  rencores atizados intencionalmente. Querían cobrarse de golpe las enérgicas medidas que ñoas atraz haía tomado contra ellos el capitán don Matías Galvez, que despues fue el Virrey. ¡Y cuánta razon tenía..., y como los conocía! ¡Que distino hubiera ido todo si este hombre cabal hubiera llevado a la practica su experiencia!... ¡Los indios no eran hombres..., eran demonios!, ¡peores qeu fieras! ¡No pueden ser hombres, Juan O'Leary! ¡dudo qeu Dios pueda perdonarselos..., no sé si peuda Dios perdonarme ami también!

 

Su voz se ahogó sordamente  minetras los puños apretados golpearon sobre la tierra húmeda con impotente furia . Dennis Conaban  tenía brillantes las pupilas y temblorosas las manos que se frotaba una contra otra despues de aquel desahogó de golpearlas  contra el suelo. Estaba anhelante y podía sentirse temblar su cuerpo todo bajo la áspera fibra de capispayo.

 

-Nunca he tenido el valor suficiente de confesar mi cobardía..., no sé si tú me desprecies después de lo que voy a decirte ¡pero necesito sacudir mi corazón de este peso qeu me abruma, de todo el horror que pesa sobre mis noches sin sueño!...

 

Guardó un breve silencio mientras fumaba el cigarro que Juan le había torcido. Hbría qeurido hablarle, pero ¿qué podría decirle? Las manos de Conaban se escondieron bajo el sobretodo y siguió hablando como si lo hiciera a algún ser invisible.

 

-Me había casado y me sentía feliz. Por vez primera viviía en territorio libre, donde se católico no era agravio mni culpa, donde me sentía al fin como un hombre y tenía un hogar. Conocía a Malvina en el barco en que hice la travesía despues de mi huída de España. Ella era irlandesa tambíen y tenía ese nombre poético que encierra todo un cántico de Osián, así nos conocimos y aprendimos a amar. Sobre todo, jamás dejarnos de ser irlandeses. ella traía un puñado de tierra nuestra que pusimos bajo el primer fuego que encendimos. Un hombre quería fundar en Texas la segunda Irlanda; una mujer llevaba tierra de su aptria como un simbolo y éramos los dos un árbol sin raíces qeu renacería en tierra ajena, y éramos un árbol sin renuevos y sin pájaros, pero erguido bajo el cielo... solamente que Texas no era la tierra prometida, la tierra de nuestra esperanza. Había en ella un germen amargo desconocido para nosotros: la esclavitud. Y a pesar de la tierra y de los hombres, fundamos el Condado de San Patricio y nos amparamos a la bandera de México hasta que nos aniquilaron los apaches.

 

-No sé cómo pude escaparme. Había subido a la azotea  a arreglar el techo qeu goteaba, cuando empezó la incursion. Todavía me parece ver los rostros pintados de siniestros colores, los cuerpos desnudos y ágiles, los penachos de plumas, las lanzas de fuego. Todo fue ta nviolento que me paraliz´´ó el terror. Tuve miedo, Juan, un pánico espantoso ante aquellos que veíia y que era una página que Dante olvidó escribir. Todavía ahora me pregunto cómo pude soportar las tormentas a qeu sujetaron a Malvina, sin exhalar un grito, sin ahcer un movimiento que me delatara. Me sentía de piedra, como si otros ojos que no fueran los mios estuvieran mirando aquella indecible tortura, aquella afrenta a la dignidad humana, aquel atentado al pudor de una mujer... Malvina se defendió todo lo que pudo, pero era débil paracombatir contra dos fieras; la vi volver los ojos buscándome, la oí gritar mi nombre no una, sino muchas veces y la vi caer, y morder y arrancar los cabellos de sus enemigos hasta qeu se fue quedando quieta, aniquilada entre su propia sangre... ¡Oh Dios! -gimió con un grito ronco, inarticulando, como de fiera herida.

 

-Esta es la verdad sobre tu amigo Dennis Conaban, el valiente luchador que dejó al "Empecinado" solo con su muerte en el patíbulo; el que mas tarde careció de coraje para defender los suyo, lo unico que le pertenecía; el qeu no había tenido hasta entonces el valor de morir como hombre o como víctima siquiera. Por eso ahora estoy en México  por una causa justa, aunque toda la vergüenza y el miedo del mundo se acumulen en mi corazón y lo hagan estallar ne pedazos... Yo mismo me desprecio Juan, y sólo con mi conciencia llevo esta carga sin alivio, esta oculta humillacion.

 

Dennis Conaban volvió su mirada y se encontró con los ojos de Juan, que le tendió la mano.

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

COMENTEN, :P jeje

quiero hacer una acalracion, pues me voy fijando que Patricia Cox llama a las fuerzas regulares mexicanas como "Ejercito del Norte", y creo qeu esto es erroneo, pues si bien el  Ejercito del Norte (tambien llamado Division del Norte) compuesto aproximadamente por 15 soldados, fueron derrotados en la batalla de Palo Alto a principios de la guerra, despues de la derrota la division del norte se dsiperso y los soldados sobrevivientes se uieron a otras compañías. Así que ya en estas alturas donde los yanquis estaban apunto de entrar a la capital no había ejercto tan organizado como la valietne division del norte, simplemente quedaban la compañia de santaanna, el batallon de san patricio, y algunos del batallon de san blas.------------------------ consulten las memorias de guillermo prieto o el autor de llibro qeu  puse mas abajo en otra anotacion antes de emepzar con el libro para que van que no les miento....

un saludo y COMENTENN ¬¬ porfavor =)

Batallon de San Patricio. Capitulo 14

por Alberto
domingo, 01 de marzo del 2009 a las 11:40

 

Capitulo 14

 

 

El sucio juego

 

De Xalapa a Puebla había partido Scout sin que Santa Anna pudiera detenerle. Todas las disposiciones del general-presidente, los acuerdos tomados por sus ingenieros y ayudantes de campo, eran poco después retirados sin explicación alguna que pudiera justificarlas; esto creaba desorientación y desorden entre los jefes y oficiales del Ejercito del Norte, que comenzaban a retirarse de sus posiciones en Veracruz para replegarse hacia Puebla.

