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Batallon de San Patricio. Capitulo 17

por Alberto
sábado, 05 de septiembre del 2009 a las 03:15

Hola, aquí les dejo el capitulo numero 17 de este libro, espero que lo disfruten y recuerden que los capitulos anteriores pueden encontrarlos mas abajito en este blog, saludos y comenten.

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Capitulo XVII

 

El ultimo reducto

 

La ciudad estaba sobre las armas.

 

En los cafés y las almuercerías, en el Coliseo, en los portales y en los atrios no se hacía otra cosa que discutir sobre la guerra. Por vez primera, la ciudad bulliciosa y alegre recibía el tremendo impacto de aquella bárbara invasión.

 

En las plazuelas y en las calles se adiestraban los polkos que formaban la Guardia Nacional. Aquellos regimientos reunían todas las clases sociales en la población  y respondían a nombres de los héroes de la independencia: Victoria, Mina, Bravos, Independencia, Hidalgo, eran cuerpos adiestrados y bisoños que solo conocían de la guerra aquella revolución que hicieron contra Gómez Farías y en defensa de los bienes del clero.

 

Por vez primera se hacía recuerdo de las fuerzas nacionales.

 

-¿Por qué desertores? –preguntó Connaban una mañana en el amplio del cuartel de San Juan Teotihuacán al que habían sido confinados-. ¡Se nos engancho con engaño y además no somos yanquis! Estamos aquí una vez más peleando por la libertad, exactamente igual que pelearíamos si hubiera sido posible vivir en Irlanda o en España.

 

-¿Cómo podrá un irlandés, un cristiano, adoptar bandera tal? –preguntó a sus compañeros Connaban-. Estas tierras son de México y jamás deberán ser cuna de esclavitud.

 

-¿Y la independencia de Texas? –respondió uno.

-¿Cuál independencia? A Texas, la solitaria y orgullosa estrella, la devoró la poderosa república de los Estados Unidos. ¡Tenía sus días contados desde que se apartó de su legítima madre!

 

-¡Y los apaches?

-Otro engaño que fue señuelo.

 

Dennis guardó un momento de silencio y los miró a todos desde su pequeño sitial, los brazos cruzados sobre el pecho, después que paseó sus ojos sobre aquellos rostros expectantes, macilentos y sucios, preguntó:

 

-¿Por qué están ustedes aquí?

-Porque es igual que en Erie –respondió uno.

-Hubieras dejado de ser Irlandés de no haberlo echo.

-Pero hay muchos todavía del otro lado.

Muchos están ciegos y sordos a su conciencia, a su propia convicción de hombres libres y de cristianos. Dios iluminó nuestros ojos a tiempo y nos hizo ver el camino justo.

-Pero perderemos la guerra.

 

Tal vez. No siempre es la justicia la que esta al lado del débil, pero dejaremos constancia de nuestro paso en estas tierras, aquí escribiremos con sangre nuestros nombres, aquí hondeara nuestra bandera y el nombre de San Patricio será venerado. Seremos, nosotros mismos libres para resolver nuestro destino.

 

Resultaba amarga aquella libertad que sólo podía elegir de una vez y para siempre una anticipada derrota.

 

Los políticos continuaban sus intrigas partidaristas, los prestamistas hacían su agosto felicitando al gobierno dinero con réditos altísimos y todo era anarquía y demagogia, palabras huercas que no conducían sino al desastre.

 

Las enardecidas rencillas entre los generales Santa Anna y valencia darían el nefasto fruto que arrastró al país a una sangrienta, injusta y dolorosa mutilación.

 

Por las calles de la ciudad corría el rumor de que era el propio Santa Anna quien proponía a Scott durante unos tratados secretos que, “para conseguir una paz honrosa” avanzara hacia la capital, cosa que pondría en el pueblo la consiguiente alarma, mucho mas efectiva si el ejercito americano atacaba y hacía suyas las fortificaciones. Según Santa Anna, trató de comprobar más tarde, sus intenciones habían sido las de atraer al enemigo y presentarle el combate final.

 

Parecía que su plan, puramente defensivo, estaba bien estudiado y que, de realizarse, podía coronar los esfuerzos de los mexicanos, pero el tiempo demostró lo contrario al seguir los jefes sus propios y particulares enconos y al desbaratar al propio Santa Anna, como siempre, sin previo aviso, su plan defensivo original.

 

El 7 de agosto en el árido Cerro del Peñón  se abanderó a las tropas en una conmovedora ceremonia. El Batallón de San Patricio recibió su insignia blanca, con el arpa de Erín y el escudo de México y el nombre de su capitán bordado en verde. Desde ese momento se esperaba solamente el trágico aviso de que el enemigo avanzaba sobre el camino de puebla.

 

Las calzadas se llenaron de gente que huía buscando refugio en los pueblecitos aledaños a la capital. En aquella desesperada hora se multiplicaban los horrores de la guerra y la angustia empujaba con prisa a los capitalinos, que no querían ver las calles de su ciudad pisadas por la bota del invasor.

 

La defensa, por medio de una línea de fortificaciones, parecía invulnerable. Sin embargo, estudiándola sobre los planos, el general Gabriel Valencia señaló el punto débil de la Hacienda de Padierna. Santa Anna sostuvo que el sitio era indefendible y Valencia insistió en defenderlo por su cuenta. Ambos, enemistados por cuestiones  políticas, estaban dispuestos a no ceder. Santa Anna no perdonaría jamás a Valencia su pretensión de ocupar la Presidencia de la República y se hicieron de palabras. El general-presidente señaló como traidor a Valencia y lo dejo que cargara con la culpa que le correspondía al empeñarse al defender Padierna.

 

El 9 de agosto la campana mayor de  Catedral tocó

 A rebato y sonó el primer cañonazo avisando a los habitantes de la capital que la hora decisiva había llegado.

 

Se movilizaron de sus posiciones las aguerridas tropas del Ejercito del Norte hacia Padierna. Santa Anna mordiendo su rabia y su despecho ante tal desobediencia, se dedico a jugar a las cartas del destino de la nación y sus incondicionales le siguieron a San Ángel.

 

El ejercito enemigo, después de un largo rodeo, encontró precisamente el punto débil previsto por el general Valencia. La artillería enemiga amenazó la Hacienda de Padierna.

 

Noche tras noche los soldados mexicanos habían soportado la lluvia inclemente. Se habían resignado a esperar una furiosa embestida pero abrigaban la esperanza de que don Antonio no los abandonaría en el momento decisivo. Muy clara estaba la comprobación a las suposiciones de Valencia.

 

Los hombres del San Patricio habían medido cabalmente las consecuencias que acarrearía un abandono que sería mortal no solamente para ellos, sino para el país entero; aquellos largos días de espera, aquellas noches eternas sin sueño ni reposo habían quebrantado las últimas murallas de su fortaleza moral. ¡Al fin para morir nacimos!

 

Y era la muerte que acechaba sus pasos, la que había cegado muchas vidas desde Matamoros hasta  Padierna.

 

El 19 de agosto el enemigo  abrió el fuego y le respondió una defensa valerosa y denodada. Las tropas de Scott, sorprendidas ante el rechazo, tuvieron que replegarse y se organizaron de nueva cuenta. El punto débil resistía tan bravamente que Winfield Scott vio en peligro su campaña en México. Otro rechazo y se vería obligado a retroceder sin lograr nunca esa paz honorable cuyo precio todavía se resistían a aceptare los desordenados y hambrientos mexicanos.

 

Padierna estaba a punto de convertirse en una tenaza trituradora, en una trampa mortal. En lo alto del lomerío las tropas del general Pérez dispuestas al ataque, y a sus espaldas, las líneas fortificadas que la ciudad preparó para su defensa. Un empuje más y el orgulloso invasor tendría que volver las espaldas para siempre.

 

La muralla de Padierna, muralla de soldados que sabían pelar, estrellaba las ambiciones políticas de Scott y las territoriales del partido esclavista. Los codiciados territorios de México se le escapaban de las manos y quedarían perdidos si Santa Anna no intervenía favorablemente.

 

La madrugada del 20, Valencia pidió refuerzos. Las tropas miraron con angustia la retirada de la caballería que comandaba el general Pérez, y Santa Anna ordenó que Valencia abandonara el punto y fuera hacia San Ángel por caminos ocultos.

 

Gabriel Valencia apretó las manos con furia. ¡Se le abandonaba a su suerte! Pero ahora no era solamente el destino de un rival político…, era el destino de la patria.

 

  -¡Resistiremos!... –fue la orden.

 

Los hombres conocían cabalmente el significado de aquella palabra. Había sido la misma que tras amargos días de lucha dejo Monterrey en poder de Zacarías Taylor.

 

Muy temprano en las lomas don Antonio montado en su caballo blanco. Desde allí, sus ojos se recrearon contemplando la desesperación de las tropas, dignas de mejor suerte; su espíritu perverso y mezquino había determinado su malévolo propósito: “Entre la derrota del invasor y la derrota de su enemigo, prefirió la derrota de Valencia”.

 

Volvió la espalda. El lomerío quedó limpio de tropas y limpio de esperanzas y la anhelada victoria se coronó en derrota, como en la Angostura.

 

-¡Esto es la muerte! –gritó Dennis Conaban.

 

Entre el humo y la pólvora, entre la desesperación y la furia, los hombres lucharon como leones. Ya no era la batalla por la libertad, ni por la justicia: era la defensa de la vida propia, la angustiosa desesperación ante una presentida venganza.

 

Sin refuerzos y sin parque, el Ejercito del Norte se vio rechazado y copado. Una compañía del San Patricio quedó envuelta por el enemigo.

 

Ya ondeaba en las lomas de Padierna el pabellón invasor.

 

Valencia huyó con los suyos a Cuautitlan; el Ejercito del Norte, ya sin jefe, se dispersó.

 

-¡A Churubusco… a Churubusco! Era el grito que salía de todas las gargantas.

 

Una avalancha humana se dejó caer hacia los muros asilados del convento de San Diego; las casuchas y las tierras pantanosas que lo rodeaban se vieron de pronto sacudidas por le fragor del combate. Los cañones del invasor arrasaban la retaguardia y el Ejercito del Norte llevaba a rastras a sus heridos. Con ellos venía la otra compañía del San Patricio. Palmo a palmo del terreno  se rego con sangre de valientes. El Celaya, que había enarbolado nuevamente el Pabellón tricolor arriando el de las barras y las estrellas en Padierna en un acto de gallardo desafío y los Piquetes de Tlapa, formados por españoles, acudieron en defensa del convento convertido en fortaleza.

 

Churubusco se encontraba defendido por los Polkos del Independencia y del Bravos al mando de don Manuel Rincón y don Pedro María Anaya a quienes Santa Anna les había dejado dos cañones.

 

Los colorados del San Patricio se parapetaron en el puente. A un tiro de piedra se veían los blancos muros envueltos en el humo de la pólvora y la llovizna.

 

Adentro, en el convento, se descubrió con rabia que las cajas de parque no eran sino cartuchos de salva y los pocos útiles eran de otro calibre que los soldados mordían con desesperación para introducirlos en sus fusiles. Ya sin parque Peñuñuri dio la orden:

 

-¡A bayoneta!

 

Los defensores fueron replegándose hacia el convento, cuando de pronto se hizo un extraño y fúnebre silencio preñado de impotencia y desolación.

 

El enemigo quedo desconcertado y el capitán Smith izó la bandera blanca y atravesó el campo mortal. Penetró en el convento por el boquete abierto por un estallido de la pólvora y se sorprendió al ver en el patio a las tropas de pie  con las armas en descanso; sus jefes tenían las manos y el rostro quemados por la pólvora. El comandante del San Patricio miraba ondear en la torre su blanco Pabellón. El y los suyos habían cumplido su deber de hombres libres.

 

Un alarido salvaje cortó los aires; era un grito altanero y desafiante mientras una carga de caballería cruzaba el campo; eran hombres vestidos de charro que llevaban en el sombrero lña infamante cinta roja que decía spy company.

 

La contraguerrilla poblana hizo caer la puerta de Churubusco.

 

Tres irlandeses fuera del convento se batían a bayoneta calada. El solo echo de ver a aquellos despreciables sujetos manejar el arma contra sus hermanos era suficiente para mantener ardiendo la llama del coraje y del desprecio ante la vida. Hubo un momento en que la contraguerrilla dio el frente a sus atacantes y de entre el humo y el estruendo de la caballería, un hombre, insolentado de sí mismo, avanzó gritando mientras batía el machete:

 

-¡Ábranla…, hijos de la mañana, que aquí viene Macario Pacheco!

 

Aquel maldito hombre tuvo un mágico poder sobre Juan O’Leary que avanzo resuelto hasta encontrar a su adversario; atrás de el, Tomás McCaffrey le seguía con el arma dispuesta. El pelo rojo al aire, el rostro  cubierto de lodo, la ropa desgarrada, el fusil sin carga y la mirada llena de rabia les hacían blanco seguro, pero no dieron un paso atrás, llevados por el ansia de aniquilar a aquel despreciable sujeto.

 

Era tan resuelta y denodada la actitud de aquellos hombres, que varios de la contraguerrilla se hicieron atrás. De caer en manos de sus enemigos, su suerte estaba echada, y ellos no eran héroes.

Adentro, en el convento, las tropas invasoras trataban de “hacerse justicia” en los miserables convictos que formaban el Batallón de San Patricio.

 

¡Colgarlos allí mismo, sin proceso, sin juicio, atendidos a la sola razón de un triunfo conseguido sobre toda justicia para ellos y que el vencedor desquitaría en su carne doliente y humillada los imaginarios agravios que un pueblo débil y exhausto como México no les había causado! En ellos, en sus pobres cuerpos fatigados y rendidos, la soberbia del fuerte se cobraría la eterna rebeldía del oprimido.

Al mediodía Churubusco arrió el Pabellón tricolor desgarrado por el fuego, el infortunio y las pasiones. El ultimo Pabellón que descendió fue el blanco del San Patricio, donde las manos campesinas dibujaron el arpa de Erín y el águila de México.

 

Una lluvia menudita empapó la tierra y resbaló sobre los muros. En los ojos de los prisioneros no había siquiera el consuelo del llanto; muy adentro, el alma sollozaba silenciosa, amargamente, entregada a su implacable infortunio.

 

Muy alta, el águila mexicana plegaba sus alas a la herida de muerte.

 

Batallon de San Patricio. Capitulo 16

por Alberto
viernes, 04 de septiembre del 2009 a las 11:40

Capitulo XVI

La corona Negra.

 

Las mulas se atascaban en los lodazales atrasando la pesada artillería; los hombres, bajo el bochorno del sol o empapados por la lluvia, hacían la marcha con grandes esfeurzos.

 

-¡Solo en Irlanda llueve así! –dijo Conaban.

-Sólo en Irlanda hay tanta miseria y tanta injusticia –responió Juan.

