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	<title><![CDATA[ALberto]]></title>
	<link>http://cuatronaciones.obolog.com</link>
	<description>Bienvenidos a este blog, un espacio que espero sea de su agrado, en donde se habla de todo un poco y que ahora se recuerda al heroico Batallon de San Patricio.------------------------------------------------------
"... Y tú, grupo marcial, querido grupo,¡ramo de adelfas de la verde Irlanda,hijos de San Patricio!, que con sangrequisisteis bautizaros mexicanos;alma de O'Conell, nuestra santa causaera digna de ti ..."(Guillermo Prieto)-----------------------------
-----------------------------Participa en este test para descubrir que tipo de Dragon te corresponde.
¿Y yo que Dragon soy ?
 </description>
	<language>es-es</language>
	<pubDate>Mon, 23 Nov 2009 21:13:40 +0100</pubDate>
	<lastBuildDate>Mon, 23 Nov 2009 21:13:40 +0100</lastBuildDate>
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		<title><![CDATA[ALberto]]></title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com</link>
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	<item>
		<title>Batallon de San Patricio. Capitulo 17</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-17-329577</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p style="text-align: left;">Hola, aqu&iacute; les dejo el capitulo numero 17 de este libro, espero que lo disfruten y recuerden que los capitulos anteriores pueden encontrarlos mas abajito en este blog, saludos y comenten.</p>
<p style="text-align: center;">-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">Capitulo XVII</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">El ultimo reducto</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>La ciudad estaba sobre las armas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En los caf&eacute;s y las almuercer&iacute;as, en el Coliseo, en los portales y en los atrios no se hac&iacute;a otra cosa que discutir sobre la guerra. Por vez primera, la ciudad bulliciosa y alegre recib&iacute;a el tremendo impacto de aquella b&aacute;rbara invasi&oacute;n.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En las plazuelas y en las calles se adiestraban los polkos que formaban la Guardia Nacional. Aquellos regimientos reun&iacute;an todas las clases sociales en la poblaci&oacute;n &nbsp;y respond&iacute;an a nombres de los h&eacute;roes de la independencia: Victoria, Mina, Bravos, Independencia, Hidalgo, eran cuerpos adiestrados y biso&ntilde;os que solo conoc&iacute;an de la guerra aquella revoluci&oacute;n que hicieron contra G&oacute;mez Far&iacute;as y en defensa de los bienes del clero.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por vez primera se hac&iacute;a recuerdo de las fuerzas nacionales.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Por qu&eacute; desertores? &ndash;pregunt&oacute; Connaban una ma&ntilde;ana en el amplio del cuartel de San Juan Teotihuac&aacute;n al que hab&iacute;an sido confinados-. &iexcl;Se nos engancho con enga&ntilde;o y adem&aacute;s no somos yanquis! Estamos aqu&iacute; una vez m&aacute;s peleando por la libertad, exactamente igual que pelear&iacute;amos si hubiera sido posible vivir en Irlanda o en Espa&ntilde;a.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;C&oacute;mo podr&aacute; un irland&eacute;s, un cristiano, adoptar bandera tal? &ndash;pregunt&oacute; a sus compa&ntilde;eros Connaban-. Estas tierras son de M&eacute;xico y jam&aacute;s deber&aacute;n ser cuna de esclavitud.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Y la independencia de Texas? &ndash;respondi&oacute; uno.</p>
<p>-&iquest;Cu&aacute;l independencia? A Texas, la solitaria y orgullosa estrella, la devor&oacute; la poderosa rep&uacute;blica de los Estados Unidos. &iexcl;Ten&iacute;a sus d&iacute;as contados desde que se apart&oacute; de su leg&iacute;tima madre!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Y los apaches?</p>
<p>-Otro enga&ntilde;o que fue se&ntilde;uelo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Dennis guard&oacute; un momento de silencio y los mir&oacute; a todos desde su peque&ntilde;o sitial, los brazos cruzados sobre el pecho, despu&eacute;s que pase&oacute; sus ojos sobre aquellos rostros expectantes, macilentos y sucios, pregunt&oacute;:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Por qu&eacute; est&aacute;n ustedes aqu&iacute;?</p>
<p>-Porque es igual que en Erie &ndash;respondi&oacute; uno.</p>
<p>-Hubieras dejado de ser Irland&eacute;s de no haberlo echo.</p>
<p>-Pero hay muchos todav&iacute;a del otro lado.</p>
<p>Muchos est&aacute;n ciegos y sordos a su conciencia, a su propia convicci&oacute;n de hombres libres y de cristianos. Dios ilumin&oacute; nuestros ojos a tiempo y nos hizo ver el camino justo.</p>
<p>-Pero perderemos la guerra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tal vez. No siempre es la justicia la que esta al lado del d&eacute;bil, pero dejaremos constancia de nuestro paso en estas tierras, aqu&iacute; escribiremos con sangre nuestros nombres, aqu&iacute; hondeara nuestra bandera y el nombre de San Patricio ser&aacute; venerado. Seremos, nosotros mismos libres para resolver nuestro destino.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Resultaba amarga aquella libertad que s&oacute;lo pod&iacute;a elegir de una vez y para siempre una anticipada derrota.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los pol&iacute;ticos continuaban sus intrigas partidaristas, los prestamistas hac&iacute;an su agosto felicitando al gobierno dinero con r&eacute;ditos alt&iacute;simos y todo era anarqu&iacute;a y demagogia, palabras huercas que no conduc&iacute;an sino al desastre.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Las enardecidas rencillas entre los generales Santa Anna y valencia dar&iacute;an el nefasto fruto que arrastr&oacute; al pa&iacute;s a una sangrienta, injusta y dolorosa mutilaci&oacute;n.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por las calles de la ciudad corr&iacute;a el rumor de que era el propio Santa Anna quien propon&iacute;a a Scott durante unos tratados secretos que, &ldquo;para conseguir una paz honrosa&rdquo; avanzara hacia la capital, cosa que pondr&iacute;a en el pueblo la consiguiente alarma, mucho mas efectiva si el ejercito americano atacaba y hac&iacute;a suyas las fortificaciones. Seg&uacute;n Santa Anna, trat&oacute; de comprobar m&aacute;s tarde, sus intenciones hab&iacute;an sido las de atraer al enemigo y presentarle el combate final.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Parec&iacute;a que su plan, puramente defensivo, estaba bien estudiado y que, de realizarse, pod&iacute;a coronar los esfuerzos de los mexicanos, pero el tiempo demostr&oacute; lo contrario al seguir los jefes sus propios y particulares enconos y al desbaratar al propio Santa Anna, como siempre, sin previo aviso, su plan defensivo original.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El 7 de agosto en el &aacute;rido Cerro del Pe&ntilde;&oacute;n&nbsp; se abander&oacute; a las tropas en una conmovedora ceremonia. El Batall&oacute;n de San Patricio recibi&oacute; su insignia blanca, con el arpa de Er&iacute;n y el escudo de M&eacute;xico y el nombre de su capit&aacute;n bordado en verde. Desde ese momento se esperaba solamente el tr&aacute;gico aviso de que el enemigo avanzaba sobre el camino de puebla.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Las calzadas se llenaron de gente que hu&iacute;a buscando refugio en los pueblecitos aleda&ntilde;os a la capital. En aquella desesperada hora se multiplicaban los horrores de la guerra y la angustia empujaba con prisa a los capitalinos, que no quer&iacute;an ver las calles de su ciudad pisadas por la bota del invasor.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La defensa, por medio de una l&iacute;nea de fortificaciones, parec&iacute;a invulnerable. Sin embargo, estudi&aacute;ndola sobre los planos, el general Gabriel Valencia se&ntilde;al&oacute; el punto d&eacute;bil de la Hacienda de Padierna. Santa Anna sostuvo que el sitio era indefendible y Valencia insisti&oacute; en defenderlo por su cuenta. Ambos, enemistados por cuestiones&nbsp; pol&iacute;ticas, estaban dispuestos a no ceder. Santa Anna no perdonar&iacute;a jam&aacute;s a Valencia su pretensi&oacute;n de ocupar la Presidencia de la Rep&uacute;blica y se hicieron de palabras. El general-presidente se&ntilde;al&oacute; como traidor a Valencia y lo dejo que cargara con la culpa que le correspond&iacute;a al empe&ntilde;arse al defender Padierna.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El 9 de agosto la campana mayor de &nbsp;Catedral toc&oacute;</p>
<p>&nbsp;A rebato y son&oacute; el primer ca&ntilde;onazo avisando a los habitantes de la capital que la hora decisiva hab&iacute;a llegado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Se movilizaron de sus posiciones las aguerridas tropas del Ejercito del Norte hacia Padierna. Santa Anna mordiendo su rabia y su despecho ante tal desobediencia, se dedico a jugar a las cartas del destino de la naci&oacute;n y sus incondicionales le siguieron a San &Aacute;ngel.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El ejercito enemigo, despu&eacute;s de un largo rodeo, encontr&oacute; precisamente el punto d&eacute;bil previsto por el general Valencia. La artiller&iacute;a enemiga amenaz&oacute; la Hacienda de Padierna.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Noche tras noche los soldados mexicanos hab&iacute;an soportado la lluvia inclemente. Se hab&iacute;an resignado a esperar una furiosa embestida pero abrigaban la esperanza de que don Antonio no los abandonar&iacute;a en el momento decisivo. Muy clara estaba la comprobaci&oacute;n a las suposiciones de Valencia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los hombres del San Patricio hab&iacute;an medido cabalmente las consecuencias que acarrear&iacute;a un abandono que ser&iacute;a mortal no solamente para ellos, sino para el pa&iacute;s entero; aquellos largos d&iacute;as de espera, aquellas noches eternas sin sue&ntilde;o ni reposo hab&iacute;an quebrantado las &uacute;ltimas murallas de su fortaleza moral. &iexcl;Al fin para morir nacimos!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y era la muerte que acechaba sus pasos, la que hab&iacute;a cegado muchas vidas desde Matamoros hasta&nbsp; Padierna.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El 19 de agosto el enemigo&nbsp; abri&oacute; el fuego y le respondi&oacute; una defensa valerosa y denodada. Las tropas de Scott, sorprendidas ante el rechazo, tuvieron que replegarse y se organizaron de nueva cuenta. El punto d&eacute;bil resist&iacute;a tan bravamente que Winfield Scott vio en peligro su campa&ntilde;a en M&eacute;xico. Otro rechazo y se ver&iacute;a obligado a retroceder sin lograr nunca esa paz honorable cuyo precio todav&iacute;a se resist&iacute;an a aceptare los desordenados y hambrientos mexicanos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Padierna estaba a punto de convertirse en una tenaza trituradora, en una trampa mortal. En lo alto del lomer&iacute;o las tropas del general P&eacute;rez dispuestas al ataque, y a sus espaldas, las l&iacute;neas fortificadas que la ciudad prepar&oacute; para su defensa. Un empuje m&aacute;s y el orgulloso invasor tendr&iacute;a que volver las espaldas para siempre.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La muralla de Padierna, muralla de soldados que sab&iacute;an pelar, estrellaba las ambiciones pol&iacute;ticas de Scott y las territoriales del partido esclavista. Los codiciados territorios de M&eacute;xico se le escapaban de las manos y quedar&iacute;an perdidos si Santa Anna no interven&iacute;a favorablemente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La madrugada del 20, Valencia pidi&oacute; refuerzos. Las tropas miraron con angustia la retirada de la caballer&iacute;a que comandaba el general P&eacute;rez, y Santa Anna orden&oacute; que Valencia abandonara el punto y fuera hacia San &Aacute;ngel por caminos ocultos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Gabriel Valencia apret&oacute; las manos con furia. &iexcl;Se le abandonaba a su suerte! Pero ahora no era solamente el destino de un rival pol&iacute;tico&hellip;, era el destino de la patria.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;-&iexcl;Resistiremos!... &ndash;fue la orden.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los hombres conoc&iacute;an cabalmente el significado de aquella palabra. Hab&iacute;a sido la misma que tras amargos d&iacute;as de lucha dejo Monterrey en poder de Zacar&iacute;as Taylor.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Muy temprano en las lomas don Antonio montado en su caballo blanco. Desde all&iacute;, sus ojos se recrearon contemplando la desesperaci&oacute;n de las tropas, dignas de mejor suerte; su esp&iacute;ritu perverso y mezquino hab&iacute;a determinado su mal&eacute;volo prop&oacute;sito: &ldquo;Entre la derrota del invasor y la derrota de su enemigo, prefiri&oacute; la derrota de Valencia&rdquo;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Volvi&oacute; la espalda. El lomer&iacute;o qued&oacute; limpio de tropas y limpio de esperanzas y la anhelada victoria se coron&oacute; en derrota, como en la Angostura.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Esto es la muerte! &ndash;grit&oacute; Dennis Conaban.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entre el humo y la p&oacute;lvora, entre la desesperaci&oacute;n y la furia, los hombres lucharon como leones. Ya no era la batalla por la libertad, ni por la justicia: era la defensa de la vida propia, la angustiosa desesperaci&oacute;n ante una presentida venganza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Sin refuerzos y sin parque, el Ejercito del Norte se vio rechazado y copado. Una compa&ntilde;&iacute;a del San Patricio qued&oacute; envuelta por el enemigo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ya ondeaba en las lomas de Padierna el pabell&oacute;n invasor.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Valencia huy&oacute; con los suyos a Cuautitlan; el Ejercito del Norte, ya sin jefe, se dispers&oacute;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;A Churubusco&hellip; a Churubusco! Era el grito que sal&iacute;a de todas las gargantas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una avalancha humana se dej&oacute; caer hacia los muros asilados del convento de San Diego; las casuchas y las tierras pantanosas que lo rodeaban se vieron de pronto sacudidas por le fragor del combate. Los ca&ntilde;ones del invasor arrasaban la retaguardia y el Ejercito del Norte llevaba a rastras a sus heridos. Con ellos ven&iacute;a la otra compa&ntilde;&iacute;a del San Patricio. Palmo a palmo del terreno&nbsp; se rego con sangre de valientes. El Celaya, que hab&iacute;a enarbolado nuevamente el Pabell&oacute;n tricolor arriando el de las barras y las estrellas en Padierna en un acto de gallardo desaf&iacute;o y los Piquetes de Tlapa, formados por espa&ntilde;oles, acudieron en defensa del convento convertido en fortaleza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Churubusco se encontraba defendido por los Polkos del Independencia y del Bravos al mando de don Manuel Rinc&oacute;n y don Pedro Mar&iacute;a Anaya a quienes Santa Anna les hab&iacute;a dejado dos ca&ntilde;ones.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los colorados del San Patricio se parapetaron en el puente. A un tiro de piedra se ve&iacute;an los blancos muros envueltos en el humo de la p&oacute;lvora y la llovizna.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Adentro, en el convento, se descubri&oacute; con rabia que las cajas de parque no eran sino cartuchos de salva y los pocos &uacute;tiles eran de otro calibre que los soldados mord&iacute;an con desesperaci&oacute;n para introducirlos en sus fusiles. Ya sin parque Pe&ntilde;u&ntilde;uri dio la orden:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;A bayoneta!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los defensores fueron repleg&aacute;ndose hacia el convento, cuando de pronto se hizo un extra&ntilde;o y f&uacute;nebre silencio pre&ntilde;ado de impotencia y desolaci&oacute;n.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El enemigo quedo desconcertado y el capit&aacute;n Smith iz&oacute; la bandera blanca y atraves&oacute; el campo mortal. Penetr&oacute; en el convento por el boquete abierto por un estallido de la p&oacute;lvora y se sorprendi&oacute; al ver en el patio a las tropas de pie&nbsp; con las armas en descanso; sus jefes ten&iacute;an las manos y el rostro quemados por la p&oacute;lvora. El comandante del San Patricio miraba ondear en la torre su blanco Pabell&oacute;n. El y los suyos hab&iacute;an cumplido su deber de hombres libres.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Un alarido salvaje cort&oacute; los aires; era un grito altanero y desafiante mientras una carga de caballer&iacute;a cruzaba el campo; eran hombres vestidos de charro que llevaban en el sombrero l&ntilde;a infamante cinta roja que dec&iacute;a spy company.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La contraguerrilla poblana hizo caer la puerta de Churubusco.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tres irlandeses fuera del convento se bat&iacute;an a bayoneta calada. El solo echo de ver a aquellos despreciables sujetos manejar el arma contra sus hermanos era suficiente para mantener ardiendo la llama del coraje y del desprecio ante la vida. Hubo un momento en que la contraguerrilla dio el frente a sus atacantes y de entre el humo y el estruendo de la caballer&iacute;a, un hombre, insolentado de s&iacute; mismo, avanz&oacute; gritando mientras bat&iacute;a el machete:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;&Aacute;branla&hellip;, hijos de la ma&ntilde;ana, que aqu&iacute; viene Macario Pacheco!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Aquel maldito hombre tuvo un m&aacute;gico poder sobre Juan O&rsquo;Leary que avanzo resuelto hasta encontrar a su adversario; atr&aacute;s de el, Tom&aacute;s McCaffrey le segu&iacute;a con el arma dispuesta. El pelo rojo al aire, el rostro&nbsp; cubierto de lodo, la ropa desgarrada, el fusil sin carga y la mirada llena de rabia les hac&iacute;an blanco seguro, pero no dieron un paso atr&aacute;s, llevados por el ansia de aniquilar a aquel despreciable sujeto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Era tan resuelta y denodada la actitud de aquellos hombres, que varios de la contraguerrilla se hicieron atr&aacute;s. De caer en manos de sus enemigos, su suerte estaba echada, y ellos no eran h&eacute;roes.</p>
<p>Adentro, en el convento, las tropas invasoras trataban de &ldquo;hacerse justicia&rdquo; en los miserables convictos que formaban el Batall&oacute;n de San Patricio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&iexcl;Colgarlos all&iacute; mismo, sin proceso, sin juicio, atendidos a la sola raz&oacute;n de un triunfo conseguido sobre toda justicia para ellos y que el vencedor desquitar&iacute;a en su carne doliente y humillada los imaginarios agravios que un pueblo d&eacute;bil y exhausto como M&eacute;xico no les hab&iacute;a causado! En ellos, en sus pobres cuerpos fatigados y rendidos, la soberbia del fuerte se cobrar&iacute;a la eterna rebeld&iacute;a del oprimido.</p>
<p>Al mediod&iacute;a Churubusco arri&oacute; el Pabell&oacute;n tricolor desgarrado por el fuego, el infortunio y las pasiones. El ultimo Pabell&oacute;n que descendi&oacute; fue el blanco del San Patricio, donde las manos campesinas dibujaron el arpa de Er&iacute;n y el &aacute;guila de M&eacute;xico.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una lluvia menudita empap&oacute; la tierra y resbal&oacute; sobre los muros. En los ojos de los prisioneros no hab&iacute;a siquiera el consuelo del llanto; muy adentro, el alma sollozaba silenciosa, amargamente, entregada a su implacable infortunio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Muy alta, el &aacute;guila mexicana plegaba sus alas a la herida de muerte.</p>
<p>&nbsp;</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-17-329577" title="Batallon de San Patricio. Capitulo 17">Batallon de San Patricio. Capitulo 17</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
			</p>
			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>batallon de san patricio</category>
				<category>guerra mexico vs estados unidos</category>
				<category>irladneses</category>
				<category>irlanda</category>
				<category>patricia cox</category>
				<comments>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-17-329577#formulario</comments>
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		<pubDate>Sat, 05 Sep 2009 03:15:00 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San Patricio. Capitulo 16</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-16-329144</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p align="center">Capitulo XVI</p>
<p align="center">La corona Negra.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>Las mulas se atascaban en los lodazales atrasando la pesada artiller&iacute;a; los hombres, bajo el bochorno del sol o empapados por la lluvia, hac&iacute;an la marcha con grandes esfeurzos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Solo en Irlanda llueve as&iacute;! &ndash;dijo Conaban.</p>
<p>-S&oacute;lo en Irlanda hay tanta miseria y tanta injusticia &ndash;responi&oacute; Juan.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Atr&aacute;s de ellos, Tom&aacute;s McCaffry coment&oacute;:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Y en Espa&ntilde;a&hellip;, no hay injusticia, ni pobreza ni c&aacute;rceles?&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>O&rsquo;Leary solt&oacute; una maldici&oacute;n. Una de las bestias hab&iacute;a ca&iacute;do, hiz&oacute; esfuerzos por levantarse y luego, al castigo del arriero, qued&oacute; agotada, de panza en el lodo, sacudiendose aveces en el espasmo de su agon&iacute;a. O&rsquo;Leary detuvo el brazo del hombre que iba asestar un nuevo golpe.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Dejala morir en paz &ndash;exclam&oacute;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El arriero se seco el sudor y baj&oacute; el latigo, se encogi&oacute; de hombros y escupio con desprecio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Parecen se&ntilde;oritas! &ndash;dijo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los colorados no le presondieron. Desengancharon a la pobre bestia y desviaron a su compa&ntilde;era. Algunos hombres se metieron a empujar&nbsp; el vagon mientras otros tiraban de &eacute;l. Ya nadie se quejaba ni maldec&iacute;a, uno tras otro los carros y los ca&ntilde;ones se hund&iacute;an y el empuje de todos los hombres los rescataban de los atascaderos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Debe haber norte&hellip;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp; O&rsquo;Leary levant&oacute; sus ojos y mir&oacute; el cielo sucio, la monta&ntilde;a oculta por los jirones de nubes, el camino cubierto por la niebla,&nbsp; y a&ntilde;or&oacute; la llanura &aacute;spera y seca, y como removido por su propia angustia, el recuerdo de Constancia, de sus ojos, de su voz ll&aacute;mandole con el arrullo de la tortola.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y sigu&oacute; la marcha hundiendose en el lodo y el despecho. &iexcl;Maldita guerra!...</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Al atardecer rindieron la jornada. Hombres y bestias estaban agotados, rendidos por la fatiga&nbsp; rodearon la fogata. El olor de la carne asada despert&oacute; el apetito y algunos arrieros&nbsp; se les unieron para compartirles&nbsp; un trago de licro que calentara a los miembors entumecidos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Salud, colorado&hellip; -los ojos ten&iacute;an reidora malicia y fraternal amistad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Slanta igo moch &ndash;respondi&oacute; O&rsquo;Leary en ga&eacute;lico.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El arriero solt&oacute; la risa y empin&oacute; el jarro hasta acabarlo, luego se limpi&oacute; las manos con el dorso de la mano y se acerc&oacute; al fuego. Levant&oacute; los ojos. Por los desgarrones de lasn ubes parec&iacute;an luceros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Va a levantar &ndash;dijo-. Llegar&aacute;n a M&eacute;xico con buen tiempo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Dios te oiga compadre &ndash;dijo McCaffry.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Algunos hombres tend&iacute;an los jergones y se echaban a dormir: otros sacaron las cartas para jugar un rato, algunos se contaban chistes y su risa sonaba ruidosa, pero no alegre. Poco a poco el sue&ntilde;o se fue adue&ntilde;ando de todos; las bestias permanec&iacute;an quietas, apartadas, hechas un pu&ntilde;o para calentarse y tal vez para aliviar esa extra&ntilde;a tensi&oacute;n del miedo que se sent&iacute;a como algo presente que pudiera tocarse como algo vivo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;No fuiste vos el extranjero que llevaron al rancho de San Lorenzo los hombres de Cayetano Uribe?</p>
<p>-Si&hellip;, era yo &ndash;respondi&oacute; con voz quebrada por la emoci&oacute;n.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Quien iba a decirlo! &ndash;dijo mientras lo observaba con curiosidad-. &iexcl;Hubiera jurado que no se salvaba!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>O&rsquo;Leary sonri&oacute; con desgano. Las palabras ven&iacute;an a ser casi un cumplido. Le interesaba ahora charlar, le era grato hacerlo con quien conoc&iacute;a a personas lo un&iacute;an firmes lazos de gratitud y cari&ntilde;o. Seguramente no ten&iacute;a que forzar a su compa&ntilde;ero, porque este ya se dispon&iacute;a a decir todo lo que quisiera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Diablo de viejo..., hace a&ntilde;os que nos conocemos!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La difunta era una mujer preciosa&hellip;, igualita a la Constancia, s&oacute;lo que esta es m&aacute;s echa, m&aacute;s mujer. &iexcl;Buena gente todos ellos, hasta la pobre Matilde!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>O&rsquo;Leary coment&oacute;:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Ayer apenas nos vimos en San Mart&iacute;n.</p>
<p>-Tambi&eacute;n yo lo vi. Se vuelve a Veracruz. Se le ha metido entre ceja y ceja acorralar a Walker, que tantas vidas esta costando&hellip;,&nbsp; &iexcl;y pobre de Macario si le pone la mano encima!</p>