 

El famoso manifiesto de Scout, profusamente publicado, respondía a un hábil plan para dividir al pueblo del gobierno aprovechando las coyunturas que para ello le daba el descontento al general y la discrepancia entre los partidarismos y enconos públicos.

 

Los acontecimientos se desarrollaban con insólita rapidez. Un parte americano avisaba: "Nopalucan, mayo 12 de 1847: el infrascrito general Worth avisa que, obedeciendo ordenes de su superior, el mayor general en jefe del ejercito de la unión en la mañana del 15 que rige, con la fuerza a su mando, tomará posesión militarmente de la ciudad de Puebla".

 

Y de nuevo el turbio juego de Santa Anna de salir a combatir buscando sitio propicio para entablar batalla, y de nuevo su fracaso al convertirse de perseguidor en perseguido. Al llegar a Puebla le recibió el clamor popular pidiéndole armas para combatir al invasor.

 

La entrada de los americanos en Puebla se revistió de solemnidad diplomática al ir el propio general Worth a visitar al obispo, quien devolvió su visita media hora más tarde y fue recibido con los honores correspondientes a un general.

 

El Ejercito del Norte recibía ordenes y contraordenes, marchando por veredas lodosas y arrastrando consigo la maltrecha artillería. En Xalapa se organizaba violentamente el ejecito de oriente, con soldados bisoños, mientras los oficiales juramentados escapaban para presentarse de nuevo en sus filas. Algunos, hechos prisioneros o denunciados por "traidores", fueron pasados por las armas. Los yanquis miraban con despecho la deserción de sus filas que iba a engrosar la de los colorados del San Patricio, cuyo renombre hacía palidecer de cólera a Winfield Scout.

 

Pronto pudo descubrirse que, una vez en Puebla, las tropas mercenarias habían vencido sus contratos y Scout se vio precisado a licenciarlas y devolverlas a los Estados Unidos.

 

Las contraguerrillas del capitan Walter, sin embargo, obraban y saqueaban impunemente los poblados y las haciendas.

 

Durante su estancia en Puebla, Scout realizó una maniobrta que vino a dejar muy mal parado su prestigio militar, al adiestrar reclusos de la penitenciaria en una contraguerrilla de cuatrocientos hombres de la peor ralea, todos ellos convictos de robos y asesinatos. Denominados como la comañía de espías -spy Company- estos sujetos fueron de valiosa utilidad para el invasor, toda vez que le ponían al tanto de los movimientos de las tropas, denunciaban a los oficiales y soldados juramentados y acechaban a las guerrillas. Vestían estos individuos lujosamente el traje de charro con ostentosas botonaduras de plata y las comandaba un tal Domínguez y otro tal Aria, que era un zapatero francés. En esta forma Winfield Scout quiso demostrar             que él también contaba con un cuerpo de voluntarios nacionales, y varias veces hizo comparaciones entre su compañía de espías y los colorados del San Patricio.

 

La noticia no tardó en tener alas y volar hasta los escondites de la sierra veracruzana.

 

La guerrilla de Cayetano Uribe seguía empeñada en sorprender a los de Walter en sus fechorías.

 

-Ya se enseñaremos al general Scout cómo se hacen justicia los mexicanos -había dicho Cayetano.

 

-Malicias de viejo -comentaba con Juvencio, al que comenzaba a querer como a un hijo-. ¡Qué quieres, estos ojos han visto mucho y mi pobre estomago está asqueado de tanta porquería! ¡Qué vergüenza que los hijos vean este mundo que les han heredado sus padres!

 

Juvencio era una criatura extraña, callada y solitaria; se diría que no desaparecía de sus sueños la imagen sacrificada de su padre y se arrimaba al viejo Cayetano que, huraño y adusto, juntaba su soledad con la del mozo.

 

-¿Quién lo diría?..., nunca se habían mirado antes, ni se conocían siquiera -decía Enésimo al verlos tan estrechamente unidos, como padre e hijo.

 

Y en aquel terreno donde se había establecido una guerra a muerte, florecía la amistad.

 

-¡Un hijo de gachupín con uno que había sido enemigo implacable y feroz de los realistas!

 

-Pero eso  fue allá..., hace años. Todavía Juvencio no nacía -explico Cayetano ala irónica frase de enésimo.

 

-No, tampoco nacía la Constancia... y quien te iba a decir los encuentros que da la vida. En tierra extraña, con un hijo de gachupín como hijo tuyo; y tu hija comprometida con un extranjero que no es español. ¿Y crees que vale una guerra todo esto?

 

-¿Y yo qué culpa tengo? El irlandés esta en lo justo. Los pueblos y los hombres tienen su destino.

 

-No somos nosotros los que nacimos odiando -dijo el compadre-. ¡Así nos enseñaron..., nos lo legaron los viejos!

 

-Había esclavitud y labor de sangre, y muy disparejo todo entre el pobre y el rico, pero todos éramos cristianos -respondió Cayetano, luego suspiró son pesar y dijo-: yo creo que ya ni cristianos somos.

