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Batallon de San Patricio. Capitulo 15

por Alberto
martes, 03 de marzo del 2009 a las 03:27
guardado en

Capitulo 15

Las contraguerrillas

 

Había sido inutil para don Pedro María Anaya convencer a don Antonio de la utilidad de un ataque a Winfield Scott en Puebla. Santa Anna había dispuesto fortificar la ciudad de México y esperar allí el ataqued final. Perversamente el general-presidente rechazaba por segunda vez la oportunidad de firmar esa "paz honorable" que tanto pregonaban buscar los generales invasores.

 

Las tropas recibieron órdenes de movilizarse hacia la capital y la defensa del territorio invadido quedaba prácticamente en manos de las guerrillas.

 

La sorpresa recibida de Santa Clara puso al capitan Walker sobre aviso y no ignoró que la cabeza de Macario Pacheco corría peligro en cualquier sitio, sin las formalidades de un Consejo de Guerra ni juicio alguno qeu aparentara la legalidad de leyes urgentes dicatadas por el estado de emergencia en que se vivía. Cualquier guerrilllero tenía no solamente la autorizacion, sino el derecho de ejecutar al traidor. Le había sido hasta entonces muy útil y, aunque no era un conocedor  perfecto del terreno, era lo bastante habil para conseguir informes y lograr adeptos. El precio del dolar quebrantaba voluntades y borraba escrúpulos; los bandoleros carecen de reglas de moral y desconocen deberes elementales.

 

Pero tampoco resultaba bien saberse perseguido y acosado por hombres tan cabales como Cayetano Uribe y los suyos, y decidió que un piquete de su contraguerrilla acompañara a Macario Pacheco hasta Puebla y la entregara al general Scott quien sin duda alguna lo haría ingresar, con magnifica hoja de servicios, a la Spy Company.

 

El Ejercito del Norte emprendía la retirada obedeciendo órdenes. El Batallon de San Patricio siguió la marcha con el ejercito al que pertenecía y sus filas aumentaban a despecho de Winfield Scott que sintió por ellos un odio especial y a los que calificaba de "miserables descarriados".

 

Las lluvias torrensiales hacían intransitables los caminos; la artillería se atascaba en los lodas¡zales de las brechas, y aveces, para escapar a las emboscadas de las guerrillas de Walker, se veían obligados a utilizar veredas escondidas en las cañadas, lo que dificultaba el movimiento. Llegar a San Martín Texmelucan había sido una proeza; por lo menos, más adelante podría seguirse el camino de herradura que utilizan las diligencias y las conductas.

 

De pronto apareció Cayetano Uribe al frente de su gente. A ellos les había correspondido cuidar la retirada de los valientes colorados.

 

Los hombres estaban agotados y sucios, llenos de lodo y sudor, los uniformes desgarrados y ya sin calzado con que protegerse de las piedras y las zarsas del camino. Algunos se cubrían con capisayos de palma que les habían regalado los campesinos a su paso por los pequeños poblados y rancherías. San Martín Texmelucan pareció un osasis.

 

Había cerrado la noche cuando acamparon. La espadaña de la parroquia estaba iluminada por lámparas de aceite protegidas del viento. Algunos hachones de ocote ardían y su flama se retorcía humeante y caprichosa. La tropa se había refugiado en el convento y algunos hombres acampaban en el cementerio encendiendo fogatas para secar un poco las humedas ropas. voces perdidas cantaban aquella cancion que era ya como un grito de guerra en los desolados ampos mexicanos de 1847.

 

¡Ay muerte, no seas inhumana

dejame vivir,

esperando qeu tal vez mañana

la ronca campana

nos llame a morir!

 

Allí le encontró Cayetano, cuando junto con Dennis Conaban escuchaban aquel canto que tenía algo de suplica y de reto. El capisayo le abrigaba el cuerpo rendido por la fatiga y empapado por la lluvia Juan O'Leary le miró con agradable sorpresa como si de pronto, entre el dolor de la tierra, desgarrada por el odio, surgiera la amistad.

No era Cayetano hombre de efusivas demostraciones; le bastó un apretón de manos en el qeu significaba su afecto y buscaron un sitio apartado para charlar, mientras a lo lejos se escuchaba el rumor sordo del paso de las tropas, el pesado rodar de los carros y el trote de la caballería.

 

-¡Y pensar que los hubieramos desbaratado en Puebla! -suspiró el guerrillero. Torció entre los dedos un cigarro y Juvencio raspó el pedernal y le acercó la llama-. ¡A veces pienso que es al proposito!

 

Así lo habían pensado también los hombres de San Patricio, pero estaban acostumbrados a pelear en confuso sistema; ahora, sin embargo, eran parte del Ejercito del Norte que, desde el principio, llevaba a cuestas el peso de la guerra.

 

-¿Qué sabe de Constancia? -preguntó Juan.

-Nada, hijo, nada. Estará rezando por nosotros en San Lorenzo. ¡No quizó salir de allí; se aferró a sus adobes y a su pozo, a sus tierras y a sus animales y dijo que solo con los pies delante la llevarían al panteón!... ¡Y yo tan lejos..., y ella sin amparo! Pero Dios verá por ella y de vez en vez alguien le dará razón de nosotros.

 

Volvieron a qeudar en silencio mirando ambos el cigarro, que era como un puntito de luz en la sombra.

 

-No sé cuando volvamos a vernos -dijo el guerrillero-. El ejercito del norte se va a defender la ciudad de México, allí se decidirá la guerra qeu pudo resolverse antes ¡pero no somos nosotros quienes mandamos; nos toca obedecer, y somos buenos soldados! De modo que nos encontraremos allí cuando todo acabe, para bien o para mal.

 

Juan entendió ne aquellas palabras más pesimismo que confianza.

 

-¿No cree usted el triunfo? -preguntó.

-¡Como creer..., ya no creo en nada! La muerte es lo unico seguro -dijo.

 

Un lejano toque de corneta daba órdenes a las tropas que marchaban. Pareció de pronto que el tiempo apremiaba, que el enemigo  estaba ya al frente, preparandoles una emboscada. Cayetano se irguió y le tendió la mano.

 

-Me voy -dijo, pero se quedó de pie, mirandole. Parecía modo de mentira que teniendo tanto qeu decirse hubieran hablado de lo que todo mundo hablaba. Luego, como obedeciendo a un íntimo impulso sobre algo que le repugnaba, preguntó:

 

-¿Ha oído mentar a Macario Pacheco?

 

Juan movió la cabeza negando.

 

-Es de los hombres que han ayudado al capitan Walker a asolar los pueblos de Veracruz. Hay orden de qeu sea ajusticado donde se le encuentre sin formacion de causa.

-Yo no puedo hacerlo -respondió juan.

-So lo encuentra a solas, podrá hacerlo y deberá hacerlo, créame ¡por el bien de todos!

 

Juan sonrió escéptico. ¿Qué valía aquella mísera traicion entre las muchas que estaba nresistiendo?

 

Cayetano se apartó de él seguido por Juvencio y por Ricardo Guitierrez; Juan lo vio montar en su caballo y antes de aprtir volvió el rostro hacia él y levantó la mano para despedirle. Una intima congoja le afligió.

 

-Si el viejo falta -pensó-, ¿qué será de Constancia?

 

Buscó de nuevo la compañia de Conaban, que había permanecido aparte. Al verlo llegar preguntó:

 

-¿Malas o buenas noticias?

-Más malas que buenas...

 

Extendieron los capisayos bajo el portal que había sido aislo de los peregrinos en la época de la evangelizacion y se tendieron a dormir, pero la noche preñada de lluvia hacía más triste la hora. Conaban fue el primero en hablar.

 

-¿Cuanto tiempo hace que nos vimos en España? Dejame sacar la cuenta..., la hija de Deirdre estaba apenas recien nacida.

 

-Por ti lo supe -respondió Juan-. Fue en el 20.

-¿Te aceurdas? ¿Quién diablos nos metió entre comuneros y nos echó a cantar el himno de Riego? -sonreía sin que Juan le viera-. ¿Qué es lo qeu nos arrastra siempre, lo que nos lleva de un lado a otro?

-lo que nos trae y lo que nos lelva es la inconformidad con nosotros mismos. no hemos logrado nada en la vida y nisiquiera hemos vivido bien, lo digo por mi, que no pudo ser el hombre que diera  a su propia hija el hogar y el nombre que merecía.

 

Dennis guardó silencio. Con las manos enlazadas bajo la cabeza miraba hacia la espadaña, donde las luces agonizaban entre la lluvia y el viento.

 

-A veces me pregunto si somos verdaderamente culpables, si nosotros somos resonsables del mundo que heredamos -dijo.

 

Juan se encogio de hombros sin responder. Conaban habló entocnes muy quedo:

 

-¿Te acuerdas qeu salí de España sin vovler a verte? Yo había estado con "El Empecinado" al que ejecutaron acusado de masón y tuve que salir so pena de que corriera la misma suerte. Vine a America entonces. Los disturbios eran iguales allá que acá, la misma incoformidad, el eterno descontento, el disputarse el poder unos a otros y el ego a flote en todo. Pues bien, había un lugar en el que muchas familias irlandesas habían puesto sus ojos. Ese lugar era Texas y yo fui de los inmigrantes qeu fundaron el condado de San Patricio... Yo vi a los apaches destruir casa por casa, violar mujeres, asesinar a los hombres y secuestrar a los niños, ¡Era la embriaguez de la sangre y el exterminio! ¡Te aseguro que nada hay comparable a eso; ninguna crueldad puede asemejarse al odio feroz y encarnizado de los apaches! Llevaban armas qeu les proporcionaban los traficantes yanquis; iban borrachos de alcohol, alucinados por la droga y llenos de  rencores atizados intencionalmente. Querían cobrarse de golpe las enérgicas medidas que ñoas atraz haía tomado contra ellos el capitán don Matías Galvez, que despues fue el Virrey. ¡Y cuánta razon tenía..., y como los conocía! ¡Que distino hubiera ido todo si este hombre cabal hubiera llevado a la practica su experiencia!... ¡Los indios no eran hombres..., eran demonios!, ¡peores qeu fieras! ¡No pueden ser hombres, Juan O'Leary! ¡dudo qeu Dios pueda perdonarselos..., no sé si peuda Dios perdonarme ami también!

 

Su voz se ahogó sordamente  minetras los puños apretados golpearon sobre la tierra húmeda con impotente furia . Dennis Conaban  tenía brillantes las pupilas y temblorosas las manos que se frotaba una contra otra despues de aquel desahogó de golpearlas  contra el suelo. Estaba anhelante y podía sentirse temblar su cuerpo todo bajo la áspera fibra de capispayo.

 

-Nunca he tenido el valor suficiente de confesar mi cobardía..., no sé si tú me desprecies después de lo que voy a decirte ¡pero necesito sacudir mi corazón de este peso qeu me abruma, de todo el horror que pesa sobre mis noches sin sueño!...

 

Guardó un breve silencio mientras fumaba el cigarro que Juan le había torcido. Hbría qeurido hablarle, pero ¿qué podría decirle? Las manos de Conaban se escondieron bajo el sobretodo y siguió hablando como si lo hiciera a algún ser invisible.

 

-Me había casado y me sentía feliz. Por vez primera viviía en territorio libre, donde se católico no era agravio mni culpa, donde me sentía al fin como un hombre y tenía un hogar. Conocía a Malvina en el barco en que hice la travesía despues de mi huída de España. Ella era irlandesa tambíen y tenía ese nombre poético que encierra todo un cántico de Osián, así nos conocimos y aprendimos a amar. Sobre todo, jamás dejarnos de ser irlandeses. ella traía un puñado de tierra nuestra que pusimos bajo el primer fuego que encendimos. Un hombre quería fundar en Texas la segunda Irlanda; una mujer llevaba tierra de su aptria como un simbolo y éramos los dos un árbol sin raíces qeu renacería en tierra ajena, y éramos un árbol sin renuevos y sin pájaros, pero erguido bajo el cielo... solamente que Texas no era la tierra prometida, la tierra de nuestra esperanza. Había en ella un germen amargo desconocido para nosotros: la esclavitud. Y a pesar de la tierra y de los hombres, fundamos el Condado de San Patricio y nos amparamos a la bandera de México hasta que nos aniquilaron los apaches.

 

-No sé cómo pude escaparme. Había subido a la azotea  a arreglar el techo qeu goteaba, cuando empezó la incursion. Todavía me parece ver los rostros pintados de siniestros colores, los cuerpos desnudos y ágiles, los penachos de plumas, las lanzas de fuego. Todo fue ta nviolento que me paraliz´´ó el terror. Tuve miedo, Juan, un pánico espantoso ante aquellos que veíia y que era una página que Dante olvidó escribir. Todavía ahora me pregunto cómo pude soportar las tormentas a qeu sujetaron a Malvina, sin exhalar un grito, sin ahcer un movimiento que me delatara. Me sentía de piedra, como si otros ojos que no fueran los mios estuvieran mirando aquella indecible tortura, aquella afrenta a la dignidad humana, aquel atentado al pudor de una mujer... Malvina se defendió todo lo que pudo, pero era débil paracombatir contra dos fieras; la vi volver los ojos buscándome, la oí gritar mi nombre no una, sino muchas veces y la vi caer, y morder y arrancar los cabellos de sus enemigos hasta qeu se fue quedando quieta, aniquilada entre su propia sangre... ¡Oh Dios! -gimió con un grito ronco, inarticulando, como de fiera herida.

 

-Esta es la verdad sobre tu amigo Dennis Conaban, el valiente luchador que dejó al "Empecinado" solo con su muerte en el patíbulo; el que mas tarde careció de coraje para defender los suyo, lo unico que le pertenecía; el qeu no había tenido hasta entonces el valor de morir como hombre o como víctima siquiera. Por eso ahora estoy en México  por una causa justa, aunque toda la vergüenza y el miedo del mundo se acumulen en mi corazón y lo hagan estallar ne pedazos... Yo mismo me desprecio Juan, y sólo con mi conciencia llevo esta carga sin alivio, esta oculta humillacion.

 

Dennis Conaban volvió su mirada y se encontró con los ojos de Juan, que le tendió la mano.

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COMENTEN, :P jeje

quiero hacer una acalracion, pues me voy fijando que Patricia Cox llama a las fuerzas regulares mexicanas como "Ejercito del Norte", y creo qeu esto es erroneo, pues si bien el  Ejercito del Norte (tambien llamado Division del Norte) compuesto aproximadamente por 15 soldados, fueron derrotados en la batalla de Palo Alto a principios de la guerra, despues de la derrota la division del norte se dsiperso y los soldados sobrevivientes se uieron a otras compañías. Así que ya en estas alturas donde los yanquis estaban apunto de entrar a la capital no había ejercto tan organizado como la valietne division del norte, simplemente quedaban la compañia de santaanna, el batallon de san patricio, y algunos del batallon de san blas.------------------------ consulten las memorias de guillermo prieto o el autor de llibro qeu  puse mas abajo en otra anotacion antes de emepzar con el libro para que van que no les miento....

un saludo y COMENTENN ¬¬ porfavor =)

Batallon de San Patricio. Capitulo 14

por Alberto
domingo, 01 de marzo del 2009 a las 11:40

 

Capitulo 14

 

 

El sucio juego

 

De Xalapa a Puebla había partido Scout sin que Santa Anna pudiera detenerle. Todas las disposiciones del general-presidente, los acuerdos tomados por sus ingenieros y ayudantes de campo, eran poco después retirados sin explicación alguna que pudiera justificarlas; esto creaba desorientación y desorden entre los jefes y oficiales del Ejercito del Norte, que comenzaban a retirarse de sus posiciones en Veracruz para replegarse hacia Puebla.