<p>-&iquest;Qui&eacute;n es Macario? &ndash;pregunt&oacute; O&rsquo;Leary extra&ntilde;ado nuevamente ante ese nombre que nada le dec&iacute;a particularmente, pero que parec&iacute;a significar mucho para los guerrilleros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;No sabes vos quien es Macario Pacheco? &ndash;el viejo arriero parec&iacute;a asombrado-. &iexcl;Haber vivido en San Lorenzo y no saberlo!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-No no lo s&eacute;&hellip;, pero usted puede dec&iacute;rmelo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El arriero atiz&oacute; las brasas y levant&oacute; los ojos para ver a O&rsquo;Leary que comenzaba a impacientarse.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Macario hab&iacute;a pedido en matrimonio a la Constancia&hellip;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>O&rsquo;Leary sinti&oacute; que el coraz&oacute;n&nbsp; le daba vuelos, pero trat&oacute; de parecer indiferente; el arriero baj&oacute; la mirada otra vez a los le&ntilde;os que comenzaban a arder y a&ntilde;adi&oacute;:</p>
<p>-Tienen mala fama los Pacheco, pero son ricos y el muchacho es galano. Cualquier mujer hubiera dado el s&iacute; alocadamente y sin pensarlo, pero la Constancia dijo que nones, y tan cerca como su padre, nadie la sac&oacute; de su contesta; y ya sabe usted de lo que es capaz un despechado. Una noche, ya empezada la guerra, hasta creo que usted ya estaba all&iacute; m&aacute;s muerto que vivo, el tal Macario lleg&oacute; a San Lorenzo y quiso hacer violencia en la muchacha&hellip;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>O&rsquo;Leary&nbsp; cerr&oacute; los ojos como si del rescoldo se hubiera levantado una llamarada; segu&iacute;a oyendo las palabras como si vinieran de adentro de su sangre.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Pero la Constancia es brava y se defendi&oacute; como un demonio. Con un atizador le dio un diablazo y lo dej&oacute; marcado. &iexcl;Qui&eacute;n sabe cuantas atrocidades hicieron en la cocina: rompieron la olla del agua, echaron la mesa patas arriba y quebraron toditos los trastes! Cuando lleg&oacute; la Matilde que estaba en la troje con algunos hombres heridos, el Macario hab&iacute;a huido dejando un rastro de sangre. Nadie pudo alcanzarlo, nadie meti&oacute; las manos siquiera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>O&rsquo;Leary se levant&oacute; para caminar algunos pasos. Hasta ahora comprend&iacute;a cabalmente lo que significaba Macario Pacheco para todos ellos, hasta para &eacute;l mismo. El arriero lo mir&oacute; de hito en hito.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;No lo supiste vos? &ndash;pregunt&oacute;.</p>
<p>-No supe nada &ndash;respondi&oacute; seco y cortante. El arriero volvi&oacute; el rostro al fuego y se entretuvo haciendo crepitar los le&ntilde;os. O&rsquo;Leary se acerc&oacute; hasta &eacute;l y arrodill&aacute;ndose a su lado le urgi&oacute;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Y que pas&oacute; despu&eacute;s?</p>
<p>- El Macario se escurri&oacute; de las manos como el mismo diablo. Nadie supo m&aacute;s de &eacute;l hasta que ya en Veracruz, un d&iacute;a, Cayetano se dio a maliciar que alg&uacute;n cochino traidor ense&ntilde;aba a los yanquis de Walker las veredas para caer a los poblados o sobre los escondites de las guerrillas y se dio a seguirle los pasos con cautela. En Santa Clara ya los ten&iacute;a en las manos, si no hubiera sido porque Juvencio, el gachupincito que es una criatura sin experiencia, disparo el arma y se sembr&oacute; la confusi&oacute;n. Y all&iacute;, cara a cara se vieron Cayetano Uribe y el Macario Pacheco&hellip;, &iquest;para que preguntar m&aacute;s?</p>
<p>-Malhaya&hellip; -exclam&oacute; O&rsquo;Leary apretando los pu&ntilde;os-. &iquest;Por qu&eacute; Cayetano Uribe no lo mat&oacute; antes cuando el quiso abusar de Constancia?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-El arriero le mir&oacute; sorprendido; parec&iacute;a extra&ntilde;a aquella actitud del colorado, irritada y anhelante.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Por qu&eacute;? &iexcl;Dios sabe!</p>
<p>-&iquest;Y por qu&eacute; no lo mat&oacute; all&iacute;, en Santa Clara?</p>
<p>-Porque a Macario parece que lo protege el diablo&hellip; -respondi&oacute; el arriero santigu&aacute;ndose-. Y lo que es peor: parece que Walker se lo mand&oacute; a Scott bien recomendado para que lo ponga en la lista de la contraguerrilla poblana. &iexcl;Buena guerra van a darnos estos&hellip;! &ndash;y solt&oacute; la injuria con reprimida c&oacute;lera-. &iexcl;De todos ellos no dejar&iacute;a uno sin la soga al cuello!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-No son hombres&hellip; -dijo, como si de pronto toda su c&oacute;lera se ahogara en una rabia sorda, turbia, que le mordiera el alma a tarascadas furiosas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El arriero se levant&oacute; tambi&eacute;n; el ra&iacute;do poncho roz&oacute; la tierra h&uacute;meda.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Cualquier desconfianza es poca &ndash;murmur&oacute;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El aullido del coyote se escuch&oacute; a lo lejos como un lamento, una lechuza cant&oacute; en la rama y un coro de grillos salmodi&oacute; un De profundis.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Hay que reposar un rato&hellip;, la jornada de ma&ntilde;ana es ya la &uacute;ltima&hellip;, y yo me vuelvo &ndash;dijo el arriero.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-No tengo sue&ntilde;o, gracias. Yo velar&eacute; el resto de la noche; no despierte al centinela en turno&hellip; -dijo Juan.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Poco rato despu&eacute;s. O&rsquo;Leary estaba solo, tan solo que sinti&oacute; frio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Es el relente &ndash; se dijo removiendo la hoguera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero era un frio intenso y desolado. Le invad&iacute;a una sensaci&oacute;n de disgusto, le irritaba que Constancia no hubiera mencionado aquel desagradable incidente y&nbsp; le molestaba haberlo sabido por otra boca y tan lejos de ella.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Era esa hora pesada en la que la noche empieza a ceder su paso al d&iacute;a y toda la desconsolaci&oacute;n de los seres abandonados aplasta sobre su esp&iacute;ritu; es la hora de los insomnios y las pesadillas. Muy lejana, una tormenta rasgaba el vientre de las nubes y pon&iacute;a en el cielo extra&ntilde;os reflejos azules y vibrantes. Un retumbo, y la tormenta desgajada bajaba por la sierra, tempestuosa y desencadenada. &iquest;Qu&eacute; har&iacute;a Constancia a esa hora? Tal vez saliera al portal y mirara a lo lejos, en su eterna&nbsp; espera. Quer&iacute;a encontrarla en su coraz&oacute;n, porque sent&iacute;a que la ausencia comenzaba a desdibujarle el rostro amado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;-&iquest;Por qu&eacute; nunca me dijo nada? &ndash;se preguntaba una y otra vez para responderse como los hombres de las llanuras lo hac&iacute;an siempre: &iexcl;Sabe!... Y le parec&iacute;a sentir sobre su pecho en la tierra de Constancia mientras encerraba toda su pesadumbre en unas cuantas palabras.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-se ha ido&hellip;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y pens&oacute; que &eacute;l tampoco hab&iacute;a dicho a Constancia&nbsp; nada de su atormentada juventud, ni hab&iacute;a mencionado siquiera el nombre de Deirdre, ni le hab&iacute;a hablado de aquella hija a la que no conoc&iacute;a, ni hab&iacute;a dicho tampoco que cuando el destino le puso entre sus manos, &eacute;l no era de los colorados del San Patricio. &iexcl;Y ella empez&oacute; a amarme por ellos! &ndash;se dijo-. &iexcl;Qu&eacute; de extra&ntilde;o ten&iacute;a entonces que hubiera guardado silencio sobre algo que la humillaba y sobre un hombre al que no amaba!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Muy altas, las nubes del amanecer tomaban tintes met&aacute;licos y palidec&iacute;an los luceros en la aurora; lenta y siniestra giraba arriba de las cumbres la negra corona de los buitres.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los hombres comenzaban a desperezarse y O&acute;Leary, de cara hacia la aurora, permanec&iacute;a absorto en sus pensamientos. De pronto, alguien grit&oacute; con voz apretada de horror:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Miren&hellip; all&iacute;!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Bajo el &aacute;rbol se balanceaba el cuerpo de un ahorcado. Su horripilante aspecto causaba miedo y asco.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Cuando dije que aqu&iacute; penaban las &aacute;nimas benditas&hellip;! &ndash;dijo el arriero, persign&aacute;ndose.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Haber velado sin ver al difunto! &ndash;dijo otro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Se apresuraron los arreos, tiraron con&nbsp; prisa de las bestias y ensillaron los caballos bajo el espectro de aquella pesadilla que el viento mov&iacute;a en horribles contorsiones.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Lo bajaremos &ndash;dijo O&rsquo;Leary.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los hombres le miraron asistiendo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Hoy por &eacute;l &ndash;dijo uno- para que alguien entierre a nosotros tambi&eacute;n ma&ntilde;ana, si nos toca la de perder&hellip;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Un fornido joven subi&oacute; a la rama y brazos potentes recibieron el cuerpo. El rostro tumefacto y los ojos saltados eran horrorosos, la lengua colgante ten&iacute;a estr&iacute;as de sangre. O&rsquo;Leary le ech&oacute; un pa&ntilde;uelo sobre el rostro y se arrodill&oacute;. Los dem&aacute;s le imitaron rezaron una breve oraci&oacute;n por el difunto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En un momento qued&oacute; cavada la sepultura y el cuerpo bajo la tierra envuelta en un ra&iacute;do capote. Las ramas de un &aacute;rbol le hicieron la cruz, atada con una correa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-En paz descanse&hellip; -dijo el arriero santigu&aacute;ndose.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Qui&eacute;n ser&iacute;a?..., &iquest;qu&eacute; habr&iacute;a echo? &iquest;fue justicia o venganza? &ndash;pegunt&oacute; el viejo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>O&rsquo;Leary se encogi&oacute; los hombros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Hay alguna diferencia? &ndash;pregunt&oacute;. El fin es s&oacute;lo un monton de tierra y el olvido despu&eacute;s&hellip;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El arriero le tendi&oacute; la mano dici&eacute;ndole:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Adi&oacute;s colorado. Si no volvemos a vernos en esta vida, sabe que me llamo Remigio Salazar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Adi&oacute;s&hellip;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Las manos rudas se separaron; los hombres tambi&eacute;n. La guerrilla volvi&oacute; grupas y emprendi&oacute; el camino monte arriba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>O&acute;Leary mir&oacute; hacia la tierra reci&eacute;n removida por &uacute;ltima vez.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hab&iacute;a velado el sue&ntilde;o sin sue&ntilde;os de un desconocido. &iexcl;cuantos como &eacute;l habr&iacute;a por los caminos de M&eacute;xico, cu&aacute;ntos m&aacute;s sobre las tierras de Irlanda!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y el hombre sue&ntilde;a en la justicia, en el amor y en la paz y vive debati&eacute;ndose entre el odio y la ambici&oacute;n: y todo acaba en un pu&ntilde;ado de tierra, de ceniza triste. El justo y el pecador, el que ama y el que odia tienen se&ntilde;alado el &uacute;nico camino al que no han de escapar jam&aacute;s. &iquest;De qu&eacute; vientre de mujer ha nacido el hombre que no ha de morir nunca?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Oh Dios &ndash;se dijo-, si tan solo por un momento el hombre midiera la magnitud de su maldad, si por un momento pensara que el fin de uno es el mismo fin de todos, no destruir&iacute;a su propia vida ni la de su pr&oacute;jimo. Pero nadie piensa en la muerte, ni siquiera aquellos que la llevan a la espalda y que de tanto llevarla la olvidan.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ya los hombres bajaban la cuesta arreando las bestias. El sol era tibio y la ma&ntilde;ana azul. La corona negra revoloteaba en busca de su presa y abajo el rio golpeaba contra las rocas profundas de la ca&ntilde;ada. M&aacute;s all&aacute;, el camino de herradura y los toques de los clarines y caballos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>O&rsquo;Leary volvi&oacute; la mirada a la monta&ntilde;a. No hab&iacute;a ya guerrilleros y en ninguna rama se deten&iacute;a la muerte. Trepando, el camino se perd&iacute;a en la sierra como una herida.</p>
<p>&nbsp;</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-16-329144" title="Batallon de San Patricio. Capitulo 16">Batallon de San Patricio. Capitulo 16</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
			</p>
			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>batallon de san patricio</category>
				<category>guerra</category>
				<category>irlanda</category>
				<category>mexico</category>
				<category>mexico vs usa</category>
				<category>mexicoy irlanda</category>
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		<pubDate>Fri, 04 Sep 2009 11:40:00 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San Patricio. Capitulo 15</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-15-212833</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p style="text-align: center;">Capitulo 15</p>
<p style="text-align: center;">Las contraguerrillas</p>
<p style="text-align: center;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Hab&iacute;a sido inutil para don Pedro Mar&iacute;a Anaya convencer a don Antonio de la utilidad de un ataque a Winfield Scott en Puebla. Santa Anna hab&iacute;a dispuesto fortificar la ciudad de M&eacute;xico y esperar all&iacute; el ataqued final. Perversamente el general-presidente rechazaba por segunda vez la oportunidad de firmar esa "paz honorable" que tanto pregonaban buscar los generales invasores.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Las tropas recibieron &oacute;rdenes de movilizarse hacia la capital y la defensa del territorio invadido quedaba pr&aacute;cticamente en manos de las guerrillas.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">La sorpresa recibida de Santa Clara puso al capitan Walker sobre aviso y no ignor&oacute; que la cabeza de Macario Pacheco corr&iacute;a peligro en cualquier sitio, sin las formalidades de un Consejo de Guerra ni juicio alguno qeu aparentara la legalidad de leyes urgentes dicatadas por el estado de emergencia en que se viv&iacute;a. Cualquier guerrilllero ten&iacute;a no solamente la autorizacion, sino el derecho de ejecutar al traidor. Le hab&iacute;a sido hasta entonces muy &uacute;til y, aunque no era un conocedor&nbsp; perfecto del terreno, era lo bastante habil para conseguir informes y lograr adeptos. El precio del dolar quebrantaba voluntades y borraba escr&uacute;pulos; los bandoleros carecen de reglas de moral y desconocen deberes elementales.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Pero tampoco resultaba bien saberse perseguido y acosado por hombres tan cabales como Cayetano Uribe y los suyos, y decidi&oacute; que un piquete de su contraguerrilla acompa&ntilde;ara a Macario Pacheco hasta Puebla y la entregara al general Scott quien sin duda alguna lo har&iacute;a ingresar, con magnifica hoja de servicios, a la Spy Company.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">El Ejercito del Norte emprend&iacute;a la retirada obedeciendo &oacute;rdenes. El Batallon de San Patricio sigui&oacute; la marcha con el ejercito al que pertenec&iacute;a y sus filas aumentaban a despecho de Winfield Scott que sinti&oacute; por ellos un odio especial y a los que calificaba de "miserables descarriados".</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Las lluvias torrensiales hac&iacute;an intransitables los caminos; la artiller&iacute;a se atascaba en los lodas&iexcl;zales de las brechas, y aveces, para escapar a las emboscadas de las guerrillas de Walker, se ve&iacute;an obligados a utilizar veredas escondidas en las ca&ntilde;adas, lo que dificultaba el movimiento. Llegar a San Mart&iacute;n Texmelucan hab&iacute;a sido una proeza; por lo menos, m&aacute;s adelante podr&iacute;a seguirse el camino de herradura que utilizan las diligencias y las conductas.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">De pronto apareci&oacute; Cayetano Uribe al frente de su gente. A ellos les hab&iacute;a correspondido cuidar la retirada de los valientes colorados.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Los hombres estaban agotados y sucios, llenos de lodo y sudor, los uniformes desgarrados y ya sin calzado con que protegerse de las piedras y las zarsas del camino. Algunos se cubr&iacute;an con capisayos de palma que les hab&iacute;an regalado los campesinos a su paso por los peque&ntilde;os poblados y rancher&iacute;as. San Mart&iacute;n Texmelucan pareci&oacute; un osasis.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Hab&iacute;a cerrado la noche cuando acamparon. La espada&ntilde;a de la parroquia estaba iluminada por l&aacute;mparas de aceite protegidas del viento. Algunos hachones de ocote ard&iacute;an y su flama se retorc&iacute;a humeante y caprichosa. La tropa se hab&iacute;a refugiado en el convento y algunos hombres acampaban en el cementerio encendiendo fogatas para secar un poco las humedas ropas. voces perdidas cantaban aquella cancion que era ya como un grito de guerra en los desolados ampos mexicanos de 1847.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">&iexcl;Ay muerte, no seas&nbsp;inhumana</p>
<p style="text-align: center;">dejame vivir,</p>
<p style="text-align: center;">esperando qeu tal vez ma&ntilde;ana</p>
<p style="text-align: center;">la ronca campana</p>
<p style="text-align: center;">nos llame a morir!</p>
<p style="text-align: center;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">All&iacute; le encontr&oacute; Cayetano, cuando junto con Dennis Conaban escuchaban aquel canto que ten&iacute;a algo de suplica y de reto. El capisayo le abrigaba el cuerpo rendido por la fatiga y empapado por la lluvia Juan O'Leary le mir&oacute; con agradable sorpresa como si de pronto, entre el dolor de la tierra, desgarrada por el odio, surgiera la amistad.</p>
<p style="text-align: left;">No era Cayetano hombre de efusivas demostraciones; le bast&oacute; un apret&oacute;n de manos en el qeu significaba su afecto y buscaron un sitio apartado para charlar, mientras a lo lejos se escuchaba el rumor sordo del paso de las tropas, el pesado rodar de los carros y el trote de la caballer&iacute;a.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-&iexcl;Y pensar que los hubieramos desbaratado en Puebla! -suspir&oacute; el guerrillero. Torci&oacute; entre los dedos un cigarro y Juvencio rasp&oacute; el pedernal y le acerc&oacute; la llama-. &iexcl;A veces pienso que es al proposito!</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">As&iacute; lo hab&iacute;an pensado tambi&eacute;n los hombres de San Patricio, pero estaban acostumbrados a pelear en confuso sistema; ahora, sin embargo, eran parte del Ejercito del Norte que, desde el principio, llevaba a cuestas el peso de la guerra.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-&iquest;Qu&eacute; sabe de Constancia? -pregunt&oacute; Juan.</p>
<p style="text-align: left;">-Nada, hijo, nada. Estar&aacute; rezando por nosotros en San Lorenzo. &iexcl;No quiz&oacute; salir de all&iacute;; se aferr&oacute; a sus adobes y a su pozo, a sus tierras y a sus animales y dijo que solo con los pies delante la llevar&iacute;an al pante&oacute;n!... &iexcl;Y yo tan lejos..., y ella sin amparo! Pero Dios ver&aacute; por ella y de vez en vez alguien le dar&aacute; raz&oacute;n de nosotros.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Volvieron a qeudar en silencio mirando ambos el cigarro, que era como un puntito de luz en la sombra.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-No s&eacute; cuando volvamos a vernos -dijo el guerrillero-. El ejercito del norte se va a defender la ciudad de M&eacute;xico, all&iacute; se decidir&aacute; la guerra qeu pudo resolverse antes &iexcl;pero no somos nosotros quienes mandamos; nos toca obedecer, y somos buenos soldados! De modo que nos encontraremos all&iacute; cuando todo acabe, para bien o para mal.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Juan entendi&oacute; ne aquellas palabras m&aacute;s pesimismo que confianza.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-&iquest;No cree usted el triunfo? -pregunt&oacute;.</p>
<p style="text-align: left;">-&iexcl;Como creer..., ya no creo en nada! La muerte es lo unico seguro -dijo.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Un lejano toque de corneta daba &oacute;rdenes a las tropas que marchaban. Pareci&oacute; de pronto que el tiempo apremiaba, que el enemigo&nbsp; estaba ya al frente, preparandoles una emboscada. Cayetano se irgui&oacute; y le tendi&oacute; la mano.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-Me voy -dijo, pero se qued&oacute; de pie, mirandole. Parec&iacute;a modo de mentira que teniendo tanto qeu decirse hubieran hablado de lo que todo mundo hablaba. Luego, como obedeciendo a un &iacute;ntimo impulso sobre algo que le repugnaba, pregunt&oacute;:</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-&iquest;Ha o&iacute;do mentar a Macario Pacheco?</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Juan movi&oacute; la cabeza negando.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-Es de los hombres que han ayudado al capitan Walker a asolar los pueblos de&nbsp;Veracruz. Hay orden de qeu sea ajusticado donde se le encuentre sin formacion de causa.</p>
<p style="text-align: left;">-Yo no puedo hacerlo -respondi&oacute; juan.</p>
<p style="text-align: left;">-So lo encuentra a solas, podr&aacute; hacerlo y deber&aacute; hacerlo, cr&eacute;ame &iexcl;por el bien de todos!</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Juan sonri&oacute; esc&eacute;ptico. &iquest;Qu&eacute; val&iacute;a aquella m&iacute;sera traicion entre las muchas que estaba nresistiendo?</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Cayetano se apart&oacute; de &eacute;l seguido por Juvencio y por Ricardo Guitierrez; Juan lo vio montar en su caballo y antes de aprtir volvi&oacute; el rostro hacia &eacute;l y levant&oacute; la mano para despedirle. Una intima congoja le afligi&oacute;.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-Si el viejo falta -pens&oacute;-, &iquest;qu&eacute; ser&aacute; de Constancia?</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Busc&oacute; de nuevo la compa&ntilde;ia de Conaban, que hab&iacute;a permanecido aparte. Al verlo llegar pregunt&oacute;:</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-&iquest;Malas o buenas noticias?</p>
<p style="text-align: left;">-M&aacute;s malas que buenas...</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Extendieron los capisayos bajo el portal que hab&iacute;a sido aislo de los peregrinos en la &eacute;poca de la evangelizacion y se tendieron a dormir, pero la noche pre&ntilde;ada de lluvia hac&iacute;a m&aacute;s triste la hora. Conaban fue el primero en hablar.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-&iquest;Cuanto tiempo hace que nos vimos en Espa&ntilde;a? Dejame sacar la cuenta..., la hija de Deirdre estaba apenas recien nacida.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-Por ti lo supe -respondi&oacute; Juan-. Fue en el 20.</p>
<p style="text-align: left;">-&iquest;Te aceurdas? &iquest;Qui&eacute;n diablos nos meti&oacute; entre comuneros y nos ech&oacute; a cantar el himno de Riego? -sonre&iacute;a sin que Juan le viera-. &iquest;Qu&eacute; es lo qeu nos arrastra siempre, lo que nos lleva de un lado a otro?</p>