 

Se habían establecido en lo alto de un loma, dominando el caserío de Santa Clara abajo, bañando por luz de luna. El centinela vigilaba el camino, el río distante que parecía una ancha cinta de plata. Las luces de las casas se habían apagado y Santa Clara se durmió arrebujada de luna.

 

La gente dormía y Cayetano volvió sus ojos para ver a Juvencio, el pálido rostro sobre el oscuro poncho se destacaba como una medalla, a veces el delgado pecho se elevaba como en un suspiro.

 

-Nunca ha disparado un arma -dijo.

-Espera que la dispare -respondió Enésimo-. ¡Se hará como nosotros!

-¿Y qué somos nosotros, compadre? -preguntó Cayetano.

 

Enésimo guardo silencio. Sus ojos de campesino viejo adivinaban el campo, reconocían las sombras, los ruidos. Cayetano había maliciado algo.

 

-Hay gente al otro lado del río -dijo en voz muy queda-. Despierta a los hombres.

 

Poco a poco se reunieron sin ruido. La aldea dormía confiada y el viejo soldado le velaba el sueño. Ladró un perro cerca del río y pareció que se movieron las ramas de los árboles. Era un parecer no más... pero el perro avisaba la presencia de desconocidos.

 

Montaron rápidamente sobre los caballos, pero permanecieron en silencio, al asecho. Todos estaban listos, anhelantes, espantado el sueño que había pesado sobre sus parpados después de largas noches de vela.

 

De la orilla del río se desprendió un hombre que avanzó cautelosamente. Vestía el traje de chinaco y había dejado el caballo atado de un palo. Atrás de él aparecieron otros, vestidos con el uniforme oscuro de los yanquis.

 

-Debemos caerles..., pero que no nos sientan siquiera -ordenó Cayetano-. Vamos a rodear el caserío y los atrapamos. Tú compadre, te harás cargo de los caballos para impedir la huida. ¡Cada uno un hombre! ¿Entendidos?

 

Le respondieron con una señal.

 

Comenzaron a bajar la cuesta tan callados, que nada turbaba el silencio. El perro dejo de ladrar y las sombras desaparecieron como fantasmas untados a los muros.

 

Se oyó un silbido. A Cayetano le pareció reconocerlo. ¿Dónde, en que parte se lo había escuchado? ¡Suposiciones! -se dijo.

 

Sus hombres rodearon el pueblo. Seguramente Enésimo se acercaba al río para quedarse cuidando los caballos. Si el golpe iba bien, el capitán Walter no volvería a sembrar el terror en poblaciones indefensas, ni se fusilaría más a un inocente.

 

-¡Esta vez las pagas condenado! -dijo Cayetano.

 

A su lado, erguido sobre el caballo, Juvencio murmuró con voz opaca.

 

-Tengo miedo...

 

Cayetano se detuvo un momento y le miró. El hombre desaparecía bajo el rostro aniñado; los ojos grandemente abiertos demostraban su terror, las manos temblaban con las riendas entre los dedos. Cayetano acercó su bestia a la de Juvencio y colocó su mano sobre las del muchacho. Las sintió heladas, le miró a los ojos y dijo en voz baja:

 

-Guárdame el secreto. ¡Yo también tengo miedo!

 

Y lo decía de verdad.

 

Juvencio se enderezó entonces, la luz de la luna le iluminó el rostro pailido que sonreía forzado, como una mueca, tenso los músculos del cuello, seca la boca. Llevó la mano hacia el fusil y lo tomó con extraña resolución. Iban a jugarse el todo por el todo, ¡ al fin para morir nacimos! Y creyó ver tendido sobre el suelo el cuerpo ensangrentado de su padre.

 

Los pobladores del rancho parecían no darse cuenta del peligro que corrían. En el palo de una casa gritó un loro y en los árboles se agitaban los pájaros. Un gallo cantó en un corral..., y después todo se hundió otra vez en silencio.

 

-Dejamos los caballos -ordenó Cayetano apeándose. Ricardo y otros obedecieron-. ¡Que nadie dispare hasta que los tengamos copados!

 

E adelantaron por las calles de tierra suelta.

 

De pronto una sombra azul se adelanto hacia la prefectura del municipio, atrás de ella, otra avanzó para guarecerse en la puerta de la troje del ingenio.

 

Los hombres de Cayetano se parapetaron en la esquina. Juvencio tomó con resolución el arma y paso en tierra la rodilla. Sus ojos distinguían con claridad un bulto oscuro que avanzo de pronto hacia el centro de la calle. La mano infantil apretó el gatillo y reprodujo el disparo. El hombre cayo de bruces, con los brazos abiertos y dando un alarido espantoso. Juvencio sintió que su cuerpo se quedaba sin sangre. Un frió extraño le entro por los dedos y una corriente helada se le fue por el cuerpo, como un rió. Le temblaban las manos y el cuerpo, y tuvo ganas de vomitar; la mano de Cayetano se apoyó en su hombro pero no le reprocho nada, al verlo al verlo tan abatido le limpio el arma.

 

Había desobedecido, y por su causa, los hombres de Walter avisados, iniciaban el tiroteo y hacían a los de Cayetano volver a sus posiciones.

 

Juvencio se recostó contra el muro y le pareció que ardía; la boca seca le sabia a polvo, a sangre, a humo...

 

De la orilla del río llegaron mas hombres que ayudaron a sus compañeros a huir protegiéndoles la fuga. Algunos iban heridos, otros quedaron muertos con la cara sobre la tierra húmeda de las callejas. De las ventanas entornadas se escuchaban gritos, imprecaciones y jaculatorias. La campana comenzó a tocar a rebato. La mañana, como tallada en plata, se asomaba por lo alto de la sierra.