 

El famoso manifiesto de Scout, profusamente publicado, respondía a un hábil plan para dividir al pueblo del gobierno aprovechando las coyunturas que para ello le daba el descontento al general y la discrepancia entre los partidarismos y enconos públicos.

 

Los acontecimientos se desarrollaban con insólita rapidez. Un parte americano avisaba: "Nopalucan, mayo 12 de 1847: el infrascrito general Worth avisa que, obedeciendo ordenes de su superior, el mayor general en jefe del ejercito de la unión en la mañana del 15 que rige, con la fuerza a su mando, tomará posesión militarmente de la ciudad de Puebla".

 

Y de nuevo el turbio juego de Santa Anna de salir a combatir buscando sitio propicio para entablar batalla, y de nuevo su fracaso al convertirse de perseguidor en perseguido. Al llegar a Puebla le recibió el clamor popular pidiéndole armas para combatir al invasor.

 

La entrada de los americanos en Puebla se revistió de solemnidad diplomática al ir el propio general Worth a visitar al obispo, quien devolvió su visita media hora más tarde y fue recibido con los honores correspondientes a un general.

 

El Ejercito del Norte recibía ordenes y contraordenes, marchando por veredas lodosas y arrastrando consigo la maltrecha artillería. En Xalapa se organizaba violentamente el ejecito de oriente, con soldados bisoños, mientras los oficiales juramentados escapaban para presentarse de nuevo en sus filas. Algunos, hechos prisioneros o denunciados por "traidores", fueron pasados por las armas. Los yanquis miraban con despecho la deserción de sus filas que iba a engrosar la de los colorados del San Patricio, cuyo renombre hacía palidecer de cólera a Winfield Scout.

 

Pronto pudo descubrirse que, una vez en Puebla, las tropas mercenarias habían vencido sus contratos y Scout se vio precisado a licenciarlas y devolverlas a los Estados Unidos.

 

Las contraguerrillas del capitan Walter, sin embargo, obraban y saqueaban impunemente los poblados y las haciendas.

 

Durante su estancia en Puebla, Scout realizó una maniobrta que vino a dejar muy mal parado su prestigio militar, al adiestrar reclusos de la penitenciaria en una contraguerrilla de cuatrocientos hombres de la peor ralea, todos ellos convictos de robos y asesinatos. Denominados como la comañía de espías -spy Company- estos sujetos fueron de valiosa utilidad para el invasor, toda vez que le ponían al tanto de los movimientos de las tropas, denunciaban a los oficiales y soldados juramentados y acechaban a las guerrillas. Vestían estos individuos lujosamente el traje de charro con ostentosas botonaduras de plata y las comandaba un tal Domínguez y otro tal Aria, que era un zapatero francés. En esta forma Winfield Scout quiso demostrar             que él también contaba con un cuerpo de voluntarios nacionales, y varias veces hizo comparaciones entre su compañía de espías y los colorados del San Patricio.

 

La noticia no tardó en tener alas y volar hasta los escondites de la sierra veracruzana.

 

La guerrilla de Cayetano Uribe seguía empeñada en sorprender a los de Walter en sus fechorías.

 

-Ya se enseñaremos al general Scout cómo se hacen justicia los mexicanos -había dicho Cayetano.

 

-Malicias de viejo -comentaba con Juvencio, al que comenzaba a querer como a un hijo-. ¡Qué quieres, estos ojos han visto mucho y mi pobre estomago está asqueado de tanta porquería! ¡Qué vergüenza que los hijos vean este mundo que les han heredado sus padres!

 

Juvencio era una criatura extraña, callada y solitaria; se diría que no desaparecía de sus sueños la imagen sacrificada de su padre y se arrimaba al viejo Cayetano que, huraño y adusto, juntaba su soledad con la del mozo.

 

-¿Quién lo diría?..., nunca se habían mirado antes, ni se conocían siquiera -decía Enésimo al verlos tan estrechamente unidos, como padre e hijo.

 

Y en aquel terreno donde se había establecido una guerra a muerte, florecía la amistad.

 

-¡Un hijo de gachupín con uno que había sido enemigo implacable y feroz de los realistas!

 

-Pero eso  fue allá..., hace años. Todavía Juvencio no nacía -explico Cayetano ala irónica frase de enésimo.

 

-No, tampoco nacía la Constancia... y quien te iba a decir los encuentros que da la vida. En tierra extraña, con un hijo de gachupín como hijo tuyo; y tu hija comprometida con un extranjero que no es español. ¿Y crees que vale una guerra todo esto?

 

-¿Y yo qué culpa tengo? El irlandés esta en lo justo. Los pueblos y los hombres tienen su destino.

 

-No somos nosotros los que nacimos odiando -dijo el compadre-. ¡Así nos enseñaron..., nos lo legaron los viejos!

 

-Había esclavitud y labor de sangre, y muy disparejo todo entre el pobre y el rico, pero todos éramos cristianos -respondió Cayetano, luego suspiró son pesar y dijo-: yo creo que ya ni cristianos somos.

 

Se habían establecido en lo alto de un loma, dominando el caserío de Santa Clara abajo, bañando por luz de luna. El centinela vigilaba el camino, el río distante que parecía una ancha cinta de plata. Las luces de las casas se habían apagado y Santa Clara se durmió arrebujada de luna.

 

La gente dormía y Cayetano volvió sus ojos para ver a Juvencio, el pálido rostro sobre el oscuro poncho se destacaba como una medalla, a veces el delgado pecho se elevaba como en un suspiro.

 

-Nunca ha disparado un arma -dijo.

-Espera que la dispare -respondió Enésimo-. ¡Se hará como nosotros!

-¿Y qué somos nosotros, compadre? -preguntó Cayetano.

 

Enésimo guardo silencio. Sus ojos de campesino viejo adivinaban el campo, reconocían las sombras, los ruidos. Cayetano había maliciado algo.

 

-Hay gente al otro lado del río -dijo en voz muy queda-. Despierta a los hombres.

 

Poco a poco se reunieron sin ruido. La aldea dormía confiada y el viejo soldado le velaba el sueño. Ladró un perro cerca del río y pareció que se movieron las ramas de los árboles. Era un parecer no más... pero el perro avisaba la presencia de desconocidos.

 

Montaron rápidamente sobre los caballos, pero permanecieron en silencio, al asecho. Todos estaban listos, anhelantes, espantado el sueño que había pesado sobre sus parpados después de largas noches de vela.

 

De la orilla del río se desprendió un hombre que avanzó cautelosamente. Vestía el traje de chinaco y había dejado el caballo atado de un palo. Atrás de él aparecieron otros, vestidos con el uniforme oscuro de los yanquis.

 

-Debemos caerles..., pero que no nos sientan siquiera -ordenó Cayetano-. Vamos a rodear el caserío y los atrapamos. Tú compadre, te harás cargo de los caballos para impedir la huida. ¡Cada uno un hombre! ¿Entendidos?

 

Le respondieron con una señal.

 

Comenzaron a bajar la cuesta tan callados, que nada turbaba el silencio. El perro dejo de ladrar y las sombras desaparecieron como fantasmas untados a los muros.

 

Se oyó un silbido. A Cayetano le pareció reconocerlo. ¿Dónde, en que parte se lo había escuchado? ¡Suposiciones! -se dijo.

 

Sus hombres rodearon el pueblo. Seguramente Enésimo se acercaba al río para quedarse cuidando los caballos. Si el golpe iba bien, el capitán Walter no volvería a sembrar el terror en poblaciones indefensas, ni se fusilaría más a un inocente.

 

-¡Esta vez las pagas condenado! -dijo Cayetano.

 

A su lado, erguido sobre el caballo, Juvencio murmuró con voz opaca.

 

-Tengo miedo...

 

Cayetano se detuvo un momento y le miró. El hombre desaparecía bajo el rostro aniñado; los ojos grandemente abiertos demostraban su terror, las manos temblaban con las riendas entre los dedos. Cayetano acercó su bestia a la de Juvencio y colocó su mano sobre las del muchacho. Las sintió heladas, le miró a los ojos y dijo en voz baja:

 

-Guárdame el secreto. ¡Yo también tengo miedo!

 

Y lo decía de verdad.

 

Juvencio se enderezó entonces, la luz de la luna le iluminó el rostro pailido que sonreía forzado, como una mueca, tenso los músculos del cuello, seca la boca. Llevó la mano hacia el fusil y lo tomó con extraña resolución. Iban a jugarse el todo por el todo, ¡ al fin para morir nacimos! Y creyó ver tendido sobre el suelo el cuerpo ensangrentado de su padre.

 

Los pobladores del rancho parecían no darse cuenta del peligro que corrían. En el palo de una casa gritó un loro y en los árboles se agitaban los pájaros. Un gallo cantó en un corral..., y después todo se hundió otra vez en silencio.

 

-Dejamos los caballos -ordenó Cayetano apeándose. Ricardo y otros obedecieron-. ¡Que nadie dispare hasta que los tengamos copados!

 

E adelantaron por las calles de tierra suelta.

 

De pronto una sombra azul se adelanto hacia la prefectura del municipio, atrás de ella, otra avanzó para guarecerse en la puerta de la troje del ingenio.

 

Los hombres de Cayetano se parapetaron en la esquina. Juvencio tomó con resolución el arma y paso en tierra la rodilla. Sus ojos distinguían con claridad un bulto oscuro que avanzo de pronto hacia el centro de la calle. La mano infantil apretó el gatillo y reprodujo el disparo. El hombre cayo de bruces, con los brazos abiertos y dando un alarido espantoso. Juvencio sintió que su cuerpo se quedaba sin sangre. Un frió extraño le entro por los dedos y una corriente helada se le fue por el cuerpo, como un rió. Le temblaban las manos y el cuerpo, y tuvo ganas de vomitar; la mano de Cayetano se apoyó en su hombro pero no le reprocho nada, al verlo al verlo tan abatido le limpio el arma.

 

Había desobedecido, y por su causa, los hombres de Walter avisados, iniciaban el tiroteo y hacían a los de Cayetano volver a sus posiciones.

 

Juvencio se recostó contra el muro y le pareció que ardía; la boca seca le sabia a polvo, a sangre, a humo...

 

De la orilla del río llegaron mas hombres que ayudaron a sus compañeros a huir protegiéndoles la fuga. Algunos iban heridos, otros quedaron muertos con la cara sobre la tierra húmeda de las callejas. De las ventanas entornadas se escuchaban gritos, imprecaciones y jaculatorias. La campana comenzó a tocar a rebato. La mañana, como tallada en plata, se asomaba por lo alto de la sierra.

A la incierta claridad, Cayetano reconoció a uno de los fugitivos. El rostro altanero tenia una cicatriz que le marcaba. Se miraron frente a frente durante un segundo..., después un vértigo de fuego le arrastró.

 

-Macario Pacheco, hijo de...- gritó pero la ira le ahogo la voz.

 

Juvencio tenía de nuevo el arma entre las manos y apuntó. Aquel hombre tenía un llamado de infierno, un eco diabólico que había persistido en sus oídos y en sus sueños; era el mismo rostro que había visto el día en que los yanquis asesinaron a su padre..., ¡no podía ser otro! La mano no temblaba, el frió de su sangre iba convirtiéndose en una llama que había de abrasarlo en odio.

 

Y ahora que su mano no temblaba, erró el tiro.

 

Los hombres de Walter desaparecían furtivamente perseguidos por los guerrilleros de Cayetano Uribe que estaban a la orilla del pueblo. La ancha cinta del río ya no era de plata; el agua turbia tenia rastros de sangre y fuego.

 

La troje de Santa Clara estaba ardiendo. La gente abrió sus puertas y los gritos y la confusión arrastraron a Juvencio y a Cayetano hasta el incendio. No había medios para combatirlo. Algunos hombres comenzaban a demoler el grueso muro para ahogar las llamas, otros venían del rió con ramas de árboles para sofocarlo. Nadie había advertido cuando se inicio el siniestro. Las llamas se retorcían y se levantaban sobre los tejados, volaban como diablos y se abrazaban a los techos de las casas, algunas chozas estaban ardiendo en las orillas.

 

Los guerrilleros  soltaron las armas y trataron de ayudar, pero todo era inútil.

 

Al medio DIA, agotados y sudorosos, miraron con tristeza las ruinas calcinadas de la troje. Algunos jacales habían ardido y la gente se reunía en el atrio de la parroquia. Los llantos de los niños y los aullidos de los perros eran un macabro concierto. Las mujeres parecían de piedra, sentadas sobre el piso, cubiertas con los rebozos bajo la ancha sombra de los fresnos. No tenían palabras ni lagrimas. Eran imágenes desamparadas y hurañas bajo el sol.

 

Ricardo había tratado de atender a los heridos, entre ellos había un yanqui con una bala que le había clareado el vientre y que se quejaba dolorosamente. El joven miraba aquel despojo con más lástima que rabia.

 

-Podría matarlo... -se dijo.

 

Pero no lo hizo.

 

Improvisaron unas angarillas y lo levantaron.

 

-¿A dónde lo llevan? -preguntó el comisario.

 

-A donde pueda hablar con alguien que le entienda y nos dé cuenta de todo lo que ha hecho -respondió Cayetano.

 

En algún poblado cercano debería de estar desatada una guerrilla con gente mas letrada que la suya. El padre Jarauta o el padre Martinez..., ellos sabrían lo que debería hacerse.

 

Emprendieron la marcha. El fuego había  chamuscado las ramas de los árboles y el hollín había tiznado los rostros de los hombres. Santa Clara había visto arder sin salvación lo que habría sido el pan y el rescate de los suyos en un momento dado.

 

Enésimo se acerco a ellos. Había perseguido a la contraguerrilla porque creyó reconocer a alguno.

 

Tenía el rostro demudado por la cólera:

 

-¡Yo lo vide compadre!...

-Yo también... -le respondió con voz seca.

 

Una vez  más su corazón no le había engañado.

 

Cayetano marchaba dominado por una confusa sensación de humillación y vergüenza, de odio y despecho contra el mismo por no haberse tomado justicia esa misma tarde en la que Matilde le contara lo ocurrido. Vengado el agravio sufrido por su hija hubiera salvado a su patria de un gusano miserable.

 

Nada podría tranquilizarle, jamás tendría reposo. Esa inquietud sería suficiente para condenar su alma hasta lograr que un día el cuerpo de Macario Pacheco, podrido entre las ramas de cualquier árbol, fuera despojo hediondo de buitres.

 

Le escocían los ojos y llevaba la garganta como plomo ardiendo. Ya había volcado para desahogarse todos os epítetos que conocía y su lengua y su rencor no se saciaban.

 

El odio le zumbaba  en los oídos como la voz del mismo diablo; le apretaba e pecho como sui sus garras estuvieran clavadas en su corazón y en sus entrañas y sentía que su carne se abría como si se la hubieran rajado a latigazos.

 

¡Oh, su odio iinsaciado, su cólera trunca, su ira impotente! ¿Hubiera querido ser como la troje de Santa Clara, una hornaza donde se acrisolara todo hasta consumirse  y perderse en la nada, rescoldo del odio y de la pesadumbre despechada!

 

-¿Oh Dios..., ten piedad de mi! -exclamó mientras por sus curtidas mejillas rodaron dos lagrimas de fuego.. La voz resera gimió impotente: ¿Alíviame de este odio!

Batallon de San Patricio. Capitulo 13

por Alberto
domingo, 01 de marzo del 2009 a las 11:38

 

Capitulo 13

 

Los Polkos

 

Las tropas que pelearon en La Angostura abandonaron San Luis. Eran largas filas de hombres en desbandada, hambrientos y enfermos, a quienes aquella "gloriosa derrota" había enfermado del cuerpo y alma.