<p style="text-align: left;">-lo que nos trae y lo que nos lelva es la inconformidad con nosotros mismos. no hemos logrado nada en la vida y nisiquiera hemos vivido bien, lo digo por mi, que no pudo ser el hombre que diera&nbsp; a su propia hija el hogar y el nombre que merec&iacute;a.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Dennis guard&oacute; silencio. Con las manos enlazadas bajo la cabeza miraba hacia la espada&ntilde;a, donde las luces agonizaban entre la lluvia y el viento.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-A veces me pregunto si somos verdaderamente culpables, si nosotros somos resonsables del mundo que heredamos -dijo.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Juan se encogio de hombros sin responder. Conaban habl&oacute; entocnes muy quedo:</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-&iquest;Te acuerdas qeu sal&iacute; de Espa&ntilde;a sin vovler a verte? Yo hab&iacute;a estado con "El Empecinado" al que ejecutaron acusado de mas&oacute;n y tuve que salir so pena de que corriera la misma suerte. Vine a America entonces. Los disturbios eran iguales all&aacute; que ac&aacute;, la misma incoformidad, el eterno descontento, el disputarse el poder unos a otros y el ego a flote en todo. Pues bien, hab&iacute;a un lugar en el que muchas familias irlandesas hab&iacute;an puesto sus ojos. Ese lugar era Texas y yo fui de los inmigrantes qeu fundaron el condado de San Patricio... Yo vi a los apaches destruir casa por casa, violar mujeres, asesinar a los hombres y secuestrar a los ni&ntilde;os, &iexcl;Era la embriaguez de la sangre y el exterminio! &iexcl;Te aseguro que nada hay comparable a eso; ninguna crueldad puede asemejarse al odio feroz y encarnizado de los apaches! Llevaban armas qeu les proporcionaban los traficantes yanquis; iban borrachos de alcohol, alucinados por la droga y llenos de&nbsp; rencores atizados intencionalmente. Quer&iacute;an cobrarse de golpe las en&eacute;rgicas medidas que &ntilde;oas atraz ha&iacute;a tomado contra ellos el capit&aacute;n don Mat&iacute;as Galvez, que despues fue el Virrey. &iexcl;Y cu&aacute;nta razon ten&iacute;a..., y como los conoc&iacute;a! &iexcl;Que distino hubiera ido todo si este hombre cabal hubiera llevado a la practica su experiencia!... &iexcl;Los indios no eran hombres..., eran demonios!, &iexcl;peores qeu fieras! &iexcl;No pueden ser hombres, Juan O'Leary! &iexcl;dudo qeu Dios pueda perdonarselos..., no s&eacute; si peuda Dios perdonarme ami tambi&eacute;n!</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Su voz se ahog&oacute; sordamente&nbsp; minetras los pu&ntilde;os apretados golpearon sobre la tierra h&uacute;meda con impotente furia . Dennis Conaban&nbsp; ten&iacute;a brillantes las pupilas y temblorosas las manos que se frotaba una contra otra despues de aquel desahog&oacute; de golpearlas&nbsp; contra el suelo. Estaba anhelante y pod&iacute;a sentirse temblar su cuerpo todo bajo la &aacute;spera fibra de capispayo.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-Nunca he tenido el valor suficiente de confesar mi cobard&iacute;a..., no s&eacute; si t&uacute; me desprecies despu&eacute;s de lo que voy a decirte &iexcl;pero necesito sacudir mi coraz&oacute;n de este peso qeu me abruma, de todo el horror que pesa sobre mis noches sin sue&ntilde;o!...</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Guard&oacute; un breve silencio mientras fumaba el cigarro que Juan le hab&iacute;a torcido. Hbr&iacute;a qeurido hablarle, pero &iquest;qu&eacute; podr&iacute;a decirle? Las manos de Conaban se escondieron bajo el sobretodo y sigui&oacute; hablando como si lo hiciera a alg&uacute;n ser invisible.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-Me hab&iacute;a casado y me sent&iacute;a feliz. Por vez primera vivi&iacute;a en territorio libre, donde se cat&oacute;lico no era agravio mni culpa, donde me sent&iacute;a al fin como un hombre y ten&iacute;a un hogar. Conoc&iacute;a a Malvina en el barco en que hice la traves&iacute;a despues de mi hu&iacute;da de Espa&ntilde;a. Ella era irlandesa tamb&iacute;en y ten&iacute;a ese nombre po&eacute;tico que encierra todo un c&aacute;ntico de Osi&aacute;n, as&iacute; nos conocimos y aprendimos a amar. Sobre todo, jam&aacute;s dejarnos de ser irlandeses. ella tra&iacute;a un pu&ntilde;ado de tierra nuestra que pusimos bajo el primer fuego que encendimos. Un hombre quer&iacute;a fundar en Texas la segunda Irlanda; una mujer llevaba tierra de su aptria como un simbolo y &eacute;ramos los dos un &aacute;rbol sin ra&iacute;ces qeu renacer&iacute;a en tierra ajena, y &eacute;ramos un &aacute;rbol sin renuevos y sin p&aacute;jaros, pero erguido bajo el cielo... solamente que Texas no era la tierra prometida, la tierra de nuestra esperanza. Hab&iacute;a en ella un germen amargo desconocido para nosotros: la esclavitud. Y a pesar de la tierra y de los hombres, fundamos el Condado de San Patricio y nos amparamos a la bandera de M&eacute;xico hasta que nos aniquilaron los apaches.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-No s&eacute;&nbsp;c&oacute;mo pude escaparme. Hab&iacute;a subido a la azotea&nbsp; a arreglar el techo qeu goteaba, cuando empez&oacute; la incursion. Todav&iacute;a me parece ver los rostros pintados de siniestros colores, los cuerpos desnudos y &aacute;giles, los penachos de plumas, las lanzas de fuego. Todo fue ta nviolento que me paraliz&acute;&acute;&oacute; el terror. Tuve miedo, Juan, un p&aacute;nico espantoso ante aquellos que ve&iacute;ia y que era una p&aacute;gina&nbsp;que&nbsp;Dante olvid&oacute; escribir. Todav&iacute;a ahora me pregunto c&oacute;mo pude soportar las tormentas a qeu sujetaron a Malvina, sin exhalar un grito, sin ahcer un movimiento que me delatara. Me sent&iacute;a de piedra, como si otros ojos que no fueran los mios estuvieran mirando aquella indecible tortura, aquella afrenta a la dignidad humana, aquel atentado al pudor de una mujer... Malvina se defendi&oacute; todo lo que pudo, pero era d&eacute;bil paracombatir contra dos fieras; la vi volver los ojos busc&aacute;ndome, la o&iacute; gritar mi nombre no una, sino muchas veces y la vi caer, y morder y arrancar los cabellos de sus enemigos hasta qeu se fue quedando quieta, aniquilada entre su propia sangre... &iexcl;Oh Dios! -gimi&oacute; con un grito ronco, inarticulando, como de fiera herida.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">-Esta es la verdad sobre tu amigo Dennis Conaban, el valiente luchador que dej&oacute; al "Empecinado" solo con su muerte en el pat&iacute;bulo; el que mas tarde careci&oacute; de coraje para defender los suyo, lo unico que le pertenec&iacute;a; el qeu no hab&iacute;a tenido hasta entonces el valor de morir como hombre o como v&iacute;ctima siquiera. Por eso ahora estoy en M&eacute;xico&nbsp; por una causa justa, aunque toda la verg&uuml;enza y el miedo del mundo se acumulen en mi coraz&oacute;n y lo hagan estallar ne pedazos... Yo mismo me desprecio Juan, y s&oacute;lo con mi conciencia llevo esta carga sin alivio, esta oculta humillacion.</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Dennis Conaban volvi&oacute; su mirada y se encontr&oacute; con los ojos de Juan, que le tendi&oacute; la mano.</p>
<p style="text-align: left;">------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>
<p style="text-align: left;">----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>
<p style="text-align: left;">COMENTEN, :P jeje</p>
<p style="text-align: left;">quiero hacer una acalracion, pues me voy fijando que Patricia Cox llama a las fuerzas regulares mexicanas como "Ejercito del Norte", y creo qeu esto es erroneo, pues si bien el&nbsp; Ejercito del Norte (tambien llamado Division del Norte) compuesto aproximadamente por 15 soldados, fueron derrotados en la batalla de Palo Alto a principios de la guerra, despues de la derrota la division del norte se dsiperso y&nbsp;los soldados sobrevivientes se uieron a otras compa&ntilde;&iacute;as. As&iacute; que ya en estas alturas donde los yanquis estaban apunto de entrar a la capital no hab&iacute;a ejercto tan organizado como la valietne division del norte, simplemente quedaban la compa&ntilde;ia de santaanna, el batallon de san patricio, y algunos del batallon de san blas.------------------------ consulten las memorias de guillermo prieto o el autor de llibro qeu&nbsp; puse mas abajo en otra anotacion antes de emepzar con el libro para que van que no les miento....</p>
<p style="text-align: left;">un saludo y COMENTENN &not;&not; porfavor =)</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-15-212833" title="Batallon de San Patricio. Capitulo 15">Batallon de San Patricio. Capitulo 15</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
			</p>
			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>capitulo 15</category>
				<comments>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-15-212833#formulario</comments>
		<guid>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-15-212833</guid>
		<pubDate>Tue, 03 Mar 2009 03:27:00 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San Patricio. Capitulo 14</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-14-212233</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p>&nbsp;</p>
<p align="center">Capitulo 14</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center">El sucio juego</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De Xalapa a Puebla hab&iacute;a partido Scout sin que Santa Anna pudiera detenerle. Todas las disposiciones del general-presidente, los acuerdos tomados por sus ingenieros y ayudantes de campo, eran poco despu&eacute;s retirados sin explicaci&oacute;n alguna que pudiera justificarlas; esto creaba desorientaci&oacute;n y desorden entre los jefes y oficiales del Ejercito del Norte, que comenzaban a retirarse de sus posiciones en Veracruz para replegarse hacia Puebla.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El famoso manifiesto de Scout, profusamente publicado, respond&iacute;a a un h&aacute;bil plan para dividir al pueblo del gobierno aprovechando las coyunturas que para ello le daba el descontento al general y la discrepancia entre los partidarismos y enconos p&uacute;blicos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los acontecimientos se desarrollaban con ins&oacute;lita rapidez. Un parte americano avisaba: "Nopalucan, mayo 12 de 1847: el infrascrito general Worth avisa que, obedeciendo ordenes de su superior, el mayor general en jefe del ejercito de la uni&oacute;n en la ma&ntilde;ana del 15 que rige, con la fuerza a su mando, tomar&aacute; posesi&oacute;n militarmente de la ciudad de Puebla".</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y de nuevo el turbio juego de Santa Anna de salir a combatir buscando sitio propicio para entablar batalla, y de nuevo su fracaso al convertirse de perseguidor en perseguido. Al llegar a Puebla le recibi&oacute; el clamor popular pidi&eacute;ndole armas para combatir al invasor.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La entrada de los americanos en Puebla se revisti&oacute; de solemnidad diplom&aacute;tica al ir el propio general Worth a visitar al obispo, quien devolvi&oacute; su visita media hora m&aacute;s tarde y fue recibido con los honores correspondientes a un general.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El Ejercito del Norte recib&iacute;a ordenes y contraordenes, marchando por veredas lodosas y arrastrando consigo la maltrecha artiller&iacute;a. En Xalapa se organizaba violentamente el ejecito de oriente, con soldados biso&ntilde;os, mientras los oficiales juramentados escapaban para presentarse de nuevo en sus filas. Algunos, hechos prisioneros o denunciados por "traidores", fueron pasados por las armas. Los yanquis miraban con despecho la deserci&oacute;n de sus filas que iba a engrosar la de los colorados del San Patricio, cuyo renombre hac&iacute;a palidecer de c&oacute;lera a Winfield Scout.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pronto pudo descubrirse que, una vez en Puebla, las tropas mercenarias hab&iacute;an vencido sus contratos y Scout se vio precisado a licenciarlas y devolverlas a los Estados Unidos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Las contraguerrillas del capitan Walter, sin embargo, obraban y saqueaban impunemente los poblados y las haciendas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Durante su estancia en Puebla, Scout realiz&oacute; una maniobrta que vino a dejar muy mal parado su prestigio militar, al adiestrar reclusos de la penitenciaria en una contraguerrilla de cuatrocientos hombres de la peor ralea, todos ellos convictos de robos y asesinatos. Denominados como la coma&ntilde;&iacute;a de esp&iacute;as -spy Company- estos sujetos fueron de valiosa utilidad para el invasor, toda vez que le pon&iacute;an al tanto de los movimientos de las tropas, denunciaban a los oficiales y soldados juramentados y acechaban a las guerrillas. Vest&iacute;an estos individuos lujosamente el traje de charro con ostentosas botonaduras de plata y las comandaba un tal Dom&iacute;nguez y otro tal Aria, que era un zapatero franc&eacute;s. En esta forma Winfield Scout quiso demostrar &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; que &eacute;l tambi&eacute;n contaba con un cuerpo de voluntarios nacionales, y varias veces hizo comparaciones entre su compa&ntilde;&iacute;a de esp&iacute;as y los colorados del San Patricio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La noticia no tard&oacute; en tener alas y volar hasta los escondites de la sierra veracruzana.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La guerrilla de Cayetano Uribe segu&iacute;a empe&ntilde;ada en sorprender a los de Walter en sus fechor&iacute;as.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Ya se ense&ntilde;aremos al general Scout c&oacute;mo se hacen justicia los mexicanos -hab&iacute;a dicho Cayetano.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Malicias de viejo -comentaba con Juvencio, al que comenzaba a querer como a un hijo-. &iexcl;Qu&eacute; quieres, estos ojos han visto mucho y mi pobre estomago est&aacute; asqueado de tanta porquer&iacute;a! &iexcl;Qu&eacute; verg&uuml;enza que los hijos vean este mundo que les han heredado sus padres!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Juvencio era una criatura extra&ntilde;a, callada y solitaria; se dir&iacute;a que no desaparec&iacute;a de sus sue&ntilde;os la imagen sacrificada de su padre y se arrimaba al viejo Cayetano que, hura&ntilde;o y adusto, juntaba su soledad con la del mozo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Qui&eacute;n lo dir&iacute;a?..., nunca se hab&iacute;an mirado antes, ni se conoc&iacute;an siquiera -dec&iacute;a En&eacute;simo al verlos tan estrechamente unidos, como padre e hijo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y en aquel terreno donde se hab&iacute;a establecido una guerra a muerte, florec&iacute;a la amistad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Un hijo de gachup&iacute;n con uno que hab&iacute;a sido enemigo implacable y feroz de los realistas!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Pero eso&nbsp; fue all&aacute;..., hace a&ntilde;os. Todav&iacute;a Juvencio no nac&iacute;a -explico Cayetano ala ir&oacute;nica frase de en&eacute;simo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-No, tampoco nac&iacute;a la Constancia... y quien te iba a decir los encuentros que da la vida. En tierra extra&ntilde;a, con un hijo de gachup&iacute;n como hijo tuyo; y tu hija comprometida con un extranjero que no es espa&ntilde;ol. &iquest;Y crees que vale una guerra todo esto?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Y yo qu&eacute; culpa tengo? El irland&eacute;s esta en lo justo. Los pueblos y los hombres tienen su destino.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-No somos nosotros los que nacimos odiando -dijo el compadre-. &iexcl;As&iacute; nos ense&ntilde;aron..., nos lo legaron los viejos!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Hab&iacute;a esclavitud y labor de sangre, y muy disparejo todo entre el pobre y el rico, pero todos &eacute;ramos cristianos -respondi&oacute; Cayetano, luego suspir&oacute; son pesar y dijo-: yo creo que ya ni cristianos somos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Se hab&iacute;an establecido en lo alto de un loma, dominando el caser&iacute;o de Santa Clara abajo, ba&ntilde;ando por luz de luna. El centinela vigilaba el camino, el r&iacute;o distante que parec&iacute;a una ancha cinta de plata. Las luces de las casas se hab&iacute;an apagado y Santa Clara se durmi&oacute; arrebujada de luna.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La gente dorm&iacute;a y Cayetano volvi&oacute; sus ojos para ver a Juvencio, el p&aacute;lido rostro sobre el oscuro poncho se destacaba como una medalla, a veces el delgado pecho se elevaba como en un suspiro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Nunca ha disparado un arma -dijo.</p>
<p>-Espera que la dispare -respondi&oacute; En&eacute;simo-. &iexcl;Se har&aacute; como nosotros!</p>
<p>-&iquest;Y qu&eacute; somos nosotros, compadre? -pregunt&oacute; Cayetano.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En&eacute;simo guardo silencio. Sus ojos de campesino viejo adivinaban el campo, reconoc&iacute;an las sombras, los ruidos. Cayetano hab&iacute;a maliciado algo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Hay gente al otro lado del r&iacute;o -dijo en voz muy queda-. Despierta a los hombres.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Poco a poco se reunieron sin ruido. La aldea dorm&iacute;a confiada y el viejo soldado le velaba el sue&ntilde;o. Ladr&oacute; un perro cerca del r&iacute;o y pareci&oacute; que se movieron las ramas de los &aacute;rboles. Era un parecer no m&aacute;s... pero el perro avisaba la presencia de desconocidos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Montaron r&aacute;pidamente sobre los caballos, pero permanecieron en silencio, al asecho. Todos estaban listos, anhelantes, espantado el sue&ntilde;o que hab&iacute;a pesado sobre sus parpados despu&eacute;s de largas noches de vela.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De la orilla del r&iacute;o se desprendi&oacute; un hombre que avanz&oacute; cautelosamente. Vest&iacute;a el traje de chinaco y hab&iacute;a dejado el caballo atado de un palo. Atr&aacute;s de &eacute;l aparecieron otros, vestidos con el uniforme oscuro de los yanquis.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Debemos caerles..., pero que no nos sientan siquiera -orden&oacute; Cayetano-. Vamos a rodear el caser&iacute;o y los atrapamos. T&uacute; compadre, te har&aacute;s cargo de los caballos para impedir la huida. &iexcl;Cada uno un hombre! &iquest;Entendidos?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Le respondieron con una se&ntilde;al.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Comenzaron a bajar la cuesta tan callados, que nada turbaba el silencio. El perro dejo de ladrar y las sombras desaparecieron como fantasmas untados a los muros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Se oy&oacute; un silbido. A Cayetano le pareci&oacute; reconocerlo. &iquest;D&oacute;nde, en que parte se lo hab&iacute;a escuchado? &iexcl;Suposiciones! -se dijo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Sus hombres rodearon el pueblo. Seguramente En&eacute;simo se acercaba al r&iacute;o para quedarse cuidando los caballos. Si el golpe iba bien, el capit&aacute;n Walter no volver&iacute;a a sembrar el terror en poblaciones indefensas, ni se fusilar&iacute;a m&aacute;s a un inocente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Esta vez las pagas condenado! -dijo Cayetano.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A su lado, erguido sobre el caballo, Juvencio murmur&oacute; con voz opaca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Tengo miedo...</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cayetano se detuvo un momento y le mir&oacute;. El hombre desaparec&iacute;a bajo el rostro ani&ntilde;ado; los ojos grandemente abiertos demostraban su terror, las manos temblaban con las riendas entre los dedos. Cayetano acerc&oacute; su bestia a la de Juvencio y coloc&oacute; su mano sobre las del muchacho. Las sinti&oacute; heladas, le mir&oacute; a los ojos y dijo en voz baja:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Gu&aacute;rdame el secreto. &iexcl;Yo tambi&eacute;n tengo miedo!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y lo dec&iacute;a de verdad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Juvencio se enderez&oacute; entonces, la luz de la luna le ilumin&oacute; el rostro pailido que sonre&iacute;a forzado, como una mueca, tenso los m&uacute;sculos del cuello, seca la boca. Llev&oacute; la mano hacia el fusil y lo tom&oacute; con extra&ntilde;a resoluci&oacute;n. Iban a jugarse el todo por el todo, &iexcl; al fin para morir nacimos! Y crey&oacute; ver tendido sobre el suelo el cuerpo ensangrentado de su padre.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los pobladores del rancho parec&iacute;an no darse cuenta del peligro que corr&iacute;an. En el palo de una casa grit&oacute; un loro y en los &aacute;rboles se agitaban los p&aacute;jaros. Un gallo cant&oacute; en un corral..., y despu&eacute;s todo se hundi&oacute; otra vez en silencio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Dejamos los caballos -orden&oacute; Cayetano ape&aacute;ndose. Ricardo y otros obedecieron-. &iexcl;Que nadie dispare hasta que los tengamos copados!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>E adelantaron por las calles de tierra suelta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De pronto una sombra azul se adelanto hacia la prefectura del municipio, atr&aacute;s de ella, otra avanz&oacute; para guarecerse en la puerta de la troje del ingenio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los hombres de Cayetano se parapetaron en la esquina. Juvencio tom&oacute; con resoluci&oacute;n el arma y paso en tierra la rodilla. Sus ojos distingu&iacute;an con claridad un bulto oscuro que avanzo de pronto hacia el centro de la calle. La mano infantil apret&oacute; el gatillo y reprodujo el disparo. El hombre cayo de bruces, con los brazos abiertos y dando un alarido espantoso. Juvencio sinti&oacute; que su cuerpo se quedaba sin sangre. Un fri&oacute; extra&ntilde;o le entro por los dedos y una corriente helada se le fue por el cuerpo, como un ri&oacute;. Le temblaban las manos y el cuerpo, y tuvo ganas de vomitar; la mano de Cayetano se apoy&oacute; en su hombro pero no le reprocho nada, al verlo al verlo tan abatido le limpio el arma.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hab&iacute;a desobedecido, y por su causa, los hombres de Walter avisados, iniciaban el tiroteo y hac&iacute;an a los de Cayetano volver a sus posiciones.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Juvencio se recost&oacute; contra el muro y le pareci&oacute; que ard&iacute;a; la boca seca le sabia a polvo, a sangre, a humo...</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De la orilla del r&iacute;o llegaron mas hombres que ayudaron a sus compa&ntilde;eros a huir protegi&eacute;ndoles la fuga. Algunos iban heridos, otros quedaron muertos con la cara sobre la tierra h&uacute;meda de las callejas. De las ventanas entornadas se escuchaban gritos, imprecaciones y jaculatorias. La campana comenz&oacute; a tocar a rebato. La ma&ntilde;ana, como tallada en plata, se asomaba por lo alto de la sierra.</p>
<p>A la incierta claridad, Cayetano reconoci&oacute; a uno de los fugitivos. El rostro altanero tenia una cicatriz que le marcaba. Se miraron frente a frente durante un segundo..., despu&eacute;s un v&eacute;rtigo de fuego le arrastr&oacute;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Macario Pacheco, hijo de...- grit&oacute; pero la ira le ahogo la voz.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Juvencio ten&iacute;a de nuevo el arma entre las manos y apunt&oacute;. Aquel hombre ten&iacute;a un llamado de infierno, un eco diab&oacute;lico que hab&iacute;a persistido en sus o&iacute;dos y en sus sue&ntilde;os; era el mismo rostro que hab&iacute;a visto el d&iacute;a en que los yanquis asesinaron a su padre..., &iexcl;no pod&iacute;a ser otro! La mano no temblaba, el fri&oacute; de su sangre iba convirti&eacute;ndose en una llama que hab&iacute;a de abrasarlo en odio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y ahora que su mano no temblaba, err&oacute; el tiro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los hombres de Walter desaparec&iacute;an furtivamente perseguidos por los guerrilleros de Cayetano Uribe que estaban a la orilla del pueblo. La ancha cinta del r&iacute;o ya no era de plata; el agua turbia tenia rastros de sangre y fuego.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La troje de Santa Clara estaba ardiendo. La gente abri&oacute; sus puertas y los gritos y la confusi&oacute;n arrastraron a Juvencio y a Cayetano hasta el incendio. No hab&iacute;a medios para combatirlo. Algunos hombres comenzaban a demoler el grueso muro para ahogar las llamas, otros ven&iacute;an del ri&oacute; con ramas de &aacute;rboles para sofocarlo. Nadie hab&iacute;a advertido cuando se inicio el siniestro. Las llamas se retorc&iacute;an y se levantaban sobre los tejados, volaban como diablos y se abrazaban a los techos de las casas, algunas chozas estaban ardiendo en las orillas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los guerrilleros&nbsp; soltaron las armas y trataron de ayudar, pero todo era in&uacute;til.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Al medio DIA, agotados y sudorosos, miraron con tristeza las ruinas calcinadas de la troje. Algunos jacales hab&iacute;an ardido y la gente se reun&iacute;a en el atrio de la parroquia. Los llantos de los ni&ntilde;os y los aullidos de los perros eran un macabro concierto. Las mujeres parec&iacute;an de piedra, sentadas sobre el piso, cubiertas con los rebozos bajo la ancha sombra de los fresnos. No ten&iacute;an palabras ni lagrimas. Eran im&aacute;genes desamparadas y hura&ntilde;as bajo el sol.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ricardo hab&iacute;a tratado de atender a los heridos, entre ellos hab&iacute;a un yanqui con una bala que le hab&iacute;a clareado el vientre y que se quejaba dolorosamente. El joven miraba aquel despojo con m&aacute;s l&aacute;stima que rabia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Podr&iacute;a matarlo... -se dijo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero no lo hizo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Improvisaron unas angarillas y lo levantaron.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;A d&oacute;nde lo llevan? -pregunt&oacute; el comisario.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-A donde pueda hablar con alguien que le entienda y nos d&eacute; cuenta de todo lo que ha hecho -respondi&oacute; Cayetano.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En alg&uacute;n poblado cercano deber&iacute;a de estar desatada una guerrilla con gente mas letrada que la suya. El padre Jarauta o el padre Martinez..., ellos sabr&iacute;an lo que deber&iacute;a hacerse.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Emprendieron la marcha. El fuego hab&iacute;a&nbsp; chamuscado las ramas de los &aacute;rboles y el holl&iacute;n hab&iacute;a tiznado los rostros de los hombres. Santa Clara hab&iacute;a visto arder sin salvaci&oacute;n lo que habr&iacute;a sido el pan y el rescate de los suyos en un momento dado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En&eacute;simo se acerco a ellos. Hab&iacute;a perseguido a la contraguerrilla porque crey&oacute; reconocer a alguno.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ten&iacute;a el rostro demudado por la c&oacute;lera:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Yo lo vide compadre!...</p>
<p>-Yo tambi&eacute;n... -le respondi&oacute; con voz seca.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una vez&nbsp; m&aacute;s su coraz&oacute;n no le hab&iacute;a enga&ntilde;ado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cayetano marchaba dominado por una confusa sensaci&oacute;n de humillaci&oacute;n y verg&uuml;enza, de odio y despecho contra el mismo por no haberse tomado justicia esa misma tarde en la que Matilde le contara lo ocurrido. Vengado el agravio sufrido por su hija hubiera salvado a su patria de un gusano miserable.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nada podr&iacute;a tranquilizarle, jam&aacute;s tendr&iacute;a reposo. Esa inquietud ser&iacute;a suficiente para condenar su alma hasta lograr que un d&iacute;a el cuerpo de Macario Pacheco, podrido entre las ramas de cualquier &aacute;rbol, fuera despojo hediondo de buitres.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Le escoc&iacute;an los ojos y llevaba la garganta como plomo ardiendo. Ya hab&iacute;a volcado para desahogarse todos os ep&iacute;tetos que conoc&iacute;a y su lengua y su rencor no se saciaban.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El odio le zumbaba&nbsp; en los o&iacute;dos como la voz del mismo diablo; le apretaba e pecho como sui sus garras estuvieran clavadas en su coraz&oacute;n y en sus entra&ntilde;as y sent&iacute;a que su carne se abr&iacute;a como si se la hubieran rajado a latigazos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&iexcl;Oh, su odio iinsaciado, su c&oacute;lera trunca, su ira impotente! &iquest;Hubiera querido ser como la troje de Santa Clara, una hornaza donde se acrisolara todo hasta consumirse&nbsp; y perderse en la nada, rescoldo del odio y de la pesadumbre despechada!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Oh Dios..., ten piedad de mi! -exclam&oacute; mientras por sus curtidas mejillas rodaron dos lagrimas de fuego.. La voz resera gimi&oacute; impotente: &iquest;Al&iacute;viame de este odio!</p>			<p>