A la incierta claridad, Cayetano reconoció a uno de los fugitivos. El rostro altanero tenia una cicatriz que le marcaba. Se miraron frente a frente durante un segundo..., después un vértigo de fuego le arrastró.

 

-Macario Pacheco, hijo de...- gritó pero la ira le ahogo la voz.

 

Juvencio tenía de nuevo el arma entre las manos y apuntó. Aquel hombre tenía un llamado de infierno, un eco diabólico que había persistido en sus oídos y en sus sueños; era el mismo rostro que había visto el día en que los yanquis asesinaron a su padre..., ¡no podía ser otro! La mano no temblaba, el frió de su sangre iba convirtiéndose en una llama que había de abrasarlo en odio.

 

Y ahora que su mano no temblaba, erró el tiro.

 

Los hombres de Walter desaparecían furtivamente perseguidos por los guerrilleros de Cayetano Uribe que estaban a la orilla del pueblo. La ancha cinta del río ya no era de plata; el agua turbia tenia rastros de sangre y fuego.

 

La troje de Santa Clara estaba ardiendo. La gente abrió sus puertas y los gritos y la confusión arrastraron a Juvencio y a Cayetano hasta el incendio. No había medios para combatirlo. Algunos hombres comenzaban a demoler el grueso muro para ahogar las llamas, otros venían del rió con ramas de árboles para sofocarlo. Nadie había advertido cuando se inicio el siniestro. Las llamas se retorcían y se levantaban sobre los tejados, volaban como diablos y se abrazaban a los techos de las casas, algunas chozas estaban ardiendo en las orillas.

 

Los guerrilleros  soltaron las armas y trataron de ayudar, pero todo era inútil.

 

Al medio DIA, agotados y sudorosos, miraron con tristeza las ruinas calcinadas de la troje. Algunos jacales habían ardido y la gente se reunía en el atrio de la parroquia. Los llantos de los niños y los aullidos de los perros eran un macabro concierto. Las mujeres parecían de piedra, sentadas sobre el piso, cubiertas con los rebozos bajo la ancha sombra de los fresnos. No tenían palabras ni lagrimas. Eran imágenes desamparadas y hurañas bajo el sol.

 

Ricardo había tratado de atender a los heridos, entre ellos había un yanqui con una bala que le había clareado el vientre y que se quejaba dolorosamente. El joven miraba aquel despojo con más lástima que rabia.

 

-Podría matarlo... -se dijo.

 

Pero no lo hizo.

 

Improvisaron unas angarillas y lo levantaron.

 

-¿A dónde lo llevan? -preguntó el comisario.

 

-A donde pueda hablar con alguien que le entienda y nos dé cuenta de todo lo que ha hecho -respondió Cayetano.

 

En algún poblado cercano debería de estar desatada una guerrilla con gente mas letrada que la suya. El padre Jarauta o el padre Martinez..., ellos sabrían lo que debería hacerse.

 

Emprendieron la marcha. El fuego había  chamuscado las ramas de los árboles y el hollín había tiznado los rostros de los hombres. Santa Clara había visto arder sin salvación lo que habría sido el pan y el rescate de los suyos en un momento dado.

 

Enésimo se acerco a ellos. Había perseguido a la contraguerrilla porque creyó reconocer a alguno.

 

Tenía el rostro demudado por la cólera:

 

-¡Yo lo vide compadre!...

-Yo también... -le respondió con voz seca.

 

Una vez  más su corazón no le había engañado.

 

Cayetano marchaba dominado por una confusa sensación de humillación y vergüenza, de odio y despecho contra el mismo por no haberse tomado justicia esa misma tarde en la que Matilde le contara lo ocurrido. Vengado el agravio sufrido por su hija hubiera salvado a su patria de un gusano miserable.

 

Nada podría tranquilizarle, jamás tendría reposo. Esa inquietud sería suficiente para condenar su alma hasta lograr que un día el cuerpo de Macario Pacheco, podrido entre las ramas de cualquier árbol, fuera despojo hediondo de buitres.

 

Le escocían los ojos y llevaba la garganta como plomo ardiendo. Ya había volcado para desahogarse todos os epítetos que conocía y su lengua y su rencor no se saciaban.

 

El odio le zumbaba  en los oídos como la voz del mismo diablo; le apretaba e pecho como sui sus garras estuvieran clavadas en su corazón y en sus entrañas y sentía que su carne se abría como si se la hubieran rajado a latigazos.

 

¡Oh, su odio iinsaciado, su cólera trunca, su ira impotente! ¿Hubiera querido ser como la troje de Santa Clara, una hornaza donde se acrisolara todo hasta consumirse  y perderse en la nada, rescoldo del odio y de la pesadumbre despechada!

 

-¿Oh Dios..., ten piedad de mi! -exclamó mientras por sus curtidas mejillas rodaron dos lagrimas de fuego.. La voz resera gimió impotente: ¿Alíviame de este odio!

Batallon de San Patricio. Capitulo 13

por Alberto
domingo, 01 de marzo del 2009 a las 11:38

 

Capitulo 13

 

Los Polkos

 

Las tropas que pelearon en La Angostura abandonaron San Luis. Eran largas filas de hombres en desbandada, hambrientos y enfermos, a quienes aquella "gloriosa derrota" había enfermado del cuerpo y alma.

 

Los jefes del ejército, disgustados entre sí fueron victimas de la cólera de Santa Anna que culpó a todos del fracaso. El único limpio era él, que había ordenado la retirada.