 

Los jefes del ejército, disgustados entre sí fueron victimas de la cólera de Santa Anna que culpó a todos del fracaso. El único limpio era él, que había ordenado la retirada.

 

Regresó violentamente a la capital, donde debería resolver grandes conflictos. Desde  Querétaro reañadieron a su comitiva los nombres que por el momento se sentían fuertes contra Gómez Farías, causa de los disturbios.

 

México engalano sus calles y se deshojaron flores al paso de don Antonio; desde los balcones, las damas sonreían al "vencedor"; las campanas de los templos se echaron a vuelo. De pronto, como por arte de magia, La Angostura era triunfo, no una "gloriosa derrota".

 

Para reprimir el descontento, que culminó en rebelión, don Antonio quitó a Gómez Farías la presidencia y con esa providencia se calmaron los ánimos y se logró otro préstamo del clero.

 

La enloquecida ciudad parecía ignorar la dolorosa verdad. Los Polkos, que no habían disparado un solo tiro contra el invasor se convertían en héroes; el Ejercito del Norte, que había sangrado y padecido heridas y miseria, no eran sino hombres derrotados que llegaban a la ciudad ignorantes de su destino.

 

Zacarías Taylor invadía el territorio y en Veracruz, Winfield Scout, jefe de la segunda expedición desembarcó sin que nadie pudiera impedírselo.

 

Tras un intenso bombardeo, los cónsules de varias naciones presentaron bandera blanca y pidieron al invasor que permitiera la salida de la población civil; Scout no admitía tregua: la ciudad, o se rendía incondicionalmente o sería arrasada. Sin ayuda de la capital, dado que la revolución de los Polkos había impedido envío de armas y refuerzos, las tropas derrotadas entregaron sus armas con lágrimas en los ojos, y ante la atónita mirada de la población civil, abandonaron el puerto. Era el 1ª de abril de 1847.

 

Don Antonio había jurado por novena vez la Presidencia, pero urgido por el estado de guerra, dejó el gobierno en manos de don Pedro María Anaya y partió hacia Veracruz "no para repeler la invasión, lo que parece imposible, sino para evitar siquiera que los yanquis entren en México con el arma al brazo".

 

A la aridez de la llanura, siguieron las calidas y feraces tierras.

 

Con desesperación los hombres al mando del ingeniero Robles trataron de fortificar Cerro Gordo, donde el General-Presidente había determinado presentar combate. De nada sirvieron hechos aislados de valor temerario que no pudieron contener el avance. Ciriaco Vázquez y sus hombres cavaron su propia tumba en el Cerro del Telégrafo, árido y escarpado, a un lado de la cañada de Cerro Gordo.

 

"Si el enemigo avanza un paso más, la independencia nacional se hundirá en los abismos del pasado", proclamó don Antonio López de Santa Anna en uno de sus ardientes manifiestos dirigidos a su pueblo.

 

Winfield Scout, en su parte presentado a Washington en el que informaba de su victoria, llamó la atención sobre esta frase y agregó: "Ya hemos dado ese paso".

 

A Cerro Gordo siguió Xalapa, donde una vez ocupada la ciudad, se obligó a las tropas y oficiales mexicanos a juramentarse.

 

El avance de Scout parecía una marcha triunfal, cuando de pronto hicieron su aparición las temibles guerrillas. Eran hombres aguerridos y sin miedo que no daban punto de reposo a los invasores sin que les arredrara lo caluroso del clima, lo escarpado de las cañadas y lo abrupto de las montañas.

 

Tan duras fueron las represalias de las guerrillas que merodeaban por los poblados y caminos por donde vivían o pasaban tropas yanquis, que Scout se vio precisado a dictar un bando por el cual condenaba a todos los municipios a pagar a prorrata "los despojos hechos por los facciosos" y especificaba claramente que cualquier americano muerto sería vengado haciendo rápida justicia.

 

El 11 de mayo Winfield Scout publicó en perfecto castellano un manifiesto en el que avisaba a que sus tropas se ponían en marcha sobre Puebla y expresaba su deseo de paz, al mismo tiempo que decidía seguir la guerra "si no se llegaba a los resultados satisfactorios".

 

"Nosotros -decía el manifiesto- no hemos profanado vuestros templos ni abusado de vuestras mujeres; ni ocupado vuestra propiedad; lo decidimos con orgullo y lo acreditamos con nuestros propios obispos y curas de Tampico, Tuxpan, Matamoros, monterrey, Veracruz y Xalapa; con todos los religiosos y autoridades civiles y vecinos de los pueblos ocupados. Nosotros adoramos al mismo Dios, y gran parte de nuestro ejercito, así como la población de los Estados Unidos, somos católicos, como nosotros; castigaremos el delito donde quiera que le hallemos y premiaremos  el merito y la virtud. El ejercito de los Estados Unidos respeta y respetará siempre la propiedad particular de toda clase y la propiedad de la Iglesia mexicana y ¡desgraciado aquél así no lo hiciese donde nosotros estemos!".

 

La gente de Cayetano Uribe había pasado a Veracruz, donde se le necesitaba. Eran hombres que sabían pelear, cautos y astutos, honrados y cabales bajo la dura mano de su jefe.

 

El manifiesto de Scout circuló profusamente entre la templada gente de las guerrillas, algunas de ellas al mando de sacerdote y curas del clero bajo, que, así como en la independencia, permanecían a lado de su pueblo. La flama del padre Domeco de Jarauta, catalán recién llegado de Cuba y de pintoresca  vida, así como la del cura don José Antonio Martinez había llegado hasta las filas del invasor. Ellos no se contarían entre los curas y los frailes que podían testimoniar "el respeto a la propiedad particular y de la iglesia" que proclamaba Winfield Scout.

 

Los pequeños poblados, las rancherías enclavadas en la sierra, los ingenios y las haciendas, eran refugio seguro para las guerrillas.

 

Cayetano y los suyos escuchaban atentos la lectura que de tal documento les hacía Ricardo Gutiérrez, un muchacho del lugar que se les había añadido y que, para colmar las referencias que pudiera presentar, sabía leer y escribir de corrido.

 

Los hombres escuchaban con rostro sombrío, el arma descansando sobre la tierra suelta de la pulpería de don Juvencio, el gachupín del pueblo que había escapado a la ex'pulsion del 33 que tantas lagrimas costó.

 

Los hombres de la guerrilla escuchaban atentos; la voz de Ricardo podía escucharse sin que la distrajera un movimiento o una exclamación. Algunos hombres del pueblo estaban allí, con el machete colgado al cinto. Eran trabajadores de los ingenios, y sin el arma se sentían desnudos. El machete era medio de vida y defensa de las víboras en los cañaverales. Ricardo levantó la vista y miró a Cayetano que tenía las crispadas las manos en el arma.

 

-... ¡y desgraciado aquél que así no lo hiciere donde nosotros estemos!

 

 

Los hombres se miraron entre si mientras Ricardo continuo la lectura del manifiesto, que mas adelante indicaba "que los Estados Unidos tenían el deber de conservar y proteger al gobierno liberal mexicano establecido bajo la influencia norteamericana" y hacía hincapié en que "nunca podríamos consentir que México se viera así gobernado por un príncipe extranjero".

 

Ricardo doblo la hoja, rodeada del mismo silencio que había reinado en la tienda; sobre el mostrador, las copas habían quedado servidas y nadie las había tocado.

 

-Eso es todo -dijo.

-¿No quieren dejarnos en paz, eh? -Comentó Cayetano que recargo el arma sobre el mostrador-. ¿No hicimos ya la independencia?

 

-Hay algo aquí que no me gusta, compadre... -dijo Onésino tomando su copa entre los dedos.

 

-A mi todo junto no degusta -comentó Cayetano-. Mira que venir a contarnos que respetan la propiedad particular, ¿no es la Republica propiedad de todos nosotros? Y decirnos que son católicos, ¿por qué combaten entonces contra nosotros, que somos católicos? ¡Esto es engaño!, compadre... ¡Mentira! Nada más que mentira, ¡ si lo sabremos nosotros! Jamás el vencedor ha tenido misericordia del vencido. Yo vide a don José María Morelos, que en paz descanse, acuchillar gachupines en los pueblos de la costa brava después que le mataron al cura Matamoros y a Tata Gildo. No era un hombre; era el mismo diablo poseído de furor y de rabia. Y te juro que lloraba con lágrimas que deben de haberle abrazado el alma..., porque era un hombre bueno y devoto y era cura de almas ¡Que no nos cuenten los yanquis que son mejores que don José María!

 

-¿Por qué vamos a creerles no más porque escriben sus cosas en papeles? -comentó Enésimo-. ¡La verdad es otra, la verdad la estamos padeciendo todos nosotros!

 

De pronto se escuchó un tiro aislado y un grito desafiante. Los hombres se miraron y Juvencio se asomó a la puerta. El sol de la mañana iluminaba las calles solitarias de Coatepec aromadas del perfume de los cafetales. Si acaso algún perro vagabundo o alguna gallina hurgaban sobre la tierra suelta.

 

Los hombres ya tenían las armas en las manos, el oído alerta.

 

Un tropel de caballos avanzaba; los jinetes disparaban las armas y gritaban como salvajes.

 

La copa en manos de Enésimo, se rompió sobre la tosca madera del mostrador.

 

La campana de la parroquia tocó a rebato. El tiroteo se generalizó. Cayetano y sus hombres montaron de prisa en sus cabalgaduras y cogieron calle adelante hasta la plaza. La gente huía de  sus hogares para refugiarse en sitio seguro. En el desorden de la cabalgata levantaba en vilo mujeres que se llevaba a las grupas.

 

A la puerta de la parroquia se había congregado la gente que miraba anonadada regados por el suelo los milagros y las joyas de los santos.

 

Algunas casas comenzaron a arder.

 

Cayetano y los suyos, apenas repuestos del asombro, se dieron a correr tras los bandoleros.

 

La persecución fue inútil. Arriba, en la montaña entre la tupida selva de la sierra, se perdieron las huellas, y rumiando su coraje regresaron al pueblo, a la parroquia, pero al pasar por la tienda de Juvencio, lo encontraron asesinado, rodeado de os suyos que lloraban. El hijo mayor tenía las manos cruzadas y miraba el rostro mortalmente pálido de su madre que sollozaba.

 

-¿Los alcanzaron? -preguntó alguien.

 

Cayetano movió la cabeza negando con furia impotente.

 

-Parece que se los trago la tierra. ¡Que alguien nos acompañe, los traeremos y haremos justicia! No necesitamos que los yanquis lo hagan por nosotros.

 

-Iré con ustedes -dijo el hijo de Juvencio, que era un adolescente apenas-. ¡Conozco la cañada!

 

 

La gente se había congregado y todo era confusion y desorden.

 

-Así caen estos malditos -dijo alguien.

-¿Qué gente es?

-Yo alcancé a verlos -dijo el hijo de Juvencio con voz entrecortada-. ¡Eran yanquis!

 

-¿yanquis? ¿Cómo pueden conocer la sierra? -preguntó Cayetano, pensando violentamente en la rápida desaparición de los forajidos en la selva.

 

-No se como pueden conocerla, pero eran yanquis. Los vi, les mire los ojos desteñidos, los oí hablar esa jerigonza que el diablo les entiende.

 

El joven había montado ya y esperaba con una fieradesicion las ordenes de Cayetano.

 

-¿Conoces la sierra? -preguntó enésimo.

-como la palma de mis manos -respondió.

 

La madre parecía no darse cuenta de lo que ocurría, absorta en la sorpresa dolorosa de la muerte de su marido. Sus gemidos se escuchaban entre la voz que llamaba a Juvencio con ternura. De pronto levantó los ojos y miró a su hijo, montando al lado de los guerrilleros.

 

-¿Qué vas a hacer, hijo mío? -le preguntó.

-A buscar a los asesino de mi padre -dijo resuelto.

-¡No, hijo, no! -clamó ella desesperada-. Eres un niño... ¡van a matarte!           

 

-Va con hombres, señora -dijo Cayetano, y mirando al hijo del difunto, su aire resuelto, su rostro pálido con los labios apretados y firmes, añadió-: ¡Es también un hombre, todo un hombre!

 

Se acercó a él y puso su mano brevemente sobre el joven. Una extraña ternura le invadió; pensó en Constancia, en todos los hombres y mujeres jóvenes que Vivian sacudidos por la violencia y el infortunio, pensó que así como en la independencia, era injusto todo lo que ocurría en su propia patria. Le dolía esa juventud atormentada y confusa, como la que había vivido.

 

-Vamos -dijo-. ¡Adelante!

 

Los hombres echaron a caminar por las calles donde ahora solo había gente llorosa y lamentaciones de madres que gemían por las hijas raptadas y por sus hombres heridos o muertos.

 

-Malditos..., malditos... -balbuceaba Enésimo entre cervantescas interjecciones, de pronto se detuvo y preguntó-: ¿Y si fueron bandoleros mexicanos?

 

Ricardo intervino entonces.

 

-Ellos no atacan en esta forma. Caen por sorpresa sobre trojes o haciendas o sobre las conductas y las diligencias... ¡Estoy seguro de que estos eran yanquis! Juvencio tiene razón. Nadie pudo ser sino ellos...

 

Salieron del pueblo callados y sombríos. El camino angosto y húmedo se levantaba como una señal cortada en la montaña.

 

-Han de estar lejos... -dijo Juvencio-, ¡pero por daremos con ellos, como ser hijo de mi padre!

 

-Daremos con ellos, muchacho..., y cobraremos cara la vida de tu padre -exclamó Cayetano. Y se hundieron en un silencio huraño. La selva toda trasudaba peligro. Caminaron todo el día y acamparon al anochecer. Armaron el real al amparo de una cueva en la cañada. Juvencio los llevaba por  atajos escondidos, y los caballos acostumbrados a la llanura, perdían el tanteo del piso. ¡Qué ese mundo al suyo, tendido y ancho bajo el sol!, pensó Cayetano. El fuego del vivac le encendió los ojos ardorosos.

 

-¿Sabe, compadre? -dijo mirando a Enésimo-. ¡Ella es la que me duele..., y todas las mujeres como ella, las que son de carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre1, ¿Por qué hemos de dejar que caigan en malas manos?

 

Enésimo no  respondió. Todavía miraba los ojos del muerto, claros como manantiales de agua con todo el sol bebiéndose la vida, y oía los sollozos de la viuda, y el rebato de las campanas, y os gritos de las mujeres. No pudo más y se levanto como si las brasas le ardieran en la sangre

 

-Mal rayo los parta -dijo.

 

Juvencio había hundido la cabeza entre las rodillas, sentado sobre el piso; parecía mas niño, indefenso casi. Más allá de los hombres comenzaban a echarse sobre el piso, tendiendo los pochos para defenderse de la humedad que transudaban las rocas de la cueva. Abajo, el río daba tumbos y rugía como fiera encadenada. Ricardo atizó el rescoldo y se levanto  la llama.

 

-Y pensar que se nos fueron de las manos -dijo.

-¿Quién iba a saberlo? De pronto creí que era una gavilla, o gente de guerra que entraba a pedir refuerzos. Hasta aquí no había visto antes los pies de un yanqui.

 

Todos guardaron silencio y se miraron; hasta Juvencio levantó el rostro y sus ojos reflejaron el fuego de la hoguera.

 

-Alguien les enseña el camino -dijo.

-Cabal -respondió Enésimo-. ¡Algún traidor esta con ellos!