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			</p>
			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>el batallon de san patricio</category>
				<comments>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-14-212233#formulario</comments>
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		<pubDate>Sun, 01 Mar 2009 11:40:00 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San Patricio. Capitulo 13</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-13-212232</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p>&nbsp;</p>
<p align="center">Capitulo 13</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">Los Polkos</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>Las tropas que pelearon en La Angostura abandonaron San Luis. Eran largas filas de hombres en desbandada, hambrientos y enfermos, a quienes aquella "gloriosa derrota" hab&iacute;a enfermado del cuerpo y alma.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los jefes del ej&eacute;rcito, disgustados entre s&iacute; fueron victimas de la c&oacute;lera de Santa Anna que culp&oacute; a todos del fracaso. El &uacute;nico limpio era &eacute;l, que hab&iacute;a ordenado la retirada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Regres&oacute; violentamente a la capital, donde deber&iacute;a resolver grandes conflictos. Desde&nbsp; Quer&eacute;taro rea&ntilde;adieron a su comitiva los nombres que por el momento se sent&iacute;an fuertes contra G&oacute;mez Far&iacute;as, causa de los disturbios.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>M&eacute;xico engalano sus calles y se deshojaron flores al paso de don Antonio; desde los balcones, las damas sonre&iacute;an al "vencedor"; las campanas de los templos se echaron a vuelo. De pronto, como por arte de magia, La Angostura era triunfo, no una "gloriosa derrota".</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para reprimir el descontento, que culmin&oacute; en rebeli&oacute;n, don Antonio quit&oacute; a G&oacute;mez Far&iacute;as la presidencia y con esa providencia se calmaron los &aacute;nimos y se logr&oacute; otro pr&eacute;stamo del clero.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La enloquecida ciudad parec&iacute;a ignorar la dolorosa verdad. Los Polkos, que no hab&iacute;an disparado un solo tiro contra el invasor se convert&iacute;an en h&eacute;roes; el Ejercito del Norte, que hab&iacute;a sangrado y padecido heridas y miseria, no eran sino hombres derrotados que llegaban a la ciudad ignorantes de su destino.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Zacar&iacute;as Taylor invad&iacute;a el territorio y en Veracruz, Winfield Scout, jefe de la segunda expedici&oacute;n desembarc&oacute; sin que nadie pudiera imped&iacute;rselo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tras un intenso bombardeo, los c&oacute;nsules de varias naciones presentaron bandera blanca y pidieron al invasor que permitiera la salida de la poblaci&oacute;n civil; Scout no admit&iacute;a tregua: la ciudad, o se rend&iacute;a incondicionalmente o ser&iacute;a arrasada. Sin ayuda de la capital, dado que la revoluci&oacute;n de los Polkos hab&iacute;a impedido env&iacute;o de armas y refuerzos, las tropas derrotadas entregaron sus armas con l&aacute;grimas en los ojos, y ante la at&oacute;nita mirada de la poblaci&oacute;n civil, abandonaron el puerto. Era el 1&ordf; de abril de 1847.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Don Antonio hab&iacute;a jurado por novena vez la Presidencia, pero urgido por el estado de guerra, dej&oacute; el gobierno en manos de don Pedro Mar&iacute;a Anaya y parti&oacute; hacia Veracruz "no para repeler la invasi&oacute;n, lo que parece imposible, sino para evitar siquiera que los yanquis entren en M&eacute;xico con el arma al brazo".</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A la aridez de la llanura, siguieron las calidas y feraces tierras.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Con desesperaci&oacute;n los hombres al mando del ingeniero Robles trataron de fortificar Cerro Gordo, donde el General-Presidente hab&iacute;a determinado presentar combate. De nada sirvieron hechos aislados de valor temerario que no pudieron contener el avance. Ciriaco V&aacute;zquez y sus hombres cavaron su propia tumba en el Cerro del Tel&eacute;grafo, &aacute;rido y escarpado, a un lado de la ca&ntilde;ada de Cerro Gordo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>"Si el enemigo avanza un paso m&aacute;s, la independencia nacional se hundir&aacute; en los abismos del pasado", proclam&oacute; don Antonio L&oacute;pez de Santa Anna en uno de sus ardientes manifiestos dirigidos a su pueblo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Winfield Scout, en su parte presentado a Washington en el que informaba de su victoria, llam&oacute; la atenci&oacute;n sobre esta frase y agreg&oacute;: "Ya hemos dado ese paso".</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A Cerro Gordo sigui&oacute; Xalapa, donde una vez ocupada la ciudad, se oblig&oacute; a las tropas y oficiales mexicanos a juramentarse.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El avance de Scout parec&iacute;a una marcha triunfal, cuando de pronto hicieron su aparici&oacute;n las temibles guerrillas. Eran hombres aguerridos y sin miedo que no daban punto de reposo a los invasores sin que les arredrara lo caluroso del clima, lo escarpado de las ca&ntilde;adas y lo abrupto de las monta&ntilde;as.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tan duras fueron las represalias de las guerrillas que merodeaban por los poblados y caminos por donde viv&iacute;an o pasaban tropas yanquis, que Scout se vio precisado a dictar un bando por el cual condenaba a todos los municipios a pagar a prorrata "los despojos hechos por los facciosos" y especificaba claramente que cualquier americano muerto ser&iacute;a vengado haciendo r&aacute;pida justicia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El 11 de mayo Winfield Scout public&oacute; en perfecto castellano un manifiesto en el que avisaba a que sus tropas se pon&iacute;an en marcha sobre Puebla y expresaba su deseo de paz, al mismo tiempo que decid&iacute;a seguir la guerra "si no se llegaba a los resultados satisfactorios".</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>"Nosotros -dec&iacute;a el manifiesto- no hemos profanado vuestros templos ni abusado de vuestras mujeres; ni ocupado vuestra propiedad; lo decidimos con orgullo y lo acreditamos con nuestros propios obispos y curas de Tampico, Tuxpan, Matamoros, monterrey, Veracruz y Xalapa; con todos los religiosos y autoridades civiles y vecinos de los pueblos ocupados. Nosotros adoramos al mismo Dios, y gran parte de nuestro ejercito, as&iacute; como la poblaci&oacute;n de los Estados Unidos, somos cat&oacute;licos, como nosotros; castigaremos el delito donde quiera que le hallemos y premiaremos&nbsp; el merito y la virtud. El ejercito de los Estados Unidos respeta y respetar&aacute; siempre la propiedad particular de toda clase y la propiedad de la Iglesia mexicana y &iexcl;desgraciado aqu&eacute;l as&iacute; no lo hiciese donde nosotros estemos!".</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La gente de Cayetano Uribe hab&iacute;a pasado a Veracruz, donde se le necesitaba. Eran hombres que sab&iacute;an pelear, cautos y astutos, honrados y cabales bajo la dura mano de su jefe.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El manifiesto de Scout circul&oacute; profusamente entre la templada gente de las guerrillas, algunas de ellas al mando de sacerdote y curas del clero bajo, que, as&iacute; como en la independencia, permanec&iacute;an a lado de su pueblo. La flama del padre Domeco de Jarauta, catal&aacute;n reci&eacute;n llegado de Cuba y de pintoresca&nbsp; vida, as&iacute; como la del cura don Jos&eacute; Antonio Martinez hab&iacute;a llegado hasta las filas del invasor. Ellos no se contar&iacute;an entre los curas y los frailes que pod&iacute;an testimoniar "el respeto a la propiedad particular y de la iglesia" que proclamaba Winfield Scout.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los peque&ntilde;os poblados, las rancher&iacute;as enclavadas en la sierra, los ingenios y las haciendas, eran refugio seguro para las guerrillas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cayetano y los suyos escuchaban atentos la lectura que de tal documento les hac&iacute;a Ricardo Guti&eacute;rrez, un muchacho del lugar que se les hab&iacute;a a&ntilde;adido y que, para colmar las referencias que pudiera presentar, sab&iacute;a leer y escribir de corrido.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los hombres escuchaban con rostro sombr&iacute;o, el arma descansando sobre la tierra suelta de la pulper&iacute;a de don Juvencio, el gachup&iacute;n del pueblo que hab&iacute;a escapado a la ex'pulsion del 33 que tantas lagrimas cost&oacute;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los hombres de la guerrilla escuchaban atentos; la voz de Ricardo pod&iacute;a escucharse sin que la distrajera un movimiento o una exclamaci&oacute;n. Algunos hombres del pueblo estaban all&iacute;, con el machete colgado al cinto. Eran trabajadores de los ingenios, y sin el arma se sent&iacute;an desnudos. El machete era medio de vida y defensa de las v&iacute;boras en los ca&ntilde;averales. Ricardo levant&oacute; la vista y mir&oacute; a Cayetano que ten&iacute;a las crispadas las manos en el arma.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-... &iexcl;y desgraciado aqu&eacute;l que as&iacute; no lo hiciere donde nosotros estemos!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los hombres se miraron entre si mientras Ricardo continuo la lectura del manifiesto, que mas adelante indicaba "que los Estados Unidos ten&iacute;an el deber de conservar y proteger al gobierno liberal mexicano establecido bajo la influencia norteamericana" y hac&iacute;a hincapi&eacute; en que "nunca podr&iacute;amos consentir que M&eacute;xico se viera as&iacute; gobernado por un pr&iacute;ncipe extranjero".</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ricardo doblo la hoja, rodeada del mismo silencio que hab&iacute;a reinado en la tienda; sobre el mostrador, las copas hab&iacute;an quedado servidas y nadie las hab&iacute;a tocado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Eso es todo -dijo.</p>
<p>-&iquest;No quieren dejarnos en paz, eh? -Coment&oacute; Cayetano que recargo el arma sobre el mostrador-. &iquest;No hicimos ya la independencia?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Hay algo aqu&iacute; que no me gusta, compadre... -dijo On&eacute;sino tomando su copa entre los dedos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-A mi todo junto no degusta -coment&oacute; Cayetano-. Mira que venir a contarnos que respetan la propiedad particular, &iquest;no es la Republica propiedad de todos nosotros? Y decirnos que son cat&oacute;licos, &iquest;por qu&eacute; combaten entonces contra nosotros, que somos cat&oacute;licos? &iexcl;Esto es enga&ntilde;o!, compadre... &iexcl;Mentira! Nada m&aacute;s que mentira, &iexcl; si lo sabremos nosotros! Jam&aacute;s el vencedor ha tenido misericordia del vencido. Yo vide a don Jos&eacute; Mar&iacute;a Morelos, que en paz descanse, acuchillar gachupines en los pueblos de la costa brava despu&eacute;s que le mataron al cura Matamoros y a Tata Gildo. No era un hombre; era el mismo diablo pose&iacute;do de furor y de rabia. Y te juro que lloraba con l&aacute;grimas que deben de haberle abrazado el alma..., porque era un hombre bueno y devoto y era cura de almas &iexcl;Que no nos cuenten los yanquis que son mejores que don Jos&eacute; Mar&iacute;a!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Por qu&eacute; vamos a creerles no m&aacute;s porque escriben sus cosas en papeles? -coment&oacute; En&eacute;simo-. &iexcl;La verdad es otra, la verdad la estamos padeciendo todos nosotros!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De pronto se escuch&oacute; un tiro aislado y un grito desafiante. Los hombres se miraron y Juvencio se asom&oacute; a la puerta. El sol de la ma&ntilde;ana iluminaba las calles solitarias de Coatepec aromadas del perfume de los cafetales. Si acaso alg&uacute;n perro vagabundo o alguna gallina hurgaban sobre la tierra suelta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los hombres ya ten&iacute;an las armas en las manos, el o&iacute;do alerta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Un tropel de caballos avanzaba; los jinetes disparaban las armas y gritaban como salvajes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La copa en manos de En&eacute;simo, se rompi&oacute; sobre la tosca madera del mostrador.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La campana de la parroquia toc&oacute; a rebato. El tiroteo se generaliz&oacute;. Cayetano y sus hombres montaron de prisa en sus cabalgaduras y cogieron calle adelante hasta la plaza. La gente hu&iacute;a de&nbsp; sus hogares para refugiarse en sitio seguro. En el desorden de la cabalgata levantaba en vilo mujeres que se llevaba a las grupas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A la puerta de la parroquia se hab&iacute;a congregado la gente que miraba anonadada regados por el suelo los milagros y las joyas de los santos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Algunas casas comenzaron a arder.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cayetano y los suyos, apenas repuestos del asombro, se dieron a correr tras los bandoleros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La persecuci&oacute;n fue in&uacute;til. Arriba, en la monta&ntilde;a entre la tupida selva de la sierra, se perdieron las huellas, y rumiando su coraje regresaron al pueblo, a la parroquia, pero al pasar por la tienda de Juvencio, lo encontraron asesinado, rodeado de os suyos que lloraban. El hijo mayor ten&iacute;a las manos cruzadas y miraba el rostro mortalmente p&aacute;lido de su madre que sollozaba.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Los alcanzaron? -pregunt&oacute; alguien.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cayetano movi&oacute; la cabeza negando con furia impotente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Parece que se los trago la tierra. &iexcl;Que alguien nos acompa&ntilde;e, los traeremos y haremos justicia! No necesitamos que los yanquis lo hagan por nosotros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Ir&eacute; con ustedes -dijo el hijo de Juvencio, que era un adolescente apenas-. &iexcl;Conozco la ca&ntilde;ada!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La gente se hab&iacute;a congregado y todo era confusion y desorden.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-As&iacute; caen estos malditos -dijo alguien.</p>
<p>-&iquest;Qu&eacute; gente es?</p>
<p>-Yo alcanc&eacute; a verlos -dijo el hijo de Juvencio con voz entrecortada-. &iexcl;Eran yanquis!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;yanquis? &iquest;C&oacute;mo pueden conocer la sierra? -pregunt&oacute; Cayetano, pensando violentamente en la r&aacute;pida desaparici&oacute;n de los forajidos en la selva.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-No se como pueden conocerla, pero eran yanquis. Los vi, les mire los ojos deste&ntilde;idos, los o&iacute; hablar esa jerigonza que el diablo les entiende.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El joven hab&iacute;a montado ya y esperaba con una fieradesicion las ordenes de Cayetano.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Conoces la sierra? -pregunt&oacute; en&eacute;simo.</p>
<p>-como la palma de mis manos -respondi&oacute;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La madre parec&iacute;a no darse cuenta de lo que ocurr&iacute;a, absorta en la sorpresa dolorosa de la muerte de su marido. Sus gemidos se escuchaban entre la voz que llamaba a Juvencio con ternura. De pronto levant&oacute; los ojos y mir&oacute; a su hijo, montando al lado de los guerrilleros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Qu&eacute; vas a hacer, hijo m&iacute;o? -le pregunt&oacute;.</p>
<p>-A buscar a los asesino de mi padre -dijo resuelto.</p>
<p>-&iexcl;No, hijo, no! -clam&oacute; ella desesperada-. Eres un ni&ntilde;o... &iexcl;van a matarte!&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Va con hombres, se&ntilde;ora -dijo Cayetano, y mirando al hijo del difunto, su aire resuelto, su rostro p&aacute;lido con los labios apretados y firmes, a&ntilde;adi&oacute;-: &iexcl;Es tambi&eacute;n un hombre, todo un hombre!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Se acerc&oacute; a &eacute;l y puso su mano brevemente sobre el joven. Una extra&ntilde;a ternura le invadi&oacute;; pens&oacute; en Constancia, en todos los hombres y mujeres j&oacute;venes que Vivian sacudidos por la violencia y el infortunio, pens&oacute; que as&iacute; como en la independencia, era injusto todo lo que ocurr&iacute;a en su propia patria. Le dol&iacute;a esa juventud atormentada y confusa, como la que hab&iacute;a vivido.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Vamos -dijo-. &iexcl;Adelante!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los hombres echaron a caminar por las calles donde ahora solo hab&iacute;a gente llorosa y lamentaciones de madres que gem&iacute;an por las hijas raptadas y por sus hombres heridos o muertos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Malditos..., malditos... -balbuceaba En&eacute;simo entre cervantescas interjecciones, de pronto se detuvo y pregunt&oacute;-: &iquest;Y si fueron bandoleros mexicanos?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ricardo intervino entonces.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Ellos no atacan en esta forma. Caen por sorpresa sobre trojes o haciendas o sobre las conductas y las diligencias... &iexcl;Estoy seguro de que estos eran yanquis! Juvencio tiene raz&oacute;n. Nadie pudo ser sino ellos...</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Salieron del pueblo callados y sombr&iacute;os. El camino angosto y h&uacute;medo se levantaba como una se&ntilde;al cortada en la monta&ntilde;a.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Han de estar lejos... -dijo Juvencio-, &iexcl;pero por daremos con ellos, como ser hijo de mi padre!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Daremos con ellos, muchacho..., y cobraremos cara la vida de tu padre -exclam&oacute; Cayetano. Y se hundieron en un silencio hura&ntilde;o. La selva toda trasudaba peligro. Caminaron todo el d&iacute;a y acamparon al anochecer. Armaron el real al amparo de una cueva en la ca&ntilde;ada. Juvencio los llevaba por&nbsp; atajos escondidos, y los caballos acostumbrados a la llanura, perd&iacute;an el tanteo del piso. &iexcl;Qu&eacute; ese mundo al suyo, tendido y ancho bajo el sol!, pens&oacute; Cayetano. El fuego del vivac le encendi&oacute; los ojos ardorosos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Sabe, compadre? -dijo mirando a En&eacute;simo-. &iexcl;Ella es la que me duele..., y todas las mujeres como ella, las que son de carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre1, &iquest;Por qu&eacute; hemos de dejar que caigan en malas manos?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En&eacute;simo no&nbsp; respondi&oacute;. Todav&iacute;a miraba los ojos del muerto, claros como manantiales de agua con todo el sol bebi&eacute;ndose la vida, y o&iacute;a los sollozos de la viuda, y el rebato de las campanas, y os gritos de las mujeres. No pudo m&aacute;s y se levanto como si las brasas le ardieran en la sangre</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Mal rayo los parta -dijo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Juvencio hab&iacute;a hundido la cabeza entre las rodillas, sentado sobre el piso; parec&iacute;a mas ni&ntilde;o, indefenso casi. M&aacute;s all&aacute; de los hombres comenzaban a echarse sobre el piso, tendiendo los pochos para defenderse de la humedad que transudaban las rocas de la cueva. Abajo, el r&iacute;o daba tumbos y rug&iacute;a como fiera encadenada. Ricardo atiz&oacute; el rescoldo y se levanto&nbsp; la llama.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Y pensar que se nos fueron de las manos -dijo.</p>
<p>-&iquest;Qui&eacute;n iba a saberlo? De pronto cre&iacute; que era una gavilla, o gente de guerra que entraba a pedir refuerzos. Hasta aqu&iacute; no hab&iacute;a visto antes los pies de un yanqui.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Todos guardaron silencio y se miraron; hasta Juvencio levant&oacute; el rostro y sus ojos reflejaron el fuego de la hoguera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Alguien les ense&ntilde;a el camino -dijo.</p>
<p>-Cabal -respondi&oacute; En&eacute;simo-. &iexcl;Alg&uacute;n traidor esta con ellos!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Pues a dar con &eacute;l -dijo Cayetano.</p>
<p>-Alguna de tantas veredas debe llevar a su guarida -dijo Juvencio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-No -respondi&oacute; Ricardo-. Alguita de tantas veredas debe llevarnos a donde caigan, ellos no tienen punto fijo donde dormir, de hacerlo, est&aacute;n en los cuarteles de Scout; m&aacute;s bien creo que siguen el sistema de nuestras guerrillas...</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Justo; as&iacute; debe ser -aclar&oacute; Cayetano. Hab&iacute;a quedado pensativo. Ricardo ten&iacute;a razon, guerrillas y contra guerrillas, a las que sin duda alguna se hab&iacute;an unido a las gavillas de merodeadores que asaltaban poblaciones indefensas y saqueaban las trojes de las haciendas. Caro habr&iacute;a de cobr&aacute;rselo a todos aquellos que estaban convirtiendo Veracruz en una ancha cinta de odio y fuego. Hab&iacute;a que llevar un propio con razones para las guerrillas del padre Jarauta y las del padre Martinez, ellos se pondr&iacute;an en contacto con los hombres de Rebolledo y los de rea. Era necesario ponerles una trampa y hacerlos caer en ella a toda costa. Las guerrillas no eran don Antonio L&oacute;pez de Santa Anna.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cayetano relev&oacute; al centinela y quedo all&iacute;, solitario frente a la noche, abismado en el recuerdo de Constancia. A la hora del alba, se le unieron En&eacute;simo y Ricardo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-No ha dormido nada, jefe... - reproch&oacute; cordialmente el joven.</p>
<p>-&iquest;Qui&eacute;n va a dormir? -dijo Cayetano desentumi&eacute;ndose os brazos y las piernas encogidos-. &iexcl;No me ha dejado el recuerdo de Constancia! &iexcl;Con lo que vide all&aacute; abajo, nom&aacute;s pienso en ella! &iquest;Por qu&eacute; no la saque de San Lorenzo y la lleve a un sitio seguro? -se reproch&oacute;-. &iexcl;Ahora ya es tarde! No puedo ir hasta all&aacute; y me atormenta pensar que algo pueda sucederle...</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En&eacute;simo replico:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Ella sabe valerse sola, compadre. Bien que lo demostr&oacute; ya.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cayetano sinti&oacute; como si le hubieran golpeado la cara con la mano abierta. Todo su odio se le encendi&oacute; de nuevo, toda su ansia de venganza se le endureci&oacute; en un momento. Ricardo le mir&oacute; asustado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iquest;Conoces a Macario Pacheco? -pregunt&oacute; el jefe</p>
<p>-&iexcl;Que voy a conocerlo!</p>
<p>-Cabal, pero si alg&uacute;n d&iacute;a se cruza en tu camino av&iacute;same. &iexcl;Tengo una cuenta que cobrarle!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Pues se la cobro yo -dijo Ricardo resueltamente.</p>
<p>A ese nadie lo toca -dijo Cayetano ense&ntilde;ando sus manos sobre el rescoldo de la hoguera-. &iexcl;Estas manos han de hacerse justicia!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Ya lo oyeron -dijo En&eacute;simo-. &iexcl;A ese valedor nadie le pone la mano encima!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Herv&iacute;a el caf&eacute; y o&iacute;an las tortillas calentadas al fuego en las brazas. La mano de Cayetano se apoyo sobre el hombro de Juvencio. Su perfil blanco y p&aacute;lido se recortaba contra el verde follaje de la selva. El joven le mir&oacute; a los ojos y los dos se comprendieron.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-Tal vez hacemos mal -dijo Cayetano suspirando-.Ya una vez en Palma Sola, una mujer me lo dijo, somos nosotros los que clamamos venganza, no es la guerra. &iexcl;Nos olvidamos de ella para ir tras de lo nuestro, y hacemos mal Juvencio!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El muchacho distrajo su mirada en las brasas que pisoteaba la bota de campana del&nbsp; compadre En&eacute;simo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Menos mal que lo tuyo est&aacute; comprometido con los yanquis, menos mal que tu podr&aacute;s tomar desquite contra extra&ntilde;os! Yo tendr&eacute; que hacerlo contra uno de mi raza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y escupi&oacute; con desprecio entre el rescoldo.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<author>Aang</author>
				<category>el batallon de san paticio</category>
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		<pubDate>Sun, 01 Mar 2009 11:38:00 +0100</pubDate>
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		<title>Batallon de San Patricio. Capitulo 12</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-12-179604</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p style="text-align: left;">su falta de comentarios aumentan mi desinteres por seguir escribiendo....</p>
<p align="center">---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>
<p align="center">Capitulo 12</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">Los Colorados</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>El general Romero le mir&oacute; sin sorpresa. Al principio, cuando comenzaron a presentarse los primeros voluntarios, hab&iacute;a abrigado enorme desconfianza. Aquellos hombres a quienes el color de la piel y los cabellos hab&iacute;an dado pie al remoquete con que se les conoc&iacute;a, los colorados, eran gente extra&ntilde;a. Ven&iacute;an de un bando victorioso y en cuyo ejercito cobraban puntualmente sus sueldos y ten&iacute;an adem&aacute;s, la oportunidad de ganarse ascensos y medallas y la gratitud de los Estados Unidos. &iquest;Qu&eacute; impulso les llevaba a pasarse a las filas mexicanas?</p>