 

Regresó violentamente a la capital, donde debería resolver grandes conflictos. Desde  Querétaro reañadieron a su comitiva los nombres que por el momento se sentían fuertes contra Gómez Farías, causa de los disturbios.

 

México engalano sus calles y se deshojaron flores al paso de don Antonio; desde los balcones, las damas sonreían al "vencedor"; las campanas de los templos se echaron a vuelo. De pronto, como por arte de magia, La Angostura era triunfo, no una "gloriosa derrota".

 

Para reprimir el descontento, que culminó en rebelión, don Antonio quitó a Gómez Farías la presidencia y con esa providencia se calmaron los ánimos y se logró otro préstamo del clero.

 

La enloquecida ciudad parecía ignorar la dolorosa verdad. Los Polkos, que no habían disparado un solo tiro contra el invasor se convertían en héroes; el Ejercito del Norte, que había sangrado y padecido heridas y miseria, no eran sino hombres derrotados que llegaban a la ciudad ignorantes de su destino.

 

Zacarías Taylor invadía el territorio y en Veracruz, Winfield Scout, jefe de la segunda expedición desembarcó sin que nadie pudiera impedírselo.

 

Tras un intenso bombardeo, los cónsules de varias naciones presentaron bandera blanca y pidieron al invasor que permitiera la salida de la población civil; Scout no admitía tregua: la ciudad, o se rendía incondicionalmente o sería arrasada. Sin ayuda de la capital, dado que la revolución de los Polkos había impedido envío de armas y refuerzos, las tropas derrotadas entregaron sus armas con lágrimas en los ojos, y ante la atónita mirada de la población civil, abandonaron el puerto. Era el 1ª de abril de 1847.

 

Don Antonio había jurado por novena vez la Presidencia, pero urgido por el estado de guerra, dejó el gobierno en manos de don Pedro María Anaya y partió hacia Veracruz "no para repeler la invasión, lo que parece imposible, sino para evitar siquiera que los yanquis entren en México con el arma al brazo".

 

A la aridez de la llanura, siguieron las calidas y feraces tierras.

 

Con desesperación los hombres al mando del ingeniero Robles trataron de fortificar Cerro Gordo, donde el General-Presidente había determinado presentar combate. De nada sirvieron hechos aislados de valor temerario que no pudieron contener el avance. Ciriaco Vázquez y sus hombres cavaron su propia tumba en el Cerro del Telégrafo, árido y escarpado, a un lado de la cañada de Cerro Gordo.

 

"Si el enemigo avanza un paso más, la independencia nacional se hundirá en los abismos del pasado", proclamó don Antonio López de Santa Anna en uno de sus ardientes manifiestos dirigidos a su pueblo.

 

Winfield Scout, en su parte presentado a Washington en el que informaba de su victoria, llamó la atención sobre esta frase y agregó: "Ya hemos dado ese paso".

 

A Cerro Gordo siguió Xalapa, donde una vez ocupada la ciudad, se obligó a las tropas y oficiales mexicanos a juramentarse.

 

El avance de Scout parecía una marcha triunfal, cuando de pronto hicieron su aparición las temibles guerrillas. Eran hombres aguerridos y sin miedo que no daban punto de reposo a los invasores sin que les arredrara lo caluroso del clima, lo escarpado de las cañadas y lo abrupto de las montañas.

 

Tan duras fueron las represalias de las guerrillas que merodeaban por los poblados y caminos por donde vivían o pasaban tropas yanquis, que Scout se vio precisado a dictar un bando por el cual condenaba a todos los municipios a pagar a prorrata "los despojos hechos por los facciosos" y especificaba claramente que cualquier americano muerto sería vengado haciendo rápida justicia.

 

El 11 de mayo Winfield Scout publicó en perfecto castellano un manifiesto en el que avisaba a que sus tropas se ponían en marcha sobre Puebla y expresaba su deseo de paz, al mismo tiempo que decidía seguir la guerra "si no se llegaba a los resultados satisfactorios".

 

"Nosotros -decía el manifiesto- no hemos profanado vuestros templos ni abusado de vuestras mujeres; ni ocupado vuestra propiedad; lo decidimos con orgullo y lo acreditamos con nuestros propios obispos y curas de Tampico, Tuxpan, Matamoros, monterrey, Veracruz y Xalapa; con todos los religiosos y autoridades civiles y vecinos de los pueblos ocupados. Nosotros adoramos al mismo Dios, y gran parte de nuestro ejercito, así como la población de los Estados Unidos, somos católicos, como nosotros; castigaremos el delito donde quiera que le hallemos y premiaremos  el merito y la virtud. El ejercito de los Estados Unidos respeta y respetará siempre la propiedad particular de toda clase y la propiedad de la Iglesia mexicana y ¡desgraciado aquél así no lo hiciese donde nosotros estemos!".

 

La gente de Cayetano Uribe había pasado a Veracruz, donde se le necesitaba. Eran hombres que sabían pelear, cautos y astutos, honrados y cabales bajo la dura mano de su jefe.

 

El manifiesto de Scout circuló profusamente entre la templada gente de las guerrillas, algunas de ellas al mando de sacerdote y curas del clero bajo, que, así como en la independencia, permanecían a lado de su pueblo. La flama del padre Domeco de Jarauta, catalán recién llegado de Cuba y de pintoresca  vida, así como la del cura don José Antonio Martinez había llegado hasta las filas del invasor. Ellos no se contarían entre los curas y los frailes que podían testimoniar "el respeto a la propiedad particular y de la iglesia" que proclamaba Winfield Scout.