 

-Pues a dar con él -dijo Cayetano.

-Alguna de tantas veredas debe llevar a su guarida -dijo Juvencio.

 

-No -respondió Ricardo-. Alguita de tantas veredas debe llevarnos a donde caigan, ellos no tienen punto fijo donde dormir, de hacerlo, están en los cuarteles de Scout; más bien creo que siguen el sistema de nuestras guerrillas...

 

-Justo; así debe ser -aclaró Cayetano. Había quedado pensativo. Ricardo tenía razon, guerrillas y contra guerrillas, a las que sin duda alguna se habían unido a las gavillas de merodeadores que asaltaban poblaciones indefensas y saqueaban las trojes de las haciendas. Caro habría de cobrárselo a todos aquellos que estaban convirtiendo Veracruz en una ancha cinta de odio y fuego. Había que llevar un propio con razones para las guerrillas del padre Jarauta y las del padre Martinez, ellos se pondrían en contacto con los hombres de Rebolledo y los de rea. Era necesario ponerles una trampa y hacerlos caer en ella a toda costa. Las guerrillas no eran don Antonio López de Santa Anna.

 

Cayetano relevó al centinela y quedo allí, solitario frente a la noche, abismado en el recuerdo de Constancia. A la hora del alba, se le unieron Enésimo y Ricardo.

 

-No ha dormido nada, jefe... - reprochó cordialmente el joven.

-¿Quién va a dormir? -dijo Cayetano desentumiéndose os brazos y las piernas encogidos-. ¡No me ha dejado el recuerdo de Constancia! ¡Con lo que vide allá abajo, nomás pienso en ella! ¿Por qué no la saque de San Lorenzo y la lleve a un sitio seguro? -se reprochó-. ¡Ahora ya es tarde! No puedo ir hasta allá y me atormenta pensar que algo pueda sucederle...

 

Enésimo replico:

 

-Ella sabe valerse sola, compadre. Bien que lo demostró ya.

 

Cayetano sintió como si le hubieran golpeado la cara con la mano abierta. Todo su odio se le encendió de nuevo, toda su ansia de venganza se le endureció en un momento. Ricardo le miró asustado.

 

-¿Conoces a Macario Pacheco? -preguntó el jefe

-¡Que voy a conocerlo!

-Cabal, pero si algún día se cruza en tu camino avísame. ¡Tengo una cuenta que cobrarle!

 

-Pues se la cobro yo -dijo Ricardo resueltamente.

A ese nadie lo toca -dijo Cayetano enseñando sus manos sobre el rescoldo de la hoguera-. ¡Estas manos han de hacerse justicia!

 

-Ya lo oyeron -dijo Enésimo-. ¡A ese valedor nadie le pone la mano encima!

 

Hervía el café y oían las tortillas calentadas al fuego en las brazas. La mano de Cayetano se apoyo sobre el hombro de Juvencio. Su perfil blanco y pálido se recortaba contra el verde follaje de la selva. El joven le miró a los ojos y los dos se comprendieron.

 

-Tal vez hacemos mal -dijo Cayetano suspirando-.Ya una vez en Palma Sola, una mujer me lo dijo, somos nosotros los que clamamos venganza, no es la guerra. ¡Nos olvidamos de ella para ir tras de lo nuestro, y hacemos mal Juvencio!

 

El muchacho distrajo su mirada en las brasas que pisoteaba la bota de campana del  compadre Enésimo.

 

-¡Menos mal que lo tuyo está comprometido con los yanquis, menos mal que tu podrás tomar desquite contra extraños! Yo tendré que hacerlo contra uno de mi raza.

 

Y escupió con desprecio entre el rescoldo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Batallon de San Patricio. Capitulo 12

por Alberto
martes, 30 de diciembre del 2008 a las 01:24

su falta de comentarios aumentan mi desinteres por seguir escribiendo....

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Capitulo 12

 

Los Colorados

 

El general Romero le miró sin sorpresa. Al principio, cuando comenzaron a presentarse los primeros voluntarios, había abrigado enorme desconfianza. Aquellos hombres a quienes el color de la piel y los cabellos habían dado pie al remoquete con que se les conocía, los colorados, eran gente extraña. Venían de un bando victorioso y en cuyo ejercito cobraban puntualmente sus sueldos y tenían además, la oportunidad de ganarse ascensos y medallas y la gratitud de los Estados Unidos. ¿Qué impulso les llevaba a pasarse a las filas mexicanas?

Cuando el general presidente reconoció a las compañías de San Patricio como miembros oficiales del ejército nacional, había dictado órdenes para que a todo irlandés se le ofrecieran trescientos acres de buena tierra, una cantidad en efectivo y, además, el fusil que se les entregaría, pero esa oferta había sido echa cuando ya existía un buen numero de hombres que formaban dos compañías. Las proclamas fervorosas y patrióticas que se hacía circular profusamente entre ellos haciendo un llamado a su conciencia, habían sido también escritas después de la formación de esos grupos que llevaban mas de seis meses de haber prometido lealtad a México. ¿Podía considerarse que les atraía simplemente una romántica aventura? Las deserciones del invasor eran numerosas, pero no todos abrasaban la causa de México; en ambos bandos se desertabas para aumentar las gavillas de bandoleros que dañaban a las poblaciones civiles tanto o más que la guerra. Lo singular en el caso de los colorados era que sus filas aumentaban mientras mayores eran las victorias del enemigo. Mirando a O'Leary, pensó en aquellos soldados que. Frente a las bayonetas mexicanas, clamaron piedad con rosarios en la mano.

-¿Estuvo en la Angostura? -preguntó secamente.

-No, señor. Cayetano Uribe me recogió gravemente herido en el desfiladero de piñones y me llevo a su casa. Apenas estoy repuesto de las heridas.

-¿Y sabes también que los hombres del San Patricio pelean también con la soga al cuello? El congreso de la unión ha decretado la pena de muerte a todo hombre que sea capturado.

O'Leary lo ignoraba, era natural que así ocurriera. En embargo, los colorados ciertamente no pertenecían al ejercito invasor. Habían sido reclutados y se consideraban engañados, según se lo había relatado Dennis Conahan.

Juan hizo un gesto afirmativo y respondió:

-Lo acepto todo, señor, tal como es.

El general le miró de nuevo, pero esta vez hubo en sus ojos una expresión amable; tocó la campanilla que había sobre su escritorio y se presentó un asistente, mientras Juan firmaba en el libro de registro con su nombre y escribió su nacionalidad. Allí, en la larga lista en la que figuraban en aplastante mayoría los irlandeses, había también nombres alemanes y polacos. ¡Todos arrastrados a la misma suerte!

Dennis estaba esperándole en el claustro, un pequeño conventico luminoso y alegre donde los frailes hospedaban a los soldados, que estaban atareados en reparar calzado, en zurcir algunas ropas y en limpiar las armas. Muchos ojos le siguieron los pasos a lo largo del corredor, otros disimularon su curiosidad, afanándose en su tarea y algunos ni le advirtieron, ocupados en jugar a las cartas o en acompañar una vieja canción que cantaban a coro. Estos eran los heridos, que reposaban sobre el suelo sus cuerpos exhaustos y sus miembros vendados.

-Cuatro mil bajas, entre muertos y heridos -dio Dennis mientras cruzaban por entre los grupos-. ¡La muerte tuvo magnifica cosecha!

En un extremo del corredor, Juan O'Reilly charlaba con sus hombres. Había sido nombrado comandante  del Batallón de San Patricio y  fue el primer voluntario. Hecho prisionero, desde los comienzos de la guerra, por los soldados de Ampudia cuando en marzo de 1846, después de innumeras provocaciones por parte de Taylor a las tropas mexicanas, los invasores lanzaron contra  el fuerte de Santa Isabel. La heroica y desesperada defensa de la población civil que quemó la pólvora e incendió sus casas y se echó al camino con sus criaturas, habían desgarrado el velo del engaño.

No eran bárbaros quienes así defendían su patria y sus hogares; no eran bárbaros aquellas mujeres que ayudaban a sus hombres a evacuar el Fuerte, que había sido un hogar común, un reducto contra la apachería; no podía ser bárbaros una población civil indefensa.

De fácil palabra, Juan O'Reilly había inútilmente tratado de convencer a los soldados mexicanos de la nobleza de sus intenciones, pero cuando a la caída de Matamoros se presentaron cuarenta irlandeses y cuatro esclavos negros "para abrazar voluntariamente la causa de México", los jefes mexicanos comenzaron a creer en la sinceridad de su actitud.

Era el antiguo llamado por la justicia y la libertad que volvía a hablarles en las voces adormecidas de su sangre; era la tristeza de las ciudades incendiadas, la furia del saqueo, la defensa de los débiles en una suicida valentía; era la voz de Dios que se hacía oír sobre las llamas que destruían templos y hogares, la suprema Voz que hablaba todavía mas alto que el estampido de los cañones. Era el eco rebelde, latente siempre en el recuerdo de la isla lejana, escarnecida y humillada. Así fue como los débiles se unieron a los débiles en el sagrado derecho de la libertad. Allí estaba de nuevo la lucha sagrada que ellos creyeron terminada al abandonar su patria y que ahora salía a su paso y aclaraba la mentira y el engaño que los había arrastrado a tan sangrienta e injusta aventura.

Hombres jóvenes y llenos de esperanzas; viejos cansados de guerrear inútilmente, ignorantes y burdos, cristianos al fin de buena cepa que no permitían engaño a su conciencia. ¡¡Era cruel haber sabido en busca de esa tierra prometida y volver a encontrar el ultraje y el despojo de hacerlo suyo nuevamente!

O'Reilly le miró a los ojos, le sonrió y le habló en su lengua. Juan O'Leary sintió que se estremecían las ultimas fibras de sus ser. ¡Qué contrasentido escuchar al otro lado del mundo su propio idioma y tratar su propia gente!

-¿Sabes pelear? -preguntó.

-No he hecho otra cosa en mi vida -respondió.

La niñez campesina y solitaria parecía borrarse en su memoria. Después de todo, Dominick O'Flymm había sido un soldado a carta cabal.

O'Reilly rió, y con el sus compañeros.

-¡Uno más muchachos! ¡Un colorado más para el San Patricio.

Sus palabras fueron seguidas por un grito de triunfo y los que cantaban, que parecían ajenos al tumulto, iniciaron su canto de guerra: La lavandera irlandesa, sin faltar algunos que, sin gaita, iniciaron los bruscos movimientos de una alegre jiga.

-No hay ropa que ofrecerte -dijo O'Reilly señalando los uniformes sucios y desgarrados de sus hombres. Tal vez algún día seamos un cuerpo decente en el ejercito, después de todo tienes una bonita camisa- dijo señalando la de manta, que las propias manos de constancia le habían echo-, y con tu ropa de chinaco bien puedes pasar por guerrillero.

Varios hombres habían rodeado a O'Leary y le hablaban con entusiasmo. Todos querían saber al mismo tiempo cuál era su condado y dónde había guerreado. O'Reilly hizo un ademán de orden y dijo:

-Esta tarde juren bandera los nuevos... -y se volvió particularmente a Juan para decirle-: Vas a oír algo que no habías escuchado antes. Descansa, porque saldremos mañana mismo para México. No hay tiempo que perder, Veracruz está amenazada y la jornada es larga.

Dennis Conaban le llevó afuera, a la plaza del Carmen, donde un sol de oro besaba la dorada cantera de la maravillosa fachada. Juan se recreo los ojos y el espíritu contemplándola.

-Me hubiera gustado conocer este país en sus tiempos de paz -dijo-. ¡Los hombres que labraron estas piedras deben haber sido buenos cristianos!

-Nunca había visto semejante alarde -convino Dennis-. ¿Te acuerdas de España? Yo la siento aquí, pero distinta. Menos austera, menos atormentada, pero no menos piadosa.

Juan no respondió. Le bastaba mirar ese encaje exquisitamente trabajado donde los santos y los ángeles habían echo un paraíso de piedra.

-Nosotros no tenemos iglesias como ésta- dijo.

-San Patricio dijo "que los hombres espirituales nunca pueden perder más que deseando bienes temporales, y hasta un libro es para ellos demasiado si se le quiere inmoderadamente".

O'Leary sonrió. Dennis era muy versado en asuntos religiosos y en la historia de erin, porque había sido hombre de letras formando en uno de los más prósperos monasterios de España.

-Nunca te pregunté en España por qué abandonaste las órdenes religiosas; me gustaría saberlo, pero si no lo deseas, olvida que te lo he preguntado.

Dennis guardo breve silencio y comentó:

-No me importa decírtelo a ti, que lo comprenderías. Tal vez por eso he recordado a San Patricio; si no fue comprendido por Roma en su tiempo, cuando su palabra estaba viva y su ejemplo era como una zarza ardiendo. Sigo creyendo firmemente lo que él dijo: hasta un libro es demasiado si se le quiere inmoderadamente.

Y señaló la grandeza el templo, más hermoso mientras el sol iba resaltando con sombras las armonías de su conjunto.

-Pero la iglesia ha sido almacigo del arte -replicó Juan.

-No lo niego. Gracias a la iglesia se han edificado templos de increíble belleza; en ellos está la Casa del Señor, ¡pero no crees que hay demasiado apego a las cosas terrenas?  Estamos viviendo aquí en México lo que sucede cuando hay inmoderado amor por los bienes temporales! La época de los misioneros, de los evangelizadores, pasó ya desgraciadamente

-¿Y no podrías haber sido tú uno de ellos?

Dennis sonrió con tristeza.

-hay un momento en el que el hombre se mira a si mismo y se tiene lástima. _Su infinita pequeñez se pierde ante la grandeza divina. No es sencillo aspirar a la santidad, y yo soy sólo un hombre cualquiera.

Se levantó como si ya no quisiera hablar más de sí mismo. En la plaza se agrupaban soldados que se disponían a salir. En la Almeda cercana se escuchaba el relinchar de los caballos y los toques de los clarines. Una columna se ponía en marcha. Las noticias recibidas de Veracruz eran alarmantes. México debería disponer de todos sus hombres para esperar al invasor en el nuevo frente de batalla. Tal vez tuviera un poco más de fortuna y lograra rechazarlo definitivamente.

Cuando volvieron al claustro  los hombres esperaban el rancho. Una enorme olla humeaba en el naguan. Los frailes habían compartido no solamente su casa, sino participaban de su comida a las compañías de San Patricio. Era un solo platillo, pero caliente.

Juan pensó una vez más en Constancia, le parecía verla moviéndose libremente por su cocina, atizando l0os leños del hogar, echando las tortillas y moliendo la salsa picante, esa con la que los mexicanos dicen que si no hay salsa no hay comida. ¡que lejos parecía estar ya! Un presentimiento le avisaba que Constancia pertenecería ya sólo a sus recuerdos.

Por la tarde se presentaron los hombres a jurar bandera en la iglesia del Carmen. Un pequeño grupo respondió afirmativamente a la pregunta del sacerdote, después

 Juan O'Reilly les hizo repetir en su propio idioma el juramento que prestaban a la causa:

"Señor Dios Omnipotente: no permitas que me aparte de esta causa que acepto con toda mi voluntad, con todas mis fuerzas y toda mi fe. Ayúdame a respetarla y a sacrificarme por ella en memoria de aquella que hemos dejado más allá del mar; ayúdame también a conservar mi fe en la hora de la adversidad, porque Cristo está más allá de todas las miserias y tu divinidad es dueña del poder y de la gloria. Serás Tú nuestro guía y el sostén en nuestras flaquezas. Así sea".