<p>Cuando el general presidente reconoci&oacute; a las compa&ntilde;&iacute;as de San Patricio como miembros oficiales del ej&eacute;rcito nacional, hab&iacute;a dictado &oacute;rdenes para que a todo irland&eacute;s se le ofrecieran trescientos acres de buena tierra, una cantidad en efectivo y, adem&aacute;s, el fusil que se les entregar&iacute;a, pero esa oferta hab&iacute;a sido echa cuando ya exist&iacute;a un buen numero de hombres que formaban dos compa&ntilde;&iacute;as. Las proclamas fervorosas y patri&oacute;ticas que se hac&iacute;a circular profusamente entre ellos haciendo un llamado a su conciencia, hab&iacute;an sido tambi&eacute;n escritas despu&eacute;s de la formaci&oacute;n de esos grupos que llevaban mas de seis meses de haber prometido lealtad a M&eacute;xico. &iquest;Pod&iacute;a considerarse que les atra&iacute;a simplemente una rom&aacute;ntica aventura? Las deserciones del invasor eran numerosas, pero no todos abrasaban la causa de M&eacute;xico; en ambos bandos se desertabas para aumentar las gavillas de bandoleros que da&ntilde;aban a las poblaciones civiles tanto o m&aacute;s que la guerra. Lo singular en el caso de los colorados era que sus filas aumentaban mientras mayores eran las victorias del enemigo. Mirando a O'Leary, pens&oacute; en aquellos soldados que. Frente a las bayonetas mexicanas, clamaron piedad con rosarios en la mano.</p>