 

Atrás de ellos, Tomás McCaffry comentó:

 

-¿Y en España…, no hay injusticia, ni pobreza ni cárceles? 

 

O’Leary soltó una maldición. Una de las bestias había caído, hizó esfuerzos por levantarse y luego, al castigo del arriero, quedó agotada, de panza en el lodo, sacudiendose aveces en el espasmo de su agonía. O’Leary detuvo el brazo del hombre que iba asestar un nuevo golpe.

 

-Dejala morir en paz –exclamó.

 

El arriero se seco el sudor y bajó el latigo, se encogió de hombros y escupio con desprecio.

 

-¡Parecen señoritas! –dijo.

 

Los colorados no le presondieron. Desengancharon a la pobre bestia y desviaron a su compañera. Algunos hombres se metieron a empujar  el vagon mientras otros tiraban de él. Ya nadie se quejaba ni maldecía, uno tras otro los carros y los cañones se hundían y el empuje de todos los hombres los rescataban de los atascaderos.

 

-Debe haber norte…

 

    O’Leary levantó sus ojos y miró el cielo sucio, la montaña oculta por los jirones de nubes, el camino cubierto por la niebla,  y añoró la llanura áspera y seca, y como removido por su propia angustia, el recuerdo de Constancia, de sus ojos, de su voz llámandole con el arrullo de la tortola.

 

Y siguó la marcha hundiendose en el lodo y el despecho. ¡Maldita guerra!...

 

Al atardecer rindieron la jornada. Hombres y bestias estaban agotados, rendidos por la fatiga  rodearon la fogata. El olor de la carne asada despertó el apetito y algunos arrieros  se les unieron para compartirles  un trago de licro que calentara a los miembors entumecidos.

 

-Salud, colorado… -los ojos tenían reidora malicia y fraternal amistad.

 

-Slanta igo moch –respondió O’Leary en gaélico.

 

El arriero soltó la risa y empinó el jarro hasta acabarlo, luego se limpió las manos con el dorso de la mano y se acercó al fuego. Levantó los ojos. Por los desgarrones de lasn ubes parecían luceros.

 

-Va a levantar –dijo-. Llegarán a México con buen tiempo.

 

-Dios te oiga compadre –dijo McCaffry.

 

     Algunos hombres tendían los jergones y se echaban a dormir: otros sacaron las cartas para jugar un rato, algunos se contaban chistes y su risa sonaba ruidosa, pero no alegre. Poco a poco el sueño se fue adueñando de todos; las bestias permanecían quietas, apartadas, hechas un puño para calentarse y tal vez para aliviar esa extraña tensión del miedo que se sentía como algo presente que pudiera tocarse como algo vivo.

 

-¿No fuiste vos el extranjero que llevaron al rancho de San Lorenzo los hombres de Cayetano Uribe?

-Si…, era yo –respondió con voz quebrada por la emoción.

 

-¡Quien iba a decirlo! –dijo mientras lo observaba con curiosidad-. ¡Hubiera jurado que no se salvaba!

 

O’Leary sonrió con desgano. Las palabras venían a ser casi un cumplido. Le interesaba ahora charlar, le era grato hacerlo con quien conocía a personas lo unían firmes lazos de gratitud y cariño. Seguramente no tenía que forzar a su compañero, porque este ya se disponía a decir todo lo que quisiera.

 

-¡Diablo de viejo..., hace años que nos conocemos!

 

La difunta era una mujer preciosa…, igualita a la Constancia, sólo que esta es más echa, más mujer. ¡Buena gente todos ellos, hasta la pobre Matilde!

 

O’Leary comentó:

 

-Ayer apenas nos vimos en San Martín.

-También yo lo vi. Se vuelve a Veracruz. Se le ha metido entre ceja y ceja acorralar a Walker, que tantas vidas esta costando…,  ¡y pobre de Macario si le pone la mano encima!

-¿Quién es Macario? –preguntó O’Leary extrañado nuevamente ante ese nombre que nada le decía particularmente, pero que parecía significar mucho para los guerrilleros.

 

-¿No sabes vos quien es Macario Pacheco? –el viejo arriero parecía asombrado-. ¡Haber vivido en San Lorenzo y no saberlo!

 

-No no lo sé…, pero usted puede decírmelo.

 

El arriero atizó las brasas y levantó los ojos para ver a O’Leary que comenzaba a impacientarse.

 

-Macario había pedido en matrimonio a la Constancia…

 

O’Leary sintió que el corazón  le daba vuelos, pero trató de parecer indiferente; el arriero bajó la mirada otra vez a los leños que comenzaban a arder y añadió:

-Tienen mala fama los Pacheco, pero son ricos y el muchacho es galano. Cualquier mujer hubiera dado el sí alocadamente y sin pensarlo, pero la Constancia dijo que nones, y tan cerca como su padre, nadie la sacó de su contesta; y ya sabe usted de lo que es capaz un despechado. Una noche, ya empezada la guerra, hasta creo que usted ya estaba allí más muerto que vivo, el tal Macario llegó a San Lorenzo y quiso hacer violencia en la muchacha…

 

O’Leary  cerró los ojos como si del rescoldo se hubiera levantado una llamarada; seguía oyendo las palabras como si vinieran de adentro de su sangre.

 

-Pero la Constancia es brava y se defendió como un demonio. Con un atizador le dio un diablazo y lo dejó marcado. ¡Quién sabe cuantas atrocidades hicieron en la cocina: rompieron la olla del agua, echaron la mesa patas arriba y quebraron toditos los trastes! Cuando llegó la Matilde que estaba en la troje con algunos hombres heridos, el Macario había huido dejando un rastro de sangre. Nadie pudo alcanzarlo, nadie metió las manos siquiera.

 

O’Leary se levantó para caminar algunos pasos. Hasta ahora comprendía cabalmente lo que significaba Macario Pacheco para todos ellos, hasta para él mismo. El arriero lo miró de hito en hito.

 

-¿No lo supiste vos? –preguntó.

-No supe nada –respondió seco y cortante. El arriero volvió el rostro al fuego y se entretuvo haciendo crepitar los leños. O’Leary se acercó hasta él y arrodillándose a su lado le urgió.

 

-¿Y que pasó después?

- El Macario se escurrió de las manos como el mismo diablo. Nadie supo más de él hasta que ya en Veracruz, un día, Cayetano se dio a maliciar que algún cochino traidor enseñaba a los yanquis de Walker las veredas para caer a los poblados o sobre los escondites de las guerrillas y se dio a seguirle los pasos con cautela. En Santa Clara ya los tenía en las manos, si no hubiera sido porque Juvencio, el gachupincito que es una criatura sin experiencia, disparo el arma y se sembró la confusión. Y allí, cara a cara se vieron Cayetano Uribe y el Macario Pacheco…, ¿para que preguntar más?

-Malhaya… -exclamó O’Leary apretando los puños-. ¿Por qué Cayetano Uribe no lo mató antes cuando el quiso abusar de Constancia?

 

-El arriero le miró sorprendido; parecía extraña aquella actitud del colorado, irritada y anhelante.

 

-¿Por qué? ¡Dios sabe!

-¿Y por qué no lo mató allí, en Santa Clara?

-Porque a Macario parece que lo protege el diablo… -respondió el arriero santiguándose-. Y lo que es peor: parece que Walker se lo mandó a Scott bien recomendado para que lo ponga en la lista de la contraguerrilla poblana. ¡Buena guerra van a darnos estos…! –y soltó la injuria con reprimida cólera-. ¡De todos ellos no dejaría uno sin la soga al cuello!

 

-No son hombres… -dijo, como si de pronto toda su cólera se ahogara en una rabia sorda, turbia, que le mordiera el alma a tarascadas furiosas.

 

El arriero se levantó también; el raído poncho rozó la tierra húmeda.

 

-Cualquier desconfianza es poca –murmuró.

 

El aullido del coyote se escuchó a lo lejos como un lamento, una lechuza cantó en la rama y un coro de grillos salmodió un De profundis.

 

-Hay que reposar un rato…, la jornada de mañana es ya la última…, y yo me vuelvo –dijo el arriero.

 

-No tengo sueño, gracias. Yo velaré el resto de la noche; no despierte al centinela en turno… -dijo Juan.

 

Poco rato después. O’Leary estaba solo, tan solo que sintió frio.

 

-Es el relente – se dijo removiendo la hoguera.

 

Pero era un frio intenso y desolado. Le invadía una sensación de disgusto, le irritaba que Constancia no hubiera mencionado aquel desagradable incidente y  le molestaba haberlo sabido por otra boca y tan lejos de ella.

 

Era esa hora pesada en la que la noche empieza a ceder su paso al día y toda la desconsolación de los seres abandonados aplasta sobre su espíritu; es la hora de los insomnios y las pesadillas. Muy lejana, una tormenta rasgaba el vientre de las nubes y ponía en el cielo extraños reflejos azules y vibrantes. Un retumbo, y la tormenta desgajada bajaba por la sierra, tempestuosa y desencadenada. ¿Qué haría Constancia a esa hora? Tal vez saliera al portal y mirara a lo lejos, en su eterna  espera. Quería encontrarla en su corazón, porque sentía que la ausencia comenzaba a desdibujarle el rostro amado.

 

 -¿Por qué nunca me dijo nada? –se preguntaba una y otra vez para responderse como los hombres de las llanuras lo hacían siempre: ¡Sabe!... Y le parecía sentir sobre su pecho en la tierra de Constancia mientras encerraba toda su pesadumbre en unas cuantas palabras.

 

-se ha ido…

 

Y pensó que él tampoco había dicho a Constancia  nada de su atormentada juventud, ni había mencionado siquiera el nombre de Deirdre, ni le había hablado de aquella hija a la que no conocía, ni había dicho tampoco que cuando el destino le puso entre sus manos, él no era de los colorados del San Patricio. ¡Y ella empezó a amarme por ellos! –se dijo-. ¡Qué de extraño tenía entonces que hubiera guardado silencio sobre algo que la humillaba y sobre un hombre al que no amaba!

 

Muy altas, las nubes del amanecer tomaban tintes metálicos y palidecían los luceros en la aurora; lenta y siniestra giraba arriba de las cumbres la negra corona de los buitres.

 

Los hombres comenzaban a desperezarse y O´Leary, de cara hacia la aurora, permanecía absorto en sus pensamientos. De pronto, alguien gritó con voz apretada de horror:

 

-¡Miren… allí!

 

Bajo el árbol se balanceaba el cuerpo de un ahorcado. Su horripilante aspecto causaba miedo y asco.

 

-¡Cuando dije que aquí penaban las ánimas benditas…! –dijo el arriero, persignándose.

 

-¡Haber velado sin ver al difunto! –dijo otro.

 

Se apresuraron los arreos, tiraron con  prisa de las bestias y ensillaron los caballos bajo el espectro de aquella pesadilla que el viento movía en horribles contorsiones.

 

-Lo bajaremos –dijo O’Leary.

 

Los hombres le miraron asistiendo.

 

-Hoy por él –dijo uno- para que alguien entierre a nosotros también mañana, si nos toca la de perder…

 

Un fornido joven subió a la rama y brazos potentes recibieron el cuerpo. El rostro tumefacto y los ojos saltados eran horrorosos, la lengua colgante tenía estrías de sangre. O’Leary le echó un pañuelo sobre el rostro y se arrodilló. Los demás le imitaron rezaron una breve oración por el difunto.

 

En un momento quedó cavada la sepultura y el cuerpo bajo la tierra envuelta en un raído capote. Las ramas de un árbol le hicieron la cruz, atada con una correa.

 

-En paz descanse… -dijo el arriero santiguándose.

 

-¿Quién sería?..., ¿qué habría echo? ¿fue justicia o venganza? –peguntó el viejo.

 

O’Leary se encogió los hombros.

 

-¿Hay alguna diferencia? –preguntó. El fin es sólo un monton de tierra y el olvido después…

 

El arriero le tendió la mano diciéndole:

 

-Adiós colorado. Si no volvemos a vernos en esta vida, sabe que me llamo Remigio Salazar.

 

-Adiós…

 

Las manos rudas se separaron; los hombres también. La guerrilla volvió grupas y emprendió el camino monte arriba.

 

O´Leary miró hacia la tierra recién removida por última vez.

 

Había velado el sueño sin sueños de un desconocido. ¡cuantos como él habría por los caminos de México, cuántos más sobre las tierras de Irlanda!

 

Y el hombre sueña en la justicia, en el amor y en la paz y vive debatiéndose entre el odio y la ambición: y todo acaba en un puñado de tierra, de ceniza triste. El justo y el pecador, el que ama y el que odia tienen señalado el único camino al que no han de escapar jamás. ¿De qué vientre de mujer ha nacido el hombre que no ha de morir nunca?

 

Oh Dios –se dijo-, si tan solo por un momento el hombre midiera la magnitud de su maldad, si por un momento pensara que el fin de uno es el mismo fin de todos, no destruiría su propia vida ni la de su prójimo. Pero nadie piensa en la muerte, ni siquiera aquellos que la llevan a la espalda y que de tanto llevarla la olvidan.

 

Ya los hombres bajaban la cuesta arreando las bestias. El sol era tibio y la mañana azul. La corona negra revoloteaba en busca de su presa y abajo el rio golpeaba contra las rocas profundas de la cañada. Más allá, el camino de herradura y los toques de los clarines y caballos.

 

O’Leary volvió la mirada a la montaña. No había ya guerrilleros y en ninguna rama se detenía la muerte. Trepando, el camino se perdía en la sierra como una herida.

 

Batallon de San Patricio. Capitulo 15

por Alberto
martes, 03 de marzo del 2009 a las 03:27
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Capitulo 15

Las contraguerrillas

 

Había sido inutil para don Pedro María Anaya convencer a don Antonio de la utilidad de un ataque a Winfield Scott en Puebla. Santa Anna había dispuesto fortificar la ciudad de México y esperar allí el ataqued final. Perversamente el general-presidente rechazaba por segunda vez la oportunidad de firmar esa "paz honorable" que tanto pregonaban buscar los generales invasores.

 

Las tropas recibieron órdenes de movilizarse hacia la capital y la defensa del territorio invadido quedaba prácticamente en manos de las guerrillas.

 

La sorpresa recibida de Santa Clara puso al capitan Walker sobre aviso y no ignoró que la cabeza de Macario Pacheco corría peligro en cualquier sitio, sin las formalidades de un Consejo de Guerra ni juicio alguno qeu aparentara la legalidad de leyes urgentes dicatadas por el estado de emergencia en que se vivía. Cualquier guerrilllero tenía no solamente la autorizacion, sino el derecho de ejecutar al traidor. Le había sido hasta entonces muy útil y, aunque no era un conocedor  perfecto del terreno, era lo bastante habil para conseguir informes y lograr adeptos. El precio del dolar quebrantaba voluntades y borraba escrúpulos; los bandoleros carecen de reglas de moral y desconocen deberes elementales.