 

Los pequeños poblados, las rancherías enclavadas en la sierra, los ingenios y las haciendas, eran refugio seguro para las guerrillas.

 

Cayetano y los suyos escuchaban atentos la lectura que de tal documento les hacía Ricardo Gutiérrez, un muchacho del lugar que se les había añadido y que, para colmar las referencias que pudiera presentar, sabía leer y escribir de corrido.

 

Los hombres escuchaban con rostro sombrío, el arma descansando sobre la tierra suelta de la pulpería de don Juvencio, el gachupín del pueblo que había escapado a la ex'pulsion del 33 que tantas lagrimas costó.

 

Los hombres de la guerrilla escuchaban atentos; la voz de Ricardo podía escucharse sin que la distrajera un movimiento o una exclamación. Algunos hombres del pueblo estaban allí, con el machete colgado al cinto. Eran trabajadores de los ingenios, y sin el arma se sentían desnudos. El machete era medio de vida y defensa de las víboras en los cañaverales. Ricardo levantó la vista y miró a Cayetano que tenía las crispadas las manos en el arma.

 

-... ¡y desgraciado aquél que así no lo hiciere donde nosotros estemos!

 

 

Los hombres se miraron entre si mientras Ricardo continuo la lectura del manifiesto, que mas adelante indicaba "que los Estados Unidos tenían el deber de conservar y proteger al gobierno liberal mexicano establecido bajo la influencia norteamericana" y hacía hincapié en que "nunca podríamos consentir que México se viera así gobernado por un príncipe extranjero".

 

Ricardo doblo la hoja, rodeada del mismo silencio que había reinado en la tienda; sobre el mostrador, las copas habían quedado servidas y nadie las había tocado.

 

-Eso es todo -dijo.

-¿No quieren dejarnos en paz, eh? -Comentó Cayetano que recargo el arma sobre el mostrador-. ¿No hicimos ya la independencia?

 

-Hay algo aquí que no me gusta, compadre... -dijo Onésino tomando su copa entre los dedos.

 

-A mi todo junto no degusta -comentó Cayetano-. Mira que venir a contarnos que respetan la propiedad particular, ¿no es la Republica propiedad de todos nosotros? Y decirnos que son católicos, ¿por qué combaten entonces contra nosotros, que somos católicos? ¡Esto es engaño!, compadre... ¡Mentira! Nada más que mentira, ¡ si lo sabremos nosotros! Jamás el vencedor ha tenido misericordia del vencido. Yo vide a don José María Morelos, que en paz descanse, acuchillar gachupines en los pueblos de la costa brava después que le mataron al cura Matamoros y a Tata Gildo. No era un hombre; era el mismo diablo poseído de furor y de rabia. Y te juro que lloraba con lágrimas que deben de haberle abrazado el alma..., porque era un hombre bueno y devoto y era cura de almas ¡Que no nos cuenten los yanquis que son mejores que don José María!

 

-¿Por qué vamos a creerles no más porque escriben sus cosas en papeles? -comentó Enésimo-. ¡La verdad es otra, la verdad la estamos padeciendo todos nosotros!

 

De pronto se escuchó un tiro aislado y un grito desafiante. Los hombres se miraron y Juvencio se asomó a la puerta. El sol de la mañana iluminaba las calles solitarias de Coatepec aromadas del perfume de los cafetales. Si acaso algún perro vagabundo o alguna gallina hurgaban sobre la tierra suelta.

 

Los hombres ya tenían las armas en las manos, el oído alerta.

 

Un tropel de caballos avanzaba; los jinetes disparaban las armas y gritaban como salvajes.

 

La copa en manos de Enésimo, se rompió sobre la tosca madera del mostrador.

 

La campana de la parroquia tocó a rebato. El tiroteo se generalizó. Cayetano y sus hombres montaron de prisa en sus cabalgaduras y cogieron calle adelante hasta la plaza. La gente huía de  sus hogares para refugiarse en sitio seguro. En el desorden de la cabalgata levantaba en vilo mujeres que se llevaba a las grupas.

 

A la puerta de la parroquia se había congregado la gente que miraba anonadada regados por el suelo los milagros y las joyas de los santos.

 

Algunas casas comenzaron a arder.

 

Cayetano y los suyos, apenas repuestos del asombro, se dieron a correr tras los bandoleros.

 

La persecución fue inútil. Arriba, en la montaña entre la tupida selva de la sierra, se perdieron las huellas, y rumiando su coraje regresaron al pueblo, a la parroquia, pero al pasar por la tienda de Juvencio, lo encontraron asesinado, rodeado de os suyos que lloraban. El hijo mayor tenía las manos cruzadas y miraba el rostro mortalmente pálido de su madre que sollozaba.

 

-¿Los alcanzaron? -preguntó alguien.

 

Cayetano movió la cabeza negando con furia impotente.

 

-Parece que se los trago la tierra. ¡Que alguien nos acompañe, los traeremos y haremos justicia! No necesitamos que los yanquis lo hagan por nosotros.

 

-Iré con ustedes -dijo el hijo de Juvencio, que era un adolescente apenas-. ¡Conozco la cañada!

 

 

La gente se había congregado y todo era confusion y desorden.

 

-Así caen estos malditos -dijo alguien.

-¿Qué gente es?

-Yo alcancé a verlos -dijo el hijo de Juvencio con voz entrecortada-. ¡Eran yanquis!

 

-¿yanquis? ¿Cómo pueden conocer la sierra? -preguntó Cayetano, pensando violentamente en la rápida desaparición de los forajidos en la selva.