Era imponente escuchar de nuevo el idioma nativo en las voces de los hombres poseídos de la solemnidad de la promesa jurada. Una intensa emoción turbó el animo de O'Leary arrodillado frente al mágico retablo que adquiría extraños fulgores a la luz de los crios que lo iluminaban. Una sensación de paz y de abandono se adueño de él y un profundo sentimiento de piedad le invadió los sentidos. La mística heredada de los suyos parecía acrecentarse en su corazón en ese templo de  excepcional hermosura. Su mirada absorta se detenía en los detalles de la piedra policromada, se recreaba en el color dorado de la cantera moldeada con amor, como si toda aquella fuera una alabanza al Ser Supremo, y pensó en lo inútil de todas las vanidades humanas, en el vano esfuerzo del hombre por seguir quimeras y sueños que parecen, mientras la obra de manos anónimas perdura en el tiempo. Y comprendió entonces a Dennis Conaban, y sintió la impaciencia humana frente al hombre mismo. Su fatalismo le llevaba irremediablemente hacia un camino inseguro y sombrío. ¿Qué más podía hacer sino aceptarlo ya que no había sido otra cosa que un paria en su patria y en la ajena? ¿Que le había llevado a luchar siempre contra toda esperanza? ¿Dónde, en que lugar estaba la paz, la libertad y la justicia por la que habían combatido por los siglos de los siglos las criaturas que eran hechura de Dios a su imagen y semejanza?

Todos y cada uno de ellos  no eran sino hombres dispersos sobre la tierra; cada uno, una huella de dolor y sacrificio, una esperanza en recomenzar una vida que jamás había comenzado verdaderamente...

Siempre repetir la misma historia, la eterna lucha contra el poderío y la injusticia desde que un hombre se constituyó en verdugo de sus semejantes.

Se reunió a la salida con Dennis, que le esperaba a la puerta de la iglesia.

Había caído la noche y en la ancha plazoleta, alumbraba apenas por hachones de ocote, se podía mirar un cielo limpio iluminado de constelaciones. Los relieves de la fachada desaparecían en las sombras, y todo el encanto se esfumaba y quedaba una masa negra confundida en las tinieblas.

De entre los grupos se oía el rasgueo de una vihuela mientras un guerrillero cantaba. Debería tener intención malicia en la copla, porque un coro derivas festejó al cantante.

¿Cómo podían reír aquellos hombres si habían dejado tras de si un campo de batalla sembrado de cadáveres? ¿Cómo podían cantar si la muerte afilaba su guadaña a sus espaldas?

Juan y Dennis sorprendieron algunas parejas en los rincones. En ellas estaba el amor desesperado y violento; un amor sin mañana.

Una Voz potente y bien timbrada, inició una canción que era un lamento:

¡Ay muerte,

no seas inhumana!

¡Déjame vivir mañana!

 

Se le unieron otras más, que eran ásperas y rudas, pero que se estremecían ante un mañana funesto.

Se escucho el clarín tocando a silencio, y una quietud sofocante y llena de presagios lo llenó todo mientras las campanas dieron el toque de queda.

Fueron apagándose los pasos y las voces. En la plaza sobre el duro piso, tendieron sus jergones los bravos guerrilleros. Frente a la hoguera, los centinelas taladraban con sus ojos las sombras.

Juan O'Leary se sentó y hundió su cabeza en las rodillas. Estaba cansado y triste; una desolada nostalgia de Constancia le abrumaba.  Ahora comprendía cuánto la amaba; en ella estaban reunidos los cariños y esperanzas de toda su vida; aquellos que truncó la adversidad y que solamente fueron una ráfaga de dicha. En ella estaba resumido todo.

A pesar de su tristeza, el sueño comenzó a apoderarse de él y se dejo caer al piso, sin sentir su dureza y su frialdad. Ese túnel oscuro le llevaría al descanso y podría conducirle a sus quimeras, a sus ensueños.

¡De quien es el mañana?

Lo último que alcanzo a ver, fue la figura erguida del centinela, iluminada por la hoguera del vivac. Un hombre que junto a él sorbía una jarra de café, llevaba el pecho descubierto y se alcanzaba a ver el brillo de una medalla. Instintivamente tomo la suya y la tomo entre los dedos.

Deirdre... Constancia... el principio y el fin.

Y se dejo llevar, sin fuerzas ni voluntad, por las veredas del sueño.

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solo comenten y ya, es como una forma de saber qeu leen esto =) sino sabre qeu le estoy enseñando esto al viendo virtual....

Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 11

por Alberto
jueves, 04 de diciembre del 2008 a las 06:09

Capitulo 11

 

La Angostura

 

San Luis Potosí se divisó a lo lejos, apenas una mancha ocre entre el gris desolado de llano. Por el camino ya no había hombres, pero el rastro de su paso estaba sobre la tierra, entre el dolor y las enfermedades. La disentería y el hambre habían echo profundos estragos en el diezmado ejercito.

Muy cerca de la población, Cayetano detuvo su caballo y miró a O'Leary por última vez:

-Todavía es tiempo -le dijo-. Si usted es de los yanquis, vuelva con los suyos y que Dios le perdone.

O'Leary guardó silencio; no dijo verdad ni mentira, simplemente reconoció lo suyo y siguió tras el guerrillero. Había decidido presentarse simplemente al general Francisco J. Romero, que era jefe de la compañía de San Patricio.

Desde las primeras calles se advirtió una ciudad sobre las armas. Hombres con la ropa echa jirones, con las cabezas vendadas con sucios trapos, con los brazos colgando en cabestrillos improvisados con rasgones de uniformes, con los rostros demacrados por la fiebre y la disentería, con las manos temblorosas por la debilidad y el hambre; hombres que habían sostenido una tremenda batalla "con una ración de tasajo y de tortillas" y con tres noches de marchas forzadas, sin reponer la fatiga ni el hambre, hombres que vieron en La Angostura temblar a los yanquis ante su empuje pidiendo clemencia arrodillados, con los rosarios y los escapularios en las manos gritando que eran católicos..., ¡lo recordaron entonces cuando vieron la muerte centellear en las puntas de las bayonetas! Y volvieron a olvidarlo cuando Santa Anna se negó a firmar el armisticio.

San Luis había respondido heroica y desinteresadamente al llamado del general presidente. Sacrificó sus bodegas y sus cosechas para el ejercito y dio sin tasa todo lo que tenía en las arcas particulares; allí se acuñó moneda y se hizo el vestuario que requería ese ejercito echo al amor de la patria y de la libertad..., y ahora recibía con los brazos abiertos a los hombres víctimas de la "gloriosa derrota de La Angostura".

La ciudad era toda cuartel y hospital de sangre.

Cayetano y O'Leary caminaban  despacio, mirando anonadados los restos del glorioso Ejercito del Norte.

Enésimo García apareció en una esquina y su ancha y ruda sonrisa fue un saludo breve, que se ensombreció al acercarse a Cayetano. Venía a caballo, como buen guerrillero.

-Ya comenzaron a salir de la ciudad las tropas que pueden hacerlo. Los heridos y los enfermos tenerse en pie, irán saliendo poco a poco. ¡Hay revolución en la capital!

Cayetano se demudó al escuchar aquella noticia.

-¿Revolución? -dijo-, ¿no basta lo que tenemos ya? ¿Quién la encabeza?

-Gómez Pedraza contra Gómez Farías, con dinero del clero. Hay pena de excomunión para todo el que compre bienes que pertenecen a los conventos...

-¿Y que gente está pelando?

-Los Polkos..., son los señoriítos de la sociedad. Dicen que los cuarteles son ferias...

-Pero los Polkos no son soldados... -dijo Cayetano incrédulo-. ¡Esto ya es demasiado!

-Pero es la verdad -respondió su compadre-. Hay revolución en la capital, mientras los yanquis han sitiado Veracruz...

Cayetano guardó un silencio pesado y sombrío. Volvió la vista para encontrar a O'Leary quien había escuchado asombrado hasta la incredulidad las tristes noticias. Luego los ojos del guerrillero adquirieron un fulgor siniestro y alzó la fusta; el caballo, encabritado, levantó el cuerpo y pateó al vacío mientras Cayetano gritó:

-¡Así vamos a ganar la guerra, hijos...!-y soltó el cervantesco vocablo.

Enésimo y O'LEary miraron aquella cólera impotente, aquel furor aplastado por la adversidad.

De pronto, un grito asombrado y alegre llamo un nombre:

-¡Juan O'Leary, Juan O'Leary!

Sus ojos descubrieron a Dennis Conaban que avanzaba hacia el caballo, los brazos en alto, la risa aflorando sobre el rostro como un destello.

-Dennis Conaban... -exclamó mientras se apeaba y abría los brazos.

Era el mismo dennos de muchos años atrás; el mismo con el que compartiera desde la niñez largas horas de juegos y esperanzas.

Cayetano modificó su expresión de cólera. Uno de los hombres del San Patricio había reconocido a su extranjero, luego entonces, podía haberse equivocado en las duras palabras con que le  había hablado al llegar a San Luis.

Ya no podía pensar serenamente, estaba excitado y furioso, pero su cólera iba más contra los suyos que contra los extraños. Si se perdía la guerra, la culpa sería de los malos mexicanos que no parecían percatarse de la enorme tragedia que aplastaba a sus hermanos por todo el norte del país. Con la amenaza de Veracruz sería más grave el conflicto y menos hombres a defenderla..., ¿estaban locos o eran tan perversos que no podían abrir los ojos a la realidad?

O'Leary y su amigo se habían trabado en una animada charla en su "bárbaro idioma".El compadre Enésimo y Cayetano se miraron entre extrañados y conformes.

-Habíamos pensado mal, compadre, Dios nos perdone -dijo Enésimo-. Después de todo, el extranjero estaba con nosotros...

Cayetano se encogió de hombros y repuso:

-Ya no sé nada..., estoy aturdido con todo lo que pasa. Nosotros podemos salir enseguida.

-No con tanta prisa -repuso Enésimo-. Eso mismo le dije a mi teniente coronel Cruz y me dijo que había que esperar.

-¿Esperar que?

-¡Sabe!... -dijo Enésimo encogiendo sus anchos hombros.

O'Leary y su amigo volvieron hacia ellos. Juan tendió su mano a Cayetano que la estrecho entre las suyas fuertemente...

Cayetano sintió el impulso de abrirle los brazos y estrecharlos contra si, pero era hombre poco efusivo y se contento con decirle:

-Gracias, O'Leary..., y perdóneme.

-Perdóneme usted a mí -respondió Juan-. Pero no lo dijo por qué. ¡Nos encontraremos algún día, en alguna parte y volveremos juntos!

-Dios lo quiera -repuso el guerrillero.

Juan puso en sus manos la brida del caballo y se despidió de Enésimo que, conmovido, exclamo:

-Quien dice adiós se muere, vale. ¡Somos muy machos para morirnos! ¡Todavía tenemos que enseñarle a los malditos yanquis quienes somos! ¡La Angostura no fue todo! -sonreía con una expresión melancólica que trataba de ser aguerrida.

¡La Angostura no fue todo!, ¡no! Era apenas una derrota entre muchas otras, todas victoriosas y llenas de gloria y de llanto, de despecho y de impotencia. Eso era La Angostura....

Un irlandés más en las compañías de San Patricio no causaría sorpresa alguna.

El extraño fenómeno de semejanza parecía arrastrarlos hacia los débiles, hacia os derrotados. Los  desertores de las filas americanas aumentaban increíblemente el número de los colorados del San Patricio.

Circulaban profusamente las proclamas patrióticas escritas en correcto inglés y firmadas por Guillermo Prieto, Fernando Ramírez y Luis Martines de Castro, en las que se hacía a los irlandeses un patético llamado a sus principios religiosos y morales, poniéndolos al tanto de la verdadera situación de México con respecto a sus invasores.

Aquellos hombres, que en su inmensa mayoría habían salido de su patria huyendo de la injusticia, y que buscaban en Estados Unidos el "paraíso prometido", habían, sido villanamente engañados al arrastrarlos a la guerra. La Verde Erin, así como México, eran pueblos débiles y víctimas del sajón. Esta semejanza era hábilmente aprovechada por los escritores mexicanos, que llamaban a una puerta cuyo resorte no era difícil de hallar. La situación de México, hasta en sus problemas internos, era tan parecida a la de Irlanda que podía comparársela perfectamente.

Desde 1823 Irlanda había vuelto sus ojos hacia México y diez mil familias solicitaron del gobierno autorización para colonizar la provincia de Texas, ya en disputa con los supuestos limites con la Florida, pero México estaba hundido en tremendas dificultades partidarias y no se respondió a ese llamado, sino que se favoreció a los planes de Esteban F. Austin, que tenía el designio de hacer de Texas parte de la Unión Americana, y no cejaría en su empeño, afirmando que sus colonos eran perseguidos en los Estados Unidos por ser católicos.

Algunas familias irlandesas habían fundado el condado de San Patricio que un día fue aniquilado por los indios apaches, que no dejaron de sus hogares piedra sobre piedra. Ya para entonces don Lorenzo de Zavala, Esteban F. Austin y Samuel Houston tenía decidida la independencia de Texas y habían resuelto seguir sosteniendo la esclavitud, abolida en México, como país independiente.

El hambre de 1846 provocada por la perdida de cosecha de papas, arrastró a Texas buena cantidad de inmigrantes irlandeses, esos sí, católicos perseguidos a quienes Estados Unidos prometía "la tierra de libertad"; apenas desembarcados tuvieron noticia de la supuesta agresión de México hacia la naciente republica de Texas cuya independencia no estaba ciertamente reconocida por el gobierno mexicano, ya que el Congreso no aceptaba la cobarde firma de don Antonio López de Santa Anna en los arreglos de San Jacinto.

Muchos colonos continuaban fieles a México mientras una mayoría esclavista obedecía los intereses de don Lorenzo de Zavala y del Congreso de la Unión y estaban por la guerra.

Las razones expuestas por el gobierno americano fueron tan convincentes que muchos irlandeses creyeron de buena fe que tomaban las armas para combatir a los bárbaros del sur, nombre que se dio a  la apachería.

Dennos Conaban había sido de los colonos fundadores del condado de San Patricio y estaba más o menos enterado de los sucesos de la historia, así que puso sobre antecedentes a su recién encontrado amigo.

Para ambos, Irlanda parecía ahora muy lejana, pero habrían de encontrarla revivida a cada paso en el vasto territorio invadido mexicano y ensangrentado. La misma pobreza, la lucha con el miedo hostil siempre al campesino, la inicua explotación, el acendrado sentimiento religioso del que se hacía bandera por la libertad y los derechos humanos y hasta ese cierto desprecio ante la muerte que un cantar mexicano resumía en una frase:

"Si me han de matar mañana

que me maten de una vez..."

 

Los dos amigos habían visto retirarse a Cayetano Uribe y al compadre Enésimo García. Ellos eran como muchos hombres en el mundo, luchadores incansables de un ideal que parecía cada vez mas lejano, casi inalcanzable. Ellos no equivocaban sus sentimientos y su bandera, sino que eran leales a sí mismos y al suelo que los vio nacer. No comprenderían tal vez en su totalidad la tragedia de los inmigrantes, forzados a buscarse una patria que el déspota había echo imposible para ellos; el arraigo a la tierra era tan vital a la sangre de sus venas.

Los extranjeros caminaron lentamente por las angostas calles empedradas que estaban sucias y maltratadas por el paso de hombres y caballos; los adoquines habían soltado bajo el peso de la artillería, y en puertas y ventanas se miraban rostros anonadados, incrédulos ante el pavor de lo ocurrido en poblados ocupados por el invasor.