 

Pero tampoco resultaba bien saberse perseguido y acosado por hombres tan cabales como Cayetano Uribe y los suyos, y decidió que un piquete de su contraguerrilla acompañara a Macario Pacheco hasta Puebla y la entregara al general Scott quien sin duda alguna lo haría ingresar, con magnifica hoja de servicios, a la Spy Company.

 

El Ejercito del Norte emprendía la retirada obedeciendo órdenes. El Batallon de San Patricio siguió la marcha con el ejercito al que pertenecía y sus filas aumentaban a despecho de Winfield Scott que sintió por ellos un odio especial y a los que calificaba de "miserables descarriados".

 

Las lluvias torrensiales hacían intransitables los caminos; la artillería se atascaba en los lodas¡zales de las brechas, y aveces, para escapar a las emboscadas de las guerrillas de Walker, se veían obligados a utilizar veredas escondidas en las cañadas, lo que dificultaba el movimiento. Llegar a San Martín Texmelucan había sido una proeza; por lo menos, más adelante podría seguirse el camino de herradura que utilizan las diligencias y las conductas.

 

De pronto apareció Cayetano Uribe al frente de su gente. A ellos les había correspondido cuidar la retirada de los valientes colorados.

 

Los hombres estaban agotados y sucios, llenos de lodo y sudor, los uniformes desgarrados y ya sin calzado con que protegerse de las piedras y las zarsas del camino. Algunos se cubrían con capisayos de palma que les habían regalado los campesinos a su paso por los pequeños poblados y rancherías. San Martín Texmelucan pareció un osasis.

 

Había cerrado la noche cuando acamparon. La espadaña de la parroquia estaba iluminada por lámparas de aceite protegidas del viento. Algunos hachones de ocote ardían y su flama se retorcía humeante y caprichosa. La tropa se había refugiado en el convento y algunos hombres acampaban en el cementerio encendiendo fogatas para secar un poco las humedas ropas. voces perdidas cantaban aquella cancion que era ya como un grito de guerra en los desolados ampos mexicanos de 1847.

 

¡Ay muerte, no seas inhumana

dejame vivir,

esperando qeu tal vez mañana

la ronca campana

nos llame a morir!

 

Allí le encontró Cayetano, cuando junto con Dennis Conaban escuchaban aquel canto que tenía algo de suplica y de reto. El capisayo le abrigaba el cuerpo rendido por la fatiga y empapado por la lluvia Juan O'Leary le miró con agradable sorpresa como si de pronto, entre el dolor de la tierra, desgarrada por el odio, surgiera la amistad.

No era Cayetano hombre de efusivas demostraciones; le bastó un apretón de manos en el qeu significaba su afecto y buscaron un sitio apartado para charlar, mientras a lo lejos se escuchaba el rumor sordo del paso de las tropas, el pesado rodar de los carros y el trote de la caballería.

 

-¡Y pensar que los hubieramos desbaratado en Puebla! -suspiró el guerrillero. Torció entre los dedos un cigarro y Juvencio raspó el pedernal y le acercó la llama-. ¡A veces pienso que es al proposito!

 

Así lo habían pensado también los hombres de San Patricio, pero estaban acostumbrados a pelear en confuso sistema; ahora, sin embargo, eran parte del Ejercito del Norte que, desde el principio, llevaba a cuestas el peso de la guerra.

 

-¿Qué sabe de Constancia? -preguntó Juan.

-Nada, hijo, nada. Estará rezando por nosotros en San Lorenzo. ¡No quizó salir de allí; se aferró a sus adobes y a su pozo, a sus tierras y a sus animales y dijo que solo con los pies delante la llevarían al panteón!... ¡Y yo tan lejos..., y ella sin amparo! Pero Dios verá por ella y de vez en vez alguien le dará razón de nosotros.

 

Volvieron a qeudar en silencio mirando ambos el cigarro, que era como un puntito de luz en la sombra.

 

-No sé cuando volvamos a vernos -dijo el guerrillero-. El ejercito del norte se va a defender la ciudad de México, allí se decidirá la guerra qeu pudo resolverse antes ¡pero no somos nosotros quienes mandamos; nos toca obedecer, y somos buenos soldados! De modo que nos encontraremos allí cuando todo acabe, para bien o para mal.

 

Juan entendió ne aquellas palabras más pesimismo que confianza.

 

-¿No cree usted el triunfo? -preguntó.

-¡Como creer..., ya no creo en nada! La muerte es lo unico seguro -dijo.

 

Un lejano toque de corneta daba órdenes a las tropas que marchaban. Pareció de pronto que el tiempo apremiaba, que el enemigo  estaba ya al frente, preparandoles una emboscada. Cayetano se irguió y le tendió la mano.

 

-Me voy -dijo, pero se quedó de pie, mirandole. Parecía modo de mentira que teniendo tanto qeu decirse hubieran hablado de lo que todo mundo hablaba. Luego, como obedeciendo a un íntimo impulso sobre algo que le repugnaba, preguntó:

 

-¿Ha oído mentar a Macario Pacheco?

 

Juan movió la cabeza negando.

 

-Es de los hombres que han ayudado al capitan Walker a asolar los pueblos de Veracruz. Hay orden de qeu sea ajusticado donde se le encuentre sin formacion de causa.

-Yo no puedo hacerlo -respondió juan.

-So lo encuentra a solas, podrá hacerlo y deberá hacerlo, créame ¡por el bien de todos!

 

Juan sonrió escéptico. ¿Qué valía aquella mísera traicion entre las muchas que estaba nresistiendo?

 

Cayetano se apartó de él seguido por Juvencio y por Ricardo Guitierrez; Juan lo vio montar en su caballo y antes de aprtir volvió el rostro hacia él y levantó la mano para despedirle. Una intima congoja le afligió.

 

-Si el viejo falta -pensó-, ¿qué será de Constancia?

 

Buscó de nuevo la compañia de Conaban, que había permanecido aparte. Al verlo llegar preguntó:

 

-¿Malas o buenas noticias?

-Más malas que buenas...

 

Extendieron los capisayos bajo el portal que había sido aislo de los peregrinos en la época de la evangelizacion y se tendieron a dormir, pero la noche preñada de lluvia hacía más triste la hora. Conaban fue el primero en hablar.

 

-¿Cuanto tiempo hace que nos vimos en España? Dejame sacar la cuenta..., la hija de Deirdre estaba apenas recien nacida.

 

-Por ti lo supe -respondió Juan-. Fue en el 20.

-¿Te aceurdas? ¿Quién diablos nos metió entre comuneros y nos echó a cantar el himno de Riego? -sonreía sin que Juan le viera-. ¿Qué es lo qeu nos arrastra siempre, lo que nos lleva de un lado a otro?

-lo que nos trae y lo que nos lelva es la inconformidad con nosotros mismos. no hemos logrado nada en la vida y nisiquiera hemos vivido bien, lo digo por mi, que no pudo ser el hombre que diera  a su propia hija el hogar y el nombre que merecía.

 

Dennis guardó silencio. Con las manos enlazadas bajo la cabeza miraba hacia la espadaña, donde las luces agonizaban entre la lluvia y el viento.

 

-A veces me pregunto si somos verdaderamente culpables, si nosotros somos resonsables del mundo que heredamos -dijo.

 

Juan se encogio de hombros sin responder. Conaban habló entocnes muy quedo:

 

-¿Te acuerdas qeu salí de España sin vovler a verte? Yo había estado con "El Empecinado" al que ejecutaron acusado de masón y tuve que salir so pena de que corriera la misma suerte. Vine a America entonces. Los disturbios eran iguales allá que acá, la misma incoformidad, el eterno descontento, el disputarse el poder unos a otros y el ego a flote en todo. Pues bien, había un lugar en el que muchas familias irlandesas habían puesto sus ojos. Ese lugar era Texas y yo fui de los inmigrantes qeu fundaron el condado de San Patricio... Yo vi a los apaches destruir casa por casa, violar mujeres, asesinar a los hombres y secuestrar a los niños, ¡Era la embriaguez de la sangre y el exterminio! ¡Te aseguro que nada hay comparable a eso; ninguna crueldad puede asemejarse al odio feroz y encarnizado de los apaches! Llevaban armas qeu les proporcionaban los traficantes yanquis; iban borrachos de alcohol, alucinados por la droga y llenos de  rencores atizados intencionalmente. Querían cobrarse de golpe las enérgicas medidas que ñoas atraz haía tomado contra ellos el capitán don Matías Galvez, que despues fue el Virrey. ¡Y cuánta razon tenía..., y como los conocía! ¡Que distino hubiera ido todo si este hombre cabal hubiera llevado a la practica su experiencia!... ¡Los indios no eran hombres..., eran demonios!, ¡peores qeu fieras! ¡No pueden ser hombres, Juan O'Leary! ¡dudo qeu Dios pueda perdonarselos..., no sé si peuda Dios perdonarme ami también!

 

Su voz se ahogó sordamente  minetras los puños apretados golpearon sobre la tierra húmeda con impotente furia . Dennis Conaban  tenía brillantes las pupilas y temblorosas las manos que se frotaba una contra otra despues de aquel desahogó de golpearlas  contra el suelo. Estaba anhelante y podía sentirse temblar su cuerpo todo bajo la áspera fibra de capispayo.

 

-Nunca he tenido el valor suficiente de confesar mi cobardía..., no sé si tú me desprecies después de lo que voy a decirte ¡pero necesito sacudir mi corazón de este peso qeu me abruma, de todo el horror que pesa sobre mis noches sin sueño!...

 

Guardó un breve silencio mientras fumaba el cigarro que Juan le había torcido. Hbría qeurido hablarle, pero ¿qué podría decirle? Las manos de Conaban se escondieron bajo el sobretodo y siguió hablando como si lo hiciera a algún ser invisible.

 

-Me había casado y me sentía feliz. Por vez primera viviía en territorio libre, donde se católico no era agravio mni culpa, donde me sentía al fin como un hombre y tenía un hogar. Conocía a Malvina en el barco en que hice la travesía despues de mi huída de España. Ella era irlandesa tambíen y tenía ese nombre poético que encierra todo un cántico de Osián, así nos conocimos y aprendimos a amar. Sobre todo, jamás dejarnos de ser irlandeses. ella traía un puñado de tierra nuestra que pusimos bajo el primer fuego que encendimos. Un hombre quería fundar en Texas la segunda Irlanda; una mujer llevaba tierra de su aptria como un simbolo y éramos los dos un árbol sin raíces qeu renacería en tierra ajena, y éramos un árbol sin renuevos y sin pájaros, pero erguido bajo el cielo... solamente que Texas no era la tierra prometida, la tierra de nuestra esperanza. Había en ella un germen amargo desconocido para nosotros: la esclavitud. Y a pesar de la tierra y de los hombres, fundamos el Condado de San Patricio y nos amparamos a la bandera de México hasta que nos aniquilaron los apaches.

 

-No sé cómo pude escaparme. Había subido a la azotea  a arreglar el techo qeu goteaba, cuando empezó la incursion. Todavía me parece ver los rostros pintados de siniestros colores, los cuerpos desnudos y ágiles, los penachos de plumas, las lanzas de fuego. Todo fue ta nviolento que me paraliz´´ó el terror. Tuve miedo, Juan, un pánico espantoso ante aquellos que veíia y que era una página que Dante olvidó escribir. Todavía ahora me pregunto cómo pude soportar las tormentas a qeu sujetaron a Malvina, sin exhalar un grito, sin ahcer un movimiento que me delatara. Me sentía de piedra, como si otros ojos que no fueran los mios estuvieran mirando aquella indecible tortura, aquella afrenta a la dignidad humana, aquel atentado al pudor de una mujer... Malvina se defendió todo lo que pudo, pero era débil paracombatir contra dos fieras; la vi volver los ojos buscándome, la oí gritar mi nombre no una, sino muchas veces y la vi caer, y morder y arrancar los cabellos de sus enemigos hasta qeu se fue quedando quieta, aniquilada entre su propia sangre... ¡Oh Dios! -gimió con un grito ronco, inarticulando, como de fiera herida.

 

-Esta es la verdad sobre tu amigo Dennis Conaban, el valiente luchador que dejó al "Empecinado" solo con su muerte en el patíbulo; el que mas tarde careció de coraje para defender los suyo, lo unico que le pertenecía; el qeu no había tenido hasta entonces el valor de morir como hombre o como víctima siquiera. Por eso ahora estoy en México  por una causa justa, aunque toda la vergüenza y el miedo del mundo se acumulen en mi corazón y lo hagan estallar ne pedazos... Yo mismo me desprecio Juan, y sólo con mi conciencia llevo esta carga sin alivio, esta oculta humillacion.

 

Dennis Conaban volvió su mirada y se encontró con los ojos de Juan, que le tendió la mano.

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COMENTEN, :P jeje

quiero hacer una acalracion, pues me voy fijando que Patricia Cox llama a las fuerzas regulares mexicanas como "Ejercito del Norte", y creo qeu esto es erroneo, pues si bien el  Ejercito del Norte (tambien llamado Division del Norte) compuesto aproximadamente por 15 soldados, fueron derrotados en la batalla de Palo Alto a principios de la guerra, despues de la derrota la division del norte se dsiperso y los soldados sobrevivientes se uieron a otras compañías. Así que ya en estas alturas donde los yanquis estaban apunto de entrar a la capital no había ejercto tan organizado como la valietne division del norte, simplemente quedaban la compañia de santaanna, el batallon de san patricio, y algunos del batallon de san blas.------------------------ consulten las memorias de guillermo prieto o el autor de llibro qeu  puse mas abajo en otra anotacion antes de emepzar con el libro para que van que no les miento....

un saludo y COMENTENN ¬¬ porfavor =)

Batallon de San Patricio. Capitulo 14

por Alberto
domingo, 01 de marzo del 2009 a las 11:40

 

Capitulo 14

 

 

El sucio juego

 

De Xalapa a Puebla había partido Scout sin que Santa Anna pudiera detenerle. Todas las disposiciones del general-presidente, los acuerdos tomados por sus ingenieros y ayudantes de campo, eran poco después retirados sin explicación alguna que pudiera justificarlas; esto creaba desorientación y desorden entre los jefes y oficiales del Ejercito del Norte, que comenzaban a retirarse de sus posiciones en Veracruz para replegarse hacia Puebla.

 

El famoso manifiesto de Scout, profusamente publicado, respondía a un hábil plan para dividir al pueblo del gobierno aprovechando las coyunturas que para ello le daba el descontento al general y la discrepancia entre los partidarismos y enconos públicos.

 

Los acontecimientos se desarrollaban con insólita rapidez. Un parte americano avisaba: "Nopalucan, mayo 12 de 1847: el infrascrito general Worth avisa que, obedeciendo ordenes de su superior, el mayor general en jefe del ejercito de la unión en la mañana del 15 que rige, con la fuerza a su mando, tomará posesión militarmente de la ciudad de Puebla".