<p>-&iquest;Estuvo en la Angostura? -pregunt&oacute; secamente.</p>
<p>-No, se&ntilde;or. Cayetano Uribe me recogi&oacute; gravemente herido en el desfiladero de pi&ntilde;ones y me llevo a su casa. Apenas estoy repuesto de las heridas.</p>

<p>-&iquest;Y sabes tambi&eacute;n que los hombres del San Patricio pelean tambi&eacute;n con la soga al cuello? El congreso de la uni&oacute;n ha decretado la pena de muerte a todo hombre que sea capturado.</p>

<p>O'Leary lo ignoraba, era natural que as&iacute; ocurriera. En embargo, los colorados ciertamente no pertenec&iacute;an al ejercito invasor. Hab&iacute;an sido reclutados y se consideraban enga&ntilde;ados, seg&uacute;n se lo hab&iacute;a relatado Dennis Conahan.</p>

<p>Juan hizo un gesto afirmativo y respondi&oacute;:</p>

<p>-Lo acepto todo, se&ntilde;or, tal como es.</p>

<p>El general le mir&oacute; de nuevo, pero esta vez hubo en sus ojos una expresi&oacute;n amable; toc&oacute; la campanilla que hab&iacute;a sobre su escritorio y se present&oacute; un asistente, mientras Juan firmaba en el libro de registro con su nombre y escribi&oacute; su nacionalidad. All&iacute;, en la larga lista en la que figuraban en aplastante mayor&iacute;a los irlandeses, hab&iacute;a tambi&eacute;n nombres alemanes y polacos. &iexcl;Todos arrastrados a la misma suerte!</p>

<p>Dennis estaba esper&aacute;ndole en el claustro, un peque&ntilde;o conventico luminoso y alegre donde los frailes hospedaban a los soldados, que estaban atareados en reparar calzado, en zurcir algunas ropas y en limpiar las armas. Muchos ojos le siguieron los pasos a lo largo del corredor, otros disimularon su curiosidad, afan&aacute;ndose en su tarea y algunos ni le advirtieron, ocupados en jugar a las cartas o en acompa&ntilde;ar una vieja canci&oacute;n que cantaban a coro. Estos eran los heridos, que reposaban sobre el suelo sus cuerpos exhaustos y sus miembros vendados.</p>

<p>-Cuatro mil bajas, entre muertos y heridos -dio Dennis mientras cruzaban por entre los grupos-. &iexcl;La muerte tuvo magnifica cosecha!</p>

<p>En un extremo del corredor, Juan O'Reilly charlaba con sus hombres. Hab&iacute;a sido nombrado comandante&nbsp; del Batall&oacute;n de San Patricio y&nbsp; fue el primer voluntario. Hecho prisionero, desde los comienzos de la guerra, por los soldados de Ampudia cuando en marzo de 1846, despu&eacute;s de innumeras provocaciones por parte de Taylor a las tropas mexicanas, los invasores lanzaron contra&nbsp; el fuerte de Santa Isabel. La heroica y desesperada defensa de la poblaci&oacute;n civil que quem&oacute; la p&oacute;lvora e incendi&oacute; sus casas y se ech&oacute; al camino con sus criaturas, hab&iacute;an desgarrado el velo del enga&ntilde;o.</p>

<p>No eran b&aacute;rbaros quienes as&iacute; defend&iacute;an su patria y sus hogares; no eran b&aacute;rbaros aquellas mujeres que ayudaban a sus hombres a evacuar el Fuerte, que hab&iacute;a sido un hogar com&uacute;n, un reducto contra la apacher&iacute;a; no pod&iacute;a ser b&aacute;rbaros una poblaci&oacute;n civil indefensa.</p>

<p>De f&aacute;cil palabra, Juan O'Reilly hab&iacute;a in&uacute;tilmente tratado de convencer a los soldados mexicanos de la nobleza de sus intenciones, pero cuando a la ca&iacute;da de Matamoros se presentaron cuarenta irlandeses y cuatro esclavos negros "para abrazar voluntariamente la causa de M&eacute;xico", los jefes mexicanos comenzaron a creer en la sinceridad de su actitud.</p>

<p>Era el antiguo llamado por la justicia y la libertad que volv&iacute;a a hablarles en las voces adormecidas de su sangre; era la tristeza de las ciudades incendiadas, la furia del saqueo, la defensa de los d&eacute;biles en una suicida valent&iacute;a; era la voz de Dios que se hac&iacute;a o&iacute;r sobre las llamas que destru&iacute;an templos y hogares, la suprema Voz que hablaba todav&iacute;a mas alto que el estampido de los ca&ntilde;ones. Era el eco rebelde, latente siempre en el recuerdo de la isla lejana, escarnecida y humillada. As&iacute; fue como los d&eacute;biles se unieron a los d&eacute;biles en el sagrado derecho de la libertad. All&iacute; estaba de nuevo la lucha sagrada que ellos creyeron terminada al abandonar su patria y que ahora sal&iacute;a a su paso y aclaraba la mentira y el enga&ntilde;o que los hab&iacute;a arrastrado a tan sangrienta e injusta aventura.</p>

<p>Hombres j&oacute;venes y llenos de esperanzas; viejos cansados de guerrear in&uacute;tilmente, ignorantes y burdos, cristianos al fin de buena cepa que no permit&iacute;an enga&ntilde;o a su conciencia. &iexcl;&iexcl;Era cruel haber sabido en busca de esa tierra prometida y volver a encontrar el ultraje y el despojo de hacerlo suyo nuevamente!</p>

<p>O'Reilly le mir&oacute; a los ojos, le sonri&oacute; y le habl&oacute; en su lengua. Juan O'Leary sinti&oacute; que se estremec&iacute;an las ultimas fibras de sus ser. &iexcl;Qu&eacute; contrasentido escuchar al otro lado del mundo su propio idioma y tratar su propia gente!</p>

<p>-&iquest;Sabes pelear? -pregunt&oacute;.</p>
<p>-No he hecho otra cosa en mi vida -respondi&oacute;.</p>

<p>La ni&ntilde;ez campesina y solitaria parec&iacute;a borrarse en su memoria. Despu&eacute;s de todo, Dominick O'Flymm hab&iacute;a sido un soldado a carta cabal.</p>

<p>O'Reilly ri&oacute;, y con el sus compa&ntilde;eros.</p>

<p>-&iexcl;Uno m&aacute;s muchachos! &iexcl;Un colorado m&aacute;s para el San Patricio.</p>

<p>Sus palabras fueron seguidas por un grito de triunfo y los que cantaban, que parec&iacute;an ajenos al tumulto, iniciaron su canto de guerra: La lavandera irlandesa, sin faltar algunos que, sin gaita, iniciaron los bruscos movimientos de una alegre jiga.</p>

<p>-No hay ropa que ofrecerte -dijo O'Reilly se&ntilde;alando los uniformes sucios y desgarrados de sus hombres. Tal vez alg&uacute;n d&iacute;a seamos un cuerpo decente en el ejercito, despu&eacute;s de todo tienes una bonita camisa- dijo se&ntilde;alando la de manta, que las propias manos de constancia le hab&iacute;an echo-, y con tu ropa de chinaco bien puedes pasar por guerrillero.</p>

<p>Varios hombres hab&iacute;an rodeado a O'Leary y le hablaban con entusiasmo. Todos quer&iacute;an saber al mismo tiempo cu&aacute;l era su condado y d&oacute;nde hab&iacute;a guerreado. O'Reilly hizo un adem&aacute;n de orden y dijo:</p>

<p>-Esta tarde juren bandera los nuevos... -y se volvi&oacute; particularmente a Juan para decirle-: Vas a o&iacute;r algo que no hab&iacute;as escuchado antes. Descansa, porque saldremos ma&ntilde;ana mismo para M&eacute;xico. No hay tiempo que perder, Veracruz est&aacute; amenazada y la jornada es larga.</p>

<p>Dennis Conaban le llev&oacute; afuera, a la plaza del Carmen, donde un sol de oro besaba la dorada cantera de la maravillosa fachada. Juan se recreo los ojos y el esp&iacute;ritu contempl&aacute;ndola.</p>

<p>-Me hubiera gustado conocer este pa&iacute;s en sus tiempos de paz -dijo-. &iexcl;Los hombres que labraron estas piedras deben haber sido buenos cristianos!</p>

<p>-Nunca hab&iacute;a visto semejante alarde -convino Dennis-. &iquest;Te acuerdas de Espa&ntilde;a? Yo la siento aqu&iacute;, pero distinta. Menos austera, menos atormentada, pero no menos piadosa.</p>

<p>Juan no respondi&oacute;. Le bastaba mirar ese encaje exquisitamente trabajado donde los santos y los &aacute;ngeles hab&iacute;an echo un para&iacute;so de piedra.</p>

<p>-Nosotros no tenemos iglesias como &eacute;sta- dijo.</p>
<p>-San Patricio dijo "que los hombres espirituales nunca pueden perder m&aacute;s que deseando bienes temporales, y hasta un libro es para ellos demasiado si se le quiere inmoderadamente".</p>

<p>O'Leary sonri&oacute;. Dennis era muy versado en asuntos religiosos y en la historia de erin, porque hab&iacute;a sido hombre de letras formando en uno de los m&aacute;s pr&oacute;speros monasterios de Espa&ntilde;a.</p>

<p>-Nunca te pregunt&eacute; en Espa&ntilde;a por qu&eacute; abandonaste las &oacute;rdenes religiosas; me gustar&iacute;a saberlo, pero si no lo deseas, olvida que te lo he preguntado.</p>

<p>Dennis guardo breve silencio y coment&oacute;:</p>

<p>-No me importa dec&iacute;rtelo a ti, que lo comprender&iacute;as. Tal vez por eso he recordado a San Patricio; si no fue comprendido por Roma en su tiempo, cuando su palabra estaba viva y su ejemplo era como una zarza ardiendo. Sigo creyendo firmemente lo que &eacute;l dijo: hasta un libro es demasiado si se le quiere inmoderadamente.</p>

<p>Y se&ntilde;al&oacute; la grandeza el templo, m&aacute;s hermoso mientras el sol iba resaltando con sombras las armon&iacute;as de su conjunto.</p>

<p>-Pero la iglesia ha sido almacigo del arte -replic&oacute; Juan.</p>

<p>-No lo niego. Gracias a la iglesia se han edificado templos de incre&iacute;ble belleza; en ellos est&aacute; la Casa del Se&ntilde;or, &iexcl;pero no crees que hay demasiado apego a las cosas terrenas?&nbsp; Estamos viviendo aqu&iacute; en M&eacute;xico lo que sucede cuando hay inmoderado amor por los bienes temporales! La &eacute;poca de los misioneros, de los evangelizadores, pas&oacute; ya desgraciadamente</p>

<p>-&iquest;Y no podr&iacute;as haber sido t&uacute; uno de ellos?</p>

<p>Dennis sonri&oacute; con tristeza.</p>

<p>-hay un momento en el que el hombre se mira a si mismo y se tiene l&aacute;stima. _Su infinita peque&ntilde;ez se pierde ante la grandeza divina. No es sencillo aspirar a la santidad, y yo soy s&oacute;lo un hombre cualquiera.</p>

<p>Se levant&oacute; como si ya no quisiera hablar m&aacute;s de s&iacute; mismo. En la plaza se agrupaban soldados que se dispon&iacute;an a salir. En la Almeda cercana se escuchaba el relinchar de los caballos y los toques de los clarines. Una columna se pon&iacute;a en marcha. Las noticias recibidas de Veracruz eran alarmantes. M&eacute;xico deber&iacute;a disponer de todos sus hombres para esperar al invasor en el nuevo frente de batalla. Tal vez tuviera un poco m&aacute;s de fortuna y lograra rechazarlo definitivamente.</p>

<p>Cuando volvieron al claustro&nbsp; los hombres esperaban el rancho. Una enorme olla humeaba en el naguan. Los frailes hab&iacute;an compartido no solamente su casa, sino participaban de su comida a las compa&ntilde;&iacute;as de San Patricio. Era un solo platillo, pero caliente.</p>

<p>Juan pens&oacute; una vez m&aacute;s en Constancia, le parec&iacute;a verla movi&eacute;ndose libremente por su cocina, atizando l0os le&ntilde;os del hogar, echando las tortillas y moliendo la salsa picante, esa con la que los mexicanos dicen que si no hay salsa no hay comida. &iexcl;que lejos parec&iacute;a estar ya! Un presentimiento le avisaba que Constancia pertenecer&iacute;a ya s&oacute;lo a sus recuerdos.</p>

<p>Por la tarde se presentaron los hombres a jurar bandera en la iglesia del Carmen. Un peque&ntilde;o grupo respondi&oacute; afirmativamente a la pregunta del sacerdote, despu&eacute;s</p>
<p>&nbsp;Juan O'Reilly les hizo repetir en su propio idioma el juramento que prestaban a la causa:</p>

<p>"Se&ntilde;or Dios Omnipotente: no permitas que me aparte de esta causa que acepto con toda mi voluntad, con todas mis fuerzas y toda mi fe. Ay&uacute;dame a respetarla y a sacrificarme por ella en memoria de aquella que hemos dejado m&aacute;s all&aacute; del mar; ay&uacute;dame tambi&eacute;n a conservar mi fe en la hora de la adversidad, porque Cristo est&aacute; m&aacute;s all&aacute; de todas las miserias y tu divinidad es due&ntilde;a del poder y de la gloria. Ser&aacute;s T&uacute; nuestro gu&iacute;a y el sost&eacute;n en nuestras flaquezas. As&iacute; sea".</p>