Niños y perros ambulaban por las calles en busca de limosnas; algunas mujeres esperaban pacientemente ante la puerta de La Lonja para adquirir un poco de maíz y la fortuna de unos granos de fríjol. San Luis, que había abierto sus bodegas para llenar de provisiones al ejército, padecía de hambre por su generosidad. Al fortalecer la ciudad, muchos huertos habían desaparecido y los campos, tan raquíticos de por sí, permanecían ociosos. No había manos para trabajarlos, y las conductas que podían llegar de la Huasteca, lo hacían por caminos y veredas extraviadas, dado que Tampico estaba ya en poder del invasor.

-¡Habernos encontrado aquí! -exclamó dennos pasando su brazo por sobre los hombros de O'Leary. Se detuvo un momento y añadió-: ¡Me costo trabajo reconocerte, después de tantos años, y metido en esas fachas... -Su sonrisa no era burlesca, pero difícilmente podía dominarla ante aquel traje armado sobre la elevada estatura de su amigo.

-Me vistieron con lo que pudieron -dijo Juan a modo de explicación, dejando caer los brazos a lo largo del cuerpo.

-No necesitas decirlo..., ya lo veo. ¿Quiénes son ellos?

-Cayetano Uribe...

Dennos Conaban hizo u gesto de sorpresa.

-¿El guerrillero? ¡No haber sabido quien era!

-¿Lo conoces?

-Sé quien es, no hay en el norte quien no conozca el nombre de Cayetano Uribe... es muy mentado, dijo en español.

-Pues a él le debo la vida..., y también mi felicidad, si llega el día en que acabe esta maldita guerra y yo pueda volver a San Lorenzo...

Dennos rió escandalosamente y algunos rostros se volvieron a verlo con reojo. Dominó su ruidosa alegría y volvió a pasar su brazo sobre los hombros de Juan mientras decía:

-¡La hija de Cayetano Uribe..., la Constancia!..., ¡quien lo hubiera dicho!

-¿La conoces?

-¿Quién no va a conocerla entre la gente? ¡Son muchos quienes deben a sus cuidados contarse entre los vivos!..., dime cómo es ella...

-Demasiado joven..., demasiado hermosa.

-Y tú..., enamorado como un bobo.

-Enamorado a mis años, ¡ha de parecer ridículo! Pero así es. El hombre no puede dejar de amar y ya he vivido una eterna búsqueda del amor -dijo Juan con gravedad.

-Has vivido una eterna búsqueda de la mujer, diría yo.

-Tal vez. Yo mismo traté de librarme de esa adorable criatura. Una vez estuve dispuesto a echarme al llano y no volver a verla nunca ni saber de ella. ¡Es absurdo, puede ser mi hija!

-Para el amor no hay edades, Juan. Todos los hombres llevan íntimamente un anhelo. Encontrarlo es una fortuna que no todos tienen. Tú has sido afortunado, ¡desde nuestra lejana juventud te admiré por eso!

-¿Admiraste mi desgracia?

-La envidié... Deirdre era la mujer que te correspondía y que te arrebataron todos esos absurdos que urden las sociedades... ¡Diferencia de clases! ¿De dónde salieron ellos, Juan? ¿No fueron hombres que por malas artes se adueñaron del destino de los pueblos? ¿De dónde el poder y la gloria, la riqueza y la nobleza?

Juan se sobresaltó al escuchar aquellas palabras.

-Anarquista..., ¿o demagogo?

Dennos movió la cabeza con gesto dubitativo.

-Cuando se vive como nosotros, al azar del viento, sin raíz ni esperanza, se miran muchas cosas que no pudieron verse antes, porque la juventud persigue ideales y la vida va desahogándolos hasta dejarlo a uno desnudo, ¡entonces se piensa!

-Peor tú aprendiste en una gran escuela, en un seminario famoso.

-Y tú aprendiste, como yo también, en la vida, que es la mejor maestra... Sólo sé algo de cierto, Juan. ¡Que el hombre con toda su carga de amarguras y esperanzas, de ilusiones y desengaños, no es sino una sombra que pasa y que el tiempo borra! No somos sino un grano de arena en la inmensidad del desierto. Nuestro destino está señalado desde que nuestra madre nos engendró, y no podemos escapar de él.

Guardó silencio y se detuvo. Señalando a Juan un ancho portal abierto sobre el que flameaba el pabellón tricolor.

-Pasa -le dijo-. Ahora vas a firmar tu suerte con tu destino.

Y sonrió enigmático, como si aquellas palabras fueran una sentencia.

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Dejen comentarios porfavor =), y diganme que tal les esta pareciendo este libro.

Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 10

por Alberto
miércoles, 03 de diciembre del 2008 a las 05:22

Capitulo 10

 

¡Se han ido!

 

Nadie los había sentido partir. La madrugada estaba aún lejana y las estrellas parecían bajas, luminosas y limpias por el frío del alba.

Juan O'Leary y Cayetano Uribe detuvieron un momento los caballos para volver la vista atrás, hasta distinguir el rancho de San Lorenzo, perdido en el llano como una isla en el plateado mar de luna. Una estrella fugaz desprendiese del firmamento y trazó en el cielo su cábala misteriosa. O'Leary se santiguió con un ligero estremecimiento. Los irlandeses creen que esas estrellas son almas que se alejan de la tierra.

Iban cabizbajos, absortos, pensando ambos en que aquella despedida podía ser la última.

Constancia sabía que se marcharían sin despedir; así acostumbraba hacerlo su padre APRA ahorrarse ese dolor inútil y, a pesar de eso, cuánto hubiera dado Juan O'Leary por tenerla una vez más entre sus brazos, por sentir el olor de sus cabellos y la frescura de sus labios. ¡Qué largos parecerían de ahora en adelante las tardes, y qué triste el despertar sin escuchar el reclamo de la tórtola con el que Constancia acostumbraba  llamarle siempre.

Cayetano pensaba mucho recordando la larga y continúa lucha vivida, las traiciones y los turbios engaños. Por traición murieron Hidalgo y Morelos: por traición cayeron también Iturbide y Guerrero. ¡Qué sucia intriga para tan triste muerte! ¡Y qué duro vivir en esa lucha sin cuartel y sin esperanza!

Detuvo un momento su cabalgadura y volvió la vista atrás. Juan O'Leary hizo lo mismo. Ambos miraron la llanura solitaria como un desierto regado con sal.

Ellos, que eran arrojados en el sufrimiento, habían huído  acobardados ante el adiós de una despedida. En sus ojos había un brillos húmedo que secaba el resol y la distancia. Y Juan recordó aquella canción de Constancia:

Yo ya me voy,

sólo vengo a despedirme.

Adiós mujer,

adiós para siempre, adiós...

 

La jornada era larga y penosa hasta San Luis Potosí, donde se reunirían las tropas  derrotadas en La Angostura, hombres que arrastraban armas, heridos, impedimenta casi inutilizada. Más adelante encontrarían sin duda restos del Ejercito del Norte, se unirían a ellos, y desde ese momento su soledad sería una entre muchas, y su dolor fuego en la misma llama.

Rocas desnudas que olían a fuego y a muerte. Frío húmedo que castigaba las carnes rendidas por el hambre y la fatiga, y la lluvia implacable que caía por la noche empapando hombres, armas y parque. Las tropas habían sacado el alma de coraje necesario para repeler a Taylor, y pelearon con furia hasta dejarlo de espaldas a la pared. El San Patricio ya figuraba oficialmente reconocido por Santa Anna en el ejercito mexicano. Cayetano los vio pelear como tigres embravecidos; sus gritos enardecieron a los mexicanos cuando se cobró al enemigo la primera pieza de artillería, que resultó ser uno de los cañones perdidos en Monterrey  El Obispado. Allí se convenció Cayetano Uribe que había echo bien en rescatar un soldado para su causa, es decir, rescatarlo no era la palabra: ganarlo, pero ahora su hija complicaba las cosas enamorándose de un extranjero.

Acamparon noche cerrada en una choza improvisada. Era necesario descansar u nrato y reponer las fuerzas quebrantadas. Habían recogido en el camino armamento abandonado y las bestias que ya no podían más.

Desensillaron y refrescaron a los caballos y después prendieron una fogata y calentaron esa humildísima comida que cabía en las cantinas de la cabalgadura y que tenía que durar para varios días. Cayetano ofreció a O'Leary un poco de tabaco; que era un pretexto para recomenzar una charla interrumpida por pensamientos sombríos.

-¿Podremos salvarnos, irlandés? -preguntó de pronto Cayetano. Torcía entre sus dedos el cigarrillo de hoja para llevarlo a los labios y levantó la vista para ver el rostro de Juan iluminado por el fuego.

-Lo único que nos salva es la fé, Cayetano Uribe.

-¿En quien hemos de creer, si todos nos traicionan?

-En Dios..., en nosotros mismos.

-¡Yo creo que por nuestra maldades Dios nos ha olvidado!

-Somos nosotros quienes nos olvidamos de Él -respondió O'Leary.

Cayetano no contesto; se echó sobre las espaldas y miró el cielo, que se asomaba por el techo destruido de la cabaña. Luego, como si confiaba algo que pasaba sobre su conciencia, dijo con voz queda, tan callada que apenas pudo escucharla el irlandés.

-¿Sabe? ¡Yo estuve excomulgado!

Juan pareció no escucharle, porque no respondió. Cayetano entonces se incorporó y se apoyó sobre su brazo mientras preguntó.

-¿Oyó lo que dije?

-Si. Lo oí perfectamente pero no ha dicho por qué.

-Todos los insurgentes lo estuvimos, fue lastimarnos donde mas nos dolía. Yo vi a Morelos, al hombre de hierro de don José María llorar como una criatura cuando la inquisición leyó su excomunión acusándolo de hereje... ¡Y no había hombre mas piadoso, hombre que hubiera sido más devoto de la Virgen María! ¡Es terrible saber que se esta luchando fuera de la iglesia..., es como pensar que se está contra ella, contra Dios mismo! ¡Y yo, desde entonces, no me paro en la iglesia..., pero sigo creyendo, sigo poniéndome en las manos de Dios! A alguien tenía yo que decirle esto ¡ por su muero! He vivido ya el infierno -su voz pareció ahogarse, luego volvió a echarse sobre la espalda y a mirar el cielo.

O'Leary entonces pareció hablar consigo mismo. No era una respuesta a Cayetano Uribe, era un recuerdo de sus propias penas y conflictos espirituales.

-Fue el Papa Adriano IV quien decidió entregar Erin a los ingleses. La cedió a Enrique II para castigar ala rebeldía de los irlandeses sobre ciertos asuntos que yo creo no merecían tan severo castigo. Eran fervores de un pueblo acendradamente piadoso. De este modo, un pueblo débil y rebelde quedó uncido por bula papal al carro triunfante de Roma y de Inglaterra. Vino después la reforma protestante y bajo Enrique VIII, bajo los Tudores, Irlanda sufrió su mas riguroso castigo, y siguió siendo católica y creyente; y sigue siéndolo a pesar de que sus sacerdotes-caudillos han desaparecido. Ahora llevan una política de "par a cualquier precio, a toda costa", con tal de que no se les moleste pero los hay, también, que siguen llevando en sus sangre la herencia de la lucha por la libertad, y ellos, como los de aquí que usted menciono, no se arredran ante el martirio. Es un calvario que debe llegar hasta su cruz, una y cien veces, porque no debemos de juzgar al sacerdocio por el hombre...

Cayetano, como era natural, no tenía idea de aquel asunto, es más, ni siquiera imaginaba que en otros pueblos las flaquezas humanas fueran semejantes.

-No olvidaré sus palabras, Juan O'Leary..., no las olvidaré cuando la confusión que se avecina  esté a punto de tambalear una y otra vez mi lastimado sentimiento religioso. Me ha hecho un gran bien hablándome como lo hizo... -tendió su mano por sobre los rescoldos y Juan se la estrecho con calor.

-Los hombres, como los pueblos, tienen su destino... ¿Por qué habría yo de venir hasta aquí, y en esta soledad, en esta tragedia, encontrar mi felicidad?

Y fue entonces cuando el irlandés, en lo profundo de su alma, hizo suya la bandera donde el águila abría sus alas, mientras la serpiente se arrastraba abajo emponzoñándolo todo.

Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 9

por Alberto
lunes, 01 de diciembre del 2008 a las 22:14

Capitulo 9

 

Lo que ha de ser.

 

-Acuérdate que eres polvo y que has de volver al polvo...

El sacerdote trazó sobre su frente la señal de la cruz con la ceniza bendecida. Una vez más volvía a escuchar aquellas sacramentales palabras que ponen al hombre frente a la eternidad al día siguiente de carnestolendas. A su lado, Constancia y nana Matilde tenían el rostro transfigurado por la devoción.

Habían ido hasta el pueblo para cumplir con el precepto de la cuaresma. A Matilde la habían enseñado a hacerlo así y ella a su vez había enseñado a la Constancia. Las mujeres de los peones, con sus hijos y los viejos, habían ido a acompañarlas con el mismo fin, y salieron desde muy temprano para regresar antes de que cayera la tarde. El día era gris y frío y soplaba un viento destemplado, de esos que anuncian las heladas en las tierras desiertas.

Matilde sabía del noviazgo de la niña; esto la intranquilizaba porque, "entre santa y santo, pared de cal y canto", según decía, mucho más si Cayetano desconocía aquellos amores que podían no ser de su agrado. Los extranjeros no habían logrado en México otra cosa que desconfianza y hasta corría un dicho que lo señalaba significativamente: "No te cases con extranjero, que quiere criada o busca dinero"; y eso privaba entre gente de mediana posición, ¡qué no sería entre pobres que no tenían que dar, sino las tierras agrietadas y resecas de San Lorenzo!

Movido por ese presentimiento, había ido Matilde una noche a la habitación de O'Leary y le preguntó abiertamente cuáles eran sus intenciones para con la niña.

Había penetrado furtivamente y soltó la pregunta sin preámbulos. La Matilde no era para andarse con rodeos.

-Tengo ojos en la cara y me doy cuenta de las cosas. Eres lo bastante hombre para darte cuenta de que la Constancia es una niña y con nosotras no vas a jugar -le había dicho.

Juan sonrió para tranquilizar su inquietud y le repuso:

-¿Qué intenciones puede tener un hombre como yo si no son las de casarse como Dios manda?

-¿Y por qué no hablaste con el amo antes de que se hubiera ido y dejara las cosas en regla? Mira que él lo presentía, y me lo dijo: "Cuida de Constancia, si yo le falto y no vuelvo, no la abandones y mira que se case bien casada" Para Cayetano no es el caudal lo que hace un buen matrimonio, sino todo un hombre...

Juan se acercó hasta ella y la codeó con sus brazos, la llevó a su asiento y procuró calmarla.

-Antes que Cayetano se fuera, Constancia no me había dado siquiera esperanzas. Era esquiva y no me miraba. Un hombre de mi edad no puede jugar con una niña...

--No debe, dirás..., porque jugar, sí que pueda hacerlo, mucho más un hombre como tú, que debe tener más mañas que el mismo diablo...

 Juan soltó la risa, una risa alegre y divertida. Matilde le miró con enojo.

-Ya conozco tus santas opiniones sobre los hombres, Matilde..., pero no todos hemos de ser lo mismo.

Comenzó a caminar por la habitación; su alta figura se amplificaba contra el muro, iluminaba por la llama de la lámpara de aceite. Se detuvo y apoyó las manos sobre la mesa mientras buscaba la mirada rencorosa de Matilde.

-Dime qué debo hacer para convencerte de que tengo intenciones honradas...