 

Y de nuevo el turbio juego de Santa Anna de salir a combatir buscando sitio propicio para entablar batalla, y de nuevo su fracaso al convertirse de perseguidor en perseguido. Al llegar a Puebla le recibió el clamor popular pidiéndole armas para combatir al invasor.

 

La entrada de los americanos en Puebla se revistió de solemnidad diplomática al ir el propio general Worth a visitar al obispo, quien devolvió su visita media hora más tarde y fue recibido con los honores correspondientes a un general.

 

El Ejercito del Norte recibía ordenes y contraordenes, marchando por veredas lodosas y arrastrando consigo la maltrecha artillería. En Xalapa se organizaba violentamente el ejecito de oriente, con soldados bisoños, mientras los oficiales juramentados escapaban para presentarse de nuevo en sus filas. Algunos, hechos prisioneros o denunciados por "traidores", fueron pasados por las armas. Los yanquis miraban con despecho la deserción de sus filas que iba a engrosar la de los colorados del San Patricio, cuyo renombre hacía palidecer de cólera a Winfield Scout.

 

Pronto pudo descubrirse que, una vez en Puebla, las tropas mercenarias habían vencido sus contratos y Scout se vio precisado a licenciarlas y devolverlas a los Estados Unidos.

 

Las contraguerrillas del capitan Walter, sin embargo, obraban y saqueaban impunemente los poblados y las haciendas.

 

Durante su estancia en Puebla, Scout realizó una maniobrta que vino a dejar muy mal parado su prestigio militar, al adiestrar reclusos de la penitenciaria en una contraguerrilla de cuatrocientos hombres de la peor ralea, todos ellos convictos de robos y asesinatos. Denominados como la comañía de espías -spy Company- estos sujetos fueron de valiosa utilidad para el invasor, toda vez que le ponían al tanto de los movimientos de las tropas, denunciaban a los oficiales y soldados juramentados y acechaban a las guerrillas. Vestían estos individuos lujosamente el traje de charro con ostentosas botonaduras de plata y las comandaba un tal Domínguez y otro tal Aria, que era un zapatero francés. En esta forma Winfield Scout quiso demostrar             que él también contaba con un cuerpo de voluntarios nacionales, y varias veces hizo comparaciones entre su compañía de espías y los colorados del San Patricio.

 

La noticia no tardó en tener alas y volar hasta los escondites de la sierra veracruzana.

 

La guerrilla de Cayetano Uribe seguía empeñada en sorprender a los de Walter en sus fechorías.

 

-Ya se enseñaremos al general Scout cómo se hacen justicia los mexicanos -había dicho Cayetano.

 

-Malicias de viejo -comentaba con Juvencio, al que comenzaba a querer como a un hijo-. ¡Qué quieres, estos ojos han visto mucho y mi pobre estomago está asqueado de tanta porquería! ¡Qué vergüenza que los hijos vean este mundo que les han heredado sus padres!

 

Juvencio era una criatura extraña, callada y solitaria; se diría que no desaparecía de sus sueños la imagen sacrificada de su padre y se arrimaba al viejo Cayetano que, huraño y adusto, juntaba su soledad con la del mozo.

 

-¿Quién lo diría?..., nunca se habían mirado antes, ni se conocían siquiera -decía Enésimo al verlos tan estrechamente unidos, como padre e hijo.

 

Y en aquel terreno donde se había establecido una guerra a muerte, florecía la amistad.

 

-¡Un hijo de gachupín con uno que había sido enemigo implacable y feroz de los realistas!

 

-Pero eso  fue allá..., hace años. Todavía Juvencio no nacía -explico Cayetano ala irónica frase de enésimo.

 

-No, tampoco nacía la Constancia... y quien te iba a decir los encuentros que da la vida. En tierra extraña, con un hijo de gachupín como hijo tuyo; y tu hija comprometida con un extranjero que no es español. ¿Y crees que vale una guerra todo esto?

 

-¿Y yo qué culpa tengo? El irlandés esta en lo justo. Los pueblos y los hombres tienen su destino.

 

-No somos nosotros los que nacimos odiando -dijo el compadre-. ¡Así nos enseñaron..., nos lo legaron los viejos!

 

-Había esclavitud y labor de sangre, y muy disparejo todo entre el pobre y el rico, pero todos éramos cristianos -respondió Cayetano, luego suspiró son pesar y dijo-: yo creo que ya ni cristianos somos.

 

Se habían establecido en lo alto de un loma, dominando el caserío de Santa Clara abajo, bañando por luz de luna. El centinela vigilaba el camino, el río distante que parecía una ancha cinta de plata. Las luces de las casas se habían apagado y Santa Clara se durmió arrebujada de luna.

 

La gente dormía y Cayetano volvió sus ojos para ver a Juvencio, el pálido rostro sobre el oscuro poncho se destacaba como una medalla, a veces el delgado pecho se elevaba como en un suspiro.

 

-Nunca ha disparado un arma -dijo.

-Espera que la dispare -respondió Enésimo-. ¡Se hará como nosotros!

-¿Y qué somos nosotros, compadre? -preguntó Cayetano.

 

Enésimo guardo silencio. Sus ojos de campesino viejo adivinaban el campo, reconocían las sombras, los ruidos. Cayetano había maliciado algo.

 

-Hay gente al otro lado del río -dijo en voz muy queda-. Despierta a los hombres.

 

Poco a poco se reunieron sin ruido. La aldea dormía confiada y el viejo soldado le velaba el sueño. Ladró un perro cerca del río y pareció que se movieron las ramas de los árboles. Era un parecer no más... pero el perro avisaba la presencia de desconocidos.

 

Montaron rápidamente sobre los caballos, pero permanecieron en silencio, al asecho. Todos estaban listos, anhelantes, espantado el sueño que había pesado sobre sus parpados después de largas noches de vela.

 

De la orilla del río se desprendió un hombre que avanzó cautelosamente. Vestía el traje de chinaco y había dejado el caballo atado de un palo. Atrás de él aparecieron otros, vestidos con el uniforme oscuro de los yanquis.

 

-Debemos caerles..., pero que no nos sientan siquiera -ordenó Cayetano-. Vamos a rodear el caserío y los atrapamos. Tú compadre, te harás cargo de los caballos para impedir la huida. ¡Cada uno un hombre! ¿Entendidos?

 

Le respondieron con una señal.

 

Comenzaron a bajar la cuesta tan callados, que nada turbaba el silencio. El perro dejo de ladrar y las sombras desaparecieron como fantasmas untados a los muros.

 

Se oyó un silbido. A Cayetano le pareció reconocerlo. ¿Dónde, en que parte se lo había escuchado? ¡Suposiciones! -se dijo.

 

Sus hombres rodearon el pueblo. Seguramente Enésimo se acercaba al río para quedarse cuidando los caballos. Si el golpe iba bien, el capitán Walter no volvería a sembrar el terror en poblaciones indefensas, ni se fusilaría más a un inocente.

 

-¡Esta vez las pagas condenado! -dijo Cayetano.

 

A su lado, erguido sobre el caballo, Juvencio murmuró con voz opaca.

 

-Tengo miedo...

 

Cayetano se detuvo un momento y le miró. El hombre desaparecía bajo el rostro aniñado; los ojos grandemente abiertos demostraban su terror, las manos temblaban con las riendas entre los dedos. Cayetano acercó su bestia a la de Juvencio y colocó su mano sobre las del muchacho. Las sintió heladas, le miró a los ojos y dijo en voz baja:

 

-Guárdame el secreto. ¡Yo también tengo miedo!

 

Y lo decía de verdad.

 

Juvencio se enderezó entonces, la luz de la luna le iluminó el rostro pailido que sonreía forzado, como una mueca, tenso los músculos del cuello, seca la boca. Llevó la mano hacia el fusil y lo tomó con extraña resolución. Iban a jugarse el todo por el todo, ¡ al fin para morir nacimos! Y creyó ver tendido sobre el suelo el cuerpo ensangrentado de su padre.

 

Los pobladores del rancho parecían no darse cuenta del peligro que corrían. En el palo de una casa gritó un loro y en los árboles se agitaban los pájaros. Un gallo cantó en un corral..., y después todo se hundió otra vez en silencio.

 

-Dejamos los caballos -ordenó Cayetano apeándose. Ricardo y otros obedecieron-. ¡Que nadie dispare hasta que los tengamos copados!

 

E adelantaron por las calles de tierra suelta.

 

De pronto una sombra azul se adelanto hacia la prefectura del municipio, atrás de ella, otra avanzó para guarecerse en la puerta de la troje del ingenio.

 

Los hombres de Cayetano se parapetaron en la esquina. Juvencio tomó con resolución el arma y paso en tierra la rodilla. Sus ojos distinguían con claridad un bulto oscuro que avanzo de pronto hacia el centro de la calle. La mano infantil apretó el gatillo y reprodujo el disparo. El hombre cayo de bruces, con los brazos abiertos y dando un alarido espantoso. Juvencio sintió que su cuerpo se quedaba sin sangre. Un frió extraño le entro por los dedos y una corriente helada se le fue por el cuerpo, como un rió. Le temblaban las manos y el cuerpo, y tuvo ganas de vomitar; la mano de Cayetano se apoyó en su hombro pero no le reprocho nada, al verlo al verlo tan abatido le limpio el arma.

 

Había desobedecido, y por su causa, los hombres de Walter avisados, iniciaban el tiroteo y hacían a los de Cayetano volver a sus posiciones.

 

Juvencio se recostó contra el muro y le pareció que ardía; la boca seca le sabia a polvo, a sangre, a humo...

 

De la orilla del río llegaron mas hombres que ayudaron a sus compañeros a huir protegiéndoles la fuga. Algunos iban heridos, otros quedaron muertos con la cara sobre la tierra húmeda de las callejas. De las ventanas entornadas se escuchaban gritos, imprecaciones y jaculatorias. La campana comenzó a tocar a rebato. La mañana, como tallada en plata, se asomaba por lo alto de la sierra.

A la incierta claridad, Cayetano reconoció a uno de los fugitivos. El rostro altanero tenia una cicatriz que le marcaba. Se miraron frente a frente durante un segundo..., después un vértigo de fuego le arrastró.

 

-Macario Pacheco, hijo de...- gritó pero la ira le ahogo la voz.

 

Juvencio tenía de nuevo el arma entre las manos y apuntó. Aquel hombre tenía un llamado de infierno, un eco diabólico que había persistido en sus oídos y en sus sueños; era el mismo rostro que había visto el día en que los yanquis asesinaron a su padre..., ¡no podía ser otro! La mano no temblaba, el frió de su sangre iba convirtiéndose en una llama que había de abrasarlo en odio.

 

Y ahora que su mano no temblaba, erró el tiro.

 

Los hombres de Walter desaparecían furtivamente perseguidos por los guerrilleros de Cayetano Uribe que estaban a la orilla del pueblo. La ancha cinta del río ya no era de plata; el agua turbia tenia rastros de sangre y fuego.

 

La troje de Santa Clara estaba ardiendo. La gente abrió sus puertas y los gritos y la confusión arrastraron a Juvencio y a Cayetano hasta el incendio. No había medios para combatirlo. Algunos hombres comenzaban a demoler el grueso muro para ahogar las llamas, otros venían del rió con ramas de árboles para sofocarlo. Nadie había advertido cuando se inicio el siniestro. Las llamas se retorcían y se levantaban sobre los tejados, volaban como diablos y se abrazaban a los techos de las casas, algunas chozas estaban ardiendo en las orillas.

 

Los guerrilleros  soltaron las armas y trataron de ayudar, pero todo era inútil.

 

Al medio DIA, agotados y sudorosos, miraron con tristeza las ruinas calcinadas de la troje. Algunos jacales habían ardido y la gente se reunía en el atrio de la parroquia. Los llantos de los niños y los aullidos de los perros eran un macabro concierto. Las mujeres parecían de piedra, sentadas sobre el piso, cubiertas con los rebozos bajo la ancha sombra de los fresnos. No tenían palabras ni lagrimas. Eran imágenes desamparadas y hurañas bajo el sol.

 

Ricardo había tratado de atender a los heridos, entre ellos había un yanqui con una bala que le había clareado el vientre y que se quejaba dolorosamente. El joven miraba aquel despojo con más lástima que rabia.

 

-Podría matarlo... -se dijo.

 

Pero no lo hizo.

 

Improvisaron unas angarillas y lo levantaron.

 

-¿A dónde lo llevan? -preguntó el comisario.

 

-A donde pueda hablar con alguien que le entienda y nos dé cuenta de todo lo que ha hecho -respondió Cayetano.

 

En algún poblado cercano debería de estar desatada una guerrilla con gente mas letrada que la suya. El padre Jarauta o el padre Martinez..., ellos sabrían lo que debería hacerse.

 

Emprendieron la marcha. El fuego había  chamuscado las ramas de los árboles y el hollín había tiznado los rostros de los hombres. Santa Clara había visto arder sin salvación lo que habría sido el pan y el rescate de los suyos en un momento dado.

 

Enésimo se acerco a ellos. Había perseguido a la contraguerrilla porque creyó reconocer a alguno.

 

Tenía el rostro demudado por la cólera:

 

-¡Yo lo vide compadre!...

-Yo también... -le respondió con voz seca.

 

Una vez  más su corazón no le había engañado.

 

Cayetano marchaba dominado por una confusa sensación de humillación y vergüenza, de odio y despecho contra el mismo por no haberse tomado justicia esa misma tarde en la que Matilde le contara lo ocurrido. Vengado el agravio sufrido por su hija hubiera salvado a su patria de un gusano miserable.

 

Nada podría tranquilizarle, jamás tendría reposo. Esa inquietud sería suficiente para condenar su alma hasta lograr que un día el cuerpo de Macario Pacheco, podrido entre las ramas de cualquier árbol, fuera despojo hediondo de buitres.

 

Le escocían los ojos y llevaba la garganta como plomo ardiendo. Ya había volcado para desahogarse todos os epítetos que conocía y su lengua y su rencor no se saciaban.

 

El odio le zumbaba  en los oídos como la voz del mismo diablo; le apretaba e pecho como sui sus garras estuvieran clavadas en su corazón y en sus entrañas y sentía que su carne se abría como si se la hubieran rajado a latigazos.

 

¡Oh, su odio iinsaciado, su cólera trunca, su ira impotente! ¿Hubiera querido ser como la troje de Santa Clara, una hornaza donde se acrisolara todo hasta consumirse  y perderse en la nada, rescoldo del odio y de la pesadumbre despechada!

 

-¿Oh Dios..., ten piedad de mi! -exclamó mientras por sus curtidas mejillas rodaron dos lagrimas de fuego.. La voz resera gimió impotente: ¿Alíviame de este odio!