 

-No se como pueden conocerla, pero eran yanquis. Los vi, les mire los ojos desteñidos, los oí hablar esa jerigonza que el diablo les entiende.

 

El joven había montado ya y esperaba con una fieradesicion las ordenes de Cayetano.

 

-¿Conoces la sierra? -preguntó enésimo.

-como la palma de mis manos -respondió.

 

La madre parecía no darse cuenta de lo que ocurría, absorta en la sorpresa dolorosa de la muerte de su marido. Sus gemidos se escuchaban entre la voz que llamaba a Juvencio con ternura. De pronto levantó los ojos y miró a su hijo, montando al lado de los guerrilleros.

 

-¿Qué vas a hacer, hijo mío? -le preguntó.

-A buscar a los asesino de mi padre -dijo resuelto.

-¡No, hijo, no! -clamó ella desesperada-. Eres un niño... ¡van a matarte!           

 

-Va con hombres, señora -dijo Cayetano, y mirando al hijo del difunto, su aire resuelto, su rostro pálido con los labios apretados y firmes, añadió-: ¡Es también un hombre, todo un hombre!

 

Se acercó a él y puso su mano brevemente sobre el joven. Una extraña ternura le invadió; pensó en Constancia, en todos los hombres y mujeres jóvenes que Vivian sacudidos por la violencia y el infortunio, pensó que así como en la independencia, era injusto todo lo que ocurría en su propia patria. Le dolía esa juventud atormentada y confusa, como la que había vivido.

 

-Vamos -dijo-. ¡Adelante!

 

Los hombres echaron a caminar por las calles donde ahora solo había gente llorosa y lamentaciones de madres que gemían por las hijas raptadas y por sus hombres heridos o muertos.

 

-Malditos..., malditos... -balbuceaba Enésimo entre cervantescas interjecciones, de pronto se detuvo y preguntó-: ¿Y si fueron bandoleros mexicanos?

 

Ricardo intervino entonces.

 

-Ellos no atacan en esta forma. Caen por sorpresa sobre trojes o haciendas o sobre las conductas y las diligencias... ¡Estoy seguro de que estos eran yanquis! Juvencio tiene razón. Nadie pudo ser sino ellos...

 

Salieron del pueblo callados y sombríos. El camino angosto y húmedo se levantaba como una señal cortada en la montaña.

 

-Han de estar lejos... -dijo Juvencio-, ¡pero por daremos con ellos, como ser hijo de mi padre!

 

-Daremos con ellos, muchacho..., y cobraremos cara la vida de tu padre -exclamó Cayetano. Y se hundieron en un silencio huraño. La selva toda trasudaba peligro. Caminaron todo el día y acamparon al anochecer. Armaron el real al amparo de una cueva en la cañada. Juvencio los llevaba por  atajos escondidos, y los caballos acostumbrados a la llanura, perdían el tanteo del piso. ¡Qué ese mundo al suyo, tendido y ancho bajo el sol!, pensó Cayetano. El fuego del vivac le encendió los ojos ardorosos.

 

-¿Sabe, compadre? -dijo mirando a Enésimo-. ¡Ella es la que me duele..., y todas las mujeres como ella, las que son de carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre1, ¿Por qué hemos de dejar que caigan en malas manos?

 

Enésimo no  respondió. Todavía miraba los ojos del muerto, claros como manantiales de agua con todo el sol bebiéndose la vida, y oía los sollozos de la viuda, y el rebato de las campanas, y os gritos de las mujeres. No pudo más y se levanto como si las brasas le ardieran en la sangre

 

-Mal rayo los parta -dijo.

 

Juvencio había hundido la cabeza entre las rodillas, sentado sobre el piso; parecía mas niño, indefenso casi. Más allá de los hombres comenzaban a echarse sobre el piso, tendiendo los pochos para defenderse de la humedad que transudaban las rocas de la cueva. Abajo, el río daba tumbos y rugía como fiera encadenada. Ricardo atizó el rescoldo y se levanto  la llama.

 

-Y pensar que se nos fueron de las manos -dijo.

-¿Quién iba a saberlo? De pronto creí que era una gavilla, o gente de guerra que entraba a pedir refuerzos. Hasta aquí no había visto antes los pies de un yanqui.

 

Todos guardaron silencio y se miraron; hasta Juvencio levantó el rostro y sus ojos reflejaron el fuego de la hoguera.

 

-Alguien les enseña el camino -dijo.

-Cabal -respondió Enésimo-. ¡Algún traidor esta con ellos!

 

-Pues a dar con él -dijo Cayetano.

-Alguna de tantas veredas debe llevar a su guarida -dijo Juvencio.

 

-No -respondió Ricardo-. Alguita de tantas veredas debe llevarnos a donde caigan, ellos no tienen punto fijo donde dormir, de hacerlo, están en los cuarteles de Scout; más bien creo que siguen el sistema de nuestras guerrillas...

 

-Justo; así debe ser -aclaró Cayetano. Había quedado pensativo. Ricardo tenía razon, guerrillas y contra guerrillas, a las que sin duda alguna se habían unido a las gavillas de merodeadores que asaltaban poblaciones indefensas y saqueaban las trojes de las haciendas. Caro habría de cobrárselo a todos aquellos que estaban convirtiendo Veracruz en una ancha cinta de odio y fuego. Había que llevar un propio con razones para las guerrillas del padre Jarauta y las del padre Martinez, ellos se pondrían en contacto con los hombres de Rebolledo y los de rea. Era necesario ponerles una trampa y hacerlos caer en ella a toda costa. Las guerrillas no eran don Antonio López de Santa Anna.