La luz de sus ojos, intensamente azul, la trastornó. Aquella mirada era capaz de conmover a una roca, su sonrisa hacia amable el rostro y anguloso hasta la barba rojiza parecía iluminar sus ojos. Contra su propia voluntad, Matilde sonrió débilmente mientras pensaba: tiene razón mi niña en perder la chaveta por este individuo.

-no sabemos nada de ti, de tu familia, de tu tierra -dijo como pretexto que comenzaba a debilitarse.

-Te he hablado de mi y de mi tierra; de mi familia tengo poco que decirte porque nos hemos perdido. Parece extraño que los parientes desaparezcan a veces, como si jamás hubieran existido. De mi solo podría contarte una triste historia de tránsfuga, la vida de un hombre que huye sin encontrar refugio, sin ninguna esperanza, sin fe siquiera en sí mismo, hasta que un día, moribundo y más cerca de la muerte que de la vida, unas manos piadosas le dan lo que nunca tuvo, lo que buscó siempre, sin encontrarlo -se arrodilló y tomó las manos de Matilde y las llevó a su pecho, hasta sentir las palpitaciones de su corazón, y la miró a los ojos-.¿Me crees ahora? -preguntó-. ¡Tu corazón, entumido por los años, puede despertar y oír el llamado de mi amor! Más todavía que esto -dijo aprentando las manos contra el pecho- es Constancia para mí. ¡Mucho más que mi vida! Lo único por lo que puede vivir un hombre como yo...

Matilde bajó los ojos y procuró desasirse de aquellas manos, mientras murmuró débilmente:

-dios te castigue si mientes, Juan O'Leary... ¡Estas manos que cuidaron tu cuerpo y que trataron de salvar tu alma, te darán la muerte si dañas a Constancia...., si te burlas de esta casa donde los Uribe nos dieron amparo a ti y a mí, cuando éramos vidas sin rumbo!

-Dios me libre de hacerlo, Matilde. ¡Por la salvación de mi alma y de la tuya!

Guardaron los dos silencio, fatigados por aquel momento en que ambos quedaron frente a frente. Matilde se levantó para marchar, pero Juan la detuvo:

-Tengo que irme , Matilde, y no esta lejano el día en que deba hacerlo. Tengo  que cumplir primero mi deber, para venir por la niña  o para quedarme con ella para siempre. ¿qué se yo? Pero quiero pedirte que la cuides como cosa mía, no solamente tuya y de su padre. Ella es lo único que tengo..., y si no vuelvo, Matilde, es porque morí lejos y sus manos no cerraron mis ojos. Entonces ayúdala a olvidarme, ayúdala a encontrar el amparo y el cariño que yo hubiera querido darle...

Su voz tenía un acento opaco, hundido en el dolor anticipado de las cosas. Matilde tembló y le tomó las manos en un impulso de afecto.

-¡volverás!... -le dijo-. ¡tienes que volver!

-No somos dueños de nuestro destino, Matilde. Estamos todos empeñados en una guerra, y un desertor como yo, tiene en contra su ley del fuerte, aunque ampare la justicia del débil. Sé lo que me espera si caigo prisionero, ¡y créeme que en ese caso preferiría morir combatiendo!

Matilde se cubrió el rostro con las manos, horrorizada.

-¡por el amor de Dios..., no digas siquiera! ¡ No llames a la mala suerte!

Juan sonrió tristemente.

-No la llamo. Dios es testigo de que nada hay más lejos de mi deseo que invocar a la madrastra de los hombres..., pero no sabemos lo que pueda suceder. Una guerra no es un juego, Matilde, y menos una guerra como ésta, en la que los mexicanos no tienen ninguna seguridad para ganarla. Los invasores son dueños ya de más de la mitad del territorio.

Le tomó el rostro con ambas manos y la acarició con ternura.

-No digas anda de lo hablado a Constancia. Quede esto entre tú y yo, como un secreto. Ella lo presiente, pero no lo dice. Yo adivino la lucha que hay en su tierno corazón y por qué trata de engañarse, ¡pero deben ser terribles sus noches sin consolación, sus días que aparenta alegría! ¡No seré yo, Matilde, quien le mienta un cariño; no seré yo quien la haga infeliz! Daré mi vida por la libertad de su patria, que ahora es mía también. Como irlandés, yo te lo digo: sé lo que significa el dominio de gente que habla otro idioma y tiene otro credo religioso. Al amparo de lo uno y de lo otro se esclaviza al hombre y se le despoja de la tierra de sus mayores, de la casa que construyeron las manos de los suyos. A veces pienso que Cristo nuestro Señor sentiría vergüenza de que se use su nombre para invocarlo y se practique lo contrario a lo que Él nos enseño...

Matilde se persignó y movida por un recóndito impulso levantó las manos y le bendijo, después, tímidamente, le besó.

-Matilde..., mi vieja y buena Matilde -dijo él estrechándola contra su pecho.

No volvieron a hablar para nada de todo aquello. Parecía que se lo habían dicho ya todo, pero Matilde, fiel a la suplica recibida de Cayetano, no abandonaba para nada  la muchacha. Si acaso alguna vez, haciéndose la distraída, los dejaba marchar delante de ella cuando por las tardes salían al campo a recoger leña. Así por lo menos, se decía, no dirán que no los dejo en libertad.

-Las fiestas de carnestolendas se quedaron en el calendario. ¿Quién iba a tener alegría para ponerse frente a la caza una mascara y hacerle bromas al vecino? Apenas estaba el tiempo para vivir en duelo y trabajar duro para no pasar hambres. Por lo menos descansaban algo, porque Cayetano no había traído mas heridos hasta San Lorenzo.

Y, sin embargo, para Constancia y Juan O'Leary, aquellos breves días fueron de felicidad. Se aferraban a ellos con renovado brío, con ansias de plenitud y de vida; sabían que el mañana era incierto y que pronto llegaría la hora de partir.

La anticipada primavera era calurosa y seca por el día y helada por las noches. Las cabañuelas no habían traído agua que pronosticaran lluvias para las cosechas. El tiempo era tornadizo como el hombre.

O'Leary pensó que la primavera era, en mucho, semejante a la juventud, calida y potente, pero sin la frescura de las lluvias, estremecida por la angustia de una tierra atormentada y seca. Así creía él que era el hombre cuando la vida desprende de la niñez la promesa de sus ilusiones y de sus sueños. La adolescencia tiene amarguras trágicas, tormentos inútiles, desvelos estériles. Y temblaba como un padre como un padre al pensar que Constancia pudiera tener una  juventud como la suya, inquieta y dolorosa, afligida por un amor frustrado y ausencias imprevistas.

-Me duele quererte tanto..., y que me quieras - le había dicho esa mañana, mientras marchaba delante de Matilde, las manos enlazadas, retrasando el paso

-Lo que es, es; y lo que ha de ser, será; le respondió Constancia,  como si en aquellas palabras renunciara a toda idea de lucha y se entregara con las manos atadas al fatalismo.

"Acuérdate hombre que eres polvo y que has de volver al polvo..." La voz del sacerdote era monótona, el ademán mecánico para trazar el signo de la cruz sobre muchas cabezas, y , sin embargo, cuán hondas había llegado hasta el mismo corazón irlandés.

¿Salí alguna vez del polvo?, se preguntó con tristeza. ¿No he sido sino una brima al viento y un árbol sin raíces?

Y pensó en Deirdre y en aquella hija a la que no conocía, de la que supo su existencia por referencias de Dennos Conaban, soldado de aventura en España como él y perdido después en los azares de aquella guerra.

Se sintió invadido por una profunda melancolía, por la nostalgia de una ternura jamás sentida. Constancia le miraba y apoyó su mano sobre las suyas.

-¿Estas triste? -preguntó.

-¿Por qué no estarlo? -respondió.

Desde un rincón del templo la Brígida les había visto, y una curiosa sonrisa se dibujo en su rostro.

A la salida procuró hacerse la encontradiza con ellos, así pudo observar a sus anchas al hombre que ocupaba, por derecho, el sitio que Macario Pacheco quisiera para sí. ¿Había aceptado Cayetano Uribe a un extranjero, a un desperdiciable yanqui para que su hija sustituyera a su enamorado galán?

Marcharon juntos y la Brígida procuró charlar con la Matilde. Tenía necesidad de aclarar muchas cosas que le interesaba saber, por si acaso...

Y naturalmente, Matilde relató cómo había llegado O'Leary a San Lorenzo y cómo la noche en que agonizaba, se presentó Macario por sorpresa.

-Tú no puedes quererlo, ¿verdad? -preguntó Brígida.

-Tengo razones que tú sabes...

-No por nada se lo tragó la tierra. Nadie sabe de él, ni su propio padre.

Matilde rió con una mueca desdeñosa.

-Ha de querer esconder su cara cortada.

La Brígida suspiró y dijo con fúnebre acento:

-Por lo menos la Constancia nos vengó a ti y a mí, ¿verdad?

-¡Hemos odiado años y todavía no nos aliviamos de ese mal!

-¡Como crees que vamos a olvidarnos, si nos envenenaron la vida para siempre!

Las dos mujeres guardaron silencio, ambas metidas en su pensamientos y en sus tristezas. Caminaban una a lado de la otra, como dos sobras negras en el oro de la tarde. Delante de ellas, Constancia y Juan marchaban juntos de la mano, golpeando a su paso las piedras sueltas de la vereda.

-¿No va a unirse con las tropas? ¡Yo puedo encaminarlo! -dijo una voz de hombre mitad arriero, mitad soldado.

Constancia intervino violenta, casi disgustada:

-Es de la gente de Cayetano Uribe -dijo secamente.

-Bueno, lo decía por si quería -dijo el hombre disculpándose.

-Quiere, porque no es ningún cobarde -terció Matilde-, ¡Habrías de ver como nos lo trajo el amo! ¡Se lo quitamos a la muerte de entre las garras! Pero no se moverá de aquí hasta que Cayetano Uribe no lo disponga.

El hombre se llevó la mano al sombrero en señal de saludo. La Brígida se despidió y siguió con ellos.

La gente de San Lorenzo tomó su camino. Ya bajaba la tarde y el sol untaba sus dedos de sombra sobre el llano. Constancia, temblando, se estrechó junto a Juan.

Matilde, como si rezara, iba murmurando:

-¡Malditos..., malditos..., malditos!

Una de las mujeres, como para librarse de  malos pensamientos y deseos, levantó la voz:

Alabado sea

el santísimo sacramento

del altar.

 

Las otras voces respondieron

Y la limpia  y pura

Inmaculada Concepción.

 

Ardió la yesca tallada por el pedernal y se encendieron los ocotes. Una fila de luces temblorosas se extendió por el campo. La noche venía bajando y el aire frío anunciaba la helada.

Ya estaba San Lorenzo a la vista, como un remanso. O'Leary la miró con ansia, como si fuera la última vez que tendría cobijo bajo su techo. Allí había vivido las mejores horas de su vida y, por extraño que pareciera, sintió de pronto el deseo de abandonarlo de una vez por todas y de ir al encuentro de Cayetano Uribe.

-¿Dónde crees que esté tu padre? -preguntó a Constancia.

-No se..., no se..., ¿cómo voy a imaginarlo siquiera si ni aquellos hombres lo supieron? ¿Quieres irte ya? - le preguntó rehuyendo su mirada.

-De una vez Constancia..., antes de que puedas avergonzarte de mi, antes de que yo mismo me sienta un miserable...

Una angustiosa prisa se apoderaba de él y le enfermaba de impaciencia.

.

Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 8

por Alberto
lunes, 01 de diciembre del 2008 a las 06:12

Capitulo 8

 

Confusión

 

No era que Cayetano hubiera abandonado la idea de buscar a Macario. Pacheco; cada día le odiaba más y  procuraba no recordarle. ¡Si pudiera borrárselo del pensamiento! Pero allí lo tenía, clavado, ardiéndole como lumbre en la carne viva. ¿Y como habría de olvidarlo si en cualquier momento, a cualquier hora podría volver a San Lorenzo y encontrar sola a Constancia? He de encontrarlo, se decía, así ardiera como yesca y la guerra le cobrara su presa. El desquite sería de otros, como le aconteció a Enésimo y a tantos otros como él. ¡Pero el no se cansaría de odiarlo! ¡Sus hombres todos tenían la consigna de buscarlo, y aquel que lo encontrara le ajustaría las cuentas si no podía hacerlo por propia mano Cayetano Uribe!

Volvía a San Lorenzo con ansia de abrasar a su Constancia, ahora más que nunca querida. Su hija era valiente y brava, como la Matilde, pero no quería que, como ella, tuviera la vida amargada por la soledad y los recelos.

-¡Pensar que hicimos la independencia para ser libres y no lo conseguimos! -dijo a su compadre Enésimo García, padrino de Constancia, que andaba con él en las guerrillas y volvía también a San Lorenzo.

-Y pensar que si nos ganan los yanquis volveremos a la esclavitud... -le respondió-. ¡Eso dicen los entendidos! Y seremos esclavos y herejes y no de cristianos...

-Lo mismo da de unos que de otros..., ¿pero por qué, yo me lo pregunto, ni así nos entendemos nosotros mismos?

-¡Sabe! -comentó Enésimo, con aquella palabra que significaba lo mismo una pregunta que una afirmación entre la gente del norte.

Las noticias no eran halagadoras. El país seguía dividido en bandos y opiniones, desunido por la masonería, entre escoceses  lorquinos..., y ya Zacarías Taylor hacia meses que había tomado Monterrey y permanecía inactivo, sin avanzar, como si esperara mañosamente su presa. Nuevo México, la California, Santa Fe y Chihuahua estaban ya en poder de avanzadas invasoras, y las tropas nacionales no recibían parque y armas suficientes, ni ordenes concretas y sensatas; la división se ahondaba porque, a falta de dinero en las arcas nacionales, Valentín Gómez Farías había decretado la desamortización de bienes de manos muertas. Los bienes de la iglesia, y ya que el alto clero se negaba a proporcionar más y mayores préstamos, éstos serían confiscados para proporcionar ayuda contra el invasor, medida que contribuía a encontrar  más los ánimos, fomentaba el descontento y la desconfianza y desorientación al pueblo ignorante y hambriento.

-No nos entendemos -decía Cayetano Uribe a su gente-. ¡Parece que hablamos en distintos idiomas!

Las escaramuzas no resolvían nada, por más que las guerrillas despegaban valor y denuedo. Se sabía que don Antonio López de Santa Anna, que había vuelto de su destierro en La Habana, adiestraba gente en San Luis Potosí para avanzar hacia el norte a encontrar al enemigo. Sobre don Antonio se cernía una tormenta de descontento y era inexplicable que, volviendo al país en guerra como un soldado, según había dicho en un discurso, asumiera el gobierno otra ves como presidente y fuera ala ves general en jefe del ejército.

-¿No fue por don Antonio que perdimos Texas? -había preguntado Enésimo.

-Así dicen. Fue él quien firmó ese papel que daba a los texanos su independencia.

-¿Y por qué lo firmó?

-Porque no de haberlo echo, Houston lo hubiera fusilado, ¡digo yo! Ya se sabe que un cobarde en peligro entrega hasta a su madre con tal ve salvar la vida...

-Compadre... -dijo enésimo levantándose el sombrero por detrás y echándoselo sobre los ojos -‘Y éste es el general-presidente?

-El mismo..., solamente que once años más tarde.

-Y con once años más de malas mañas...