Batallon de San Patricio. Capitulo 13

por Alberto
domingo, 01 de marzo del 2009 a las 11:38

 

Capitulo 13

 

Los Polkos

 

Las tropas que pelearon en La Angostura abandonaron San Luis. Eran largas filas de hombres en desbandada, hambrientos y enfermos, a quienes aquella "gloriosa derrota" había enfermado del cuerpo y alma.

 

Los jefes del ejército, disgustados entre sí fueron victimas de la cólera de Santa Anna que culpó a todos del fracaso. El único limpio era él, que había ordenado la retirada.

 

Regresó violentamente a la capital, donde debería resolver grandes conflictos. Desde  Querétaro reañadieron a su comitiva los nombres que por el momento se sentían fuertes contra Gómez Farías, causa de los disturbios.

 

México engalano sus calles y se deshojaron flores al paso de don Antonio; desde los balcones, las damas sonreían al "vencedor"; las campanas de los templos se echaron a vuelo. De pronto, como por arte de magia, La Angostura era triunfo, no una "gloriosa derrota".

 

Para reprimir el descontento, que culminó en rebelión, don Antonio quitó a Gómez Farías la presidencia y con esa providencia se calmaron los ánimos y se logró otro préstamo del clero.

 

La enloquecida ciudad parecía ignorar la dolorosa verdad. Los Polkos, que no habían disparado un solo tiro contra el invasor se convertían en héroes; el Ejercito del Norte, que había sangrado y padecido heridas y miseria, no eran sino hombres derrotados que llegaban a la ciudad ignorantes de su destino.

 

Zacarías Taylor invadía el territorio y en Veracruz, Winfield Scout, jefe de la segunda expedición desembarcó sin que nadie pudiera impedírselo.

 

Tras un intenso bombardeo, los cónsules de varias naciones presentaron bandera blanca y pidieron al invasor que permitiera la salida de la población civil; Scout no admitía tregua: la ciudad, o se rendía incondicionalmente o sería arrasada. Sin ayuda de la capital, dado que la revolución de los Polkos había impedido envío de armas y refuerzos, las tropas derrotadas entregaron sus armas con lágrimas en los ojos, y ante la atónita mirada de la población civil, abandonaron el puerto. Era el 1ª de abril de 1847.

 

Don Antonio había jurado por novena vez la Presidencia, pero urgido por el estado de guerra, dejó el gobierno en manos de don Pedro María Anaya y partió hacia Veracruz "no para repeler la invasión, lo que parece imposible, sino para evitar siquiera que los yanquis entren en México con el arma al brazo".

 

A la aridez de la llanura, siguieron las calidas y feraces tierras.

 

Con desesperación los hombres al mando del ingeniero Robles trataron de fortificar Cerro Gordo, donde el General-Presidente había determinado presentar combate. De nada sirvieron hechos aislados de valor temerario que no pudieron contener el avance. Ciriaco Vázquez y sus hombres cavaron su propia tumba en el Cerro del Telégrafo, árido y escarpado, a un lado de la cañada de Cerro Gordo.

 

"Si el enemigo avanza un paso más, la independencia nacional se hundirá en los abismos del pasado", proclamó don Antonio López de Santa Anna en uno de sus ardientes manifiestos dirigidos a su pueblo.

 

Winfield Scout, en su parte presentado a Washington en el que informaba de su victoria, llamó la atención sobre esta frase y agregó: "Ya hemos dado ese paso".

 

A Cerro Gordo siguió Xalapa, donde una vez ocupada la ciudad, se obligó a las tropas y oficiales mexicanos a juramentarse.

 

El avance de Scout parecía una marcha triunfal, cuando de pronto hicieron su aparición las temibles guerrillas. Eran hombres aguerridos y sin miedo que no daban punto de reposo a los invasores sin que les arredrara lo caluroso del clima, lo escarpado de las cañadas y lo abrupto de las montañas.

 

Tan duras fueron las represalias de las guerrillas que merodeaban por los poblados y caminos por donde vivían o pasaban tropas yanquis, que Scout se vio precisado a dictar un bando por el cual condenaba a todos los municipios a pagar a prorrata "los despojos hechos por los facciosos" y especificaba claramente que cualquier americano muerto sería vengado haciendo rápida justicia.

 

El 11 de mayo Winfield Scout publicó en perfecto castellano un manifiesto en el que avisaba a que sus tropas se ponían en marcha sobre Puebla y expresaba su deseo de paz, al mismo tiempo que decidía seguir la guerra "si no se llegaba a los resultados satisfactorios".

 

"Nosotros -decía el manifiesto- no hemos profanado vuestros templos ni abusado de vuestras mujeres; ni ocupado vuestra propiedad; lo decidimos con orgullo y lo acreditamos con nuestros propios obispos y curas de Tampico, Tuxpan, Matamoros, monterrey, Veracruz y Xalapa; con todos los religiosos y autoridades civiles y vecinos de los pueblos ocupados. Nosotros adoramos al mismo Dios, y gran parte de nuestro ejercito, así como la población de los Estados Unidos, somos católicos, como nosotros; castigaremos el delito donde quiera que le hallemos y premiaremos  el merito y la virtud. El ejercito de los Estados Unidos respeta y respetará siempre la propiedad particular de toda clase y la propiedad de la Iglesia mexicana y ¡desgraciado aquél así no lo hiciese donde nosotros estemos!".

 

La gente de Cayetano Uribe había pasado a Veracruz, donde se le necesitaba. Eran hombres que sabían pelear, cautos y astutos, honrados y cabales bajo la dura mano de su jefe.

 

El manifiesto de Scout circuló profusamente entre la templada gente de las guerrillas, algunas de ellas al mando de sacerdote y curas del clero bajo, que, así como en la independencia, permanecían a lado de su pueblo. La flama del padre Domeco de Jarauta, catalán recién llegado de Cuba y de pintoresca  vida, así como la del cura don José Antonio Martinez había llegado hasta las filas del invasor. Ellos no se contarían entre los curas y los frailes que podían testimoniar "el respeto a la propiedad particular y de la iglesia" que proclamaba Winfield Scout.

 

Los pequeños poblados, las rancherías enclavadas en la sierra, los ingenios y las haciendas, eran refugio seguro para las guerrillas.

 

Cayetano y los suyos escuchaban atentos la lectura que de tal documento les hacía Ricardo Gutiérrez, un muchacho del lugar que se les había añadido y que, para colmar las referencias que pudiera presentar, sabía leer y escribir de corrido.

 

Los hombres escuchaban con rostro sombrío, el arma descansando sobre la tierra suelta de la pulpería de don Juvencio, el gachupín del pueblo que había escapado a la ex'pulsion del 33 que tantas lagrimas costó.

 

Los hombres de la guerrilla escuchaban atentos; la voz de Ricardo podía escucharse sin que la distrajera un movimiento o una exclamación. Algunos hombres del pueblo estaban allí, con el machete colgado al cinto. Eran trabajadores de los ingenios, y sin el arma se sentían desnudos. El machete era medio de vida y defensa de las víboras en los cañaverales. Ricardo levantó la vista y miró a Cayetano que tenía las crispadas las manos en el arma.

 

-... ¡y desgraciado aquél que así no lo hiciere donde nosotros estemos!

 

 

Los hombres se miraron entre si mientras Ricardo continuo la lectura del manifiesto, que mas adelante indicaba "que los Estados Unidos tenían el deber de conservar y proteger al gobierno liberal mexicano establecido bajo la influencia norteamericana" y hacía hincapié en que "nunca podríamos consentir que México se viera así gobernado por un príncipe extranjero".

 

Ricardo doblo la hoja, rodeada del mismo silencio que había reinado en la tienda; sobre el mostrador, las copas habían quedado servidas y nadie las había tocado.

 

-Eso es todo -dijo.

-¿No quieren dejarnos en paz, eh? -Comentó Cayetano que recargo el arma sobre el mostrador-. ¿No hicimos ya la independencia?

 

-Hay algo aquí que no me gusta, compadre... -dijo Onésino tomando su copa entre los dedos.

 

-A mi todo junto no degusta -comentó Cayetano-. Mira que venir a contarnos que respetan la propiedad particular, ¿no es la Republica propiedad de todos nosotros? Y decirnos que son católicos, ¿por qué combaten entonces contra nosotros, que somos católicos? ¡Esto es engaño!, compadre... ¡Mentira! Nada más que mentira, ¡ si lo sabremos nosotros! Jamás el vencedor ha tenido misericordia del vencido. Yo vide a don José María Morelos, que en paz descanse, acuchillar gachupines en los pueblos de la costa brava después que le mataron al cura Matamoros y a Tata Gildo. No era un hombre; era el mismo diablo poseído de furor y de rabia. Y te juro que lloraba con lágrimas que deben de haberle abrazado el alma..., porque era un hombre bueno y devoto y era cura de almas ¡Que no nos cuenten los yanquis que son mejores que don José María!

 

-¿Por qué vamos a creerles no más porque escriben sus cosas en papeles? -comentó Enésimo-. ¡La verdad es otra, la verdad la estamos padeciendo todos nosotros!

 

De pronto se escuchó un tiro aislado y un grito desafiante. Los hombres se miraron y Juvencio se asomó a la puerta. El sol de la mañana iluminaba las calles solitarias de Coatepec aromadas del perfume de los cafetales. Si acaso algún perro vagabundo o alguna gallina hurgaban sobre la tierra suelta.

 

Los hombres ya tenían las armas en las manos, el oído alerta.

 

Un tropel de caballos avanzaba; los jinetes disparaban las armas y gritaban como salvajes.

 

La copa en manos de Enésimo, se rompió sobre la tosca madera del mostrador.

 

La campana de la parroquia tocó a rebato. El tiroteo se generalizó. Cayetano y sus hombres montaron de prisa en sus cabalgaduras y cogieron calle adelante hasta la plaza. La gente huía de  sus hogares para refugiarse en sitio seguro. En el desorden de la cabalgata levantaba en vilo mujeres que se llevaba a las grupas.

 

A la puerta de la parroquia se había congregado la gente que miraba anonadada regados por el suelo los milagros y las joyas de los santos.

 

Algunas casas comenzaron a arder.

 

Cayetano y los suyos, apenas repuestos del asombro, se dieron a correr tras los bandoleros.

 

La persecución fue inútil. Arriba, en la montaña entre la tupida selva de la sierra, se perdieron las huellas, y rumiando su coraje regresaron al pueblo, a la parroquia, pero al pasar por la tienda de Juvencio, lo encontraron asesinado, rodeado de os suyos que lloraban. El hijo mayor tenía las manos cruzadas y miraba el rostro mortalmente pálido de su madre que sollozaba.

 

-¿Los alcanzaron? -preguntó alguien.

 

Cayetano movió la cabeza negando con furia impotente.

 

-Parece que se los trago la tierra. ¡Que alguien nos acompañe, los traeremos y haremos justicia! No necesitamos que los yanquis lo hagan por nosotros.

 

-Iré con ustedes -dijo el hijo de Juvencio, que era un adolescente apenas-. ¡Conozco la cañada!

 

 

La gente se había congregado y todo era confusion y desorden.

 

-Así caen estos malditos -dijo alguien.

-¿Qué gente es?

-Yo alcancé a verlos -dijo el hijo de Juvencio con voz entrecortada-. ¡Eran yanquis!

 

-¿yanquis? ¿Cómo pueden conocer la sierra? -preguntó Cayetano, pensando violentamente en la rápida desaparición de los forajidos en la selva.

 

-No se como pueden conocerla, pero eran yanquis. Los vi, les mire los ojos desteñidos, los oí hablar esa jerigonza que el diablo les entiende.

 

El joven había montado ya y esperaba con una fieradesicion las ordenes de Cayetano.

 

-¿Conoces la sierra? -preguntó enésimo.

-como la palma de mis manos -respondió.

 

La madre parecía no darse cuenta de lo que ocurría, absorta en la sorpresa dolorosa de la muerte de su marido. Sus gemidos se escuchaban entre la voz que llamaba a Juvencio con ternura. De pronto levantó los ojos y miró a su hijo, montando al lado de los guerrilleros.

 

-¿Qué vas a hacer, hijo mío? -le preguntó.

-A buscar a los asesino de mi padre -dijo resuelto.

-¡No, hijo, no! -clamó ella desesperada-. Eres un niño... ¡van a matarte!           

 

-Va con hombres, señora -dijo Cayetano, y mirando al hijo del difunto, su aire resuelto, su rostro pálido con los labios apretados y firmes, añadió-: ¡Es también un hombre, todo un hombre!

 

Se acercó a él y puso su mano brevemente sobre el joven. Una extraña ternura le invadió; pensó en Constancia, en todos los hombres y mujeres jóvenes que Vivian sacudidos por la violencia y el infortunio, pensó que así como en la independencia, era injusto todo lo que ocurría en su propia patria. Le dolía esa juventud atormentada y confusa, como la que había vivido.

 

-Vamos -dijo-. ¡Adelante!

 

Los hombres echaron a caminar por las calles donde ahora solo había gente llorosa y lamentaciones de madres que gemían por las hijas raptadas y por sus hombres heridos o muertos.

 

-Malditos..., malditos... -balbuceaba Enésimo entre cervantescas interjecciones, de pronto se detuvo y preguntó-: ¿Y si fueron bandoleros mexicanos?

 

Ricardo intervino entonces.

 

-Ellos no atacan en esta forma. Caen por sorpresa sobre trojes o haciendas o sobre las conductas y las diligencias... ¡Estoy seguro de que estos eran yanquis! Juvencio tiene razón. Nadie pudo ser sino ellos...

 

Salieron del pueblo callados y sombríos. El camino angosto y húmedo se levantaba como una señal cortada en la montaña.

 

-Han de estar lejos... -dijo Juvencio-, ¡pero por daremos con ellos, como ser hijo de mi padre!

 

-Daremos con ellos, muchacho..., y cobraremos cara la vida de tu padre -exclamó Cayetano. Y se hundieron en un silencio huraño. La selva toda trasudaba peligro. Caminaron todo el día y acamparon al anochecer. Armaron el real al amparo de una cueva en la cañada. Juvencio los llevaba por  atajos escondidos, y los caballos acostumbrados a la llanura, perdían el tanteo del piso. ¡Qué ese mundo al suyo, tendido y ancho bajo el sol!, pensó Cayetano. El fuego del vivac le encendió los ojos ardorosos.

 

-¿Sabe, compadre? -dijo mirando a Enésimo-. ¡Ella es la que me duele..., y todas las mujeres como ella, las que son de carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre1, ¿Por qué hemos de dejar que caigan en malas manos?

 

Enésimo no  respondió. Todavía miraba los ojos del muerto, claros como manantiales de agua con todo el sol bebiéndose la vida, y oía los sollozos de la viuda, y el rebato de las campanas, y os gritos de las mujeres. No pudo más y se levanto como si las brasas le ardieran en la sangre

 

-Mal rayo los parta -dijo.