 

Cayetano relevó al centinela y quedo allí, solitario frente a la noche, abismado en el recuerdo de Constancia. A la hora del alba, se le unieron Enésimo y Ricardo.

 

-No ha dormido nada, jefe... - reprochó cordialmente el joven.

-¿Quién va a dormir? -dijo Cayetano desentumiéndose os brazos y las piernas encogidos-. ¡No me ha dejado el recuerdo de Constancia! ¡Con lo que vide allá abajo, nomás pienso en ella! ¿Por qué no la saque de San Lorenzo y la lleve a un sitio seguro? -se reprochó-. ¡Ahora ya es tarde! No puedo ir hasta allá y me atormenta pensar que algo pueda sucederle...

 

Enésimo replico:

 

-Ella sabe valerse sola, compadre. Bien que lo demostró ya.

 

Cayetano sintió como si le hubieran golpeado la cara con la mano abierta. Todo su odio se le encendió de nuevo, toda su ansia de venganza se le endureció en un momento. Ricardo le miró asustado.

 

-¿Conoces a Macario Pacheco? -preguntó el jefe

-¡Que voy a conocerlo!

-Cabal, pero si algún día se cruza en tu camino avísame. ¡Tengo una cuenta que cobrarle!

 

-Pues se la cobro yo -dijo Ricardo resueltamente.

A ese nadie lo toca -dijo Cayetano enseñando sus manos sobre el rescoldo de la hoguera-. ¡Estas manos han de hacerse justicia!

 

-Ya lo oyeron -dijo Enésimo-. ¡A ese valedor nadie le pone la mano encima!

 

Hervía el café y oían las tortillas calentadas al fuego en las brazas. La mano de Cayetano se apoyo sobre el hombro de Juvencio. Su perfil blanco y pálido se recortaba contra el verde follaje de la selva. El joven le miró a los ojos y los dos se comprendieron.

 

-Tal vez hacemos mal -dijo Cayetano suspirando-.Ya una vez en Palma Sola, una mujer me lo dijo, somos nosotros los que clamamos venganza, no es la guerra. ¡Nos olvidamos de ella para ir tras de lo nuestro, y hacemos mal Juvencio!

 

El muchacho distrajo su mirada en las brasas que pisoteaba la bota de campana del  compadre Enésimo.

 

-¡Menos mal que lo tuyo está comprometido con los yanquis, menos mal que tu podrás tomar desquite contra extraños! Yo tendré que hacerlo contra uno de mi raza.

 

Y escupió con desprecio entre el rescoldo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre el blog

ALberto

Bienvenidos a este blog, un espacio que espero sea de su agrado, en donde se habla de todo un poco y que ahora se recuerda al heroico Batallon de San Patricio.
------------------------------------------------------


"... Y tú, grupo marcial, querido grupo,
¡ramo de adelfas de la verde Irlanda,
hijos de San Patricio!, que con sangre
quisisteis bautizaros mexicanos;
alma de O'Conell, nuestra santa causa
era digna de ti ..."
(Guillermo Prieto)
-----------------------------

Directorio blogs
-----------------------------
Participa en este test para descubrir que tipo de Dragon te corresponde.Sonrisa

dragon
¿Y yo que Dragon soy ?

 

capitulo 1

capitulo 2

capitulo 3

capitulo 4

capitulo 5

capitulo 6

capitulo 7

capitulo 8

capitulo 9

capitulo 10

capitulo 11

capitulo 12

capitulo 13

capitulo 14

capitulo 15

capitulo 16

capitulo 17

 

Ver ficha del blog en OboLog

Login

Comentarios

El Batallon de San Patricio (pedro)
LEO Y RELEO COMENTARIOS DEL BATALLON SAN PATRICIO,Y NO ME ASOMBRA SABER DEL VALOR DE LOS ......(23 ene)
Avatar (juliana)
es feo yanoseve...(16 dic)
El Batallon de San Patricio (Anónimo)
Esas si son patriotas combatiendo  por una razón justa no solo por tierras!!!!...(09 dic)
El Batallon de San Patricio (Alicia Sánchez Hdez.)
¡Honor a quien honor merece!, ¡Qué grandeza de seres  humanos y espirituales!. Sin conocer gran ......(26 sep)
El batallón de San Patricio. Capitulo 19 (FELIPE J. DE LA TORR)
Antes les envié un correo que no sé si pasó. Tengo la novela Umbral de Patricia Cox por Jus de ......(23 sep)

Más comentados

El Batallon de San Patricio (51)
Bueno quiero dedicar un pequeño espacio para hablar algo de historia y no se vayan aburrir. Quiero ...
Avatar (19)
El avatar  Esta serie no tengo idea de cuanto tiempo tiene pero es muy buena no se cuantas ...
Batallon de San Patricio. Capitulo 15 (12)
Capitulo 15 Las contraguerrillas   Había sido inutil para don Pedro María Anaya convencer a don ...
Batallon de San Patricio. Capitulo 12 (12)
su falta de comentarios aumentan mi desinteres por seguir escribiendo.... ...
El libro de Patricia Cox (9)
Bueno, para aquel que me pregunto sobre donde conseguir la pelicula del batallon de San Patricio, ...

Suscripción

Suscríbete al Feed RSS XML

También puedes suscribirte directamente con alguno de los siguientes enlaces:

  • Suscríbete en Bloglines
  • Suscríbete en Google

Enlaces

Mi HI5
- visiten mi hi5
Harry Potter
- si te gusta harry potter ps te recomiendo esta pagina esta entretenida
mi metroflog del avatar
- en este metro tngo fotos biografias del avatar para los que les guste esta gran serie.