<p>Era imponente escuchar de nuevo el idioma nativo en las voces de los hombres pose&iacute;dos de la solemnidad de la promesa jurada. Una intensa emoci&oacute;n turb&oacute; el animo de O'Leary arrodillado frente al m&aacute;gico retablo que adquir&iacute;a extra&ntilde;os fulgores a la luz de los crios que lo iluminaban. Una sensaci&oacute;n de paz y de abandono se adue&ntilde;o de &eacute;l y un profundo sentimiento de piedad le invadi&oacute; los sentidos. La m&iacute;stica heredada de los suyos parec&iacute;a acrecentarse en su coraz&oacute;n en ese templo de&nbsp; excepcional hermosura. Su mirada absorta se deten&iacute;a en los detalles de la piedra policromada, se recreaba en el color dorado de la cantera moldeada con amor, como si toda aquella fuera una alabanza al Ser Supremo, y pens&oacute; en lo in&uacute;til de todas las vanidades humanas, en el vano esfuerzo del hombre por seguir quimeras y sue&ntilde;os que parecen, mientras la obra de manos an&oacute;nimas perdura en el tiempo. Y comprendi&oacute; entonces a Dennis Conaban, y sinti&oacute; la impaciencia humana frente al hombre mismo. Su fatalismo le llevaba irremediablemente hacia un camino inseguro y sombr&iacute;o. &iquest;Qu&eacute; m&aacute;s pod&iacute;a hacer sino aceptarlo ya que no hab&iacute;a sido otra cosa que un paria en su patria y en la ajena? &iquest;Que le hab&iacute;a llevado a luchar siempre contra toda esperanza? &iquest;D&oacute;nde, en que lugar estaba la paz, la libertad y la justicia por la que hab&iacute;an combatido por los siglos de los siglos las criaturas que eran hechura de Dios a su imagen y semejanza?</p>

<p>Todos y cada uno de ellos&nbsp; no eran sino hombres dispersos sobre la tierra; cada uno, una huella de dolor y sacrificio, una esperanza en recomenzar una vida que jam&aacute;s hab&iacute;a comenzado verdaderamente...</p>

<p>Siempre repetir la misma historia, la eterna lucha contra el poder&iacute;o y la injusticia desde que un hombre se constituy&oacute; en verdugo de sus semejantes.</p>

<p>Se reuni&oacute; a la salida con Dennis, que le esperaba a la puerta de la iglesia.</p>

<p>Hab&iacute;a ca&iacute;do la noche y en la ancha plazoleta, alumbraba apenas por hachones de ocote, se pod&iacute;a mirar un cielo limpio iluminado de constelaciones. Los relieves de la fachada desaparec&iacute;an en las sombras, y todo el encanto se esfumaba y quedaba una masa negra confundida en las tinieblas.</p>

<p>De entre los grupos se o&iacute;a el rasgueo de una vihuela mientras un guerrillero cantaba. Deber&iacute;a tener intenci&oacute;n malicia en la copla, porque un coro derivas festej&oacute; al cantante.</p>

<p>&iquest;C&oacute;mo pod&iacute;an re&iacute;r aquellos hombres si hab&iacute;an dejado tras de si un campo de batalla sembrado de cad&aacute;veres? &iquest;C&oacute;mo pod&iacute;an cantar si la muerte afilaba su guada&ntilde;a a sus espaldas?</p>

<p>Juan y Dennis sorprendieron algunas parejas en los rincones. En ellas estaba el amor desesperado y violento; un amor sin ma&ntilde;ana.</p>

<p>Una Voz potente y bien timbrada, inici&oacute; una canci&oacute;n que era un lamento:</p>

<p align="center">&iexcl;Ay muerte,</p>
<p align="center">no seas inhumana!</p>
<p align="center">&iexcl;D&eacute;jame vivir ma&ntilde;ana!</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>Se le unieron otras m&aacute;s, que eran &aacute;speras y rudas, pero que se estremec&iacute;an ante un ma&ntilde;ana funesto.</p>

<p>Se escucho el clar&iacute;n tocando a silencio, y una quietud sofocante y llena de presagios lo llen&oacute; todo mientras las campanas dieron el toque de queda.</p>

<p>Fueron apag&aacute;ndose los pasos y las voces. En la plaza sobre el duro piso, tendieron sus jergones los bravos guerrilleros. Frente a la hoguera, los centinelas taladraban con sus ojos las sombras.</p>

<p>Juan O'Leary se sent&oacute; y hundi&oacute; su cabeza en las rodillas. Estaba cansado y triste; una desolada nostalgia de Constancia le abrumaba.&nbsp; Ahora comprend&iacute;a cu&aacute;nto la amaba; en ella estaban reunidos los cari&ntilde;os y esperanzas de toda su vida; aquellos que trunc&oacute; la adversidad y que solamente fueron una r&aacute;faga de dicha. En ella estaba resumido todo.</p>

<p>A pesar de su tristeza, el sue&ntilde;o comenz&oacute; a apoderarse de &eacute;l y se dejo caer al piso, sin sentir su dureza y su frialdad. Ese t&uacute;nel oscuro le llevar&iacute;a al descanso y podr&iacute;a conducirle a sus quimeras, a sus ensue&ntilde;os.</p>

<p>&iexcl;De quien es el ma&ntilde;ana?</p>

<p>Lo &uacute;ltimo que alcanzo a ver, fue la figura erguida del centinela, iluminada por la hoguera del vivac. Un hombre que junto a &eacute;l sorb&iacute;a una jarra de caf&eacute;, llevaba el pecho descubierto y se alcanzaba a ver el brillo de una medalla. Instintivamente tomo la suya y la tomo entre los dedos.</p>

<p>Deirdre... Constancia... el principio y el fin.</p>

<p>Y se dejo llevar, sin fuerzas ni voluntad, por las veredas del sue&ntilde;o.</p>
<p>------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>
<p>---------------------</p>
<p>solo comenten y ya, es como una forma de saber qeu leen esto =) sino sabre qeu le estoy ense&ntilde;ando esto al viendo virtual....</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-12-179604" title="Batallon de San Patricio. Capitulo 12">Batallon de San Patricio. Capitulo 12</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
			</p>
			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>batallon de san patricio</category>
				<comments>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-12-179604#formulario</comments>
		<guid>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-capitulo-12-179604</guid>
		<pubDate>Tue, 30 Dec 2008 01:24:16 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 11</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-11-168789</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p align="center">Capitulo 11</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">La Angostura</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>San Luis Potos&iacute; se divis&oacute; a lo lejos, apenas una mancha ocre entre el gris desolado de llano. Por el camino ya no hab&iacute;a hombres, pero el rastro de su paso estaba sobre la tierra, entre el dolor y las enfermedades. La disenter&iacute;a y el hambre hab&iacute;an echo profundos estragos en el diezmado ejercito.</p>
<p>Muy cerca de la poblaci&oacute;n, Cayetano detuvo su caballo y mir&oacute; a O'Leary por &uacute;ltima vez:</p>
<p>-Todav&iacute;a es tiempo -le dijo-. Si usted es de los yanquis, vuelva con los suyos y que Dios le perdone.</p>
<p>O'Leary guard&oacute; silencio; no dijo verdad ni mentira, simplemente reconoci&oacute; lo suyo y sigui&oacute; tras el guerrillero. Hab&iacute;a decidido presentarse simplemente al general Francisco J. Romero, que era jefe de la compa&ntilde;&iacute;a de San Patricio.</p>
<p>Desde las primeras calles se advirti&oacute; una ciudad sobre las armas. Hombres con la ropa echa jirones, con las cabezas vendadas con sucios trapos, con los brazos colgando en cabestrillos improvisados con rasgones de uniformes, con los rostros demacrados por la fiebre y la disenter&iacute;a, con las manos temblorosas por la debilidad y el hambre; hombres que hab&iacute;an sostenido una tremenda batalla "con una raci&oacute;n de tasajo y de tortillas" y con tres noches de marchas forzadas, sin reponer la fatiga ni el hambre, hombres que vieron en La Angostura temblar a los yanquis ante su empuje pidiendo clemencia arrodillados, con los rosarios y los escapularios en las manos gritando que eran cat&oacute;licos..., &iexcl;lo recordaron entonces cuando vieron la muerte centellear en las puntas de las bayonetas! Y volvieron a olvidarlo cuando Santa Anna se neg&oacute; a firmar el armisticio.</p>
<p>San Luis hab&iacute;a respondido heroica y desinteresadamente al llamado del general presidente. Sacrific&oacute; sus bodegas y sus cosechas para el ejercito y dio sin tasa todo lo que ten&iacute;a en las arcas particulares; all&iacute; se acu&ntilde;&oacute; moneda y se hizo el vestuario que requer&iacute;a ese ejercito echo al amor de la patria y de la libertad..., y ahora recib&iacute;a con los brazos abiertos a los hombres v&iacute;ctimas de la "gloriosa derrota de La Angostura".</p>
<p>La ciudad era toda cuartel y hospital de sangre.</p>
<p>Cayetano y O'Leary caminaban&nbsp; despacio, mirando anonadados los restos del glorioso Ejercito del Norte.</p>
<p>En&eacute;simo Garc&iacute;a apareci&oacute; en una esquina y su ancha y ruda sonrisa fue un saludo breve, que se ensombreci&oacute; al acercarse a Cayetano. Ven&iacute;a a caballo, como buen guerrillero.</p>
<p>-Ya comenzaron a salir de la ciudad las tropas que pueden hacerlo. Los heridos y los enfermos tenerse en pie, ir&aacute;n saliendo poco a poco. &iexcl;Hay revoluci&oacute;n en la capital!</p>
<p>Cayetano se demud&oacute; al escuchar aquella noticia.</p>
<p>-&iquest;Revoluci&oacute;n? -dijo-, &iquest;no basta lo que tenemos ya? &iquest;Qui&eacute;n la encabeza?</p>
<p>-G&oacute;mez Pedraza contra G&oacute;mez Far&iacute;as, con dinero del clero. Hay pena de excomuni&oacute;n para todo el que compre bienes que pertenecen a los conventos...</p>
<p>-&iquest;Y que gente est&aacute; pelando?</p>
<p>-Los Polkos..., son los se&ntilde;ori&iacute;tos de la sociedad. Dicen que los cuarteles son ferias...</p>
<p>-Pero los Polkos no son soldados... -dijo Cayetano incr&eacute;dulo-. &iexcl;Esto ya es demasiado!</p>
<p>-Pero es la verdad -respondi&oacute; su compadre-. Hay revoluci&oacute;n en la capital, mientras los yanquis han sitiado Veracruz...</p>
<p>Cayetano guard&oacute; un silencio pesado y sombr&iacute;o. Volvi&oacute; la vista para encontrar a O'Leary quien hab&iacute;a escuchado asombrado hasta la incredulidad las tristes noticias. Luego los ojos del guerrillero adquirieron un fulgor siniestro y alz&oacute; la fusta; el caballo, encabritado, levant&oacute; el cuerpo y pate&oacute; al vac&iacute;o mientras Cayetano grit&oacute;:</p>
<p>-&iexcl;As&iacute; vamos a ganar la guerra, hijos...!-y solt&oacute; el cervantesco vocablo.</p>
<p>En&eacute;simo y O'LEary miraron aquella c&oacute;lera impotente, aquel furor aplastado por la adversidad.</p>
<p>De pronto, un grito asombrado y alegre llamo un nombre:</p>
<p>-&iexcl;Juan O'Leary, Juan O'Leary!</p>
<p>Sus ojos descubrieron a Dennis Conaban que avanzaba hacia el caballo, los brazos en alto, la risa aflorando sobre el rostro como un destello.</p>
<p>-Dennis Conaban... -exclam&oacute; mientras se apeaba y abr&iacute;a los brazos.</p>
<p>Era el mismo dennos de muchos a&ntilde;os atr&aacute;s; el mismo con el que compartiera desde la ni&ntilde;ez largas horas de juegos y esperanzas.</p>
<p>Cayetano modific&oacute; su expresi&oacute;n de c&oacute;lera. Uno de los hombres del San Patricio hab&iacute;a reconocido a su extranjero, luego entonces, pod&iacute;a haberse equivocado en las duras palabras con que le&nbsp; hab&iacute;a hablado al llegar a San Luis.</p>
<p>Ya no pod&iacute;a pensar serenamente, estaba excitado y furioso, pero su c&oacute;lera iba m&aacute;s contra los suyos que contra los extra&ntilde;os. Si se perd&iacute;a la guerra, la culpa ser&iacute;a de los malos mexicanos que no parec&iacute;an percatarse de la enorme tragedia que aplastaba a sus hermanos por todo el norte del pa&iacute;s. Con la amenaza de Veracruz ser&iacute;a m&aacute;s grave el conflicto y menos hombres a defenderla..., &iquest;estaban locos o eran tan perversos que no pod&iacute;an abrir los ojos a la realidad?</p>
<p>O'Leary y su amigo se hab&iacute;an trabado en una animada charla en su "b&aacute;rbaro idioma".El compadre En&eacute;simo y Cayetano se miraron entre extra&ntilde;ados y conformes.</p>
<p>-Hab&iacute;amos pensado mal, compadre, Dios nos perdone -dijo En&eacute;simo-. Despu&eacute;s de todo, el extranjero estaba con nosotros...</p>
<p>Cayetano se encogi&oacute; de hombros y repuso:</p>
<p>-Ya no s&eacute; nada..., estoy aturdido con todo lo que pasa. Nosotros podemos salir enseguida.</p>
<p>-No con tanta prisa -repuso En&eacute;simo-. Eso mismo le dije a mi teniente coronel Cruz y me dijo que hab&iacute;a que esperar.</p>
<p>-&iquest;Esperar que?</p>
<p>-&iexcl;Sabe!... -dijo En&eacute;simo encogiendo sus anchos hombros.</p>
<p>O'Leary y su amigo volvieron hacia ellos. Juan tendi&oacute; su mano a Cayetano que la estrecho entre las suyas fuertemente...</p>
<p>Cayetano sinti&oacute; el impulso de abrirle los brazos y estrecharlos contra si, pero era hombre poco efusivo y se contento con decirle:</p>
<p>-Gracias, O'Leary..., y perd&oacute;neme.</p>
<p>-Perd&oacute;neme usted a m&iacute; -respondi&oacute; Juan-. Pero no lo dijo por qu&eacute;. &iexcl;Nos encontraremos alg&uacute;n d&iacute;a, en alguna parte y volveremos juntos!</p>
<p>-Dios lo quiera -repuso el guerrillero.</p>
<p>Juan puso en sus manos la brida del caballo y se despidi&oacute; de En&eacute;simo que, conmovido, exclamo:</p>
<p>-Quien dice adi&oacute;s se muere, vale. &iexcl;Somos muy machos para morirnos! &iexcl;Todav&iacute;a tenemos que ense&ntilde;arle a los malditos yanquis quienes somos! &iexcl;La Angostura no fue todo! -sonre&iacute;a con una expresi&oacute;n melanc&oacute;lica que trataba de ser aguerrida.</p>
<p>&iexcl;La Angostura no fue todo!, &iexcl;no! Era apenas una derrota entre muchas otras, todas victoriosas y llenas de gloria y de llanto, de despecho y de impotencia. Eso era La Angostura....</p>
<p>Un irland&eacute;s m&aacute;s en las compa&ntilde;&iacute;as de San Patricio no causar&iacute;a sorpresa alguna.</p>
<p>El extra&ntilde;o fen&oacute;meno de semejanza parec&iacute;a arrastrarlos hacia los d&eacute;biles, hacia os derrotados. Los&nbsp; desertores de las filas americanas aumentaban incre&iacute;blemente el n&uacute;mero de los colorados del San Patricio.</p>
<p>Circulaban profusamente las proclamas patri&oacute;ticas escritas en correcto ingl&eacute;s y firmadas por Guillermo Prieto, Fernando Ram&iacute;rez y Luis Martines de Castro, en las que se hac&iacute;a a los irlandeses un pat&eacute;tico llamado a sus principios religiosos y morales, poni&eacute;ndolos al tanto de la verdadera situaci&oacute;n de M&eacute;xico con respecto a sus invasores.</p>
<p>Aquellos hombres, que en su inmensa mayor&iacute;a hab&iacute;an salido de su patria huyendo de la injusticia, y que buscaban en Estados Unidos el "para&iacute;so prometido", hab&iacute;an, sido villanamente enga&ntilde;ados al arrastrarlos a la guerra. La Verde Erin, as&iacute; como M&eacute;xico, eran pueblos d&eacute;biles y v&iacute;ctimas del saj&oacute;n. Esta semejanza era h&aacute;bilmente aprovechada por los escritores mexicanos, que llamaban a una puerta cuyo resorte no era dif&iacute;cil de hallar. La situaci&oacute;n de M&eacute;xico, hasta en sus problemas internos, era tan parecida a la de Irlanda que pod&iacute;a compar&aacute;rsela perfectamente.</p>
<p>Desde 1823 Irlanda hab&iacute;a vuelto sus ojos hacia M&eacute;xico y diez mil familias solicitaron del gobierno autorizaci&oacute;n para colonizar la provincia de Texas, ya en disputa con los supuestos limites con la Florida, pero M&eacute;xico estaba hundido en tremendas dificultades partidarias y no se respondi&oacute; a ese llamado, sino que se favoreci&oacute; a los planes de Esteban F. Austin, que ten&iacute;a el designio de hacer de Texas parte de la Uni&oacute;n Americana, y no cejar&iacute;a en su empe&ntilde;o, afirmando que sus colonos eran perseguidos en los Estados Unidos por ser cat&oacute;licos.</p>
<p>Algunas familias irlandesas hab&iacute;an fundado el condado de San Patricio que un d&iacute;a fue aniquilado por los indios apaches, que no dejaron de sus hogares piedra sobre piedra. Ya para entonces don Lorenzo de Zavala, Esteban F. Austin y Samuel Houston ten&iacute;a decidida la independencia de Texas y hab&iacute;an resuelto seguir sosteniendo la esclavitud, abolida en M&eacute;xico, como pa&iacute;s independiente.</p>
<p>El hambre de 1846 provocada por la perdida de cosecha de papas, arrastr&oacute; a Texas buena cantidad de inmigrantes irlandeses, esos s&iacute;, cat&oacute;licos perseguidos a quienes Estados Unidos promet&iacute;a "la tierra de libertad"; apenas desembarcados tuvieron noticia de la supuesta agresi&oacute;n de M&eacute;xico hacia la naciente republica de Texas cuya independencia no estaba ciertamente reconocida por el gobierno mexicano, ya que el Congreso no aceptaba la cobarde firma de don Antonio L&oacute;pez de Santa Anna en los arreglos de San Jacinto.</p>
<p>Muchos colonos continuaban fieles a M&eacute;xico mientras una mayor&iacute;a esclavista obedec&iacute;a los intereses de don Lorenzo de Zavala y del Congreso de la Uni&oacute;n y estaban por la guerra.</p>
<p>Las razones expuestas por el gobierno americano fueron tan convincentes que muchos irlandeses creyeron de buena fe que tomaban las armas para combatir a los b&aacute;rbaros del sur, nombre que se dio a&nbsp; la apacher&iacute;a.</p>
<p>Dennos Conaban hab&iacute;a sido de los colonos fundadores del condado de San Patricio y estaba m&aacute;s o menos enterado de los sucesos de la historia, as&iacute; que puso sobre antecedentes a su reci&eacute;n encontrado amigo.</p>
<p>Para ambos, Irlanda parec&iacute;a ahora muy lejana, pero habr&iacute;an de encontrarla revivida a cada paso en el vasto territorio invadido mexicano y ensangrentado. La misma pobreza, la lucha con el miedo hostil siempre al campesino, la inicua explotaci&oacute;n, el acendrado sentimiento religioso del que se hac&iacute;a bandera por la libertad y los derechos humanos y hasta ese cierto desprecio ante la muerte que un cantar mexicano resum&iacute;a en una frase:</p>
<p align="center">"Si me han de matar ma&ntilde;ana</p>
<p align="center">que me maten de una vez..."</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>Los dos amigos hab&iacute;an visto retirarse a Cayetano Uribe y al compadre En&eacute;simo Garc&iacute;a. Ellos eran como muchos hombres en el mundo, luchadores incansables de un ideal que parec&iacute;a cada vez mas lejano, casi inalcanzable. Ellos no equivocaban sus sentimientos y su bandera, sino que eran leales a s&iacute; mismos y al suelo que los vio nacer. No comprender&iacute;an tal vez en su totalidad la tragedia de los inmigrantes, forzados a buscarse una patria que el d&eacute;spota hab&iacute;a echo imposible para ellos; el arraigo a la tierra era tan vital a la sangre de sus venas.</p>
<p>Los extranjeros caminaron lentamente por las angostas calles empedradas que estaban sucias y maltratadas por el paso de hombres y caballos; los adoquines hab&iacute;an soltado bajo el peso de la artiller&iacute;a, y en puertas y ventanas se miraban rostros anonadados, incr&eacute;dulos ante el pavor de lo ocurrido en poblados ocupados por el invasor.</p>
<p>Ni&ntilde;os y perros ambulaban por las calles en busca de limosnas; algunas mujeres esperaban pacientemente ante la puerta de La Lonja para adquirir un poco de ma&iacute;z y la fortuna de unos granos de fr&iacute;jol. San Luis, que hab&iacute;a abierto sus bodegas para llenar de provisiones al ej&eacute;rcito, padec&iacute;a de hambre por su generosidad. Al fortalecer la ciudad, muchos huertos hab&iacute;an desaparecido y los campos, tan raqu&iacute;ticos de por s&iacute;, permanec&iacute;an ociosos. No hab&iacute;a manos para trabajarlos, y las conductas que pod&iacute;an llegar de la Huasteca, lo hac&iacute;an por caminos y veredas extraviadas, dado que Tampico estaba ya en poder del invasor.</p>
<p>-&iexcl;Habernos encontrado aqu&iacute;! -exclam&oacute; dennos pasando su brazo por sobre los hombros de O'Leary. Se detuvo un momento y a&ntilde;adi&oacute;-: &iexcl;Me costo trabajo reconocerte, despu&eacute;s de tantos a&ntilde;os, y metido en esas fachas... -Su sonrisa no era burlesca, pero dif&iacute;cilmente pod&iacute;a dominarla ante aquel traje armado sobre la elevada estatura de su amigo.</p>
<p>-Me vistieron con lo que pudieron -dijo Juan a modo de explicaci&oacute;n, dejando caer los brazos a lo largo del cuerpo.</p>
<p>-No necesitas decirlo..., ya lo veo. &iquest;Qui&eacute;nes son ellos?</p>
<p>-Cayetano Uribe...</p>
<p>Dennos Conaban hizo u gesto de sorpresa.</p>
<p>-&iquest;El guerrillero? &iexcl;No haber sabido quien era!</p>
<p>-&iquest;Lo conoces?</p>
<p>-S&eacute; quien es, no hay en el norte quien no conozca el nombre de Cayetano Uribe... es muy mentado, dijo en espa&ntilde;ol.</p>
<p>-Pues a &eacute;l le debo la vida..., y tambi&eacute;n mi felicidad, si llega el d&iacute;a en que acabe esta maldita guerra y yo pueda volver a San Lorenzo...</p>
<p>Dennos ri&oacute; escandalosamente y algunos rostros se volvieron a verlo con reojo. Domin&oacute; su ruidosa alegr&iacute;a y volvi&oacute; a pasar su brazo sobre los hombros de Juan mientras dec&iacute;a:</p>
<p>-&iexcl;La hija de Cayetano Uribe..., la Constancia!..., &iexcl;quien lo hubiera dicho!</p>
<p>-&iquest;La conoces?</p>
<p>-&iquest;Qui&eacute;n no va a conocerla entre la gente? &iexcl;Son muchos quienes deben a sus cuidados contarse entre los vivos!..., dime c&oacute;mo es ella...</p>
<p>-Demasiado joven..., demasiado hermosa.</p>
<p>-Y t&uacute;..., enamorado como un bobo.</p>
<p>-Enamorado a mis a&ntilde;os, &iexcl;ha de parecer rid&iacute;culo! Pero as&iacute; es. El hombre no puede dejar de amar y ya he vivido una eterna b&uacute;squeda del amor -dijo Juan con gravedad.</p>
<p>-Has vivido una eterna b&uacute;squeda de la mujer, dir&iacute;a yo.</p>
<p>-Tal vez. Yo mismo trat&eacute; de librarme de esa adorable criatura. Una vez estuve dispuesto a echarme al llano y no volver a verla nunca ni saber de ella. &iexcl;Es absurdo, puede ser mi hija!</p>
<p>-Para el amor no hay edades, Juan. Todos los hombres llevan &iacute;ntimamente un anhelo. Encontrarlo es una fortuna que no todos tienen. T&uacute; has sido afortunado, &iexcl;desde nuestra lejana juventud te admir&eacute; por eso!</p>
<p>-&iquest;Admiraste mi desgracia?</p>
<p>-La envidi&eacute;... Deirdre era la mujer que te correspond&iacute;a y que te arrebataron todos esos absurdos que urden las sociedades... &iexcl;Diferencia de clases! &iquest;De d&oacute;nde salieron ellos, Juan? &iquest;No fueron hombres que por malas artes se adue&ntilde;aron del destino de los pueblos? &iquest;De d&oacute;nde el poder y la gloria, la riqueza y la nobleza?</p>
<p>Juan se sobresalt&oacute; al escuchar aquellas palabras.</p>
<p>-Anarquista..., &iquest;o demagogo?</p>
<p>Dennos movi&oacute; la cabeza con gesto dubitativo.</p>
<p>-Cuando se vive como nosotros, al azar del viento, sin ra&iacute;z ni esperanza, se miran muchas cosas que no pudieron verse antes, porque la juventud persigue ideales y la vida va desahog&aacute;ndolos hasta dejarlo a uno desnudo, &iexcl;entonces se piensa!</p>
<p>-Peor t&uacute; aprendiste en una gran escuela, en un seminario famoso.</p>
<p>-Y t&uacute; aprendiste, como yo tambi&eacute;n, en la vida, que es la mejor maestra... S&oacute;lo s&eacute; algo de cierto, Juan. &iexcl;Que el hombre con toda su carga de amarguras y esperanzas, de ilusiones y desenga&ntilde;os, no es sino una sombra que pasa y que el tiempo borra! No somos sino un grano de arena en la inmensidad del desierto. Nuestro destino est&aacute; se&ntilde;alado desde que nuestra madre nos engendr&oacute;, y no podemos escapar de &eacute;l.</p>
<p>Guard&oacute; silencio y se detuvo. Se&ntilde;alando a Juan un ancho portal abierto sobre el que flameaba el pabell&oacute;n tricolor.</p>
<p>-Pasa -le dijo-. Ahora vas a firmar tu suerte con tu destino.</p>
<p>Y sonri&oacute; enigm&aacute;tico, como si aquellas palabras fueran una sentencia.</p>
<p>-------------------------------</p>
<p>-------------------------------</p>
<p>Dejen comentarios porfavor =), y diganme que tal les esta pareciendo este libro.</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-11-168789" title="Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 11">Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 11</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
			</p>
			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>batallon de san patricio</category>
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		<pubDate>Thu, 04 Dec 2008 06:09:16 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 10</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-10-168260</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p align="center">Capitulo 10</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">&iexcl;Se han ido!</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>Nadie los hab&iacute;a sentido partir. La madrugada estaba a&uacute;n lejana y las estrellas parec&iacute;an bajas, luminosas y limpias por el fr&iacute;o del alba.</p>