 

Juvencio había hundido la cabeza entre las rodillas, sentado sobre el piso; parecía mas niño, indefenso casi. Más allá de los hombres comenzaban a echarse sobre el piso, tendiendo los pochos para defenderse de la humedad que transudaban las rocas de la cueva. Abajo, el río daba tumbos y rugía como fiera encadenada. Ricardo atizó el rescoldo y se levanto  la llama.

 

-Y pensar que se nos fueron de las manos -dijo.

-¿Quién iba a saberlo? De pronto creí que era una gavilla, o gente de guerra que entraba a pedir refuerzos. Hasta aquí no había visto antes los pies de un yanqui.

 

Todos guardaron silencio y se miraron; hasta Juvencio levantó el rostro y sus ojos reflejaron el fuego de la hoguera.

 

-Alguien les enseña el camino -dijo.

-Cabal -respondió Enésimo-. ¡Algún traidor esta con ellos!

 

-Pues a dar con él -dijo Cayetano.

-Alguna de tantas veredas debe llevar a su guarida -dijo Juvencio.

 

-No -respondió Ricardo-. Alguita de tantas veredas debe llevarnos a donde caigan, ellos no tienen punto fijo donde dormir, de hacerlo, están en los cuarteles de Scout; más bien creo que siguen el sistema de nuestras guerrillas...

 

-Justo; así debe ser -aclaró Cayetano. Había quedado pensativo. Ricardo tenía razon, guerrillas y contra guerrillas, a las que sin duda alguna se habían unido a las gavillas de merodeadores que asaltaban poblaciones indefensas y saqueaban las trojes de las haciendas. Caro habría de cobrárselo a todos aquellos que estaban convirtiendo Veracruz en una ancha cinta de odio y fuego. Había que llevar un propio con razones para las guerrillas del padre Jarauta y las del padre Martinez, ellos se pondrían en contacto con los hombres de Rebolledo y los de rea. Era necesario ponerles una trampa y hacerlos caer en ella a toda costa. Las guerrillas no eran don Antonio López de Santa Anna.

 

Cayetano relevó al centinela y quedo allí, solitario frente a la noche, abismado en el recuerdo de Constancia. A la hora del alba, se le unieron Enésimo y Ricardo.

 

-No ha dormido nada, jefe... - reprochó cordialmente el joven.

-¿Quién va a dormir? -dijo Cayetano desentumiéndose os brazos y las piernas encogidos-. ¡No me ha dejado el recuerdo de Constancia! ¡Con lo que vide allá abajo, nomás pienso en ella! ¿Por qué no la saque de San Lorenzo y la lleve a un sitio seguro? -se reprochó-. ¡Ahora ya es tarde! No puedo ir hasta allá y me atormenta pensar que algo pueda sucederle...

 

Enésimo replico:

 

-Ella sabe valerse sola, compadre. Bien que lo demostró ya.

 

Cayetano sintió como si le hubieran golpeado la cara con la mano abierta. Todo su odio se le encendió de nuevo, toda su ansia de venganza se le endureció en un momento. Ricardo le miró asustado.

 

-¿Conoces a Macario Pacheco? -preguntó el jefe

-¡Que voy a conocerlo!

-Cabal, pero si algún día se cruza en tu camino avísame. ¡Tengo una cuenta que cobrarle!

 

-Pues se la cobro yo -dijo Ricardo resueltamente.

A ese nadie lo toca -dijo Cayetano enseñando sus manos sobre el rescoldo de la hoguera-. ¡Estas manos han de hacerse justicia!

 

-Ya lo oyeron -dijo Enésimo-. ¡A ese valedor nadie le pone la mano encima!

 

Hervía el café y oían las tortillas calentadas al fuego en las brazas. La mano de Cayetano se apoyo sobre el hombro de Juvencio. Su perfil blanco y pálido se recortaba contra el verde follaje de la selva. El joven le miró a los ojos y los dos se comprendieron.

 

-Tal vez hacemos mal -dijo Cayetano suspirando-.Ya una vez en Palma Sola, una mujer me lo dijo, somos nosotros los que clamamos venganza, no es la guerra. ¡Nos olvidamos de ella para ir tras de lo nuestro, y hacemos mal Juvencio!

 

El muchacho distrajo su mirada en las brasas que pisoteaba la bota de campana del  compadre Enésimo.

 

-¡Menos mal que lo tuyo está comprometido con los yanquis, menos mal que tu podrás tomar desquite contra extraños! Yo tendré que hacerlo contra uno de mi raza.

 

Y escupió con desprecio entre el rescoldo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Batallon de San Patricio. Capitulo 12

por Alberto
martes, 30 de diciembre del 2008 a las 01:24

su falta de comentarios aumentan mi desinteres por seguir escribiendo....

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Capitulo 12

 

Los Colorados

 

El general Romero le miró sin sorpresa. Al principio, cuando comenzaron a presentarse los primeros voluntarios, había abrigado enorme desconfianza. Aquellos hombres a quienes el color de la piel y los cabellos habían dado pie al remoquete con que se les conocía, los colorados, eran gente extraña. Venían de un bando victorioso y en cuyo ejercito cobraban puntualmente sus sueldos y tenían además, la oportunidad de ganarse ascensos y medallas y la gratitud de los Estados Unidos. ¿Qué impulso les llevaba a pasarse a las filas mexicanas?

Cuando el general presidente reconoció a las compañías de San Patricio como miembros oficiales del ejército nacional, había dictado órdenes para que a todo irlandés se le ofrecieran trescientos acres de buena tierra, una cantidad en efectivo y, además, el fusil que se les entregaría, pero esa oferta había sido echa cuando ya existía un buen numero de hombres que formaban dos compañías. Las proclamas fervorosas y patrióticas que se hacía circular profusamente entre ellos haciendo un llamado a su conciencia, habían sido también escritas después de la formación de esos grupos que llevaban mas de seis meses de haber prometido lealtad a México. ¿Podía considerarse que les atraía simplemente una romántica aventura? Las deserciones del invasor eran numerosas, pero no todos abrasaban la causa de México; en ambos bandos se desertabas para aumentar las gavillas de bandoleros que dañaban a las poblaciones civiles tanto o más que la guerra. Lo singular en el caso de los colorados era que sus filas aumentaban mientras mayores eran las victorias del enemigo. Mirando a O'Leary, pensó en aquellos soldados que. Frente a las bayonetas mexicanas, clamaron piedad con rosarios en la mano.

-¿Estuvo en la Angostura? -preguntó secamente.

-No, señor. Cayetano Uribe me recogió gravemente herido en el desfiladero de piñones y me llevo a su casa. Apenas estoy repuesto de las heridas.

-¿Y sabes también que los hombres del San Patricio pelean también con la soga al cuello? El congreso de la unión ha decretado la pena de muerte a todo hombre que sea capturado.

O'Leary lo ignoraba, era natural que así ocurriera. En embargo, los colorados ciertamente no pertenecían al ejercito invasor. Habían sido reclutados y se consideraban engañados, según se lo había relatado Dennis Conahan.

Juan hizo un gesto afirmativo y respondió:

-Lo acepto todo, señor, tal como es.

El general le miró de nuevo, pero esta vez hubo en sus ojos una expresión amable; tocó la campanilla que había sobre su escritorio y se presentó un asistente, mientras Juan firmaba en el libro de registro con su nombre y escribió su nacionalidad. Allí, en la larga lista en la que figuraban en aplastante mayoría los irlandeses, había también nombres alemanes y polacos. ¡Todos arrastrados a la misma suerte!

Dennis estaba esperándole en el claustro, un pequeño conventico luminoso y alegre donde los frailes hospedaban a los soldados, que estaban atareados en reparar calzado, en zurcir algunas ropas y en limpiar las armas. Muchos ojos le siguieron los pasos a lo largo del corredor, otros disimularon su curiosidad, afanándose en su tarea y algunos ni le advirtieron, ocupados en jugar a las cartas o en acompañar una vieja canción que cantaban a coro. Estos eran los heridos, que reposaban sobre el suelo sus cuerpos exhaustos y sus miembros vendados.

-Cuatro mil bajas, entre muertos y heridos -dio Dennis mientras cruzaban por entre los grupos-. ¡La muerte tuvo magnifica cosecha!

En un extremo del corredor, Juan O'Reilly charlaba con sus hombres. Había sido nombrado comandante  del Batallón de San Patricio y  fue el primer voluntario. Hecho prisionero, desde los comienzos de la guerra, por los soldados de Ampudia cuando en marzo de 1846, después de innumeras provocaciones por parte de Taylor a las tropas mexicanas, los invasores lanzaron contra  el fuerte de Santa Isabel. La heroica y desesperada defensa de la población civil que quemó la pólvora e incendió sus casas y se echó al camino con sus criaturas, habían desgarrado el velo del engaño.

No eran bárbaros quienes así defendían su patria y sus hogares; no eran bárbaros aquellas mujeres que ayudaban a sus hombres a evacuar el Fuerte, que había sido un hogar común, un reducto contra la apachería; no podía ser bárbaros una población civil indefensa.

De fácil palabra, Juan O'Reilly había inútilmente tratado de convencer a los soldados mexicanos de la nobleza de sus intenciones, pero cuando a la caída de Matamoros se presentaron cuarenta irlandeses y cuatro esclavos negros "para abrazar voluntariamente la causa de México", los jefes mexicanos comenzaron a creer en la sinceridad de su actitud.

Era el antiguo llamado por la justicia y la libertad que volvía a hablarles en las voces adormecidas de su sangre; era la tristeza de las ciudades incendiadas, la furia del saqueo, la defensa de los débiles en una suicida valentía; era la voz de Dios que se hacía oír sobre las llamas que destruían templos y hogares, la suprema Voz que hablaba todavía mas alto que el estampido de los cañones. Era el eco rebelde, latente siempre en el recuerdo de la isla lejana, escarnecida y humillada. Así fue como los débiles se unieron a los débiles en el sagrado derecho de la libertad. Allí estaba de nuevo la lucha sagrada que ellos creyeron terminada al abandonar su patria y que ahora salía a su paso y aclaraba la mentira y el engaño que los había arrastrado a tan sangrienta e injusta aventura.

Hombres jóvenes y llenos de esperanzas; viejos cansados de guerrear inútilmente, ignorantes y burdos, cristianos al fin de buena cepa que no permitían engaño a su conciencia. ¡¡Era cruel haber sabido en busca de esa tierra prometida y volver a encontrar el ultraje y el despojo de hacerlo suyo nuevamente!

O'Reilly le miró a los ojos, le sonrió y le habló en su lengua. Juan O'Leary sintió que se estremecían las ultimas fibras de sus ser. ¡Qué contrasentido escuchar al otro lado del mundo su propio idioma y tratar su propia gente!

-¿Sabes pelear? -preguntó.

-No he hecho otra cosa en mi vida -respondió.

La niñez campesina y solitaria parecía borrarse en su memoria. Después de todo, Dominick O'Flymm había sido un soldado a carta cabal.

O'Reilly rió, y con el sus compañeros.

-¡Uno más muchachos! ¡Un colorado más para el San Patricio.

Sus palabras fueron seguidas por un grito de triunfo y los que cantaban, que parecían ajenos al tumulto, iniciaron su canto de guerra: La lavandera irlandesa, sin faltar algunos que, sin gaita, iniciaron los bruscos movimientos de una alegre jiga.

-No hay ropa que ofrecerte -dijo O'Reilly señalando los uniformes sucios y desgarrados de sus hombres. Tal vez algún día seamos un cuerpo decente en el ejercito, después de todo tienes una bonita camisa- dijo señalando la de manta, que las propias manos de constancia le habían echo-, y con tu ropa de chinaco bien puedes pasar por guerrillero.

Varios hombres habían rodeado a O'Leary y le hablaban con entusiasmo. Todos querían saber al mismo tiempo cuál era su condado y dónde había guerreado. O'Reilly hizo un ademán de orden y dijo:

-Esta tarde juren bandera los nuevos... -y se volvió particularmente a Juan para decirle-: Vas a oír algo que no habías escuchado antes. Descansa, porque saldremos mañana mismo para México. No hay tiempo que perder, Veracruz está amenazada y la jornada es larga.

Dennis Conaban le llevó afuera, a la plaza del Carmen, donde un sol de oro besaba la dorada cantera de la maravillosa fachada. Juan se recreo los ojos y el espíritu contemplándola.

-Me hubiera gustado conocer este país en sus tiempos de paz -dijo-. ¡Los hombres que labraron estas piedras deben haber sido buenos cristianos!

-Nunca había visto semejante alarde -convino Dennis-. ¿Te acuerdas de España? Yo la siento aquí, pero distinta. Menos austera, menos atormentada, pero no menos piadosa.

Juan no respondió. Le bastaba mirar ese encaje exquisitamente trabajado donde los santos y los ángeles habían echo un paraíso de piedra.

-Nosotros no tenemos iglesias como ésta- dijo.

-San Patricio dijo "que los hombres espirituales nunca pueden perder más que deseando bienes temporales, y hasta un libro es para ellos demasiado si se le quiere inmoderadamente".

O'Leary sonrió. Dennis era muy versado en asuntos religiosos y en la historia de erin, porque había sido hombre de letras formando en uno de los más prósperos monasterios de España.

-Nunca te pregunté en España por qué abandonaste las órdenes religiosas; me gustaría saberlo, pero si no lo deseas, olvida que te lo he preguntado.

Dennis guardo breve silencio y comentó:

-No me importa decírtelo a ti, que lo comprenderías. Tal vez por eso he recordado a San Patricio; si no fue comprendido por Roma en su tiempo, cuando su palabra estaba viva y su ejemplo era como una zarza ardiendo. Sigo creyendo firmemente lo que él dijo: hasta un libro es demasiado si se le quiere inmoderadamente.

Y señaló la grandeza el templo, más hermoso mientras el sol iba resaltando con sombras las armonías de su conjunto.

-Pero la iglesia ha sido almacigo del arte -replicó Juan.

-No lo niego. Gracias a la iglesia se han edificado templos de increíble belleza; en ellos está la Casa del Señor, ¡pero no crees que hay demasiado apego a las cosas terrenas?  Estamos viviendo aquí en México lo que sucede cuando hay inmoderado amor por los bienes temporales! La época de los misioneros, de los evangelizadores, pasó ya desgraciadamente

-¿Y no podrías haber sido tú uno de ellos?

Dennis sonrió con tristeza.

-hay un momento en el que el hombre se mira a si mismo y se tiene lástima. _Su infinita pequeñez se pierde ante la grandeza divina. No es sencillo aspirar a la santidad, y yo soy sólo un hombre cualquiera.

Se levantó como si ya no quisiera hablar más de sí mismo. En la plaza se agrupaban soldados que se disponían a salir. En la Almeda cercana se escuchaba el relinchar de los caballos y los toques de los clarines. Una columna se ponía en marcha. Las noticias recibidas de Veracruz eran alarmantes. México debería disponer de todos sus hombres para esperar al invasor en el nuevo frente de batalla. Tal vez tuviera un poco más de fortuna y lograra rechazarlo definitivamente.