Los dos hombres guardaron silencio. Iban adelante, agrupados, pero en desorden, con las armas a la bandolera. No eran tropas de línea sino guerrilleros feroces cuando entraban en acción. Cayetano Uribe no admitía en su guerrilla más que hombres honestos, que supieran con certeza lo que iban a hacer. Muchos de los alzados habían acabado por convertirse verdugos de su propia gente y saqueaban las conductas o caían sobre rancherías indefensas. Eran hombres sin corazón ni conciencia, maleantes que se echaban al monte seducidos por el grito de guerra de cualquiera de tantos caudillos que se autonombraban salvadores de la patria. En aquella confusión de doctrinas y hombres, de centralistas y federalistas que bien a bien no sabían l oque peleaban, el bandidaje  había alcanzado proporciones alarmantes, y la crueldad se superaba cada vez más con los procedimientos que aprendían que aprendían ahora de los muchos desertores de las filas invasoras que probaban su fortuna incursionando por presidios y poblaciones aisladas y sin guarniciones.

Cayetano no ignoraba que cualquier hombre podía caer en al tentación de un caudal hecho con rapidez y facilidad y por eso era inflexible con sus hombres. Perdonar una falta hubiera sido tanto como traicionar a  la causa, y Cayetano tenía muchos años sobre las espaldas y la amarga experiencia de las luchas de la insurgencia para permitir una indisciplina.

Conocía el terreno como pocos, conocía a sus hombres y odiaba a los yanquis con sacrosanto furor. Nadie pudo explicarse por qué había perdonado la vida de Juan O'Leary y por qué lo había llevado a San Lorenzo. Enésimo García se lo preguntó una vez y el guerrillero se encogió de hombros.

-¡Sabe! ¡Sería la medalla la que le salvo la vida, no yo!

-¿Se la hubieras perdonado a un gachupín?

-Soldado no; civil si. Varios te lo pueden decir. Después de todo, hablamos el mismo idioma y tenemos la misma iglesia.

-¿Y entre estos..., vendrán cristianos? -preguntó candorosamente Enésimo.

-Si fueran buenos cristianos no se contarían entre ellos... A Dios no le mentimos: o somos sus hijos o somos su entenados.

-¿Y éste?... -insistió Enésimo-, no vas a engañarte que estaba contra nosotros...

-No. No me he engañado yo, y creo que tampoco ustedes..., pero Dios le salvo la vida.

Los hombres habían detenido las cabalgaduras. San Lorenzo estaba a la vista, como una luz encendida en el desierto. El sol del poniente bañaba de luz la blancura de los muros y parecía encender el rojo de l tejado. Se miraron entre ellos y sonrieron.

-Jamás lo vide tan lindo... -exclamó uno.

-Pues míralo bien..., porque no sabemos mañana -dijo Enésimo García trazando sobre su frente la señal de la cruz.

-A galope, muchachos... -ordenó Cayetano aflojando las riendas de Moro. Los demás le siguieron.

Constancia, desde el pretil, miró a lo lejos y dejó la labor sobre la mesa, se llevó las manos al pecho como si tratara de calmar los desacompasados latidos de su corazón.

Juan O'Leary la vio palidecer y dirigió la vista hacia aquella polvadera que había atraído la atención de la muchacha.

-Matilde..., Matilde... -gritó Constancia bajando las pequeñas escaleras del portal-.  ¡Es papá..., es papá!

Matilde se llevó las manos a los ojos para hacerse sombra. En el brocal del pozo vertió el agua en el cántaro con mano temblorosa por la emoción.

-¡Es el amo..., es el amo! -gritó.

Las mujeres de los peones se agrupaban avanzando hacia la nube de polvo que era cada vez mas cercana.

Juan se incorporó de su asiento. Se sentía ahora menos débil y podía caminar algunos pasos sin el apoyo de nadie, pero las fiebres y los sudores le provocaban delirios y malas noches, como si su sola conciencia no fuera lo bastante para obligarle a pasar insomnios.

-¿Es el amo, de verdad? -preguntó ansioso.

Matilde le miró sonriendo.

-El corazón nos lo ha dicho a todos... -y señaló hacia las mujeres que corrían ya al encuentro de la cabalgata.

Juan se persignó, como si temiera ese encuentro, como si creyera que los ojos de Cayetano Uribe iban a desnudar sus pensamientos y a descubrir el engaño.

Le hubiera reconocido entre muchos, sin saber por qué. Estrechaba a Constancia fuertemente contra su pecho. La mano ruda no había soltado la fusta guarnecida de plata; el ancho del sombrero alzado sobre los cabellos dejaba descubierta la frente amplia, el rostro anguloso y serio. Usaba, como todos los hombres de la región, la barba rasurada, pero conservaba el ancho bigote gris y las patillas largas. La expresión de los ojos era fiera, como de águila, pero no dejaba de tener, al lado de la hija, una bondad escondida y firme; la boca grande era franca y severa, al mismo tiempo. El cuerpo erguido y seco, de hombre echo a las privaciones y temperazas de una vida parca y austera. Las piernas ligeramente abiertas, demostraban a las claras que era hombre de caballo. Le miró de frente y le tendió la mano en ademán amistoso y seco. Al saludarle le dio su nombre, según la usanza:

-Cayetano Uribe, para servir a Dios.

Juan Sintió la fuerza de aquella mano; su bondad, su rudeza, le recordaron aquellas manos cuya fortaleza lejana estaba adormecida en los recuerdos de su juventud. Esteban O'Leary tenía aquellas mismas manos vigorosas y fuertes, manos de hombre que no rehuían a la ternura. Manos de varón. En lo pasado y  el presente, en lo remoto y lo cercano, los dos hombres podían ser uno solo, un solo ideal.

-Me alegra verle fuera de peligro -dijo Cayetano ocupando un asiento que Constancia había traído mientras Matilde se afanaba en la cocina preparando la cena campesina, la carne asada sobre las brasas, los frijoles negros, las tortillas y el atole. Constancia había querido ir a ayudarla, pero su padre la retuvo consigo, y ella, increíblemente dichosa, le miraba arrobada.

O'Leary tuvo que volver a relatar los mismo que había contado a las mujeres; Cayetano le escuchaba con interés. Había creído que en la civilizada Europa no hubiera pueblos esclavizados al frente. ¿No se dijo que toda tiranía había muerto con Napoleón? ¿Y España, la grandiosa España, estaba tan revuelta como las tierras de México que ahora sacudían un yugo mas brutal y más infame, un yugo extranjero que traía consigo despojo y esclavitud?

-No hay día que no traiga una nueva lección -comentó- y aunque ya estoy viejo, siempre aprendo algo nuevo. La vida es como ir a la escuela.

La gente se había reunido para rezar el rosario, según la costumbre, y en esta tocábale a Cayetano la piadosa cuenta de las Ave Marías.

Constancia se había arrodillado junto a Juan, y con la cabeza baja disimulaba su turbación. Rezaba mecánicamente, distraída, pensando en una larga conversación que había tenido con  la Matilde.

-A mi no me engañas Constancia..., entre tú y el extranjero algo se traen, y yo me sé lo que es.

La muchacha se sobresaltó. Los ojillos maliciosos de Matilde la observaban escrutadora mente. Era casi el tribunal de la Santa inquisición erguido frente a Constancia; es más, hacía días que esperaba aquel interrogatorio y hasta había preparado las respuestas, pero en el momento dado se le olvidaron, como si jamás las s hubiera meditado.

Bajó la cabeza y sintió que el rubor se le agolpaba en las mejillas. La Matilde se le acercó y le tomó la barbilla para obligarla a levantar la cara.

-¿No me equivoco verdad?

Constancia movió la cabeza afirmativamente.

-¿qué te ha ofrecido, dime? -continuo la vieja-. ¡Ya se me la historia! -dijo sentándose frente a la muchacha-: Nos casaremos, vendré por ti y te llevaré a mi tierra. Conocerás países que no has imaginado siquiera...

La muchacha guardaba empecinado silencio y las palabras de Matilde cayeron en el vacío.

-¿No es eso lo que te ha prometido? -preguntó.

-No me ha ofrecido nada.

Matilde se desconcertó.

-Te habrá pedido algo, entonces.

-Solamente mi cariño.

-Es mas peligroso de lo que o creía. Constancia. Espera que llegue tu padre y se aclare esto. Nadita que va a gustarle -dijo Matilde con tono de reconvención.

-Nada tenemos que ocultar.

-Tú, nada seguramente..., pero él...

-¿por qué lo dices?

-¡Conozco el mundo y sé lo que son los hombres!

-No todos han de ser iguales.

-¡Son idénticos!..., qué te crees. Como si el diablo los hubiera echado al mundo de un solo molde.

Matilde advirtió la zozobra en los ojos de Constancia, la ansiedad de sus labios que temblaron.

-¿Por qué eres así, Matilde? ¿Por qué has de pensar siempre mal?

-Porque los conozco, y nada bueno sacarás de ellos. Si ya escapaste del Macario, no te enredes ahora por tu propia voluntad. De Macario estuviste a salvo porque no estabas enamorada; de este hombre estás apasionada y eso te entregará hasta perderte y no tendrás lagrimas bastantes para llorar tu vergüenza.

Constancia tenía ya los ojos arrasados de llanto, Matilde parecía solazarse criminalmente en atormentarla.

-Un hombre como éste no quiere novia, quiere mujer, Constancia. Es hombre maduro, con modos para hacerse querer, con palabras para decir cosas bonitas que te trastocan el cerebro; cualquier día de éstos, se lo lleva tu padre, si no te lleva a ti antes un mal cariño.

Un sollozo ahogado sacudió el cuerpo de la muchacha.

-Ten piedad de mí, Matilde -suplicó.

-por eso te lo digo..., vale más que llores ahora no mañana cuando ni esperanzas tengas de verlo. ¿Qué sabes tú de donde vino, qué busca y adonde va? No te engañes, Constancia -dijo estrechándola en sus brazos mientras añadió con voz muy suave, tan queda que la muchacha  casi no la oyó decir:

-¡Que Dios me lo perdone!

Esa mañana, cuando Juan la había llamado imitando el arrullo de la tórtola, tal como ella lo hacía, se miraron solamente sin decir palabra y Constancia se alejó de prisa, toda miedo. Matilde había conseguido envenenarle el alma, y todo el día rehuyó encontrarse con Juan bajo la sombra del portal, donde el enfermo yacía tomando el sol, saturando de silencio, de espacios abiertos, de llanura.

-¿Por qué no me miras siquiera, Constancia? -le preguntó esa noche acercándose a su oído mientras la voz de Cayetano llevaba al rezo. Ella le miró con ojos húmedos de ternura y de dolor.

Cuando terminó el rosario, aparecieron las vihuelas. La ocasión requería olvidarse de la guerra y disfrutar la presencia de los hombres. El tiempo pasaría como un suspiro.

Una mano varonil rasgueó las cuerdas y una voz bien timbrada cantó un romance mexicano:

A los ángeles del cielo

Les voy a mandar pedir

una pluma de sus alas

para poderte escribir.

 

Una, dos o tres palabras

donde te pueda decir:

chaparrita de mi vida

tú eres todo mi querer.

 

 

La música quería ser alegre sin lograrlo. Las mujeres miraban a sus hombres con un extraño arrobo, con una honda ternura que ponía en sus ojos reflejos húmedos. Los sones despreocupados de las huastecas hacían ruido, pero no olvidaban la tristeza, la irremediable despedida.

Juan miraba a Cayetano. ¿Hasta qué punto ese hombre conocía la verdad sobre él, cuando herido le llevaba a San Lorenzo? Se sentía humillado al verse débil, y el despecho le apretaba la garganta con su sabor amargo. El huidizo silencio de la Constancia le acongojaba sin esperanza de alivio. ¡Si pudiera irme..., si  me fuera posible no verla nunca más! -pensaba.

Pero no podría hacerlo, por mucho que lo deseara. No le sería posible emprender esa larga jornada bajo el sol abrasador del páramo. Y tenía que esperar cerca de Constancia, que rehuía su compañía, que esquivaba sus miradas y le regateaba las palabras.

Casi se sobresaltó cuando escuchó a la muchacha tañer la vihuela y cantar; era un dolido canto lleno de nostalgias, desgarradores acentos y escondidos suspiros. Sobre la alegría del baile cayó un crespón de tristeza. Todos guardaron silencio y la rodearon; las mujeres le apremiaron:

-Sigue, Constancia. ¡Hacía tanto que no cantabas! Y ella continuó:

Yo ya me voy,

al puerto donde se halla

el barco de oro

que debe conducirme.

 

Yo ya me voy,

sólo vengo a despedirme

adiós mujer

¡adiós para siempre, adiós!

 

 

Aquellas voces, unidas todas, eran una imploración y una queja contra el destino. Las manos fueron estrechándose y se buscaron las húmedas miradas. La música y el canto fueron apagándose lentamente y quedaron en silencio, como si de súbito la realidad hubiera teñido de luto la aurora cercana.

-¡Buenas noches, patrón! ¡Buenas noches, jefe! ¡Hasta mañana Constancia!

Por el campo, entre las chozas, se dispersaron los hachones de ocote y todo quedo envuelto en un silencio transparente, bajo un hielo donde la luna iba plegando sus velas.

Juan no durmió. Conmovido por las emociones busco su asiento de costumbre bajo el portal. El campo y el cielo parecían bruñidos y las pálidas estrellas languidecían en el alba. Como surgidos por un misterioso llamado fueron apareciendo los jinetes de la guerrilla de Cayetano Uribe; eran sombras que se deslizaban sin ruido hacia el amplio horizonte. Se iban sin decirse adiós. La madre, la esposa o los hijos sabían que encontrarían el lecho vacío; despedirse era morir anticipadamente. Como gente de campo, abrigaba aquella superstición.

O'Leary salió de la soledad, el frío del relente le hizo embozarse en la cobija. Junto al brocal del pozo estaba Constancia; en la hondura del agua se apagaban los luceros y un gallo cantó a lo lejos. Ya de los hombres de la guerrilla sólo quedaba una nube de polvo en la distancia.

Constancia se volvió hacia Juan y exclamó con voz que era un sollozo:

-¡Se han dio!

Juan le abrió los brazos y la estrecho contra su corazón. Vencida al fin, Constancia se echo a llorar.

-¡Constancia, mi pequeña... cuánto te quiero! -dijo él con voz suave-. ¡Si pudiera hacer algo para no verte llorar!

-¡Tal vez no vuelva a verle!

En estas palabras estaba encerrada su congoja, el dolor de su tierra invadida y sangrante, la desesperanza de los débiles y la angustia de todas las mujeres. Así en muchas partes, llorarían las madres y las esposas, las hijas y las novias, pensando que ese adiós sin palabras podía ser eterno.

Constancia levantó su rostro bañado de lágrimas y como si ella misma temiera pronunciar sus palabras, dijo también:

-¡Cuánto te quiero!

O'Leary se inclinó aún para besarla. Estaba ávido de cariño, sediento de sus labios, embriagado de su nombre. Era inútil oponerse a ese amor que le estaba predestinado. ¿Qué otra cosa si no eso le llevó hasta ella y puso su vida entre sus manos?

-¡Tú también te irás un día, sin despedirte, sin decirme adiós! -dijo ella.

-Pero volveré, Constancia... Y haré todo lo que pueda para hacerte feliz.

Ella le puso el dedo en sus labios y sonrió tristemente.

 

 

 

.

 

 

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Bienvenidos a este blog, un espacio que espero sea de su agrado, en donde se habla de todo un poco y que ahora se recuerda al heroico Batallon de San Patricio.
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¡ramo de adelfas de la verde Irlanda,
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excelente pero que no era john riley el capitan y lider de los san patricios los cuales fueron ......(24 jun)
Batallon de San Patricio. Capitulo 15 (DiegoBryar)
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