Cuando volvieron al claustro  los hombres esperaban el rancho. Una enorme olla humeaba en el naguan. Los frailes habían compartido no solamente su casa, sino participaban de su comida a las compañías de San Patricio. Era un solo platillo, pero caliente.

Juan pensó una vez más en Constancia, le parecía verla moviéndose libremente por su cocina, atizando l0os leños del hogar, echando las tortillas y moliendo la salsa picante, esa con la que los mexicanos dicen que si no hay salsa no hay comida. ¡que lejos parecía estar ya! Un presentimiento le avisaba que Constancia pertenecería ya sólo a sus recuerdos.

Por la tarde se presentaron los hombres a jurar bandera en la iglesia del Carmen. Un pequeño grupo respondió afirmativamente a la pregunta del sacerdote, después

 Juan O'Reilly les hizo repetir en su propio idioma el juramento que prestaban a la causa:

"Señor Dios Omnipotente: no permitas que me aparte de esta causa que acepto con toda mi voluntad, con todas mis fuerzas y toda mi fe. Ayúdame a respetarla y a sacrificarme por ella en memoria de aquella que hemos dejado más allá del mar; ayúdame también a conservar mi fe en la hora de la adversidad, porque Cristo está más allá de todas las miserias y tu divinidad es dueña del poder y de la gloria. Serás Tú nuestro guía y el sostén en nuestras flaquezas. Así sea".

Era imponente escuchar de nuevo el idioma nativo en las voces de los hombres poseídos de la solemnidad de la promesa jurada. Una intensa emoción turbó el animo de O'Leary arrodillado frente al mágico retablo que adquiría extraños fulgores a la luz de los crios que lo iluminaban. Una sensación de paz y de abandono se adueño de él y un profundo sentimiento de piedad le invadió los sentidos. La mística heredada de los suyos parecía acrecentarse en su corazón en ese templo de  excepcional hermosura. Su mirada absorta se detenía en los detalles de la piedra policromada, se recreaba en el color dorado de la cantera moldeada con amor, como si toda aquella fuera una alabanza al Ser Supremo, y pensó en lo inútil de todas las vanidades humanas, en el vano esfuerzo del hombre por seguir quimeras y sueños que parecen, mientras la obra de manos anónimas perdura en el tiempo. Y comprendió entonces a Dennis Conaban, y sintió la impaciencia humana frente al hombre mismo. Su fatalismo le llevaba irremediablemente hacia un camino inseguro y sombrío. ¿Qué más podía hacer sino aceptarlo ya que no había sido otra cosa que un paria en su patria y en la ajena? ¿Que le había llevado a luchar siempre contra toda esperanza? ¿Dónde, en que lugar estaba la paz, la libertad y la justicia por la que habían combatido por los siglos de los siglos las criaturas que eran hechura de Dios a su imagen y semejanza?

Todos y cada uno de ellos  no eran sino hombres dispersos sobre la tierra; cada uno, una huella de dolor y sacrificio, una esperanza en recomenzar una vida que jamás había comenzado verdaderamente...

Siempre repetir la misma historia, la eterna lucha contra el poderío y la injusticia desde que un hombre se constituyó en verdugo de sus semejantes.

Se reunió a la salida con Dennis, que le esperaba a la puerta de la iglesia.

Había caído la noche y en la ancha plazoleta, alumbraba apenas por hachones de ocote, se podía mirar un cielo limpio iluminado de constelaciones. Los relieves de la fachada desaparecían en las sombras, y todo el encanto se esfumaba y quedaba una masa negra confundida en las tinieblas.

De entre los grupos se oía el rasgueo de una vihuela mientras un guerrillero cantaba. Debería tener intención malicia en la copla, porque un coro derivas festejó al cantante.

¿Cómo podían reír aquellos hombres si habían dejado tras de si un campo de batalla sembrado de cadáveres? ¿Cómo podían cantar si la muerte afilaba su guadaña a sus espaldas?

Juan y Dennis sorprendieron algunas parejas en los rincones. En ellas estaba el amor desesperado y violento; un amor sin mañana.

Una Voz potente y bien timbrada, inició una canción que era un lamento:

¡Ay muerte,

no seas inhumana!

¡Déjame vivir mañana!

 

Se le unieron otras más, que eran ásperas y rudas, pero que se estremecían ante un mañana funesto.

Se escucho el clarín tocando a silencio, y una quietud sofocante y llena de presagios lo llenó todo mientras las campanas dieron el toque de queda.

Fueron apagándose los pasos y las voces. En la plaza sobre el duro piso, tendieron sus jergones los bravos guerrilleros. Frente a la hoguera, los centinelas taladraban con sus ojos las sombras.

Juan O'Leary se sentó y hundió su cabeza en las rodillas. Estaba cansado y triste; una desolada nostalgia de Constancia le abrumaba.  Ahora comprendía cuánto la amaba; en ella estaban reunidos los cariños y esperanzas de toda su vida; aquellos que truncó la adversidad y que solamente fueron una ráfaga de dicha. En ella estaba resumido todo.

A pesar de su tristeza, el sueño comenzó a apoderarse de él y se dejo caer al piso, sin sentir su dureza y su frialdad. Ese túnel oscuro le llevaría al descanso y podría conducirle a sus quimeras, a sus ensueños.

¡De quien es el mañana?

Lo último que alcanzo a ver, fue la figura erguida del centinela, iluminada por la hoguera del vivac. Un hombre que junto a él sorbía una jarra de café, llevaba el pecho descubierto y se alcanzaba a ver el brillo de una medalla. Instintivamente tomo la suya y la tomo entre los dedos.

Deirdre... Constancia... el principio y el fin.

Y se dejo llevar, sin fuerzas ni voluntad, por las veredas del sueño.

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solo comenten y ya, es como una forma de saber qeu leen esto =) sino sabre qeu le estoy enseñando esto al viendo virtual....

Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 11

por Alberto
jueves, 04 de diciembre del 2008 a las 06:09

Capitulo 11

 

La Angostura

 

San Luis Potosí se divisó a lo lejos, apenas una mancha ocre entre el gris desolado de llano. Por el camino ya no había hombres, pero el rastro de su paso estaba sobre la tierra, entre el dolor y las enfermedades. La disentería y el hambre habían echo profundos estragos en el diezmado ejercito.

Muy cerca de la población, Cayetano detuvo su caballo y miró a O'Leary por última vez:

-Todavía es tiempo -le dijo-. Si usted es de los yanquis, vuelva con los suyos y que Dios le perdone.

O'Leary guardó silencio; no dijo verdad ni mentira, simplemente reconoció lo suyo y siguió tras el guerrillero. Había decidido presentarse simplemente al general Francisco J. Romero, que era jefe de la compañía de San Patricio.

Desde las primeras calles se advirtió una ciudad sobre las armas. Hombres con la ropa echa jirones, con las cabezas vendadas con sucios trapos, con los brazos colgando en cabestrillos improvisados con rasgones de uniformes, con los rostros demacrados por la fiebre y la disentería, con las manos temblorosas por la debilidad y el hambre; hombres que habían sostenido una tremenda batalla "con una ración de tasajo y de tortillas" y con tres noches de marchas forzadas, sin reponer la fatiga ni el hambre, hombres que vieron en La Angostura temblar a los yanquis ante su empuje pidiendo clemencia arrodillados, con los rosarios y los escapularios en las manos gritando que eran católicos..., ¡lo recordaron entonces cuando vieron la muerte centellear en las puntas de las bayonetas! Y volvieron a olvidarlo cuando Santa Anna se negó a firmar el armisticio.

San Luis había respondido heroica y desinteresadamente al llamado del general presidente. Sacrificó sus bodegas y sus cosechas para el ejercito y dio sin tasa todo lo que tenía en las arcas particulares; allí se acuñó moneda y se hizo el vestuario que requería ese ejercito echo al amor de la patria y de la libertad..., y ahora recibía con los brazos abiertos a los hombres víctimas de la "gloriosa derrota de La Angostura".

La ciudad era toda cuartel y hospital de sangre.

Cayetano y O'Leary caminaban  despacio, mirando anonadados los restos del glorioso Ejercito del Norte.

Enésimo García apareció en una esquina y su ancha y ruda sonrisa fue un saludo breve, que se ensombreció al acercarse a Cayetano. Venía a caballo, como buen guerrillero.

-Ya comenzaron a salir de la ciudad las tropas que pueden hacerlo. Los heridos y los enfermos tenerse en pie, irán saliendo poco a poco. ¡Hay revolución en la capital!

Cayetano se demudó al escuchar aquella noticia.

-¿Revolución? -dijo-, ¿no basta lo que tenemos ya? ¿Quién la encabeza?

-Gómez Pedraza contra Gómez Farías, con dinero del clero. Hay pena de excomunión para todo el que compre bienes que pertenecen a los conventos...

-¿Y que gente está pelando?

-Los Polkos..., son los señoriítos de la sociedad. Dicen que los cuarteles son ferias...

-Pero los Polkos no son soldados... -dijo Cayetano incrédulo-. ¡Esto ya es demasiado!

-Pero es la verdad -respondió su compadre-. Hay revolución en la capital, mientras los yanquis han sitiado Veracruz...

Cayetano guardó un silencio pesado y sombrío. Volvió la vista para encontrar a O'Leary quien había escuchado asombrado hasta la incredulidad las tristes noticias. Luego los ojos del guerrillero adquirieron un fulgor siniestro y alzó la fusta; el caballo, encabritado, levantó el cuerpo y pateó al vacío mientras Cayetano gritó:

-¡Así vamos a ganar la guerra, hijos...!-y soltó el cervantesco vocablo.

Enésimo y O'LEary miraron aquella cólera impotente, aquel furor aplastado por la adversidad.

De pronto, un grito asombrado y alegre llamo un nombre:

-¡Juan O'Leary, Juan O'Leary!

Sus ojos descubrieron a Dennis Conaban que avanzaba hacia el caballo, los brazos en alto, la risa aflorando sobre el rostro como un destello.

-Dennis Conaban... -exclamó mientras se apeaba y abría los brazos.

Era el mismo dennos de muchos años atrás; el mismo con el que compartiera desde la niñez largas horas de juegos y esperanzas.

Cayetano modificó su expresión de cólera. Uno de los hombres del San Patricio había reconocido a su extranjero, luego entonces, podía haberse equivocado en las duras palabras con que le  había hablado al llegar a San Luis.

Ya no podía pensar serenamente, estaba excitado y furioso, pero su cólera iba más contra los suyos que contra los extraños. Si se perdía la guerra, la culpa sería de los malos mexicanos que no parecían percatarse de la enorme tragedia que aplastaba a sus hermanos por todo el norte del país. Con la amenaza de Veracruz sería más grave el conflicto y menos hombres a defenderla..., ¿estaban locos o eran tan perversos que no podían abrir los ojos a la realidad?

O'Leary y su amigo se habían trabado en una animada charla en su "bárbaro idioma".El compadre Enésimo y Cayetano se miraron entre extrañados y conformes.

-Habíamos pensado mal, compadre, Dios nos perdone -dijo Enésimo-. Después de todo, el extranjero estaba con nosotros...

Cayetano se encogió de hombros y repuso:

-Ya no sé nada..., estoy aturdido con todo lo que pasa. Nosotros podemos salir enseguida.

-No con tanta prisa -repuso Enésimo-. Eso mismo le dije a mi teniente coronel Cruz y me dijo que había que esperar.

-¿Esperar que?

-¡Sabe!... -dijo Enésimo encogiendo sus anchos hombros.

O'Leary y su amigo volvieron hacia ellos. Juan tendió su mano a Cayetano que la estrecho entre las suyas fuertemente...

Cayetano sintió el impulso de abrirle los brazos y estrecharlos contra si, pero era hombre poco efusivo y se contento con decirle:

-Gracias, O'Leary..., y perdóneme.

-Perdóneme usted a mí -respondió Juan-. Pero no lo dijo por qué. ¡Nos encontraremos algún día, en alguna parte y volveremos juntos!

-Dios lo quiera -repuso el guerrillero.

Juan puso en sus manos la brida del caballo y se despidió de Enésimo que, conmovido, exclamo:

-Quien dice adiós se muere, vale. ¡Somos muy machos para morirnos! ¡Todavía tenemos que enseñarle a los malditos yanquis quienes somos! ¡La Angostura no fue todo! -sonreía con una expresión melancólica que trataba de ser aguerrida.

¡La Angostura no fue todo!, ¡no! Era apenas una derrota entre muchas otras, todas victoriosas y llenas de gloria y de llanto, de despecho y de impotencia. Eso era La Angostura....

Un irlandés más en las compañías de San Patricio no causaría sorpresa alguna.

El extraño fenómeno de semejanza parecía arrastrarlos hacia los débiles, hacia os derrotados. Los  desertores de las filas americanas aumentaban increíblemente el número de los colorados del San Patricio.

Circulaban profusamente las proclamas patrióticas escritas en correcto inglés y firmadas por Guillermo Prieto, Fernando Ramírez y Luis Martines de Castro, en las que se hacía a los irlandeses un patético llamado a sus principios religiosos y morales, poniéndolos al tanto de la verdadera situación de México con respecto a sus invasores.

Aquellos hombres, que en su inmensa mayoría habían salido de su patria huyendo de la injusticia, y que buscaban en Estados Unidos el "paraíso prometido", habían, sido villanamente engañados al arrastrarlos a la guerra. La Verde Erin, así como México, eran pueblos débiles y víctimas del sajón. Esta semejanza era hábilmente aprovechada por los escritores mexicanos, que llamaban a una puerta cuyo resorte no era difícil de hallar. La situación de México, hasta en sus problemas internos, era tan parecida a la de Irlanda que podía comparársela perfectamente.

Desde 1823 Irlanda había vuelto sus ojos hacia México y diez mil familias solicitaron del gobierno autorización para colonizar la provincia de Texas, ya en disputa con los supuestos limites con la Florida, pero México estaba hundido en tremendas dificultades partidarias y no se respondió a ese llamado, sino que se favoreció a los planes de Esteban F. Austin, que tenía el designio de hacer de Texas parte de la Unión Americana, y no cejaría en su empeño, afirmando que sus colonos eran perseguidos en los Estados Unidos por ser católicos.

Algunas familias irlandesas habían fundado el condado de San Patricio que un día fue aniquilado por los indios apaches, que no dejaron de sus hogares piedra sobre piedra. Ya para entonces don Lorenzo de Zavala, Esteban F. Austin y Samuel Houston tenía decidida la independencia de Texas y habían resuelto seguir sosteniendo la esclavitud, abolida en México, como país independiente.

El hambre de 1846 provocada por la perdida de cosecha de papas, arrastró a Texas buena cantidad de inmigrantes irlandeses, esos sí, católicos perseguidos a quienes Estados Unidos prometía "la tierra de libertad"; apenas desembarcados tuvieron noticia de la supuesta agresión de México hacia la naciente republica de Texas cuya independencia no estaba ciertamente reconocida por el gobierno mexicano, ya que el Congreso no aceptaba la cobarde firma de don Antonio López de Santa Anna en los arreglos de San Jacinto.

Muchos colonos continuaban fieles a México mientras una mayoría esclavista obedecía los intereses de don Lorenzo de Zavala y del Congreso de la Unión y estaban por la guerra.

Las razones expuestas por el gobierno americano fueron tan convincentes que muchos irlandeses creyeron de buena fe que tomaban las armas para combatir a los bárbaros del sur, nombre que se dio a  la apachería.

Dennos Conaban había sido de los colonos fundadores del condado de San Patricio y estaba más o menos enterado de los sucesos de la historia, así que puso sobre antecedentes a su recién encontrado amigo.

Para ambos, Irlanda parecía ahora muy lejana, pero habrían de encontrarla revivida a cada paso en el vasto territorio invadido mexicano y ensangrentado. La misma pobreza, la lucha con el miedo hostil siempre al campesino, la inicua explotación, el acendrado sentimiento religioso del que se hacía bandera por la libertad y los derechos humanos y hasta ese cierto desprecio ante la muerte que un cantar mexicano resumía en una frase:

"Si me han de matar mañana

que me maten de una vez..."

 

Los dos amigos habían visto retirarse a Cayetano Uribe y al compadre Enésimo García. Ellos eran como muchos hombres en el mundo, luchadores incansables de un ideal que parecía cada vez mas lejano, casi inalcanzable. Ellos no equivocaban sus sentimientos y su bandera, sino que eran leales a sí mismos y al suelo que los vio nacer. No comprenderían tal vez en su totalidad la tragedia de los inmigrantes, forzados a buscarse una patria que el déspota había echo imposible para ellos; el arraigo a la tierra era tan vital a la sangre de sus venas.

Los extranjeros caminaron lentamente por las angostas calles empedradas que estaban sucias y maltratadas por el paso de hombres y caballos; los adoquines habían soltado bajo el peso de la artillería, y en puertas y ventanas se miraban rostros anonadados, incrédulos ante el pavor de lo ocurrido en poblados ocupados por el invasor.

Niños y perros ambulaban por las calles en busca de limosnas; algunas mujeres esperaban pacientemente ante la puerta de La Lonja para adquirir un poco de maíz y la fortuna de unos granos de fríjol. San Luis, que había abierto sus bodegas para llenar de provisiones al ejército, padecía de hambre por su generosidad. Al fortalecer la ciudad, muchos huertos habían desaparecido y los campos, tan raquíticos de por sí, permanecían ociosos. No había manos para trabajarlos, y las conductas que podían llegar de la Huasteca, lo hacían por caminos y veredas extraviadas, dado que Tampico estaba ya en poder del invasor.

-¡Habernos encontrado aquí! -exclamó dennos pasando su brazo por sobre los hombros de O'Leary. Se detuvo un momento y añadió-: ¡Me costo trabajo reconocerte, después de tantos años, y metido en esas fachas... -Su sonrisa no era burlesca, pero difícilmente podía dominarla ante aquel traje armado sobre la elevada estatura de su amigo.

-Me vistieron con lo que pudieron -dijo Juan a modo de explicación, dejando caer los brazos a lo largo del cuerpo.

-No necesitas decirlo..., ya lo veo. ¿Quiénes son ellos?

-Cayetano Uribe...

Dennos Conaban hizo u gesto de sorpresa.

-¿El guerrillero? ¡No haber sabido quien era!

-¿Lo conoces?

-Sé quien es, no hay en el norte quien no conozca el nombre de Cayetano Uribe... es muy mentado, dijo en español.

-Pues a él le debo la vida..., y también mi felicidad, si llega el día en que acabe esta maldita guerra y yo pueda volver a San Lorenzo...

Dennos rió escandalosamente y algunos rostros se volvieron a verlo con reojo. Dominó su ruidosa alegría y volvió a pasar su brazo sobre los hombros de Juan mientras decía:

-¡La hija de Cayetano Uribe..., la Constancia!..., ¡quien lo hubiera dicho!

-¿La conoces?

-¿Quién no va a conocerla entre la gente? ¡Son muchos quienes deben a sus cuidados contarse entre los vivos!..., dime cómo es ella...

-Demasiado joven..., demasiado hermosa.

-Y tú..., enamorado como un bobo.

-Enamorado a mis años, ¡ha de parecer ridículo! Pero así es. El hombre no puede dejar de amar y ya he vivido una eterna búsqueda del amor -dijo Juan con gravedad.

-Has vivido una eterna búsqueda de la mujer, diría yo.

-Tal vez. Yo mismo traté de librarme de esa adorable criatura. Una vez estuve dispuesto a echarme al llano y no volver a verla nunca ni saber de ella. ¡Es absurdo, puede ser mi hija!

-Para el amor no hay edades, Juan. Todos los hombres llevan íntimamente un anhelo. Encontrarlo es una fortuna que no todos tienen. Tú has sido afortunado, ¡desde nuestra lejana juventud te admiré por eso!

-¿Admiraste mi desgracia?

-La envidié... Deirdre era la mujer que te correspondía y que te arrebataron todos esos absurdos que urden las sociedades... ¡Diferencia de clases! ¿De dónde salieron ellos, Juan? ¿No fueron hombres que por malas artes se adueñaron del destino de los pueblos? ¿De dónde el poder y la gloria, la riqueza y la nobleza?

Juan se sobresaltó al escuchar aquellas palabras.

-Anarquista..., ¿o demagogo?

Dennos movió la cabeza con gesto dubitativo.

-Cuando se vive como nosotros, al azar del viento, sin raíz ni esperanza, se miran muchas cosas que no pudieron verse antes, porque la juventud persigue ideales y la vida va desahogándolos hasta dejarlo a uno desnudo, ¡entonces se piensa!

-Peor tú aprendiste en una gran escuela, en un seminario famoso.

-Y tú aprendiste, como yo también, en la vida, que es la mejor maestra... Sólo sé algo de cierto, Juan. ¡Que el hombre con toda su carga de amarguras y esperanzas, de ilusiones y desengaños, no es sino una sombra que pasa y que el tiempo borra! No somos sino un grano de arena en la inmensidad del desierto. Nuestro destino está señalado desde que nuestra madre nos engendró, y no podemos escapar de él.

Guardó silencio y se detuvo. Señalando a Juan un ancho portal abierto sobre el que flameaba el pabellón tricolor.

-Pasa -le dijo-. Ahora vas a firmar tu suerte con tu destino.

Y sonrió enigmático, como si aquellas palabras fueran una sentencia.

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Dejen comentarios porfavor =), y diganme que tal les esta pareciendo este libro.

Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 10

por Alberto
miércoles, 03 de diciembre del 2008 a las 05:22

Capitulo 10

 

¡Se han ido!

 

Nadie los había sentido partir. La madrugada estaba aún lejana y las estrellas parecían bajas, luminosas y limpias por el frío del alba.

Juan O'Leary y Cayetano Uribe detuvieron un momento los caballos para volver la vista atrás, hasta distinguir el rancho de San Lorenzo, perdido en el llano como una isla en el plateado mar de luna. Una estrella fugaz desprendiese del firmamento y trazó en el cielo su cábala misteriosa. O'Leary se santiguió con un ligero estremecimiento. Los irlandeses creen que esas estrellas son almas que se alejan de la tierra.

Iban cabizbajos, absortos, pensando ambos en que aquella despedida podía ser la última.

Constancia sabía que se marcharían sin despedir; así acostumbraba hacerlo su padre APRA ahorrarse ese dolor inútil y, a pesar de eso, cuánto hubiera dado Juan O'Leary por tenerla una vez más entre sus brazos, por sentir el olor de sus cabellos y la frescura de sus labios. ¡Qué largos parecerían de ahora en adelante las tardes, y qué triste el despertar sin escuchar el reclamo de la tórtola con el que Constancia acostumbraba  llamarle siempre.

Cayetano pensaba mucho recordando la larga y continúa lucha vivida, las traiciones y los turbios engaños. Por traición murieron Hidalgo y Morelos: por traición cayeron también Iturbide y Guerrero. ¡Qué sucia intriga para tan triste muerte! ¡Y qué duro vivir en esa lucha sin cuartel y sin esperanza!

Detuvo un momento su cabalgadura y volvió la vista atrás. Juan O'Leary hizo lo mismo. Ambos miraron la llanura solitaria como un desierto regado con sal.

Ellos, que eran arrojados en el sufrimiento, habían huído  acobardados ante el adiós de una despedida. En sus ojos había un brillos húmedo que secaba el resol y la distancia. Y Juan recordó aquella canción de Constancia:

Yo ya me voy,

sólo vengo a despedirme.

Adiós mujer,

adiós para siempre, adiós...

 

La jornada era larga y penosa hasta San Luis Potosí, donde se reunirían las tropas  derrotadas en La Angostura, hombres que arrastraban armas, heridos, impedimenta casi inutilizada. Más adelante encontrarían sin duda restos del Ejercito del Norte, se unirían a ellos, y desde ese momento su soledad sería una entre muchas, y su dolor fuego en la misma llama.

Rocas desnudas que olían a fuego y a muerte. Frío húmedo que castigaba las carnes rendidas por el hambre y la fatiga, y la lluvia implacable que caía por la noche empapando hombres, armas y parque. Las tropas habían sacado el alma de coraje necesario para repeler a Taylor, y pelearon con furia hasta dejarlo de espaldas a la pared. El San Patricio ya figuraba oficialmente reconocido por Santa Anna en el ejercito mexicano. Cayetano los vio pelear como tigres embravecidos; sus gritos enardecieron a los mexicanos cuando se cobró al enemigo la primera pieza de artillería, que resultó ser uno de los cañones perdidos en Monterrey  El Obispado. Allí se convenció Cayetano Uribe que había echo bien en rescatar un soldado para su causa, es decir, rescatarlo no era la palabra: ganarlo, pero ahora su hija complicaba las cosas enamorándose de un extranjero.

Acamparon noche cerrada en una choza improvisada. Era necesario descansar u nrato y reponer las fuerzas quebrantadas. Habían recogido en el camino armamento abandonado y las bestias que ya no podían más.

Desensillaron y refrescaron a los caballos y después prendieron una fogata y calentaron esa humildísima comida que cabía en las cantinas de la cabalgadura y que tenía que durar para varios días. Cayetano ofreció a O'Leary un poco de tabaco; que era un pretexto para recomenzar una charla interrumpida por pensamientos sombríos.

-¿Podremos salvarnos, irlandés? -preguntó de pronto Cayetano. Torcía entre sus dedos el cigarrillo de hoja para llevarlo a los labios y levantó la vista para ver el rostro de Juan iluminado por el fuego.

-Lo único que nos salva es la fé, Cayetano Uribe.

-¿En quien hemos de creer, si todos nos traicionan?

-En Dios..., en nosotros mismos.

-¡Yo creo que por nuestra maldades Dios nos ha olvidado!

-Somos nosotros quienes nos olvidamos de Él -respondió O'Leary.

Cayetano no contesto; se echó sobre las espaldas y miró el cielo, que se asomaba por el techo destruido de la cabaña. Luego, como si confiaba algo que pasaba sobre su conciencia, dijo con voz queda, tan callada que apenas pudo escucharla el irlandés.

-¿Sabe? ¡Yo estuve excomulgado!

Juan pareció no escucharle, porque no respondió. Cayetano entonces se incorporó y se apoyó sobre su brazo mientras preguntó.

-¿Oyó lo que dije?

-Si. Lo oí perfectamente pero no ha dicho por qué.

-Todos los insurgentes lo estuvimos, fue lastimarnos donde mas nos dolía. Yo vi a Morelos, al hombre de hierro de don José María llorar como una criatura cuando la inquisición leyó su excomunión acusándolo de hereje... ¡Y no había hombre mas piadoso, hombre que hubiera sido más devoto de la Virgen María! ¡Es terrible saber que se esta luchando fuera de la iglesia..., es como pensar que se está contra ella, contra Dios mismo! ¡Y yo, desde entonces, no me paro en la iglesia..., pero sigo creyendo, sigo poniéndome en las manos de Dios! A alguien tenía yo que decirle esto ¡ por su muero! He vivido ya el infierno -su voz pareció ahogarse, luego volvió a echarse sobre la espalda y a mirar el cielo.

O'Leary entonces pareció hablar consigo mismo. No era una respuesta a Cayetano Uribe, era un recuerdo de sus propias penas y conflictos espirituales.

-Fue el Papa Adriano IV quien decidió entregar Erin a los ingleses. La cedió a Enrique II para castigar ala rebeldía de los irlandeses sobre ciertos asuntos que yo creo no merecían tan severo castigo. Eran fervores de un pueblo acendradamente piadoso. De este modo, un pueblo débil y rebelde quedó uncido por bula papal al carro triunfante de Roma y de Inglaterra. Vino después la reforma protestante y bajo Enrique VIII, bajo los Tudores, Irlanda sufrió su mas riguroso castigo, y siguió siendo católica y creyente; y sigue siéndolo a pesar de que sus sacerdotes-caudillos han desaparecido. Ahora llevan una política de "par a cualquier precio, a toda costa", con tal de que no se les moleste pero los hay, también, que siguen llevando en sus sangre la herencia de la lucha por la libertad, y ellos, como los de aquí que usted menciono, no se arredran ante el martirio. Es un calvario que debe llegar hasta su cruz, una y cien veces, porque no debemos de juzgar al sacerdocio por el hombre...

Cayetano, como era natural, no tenía idea de aquel asunto, es más, ni siquiera imaginaba que en otros pueblos las flaquezas humanas fueran semejantes.

-No olvidaré sus palabras, Juan O'Leary..., no las olvidaré cuando la confusión que se avecina  esté a punto de tambalear una y otra vez mi lastimado sentimiento religioso. Me ha hecho un gran bien hablándome como lo hizo... -tendió su mano por sobre los rescoldos y Juan se la estrecho con calor.

-Los hombres, como los pueblos, tienen su destino... ¿Por qué habría yo de venir hasta aquí, y en esta soledad, en esta tragedia, encontrar mi felicidad?

Y fue entonces cuando el irlandés, en lo profundo de su alma, hizo suya la bandera donde el águila abría sus alas, mientras la serpiente se arrastraba abajo emponzoñándolo todo.

Sobre el blog

ALberto

Bienvenidos a este blog, un espacio que espero sea de su agrado, en donde se habla de todo un poco y que ahora se recuerda al heroico Batallon de San Patricio.
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"... Y tú, grupo marcial, querido grupo,
¡ramo de adelfas de la verde Irlanda,
hijos de San Patricio!, que con sangre
quisisteis bautizaros mexicanos;
alma de O'Conell, nuestra santa causa
era digna de ti ..."
(Guillermo Prieto)
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