<p>Juan O'Leary y Cayetano Uribe detuvieron un momento los caballos para volver la vista atr&aacute;s, hasta distinguir el rancho de San Lorenzo, perdido en el llano como una isla en el plateado mar de luna. Una estrella fugaz desprendiese del firmamento y traz&oacute; en el cielo su c&aacute;bala misteriosa. O'Leary se santigui&oacute; con un ligero estremecimiento. Los irlandeses creen que esas estrellas son almas que se alejan de la tierra.</p>

<p>Iban cabizbajos, absortos, pensando ambos en que aquella despedida pod&iacute;a ser la &uacute;ltima.</p>

<p>Constancia sab&iacute;a que se marchar&iacute;an sin despedir; as&iacute; acostumbraba hacerlo su padre APRA ahorrarse ese dolor in&uacute;til y, a pesar de eso, cu&aacute;nto hubiera dado Juan O'Leary por tenerla una vez m&aacute;s entre sus brazos, por sentir el olor de sus cabellos y la frescura de sus labios. &iexcl;Qu&eacute; largos parecer&iacute;an de ahora en adelante las tardes, y qu&eacute; triste el despertar sin escuchar el reclamo de la t&oacute;rtola con el que Constancia acostumbraba&nbsp; llamarle siempre.</p>

<p>Cayetano pensaba mucho recordando la larga y contin&uacute;a lucha vivida, las traiciones y los turbios enga&ntilde;os. Por traici&oacute;n murieron Hidalgo y Morelos: por traici&oacute;n cayeron tambi&eacute;n Iturbide y Guerrero. &iexcl;Qu&eacute; sucia intriga para tan triste muerte! &iexcl;Y qu&eacute; duro vivir en esa lucha sin cuartel y sin esperanza!</p>

<p>Detuvo un momento su cabalgadura y volvi&oacute; la vista atr&aacute;s. Juan O'Leary hizo lo mismo. Ambos miraron la llanura solitaria como un desierto regado con sal.</p>

<p>Ellos, que eran arrojados en el sufrimiento, hab&iacute;an hu&iacute;do&nbsp; acobardados ante el adi&oacute;s de una despedida. En sus ojos hab&iacute;a un brillos h&uacute;medo que secaba el resol y la distancia. Y Juan record&oacute; aquella canci&oacute;n de Constancia:</p>

<p align="center">Yo ya me voy,</p>
<p align="center">s&oacute;lo vengo a despedirme.</p>
<p align="center">Adi&oacute;s mujer,</p>
<p align="center">adi&oacute;s para siempre, adi&oacute;s...</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>La jornada era larga y penosa hasta San Luis Potos&iacute;, donde se reunir&iacute;an las tropas&nbsp; derrotadas en La Angostura, hombres que arrastraban armas, heridos, impedimenta casi inutilizada. M&aacute;s adelante encontrar&iacute;an sin duda restos del Ejercito del Norte, se unir&iacute;an a ellos, y desde ese momento su soledad ser&iacute;a una entre muchas, y su dolor fuego en la misma llama.</p>

<p>Rocas desnudas que ol&iacute;an a fuego y a muerte. Fr&iacute;o h&uacute;medo que castigaba las carnes rendidas por el hambre y la fatiga, y la lluvia implacable que ca&iacute;a por la noche empapando hombres, armas y parque. Las tropas hab&iacute;an sacado el alma de coraje necesario para repeler a Taylor, y pelearon con furia hasta dejarlo de espaldas a la pared. El San Patricio ya figuraba oficialmente reconocido por Santa Anna en el ejercito mexicano. Cayetano los vio pelear como tigres embravecidos; sus gritos enardecieron a los mexicanos cuando se cobr&oacute; al enemigo la primera pieza de artiller&iacute;a, que result&oacute; ser uno de los ca&ntilde;ones perdidos en Monterrey&nbsp; El Obispado. All&iacute; se convenci&oacute; Cayetano Uribe que hab&iacute;a echo bien en rescatar un soldado para su causa, es decir, rescatarlo no era la palabra: ganarlo, pero ahora su hija complicaba las cosas enamor&aacute;ndose de un extranjero.</p>

<p>Acamparon noche cerrada en una choza improvisada. Era necesario descansar u nrato y reponer las fuerzas quebrantadas. Hab&iacute;an recogido en el camino armamento abandonado y las bestias que ya no pod&iacute;an m&aacute;s.</p>

<p>Desensillaron y refrescaron a los caballos y despu&eacute;s prendieron una fogata y calentaron esa humild&iacute;sima comida que cab&iacute;a en las cantinas de la cabalgadura y que ten&iacute;a que durar para varios d&iacute;as. Cayetano ofreci&oacute; a O'Leary un poco de tabaco; que era un pretexto para recomenzar una charla interrumpida por pensamientos sombr&iacute;os.</p>

<p>-&iquest;Podremos salvarnos, irland&eacute;s? -pregunt&oacute; de pronto Cayetano. Torc&iacute;a entre sus dedos el cigarrillo de hoja para llevarlo a los labios y levant&oacute; la vista para ver el rostro de Juan iluminado por el fuego.</p>

<p>-Lo &uacute;nico que nos salva es la f&eacute;, Cayetano Uribe.</p>
<p>-&iquest;En quien hemos de creer, si todos nos traicionan?</p>
<p>-En Dios..., en nosotros mismos.</p>
<p>-&iexcl;Yo creo que por nuestra maldades Dios nos ha olvidado!</p>
<p>-Somos nosotros quienes nos olvidamos de &Eacute;l -respondi&oacute; O'Leary.</p>

<p>Cayetano no contesto; se ech&oacute; sobre las espaldas y mir&oacute; el cielo, que se asomaba por el techo destruido de la caba&ntilde;a. Luego, como si confiaba algo que pasaba sobre su conciencia, dijo con voz queda, tan callada que apenas pudo escucharla el irland&eacute;s.</p>

<p>-&iquest;Sabe? &iexcl;Yo estuve excomulgado!</p>

<p>Juan pareci&oacute; no escucharle, porque no respondi&oacute;. Cayetano entonces se incorpor&oacute; y se apoy&oacute; sobre su brazo mientras pregunt&oacute;.</p>

<p>-&iquest;Oy&oacute; lo que dije?</p>
<p>-Si. Lo o&iacute; perfectamente pero no ha dicho por qu&eacute;.</p>
<p>-Todos los insurgentes lo estuvimos, fue lastimarnos donde mas nos dol&iacute;a. Yo vi a Morelos, al hombre de hierro de don Jos&eacute; Mar&iacute;a llorar como una criatura cuando la inquisici&oacute;n ley&oacute; su excomuni&oacute;n acus&aacute;ndolo de hereje... &iexcl;Y no hab&iacute;a hombre mas piadoso, hombre que hubiera sido m&aacute;s devoto de la Virgen Mar&iacute;a! &iexcl;Es terrible saber que se esta luchando fuera de la iglesia..., es como pensar que se est&aacute; contra ella, contra Dios mismo! &iexcl;Y yo, desde entonces, no me paro en la iglesia..., pero sigo creyendo, sigo poni&eacute;ndome en las manos de Dios! A alguien ten&iacute;a yo que decirle esto &iexcl; por su muero! He vivido ya el infierno -su voz pareci&oacute; ahogarse, luego volvi&oacute; a echarse sobre la espalda y a mirar el cielo.</p>

<p>O'Leary entonces pareci&oacute; hablar consigo mismo. No era una respuesta a Cayetano Uribe, era un recuerdo de sus propias penas y conflictos espirituales.</p>

<p>-Fue el Papa Adriano IV quien decidi&oacute; entregar Erin a los ingleses. La cedi&oacute; a Enrique II para castigar ala rebeld&iacute;a de los irlandeses sobre ciertos asuntos que yo creo no merec&iacute;an tan severo castigo. Eran fervores de un pueblo acendradamente piadoso. De este modo, un pueblo d&eacute;bil y rebelde qued&oacute; uncido por bula papal al carro triunfante de Roma y de Inglaterra. Vino despu&eacute;s la reforma protestante y bajo Enrique VIII, bajo los Tudores, Irlanda sufri&oacute; su mas riguroso castigo, y sigui&oacute; siendo cat&oacute;lica y creyente; y sigue si&eacute;ndolo a pesar de que sus sacerdotes-caudillos han desaparecido. Ahora llevan una pol&iacute;tica de "par a cualquier precio, a toda costa", con tal de que no se les moleste pero los hay, tambi&eacute;n, que siguen llevando en sus sangre la herencia de la lucha por la libertad, y ellos, como los de aqu&iacute; que usted menciono, no se arredran ante el martirio. Es un calvario que debe llegar hasta su cruz, una y cien veces, porque no debemos de juzgar al sacerdocio por el hombre...</p>

<p>Cayetano, como era natural, no ten&iacute;a idea de aquel asunto, es m&aacute;s, ni siquiera imaginaba que en otros pueblos las flaquezas humanas fueran semejantes.</p>

<p>-No olvidar&eacute; sus palabras, Juan O'Leary..., no las olvidar&eacute; cuando la confusi&oacute;n que se avecina&nbsp; est&eacute; a punto de tambalear una y otra vez mi lastimado sentimiento religioso. Me ha hecho un gran bien habl&aacute;ndome como lo hizo... -tendi&oacute; su mano por sobre los rescoldos y Juan se la estrecho con calor.</p>

<p>-Los hombres, como los pueblos, tienen su destino... &iquest;Por qu&eacute; habr&iacute;a yo de venir hasta aqu&iacute;, y en esta soledad, en esta tragedia, encontrar mi felicidad?</p>

<p>Y fue entonces cuando el irland&eacute;s, en lo profundo de su alma, hizo suya la bandera donde el &aacute;guila abr&iacute;a sus alas, mientras la serpiente se arrastraba abajo emponzo&ntilde;&aacute;ndolo todo.</p>			<p>
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			</p>
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		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>batallon de san patricio</category>
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		<pubDate>Wed, 03 Dec 2008 05:22:49 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 9</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-9-167576</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p align="center">Capitulo 9</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">Lo que ha de ser.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>-Acu&eacute;rdate que eres polvo y que has de volver al polvo...</p>

<p>El sacerdote traz&oacute; sobre su frente la se&ntilde;al de la cruz con la ceniza bendecida. Una vez m&aacute;s volv&iacute;a a escuchar aquellas sacramentales palabras que ponen al hombre frente a la eternidad al d&iacute;a siguiente de carnestolendas. A su lado, Constancia y nana Matilde ten&iacute;an el rostro transfigurado por la devoci&oacute;n.</p>

<p>Hab&iacute;an ido hasta el pueblo para cumplir con el precepto de la cuaresma. A Matilde la hab&iacute;an ense&ntilde;ado a hacerlo as&iacute; y ella a su vez hab&iacute;a ense&ntilde;ado a la Constancia. Las mujeres de los peones, con sus hijos y los viejos, hab&iacute;an ido a acompa&ntilde;arlas con el mismo fin, y salieron desde muy temprano para regresar antes de que cayera la tarde. El d&iacute;a era gris y fr&iacute;o y soplaba un viento destemplado, de esos que anuncian las heladas en las tierras desiertas.</p>

<p>Matilde sab&iacute;a del noviazgo de la ni&ntilde;a; esto la intranquilizaba porque, "entre santa y santo, pared de cal y canto", seg&uacute;n dec&iacute;a, mucho m&aacute;s si Cayetano desconoc&iacute;a aquellos amores que pod&iacute;an no ser de su agrado. Los extranjeros no hab&iacute;an logrado en M&eacute;xico otra cosa que desconfianza y hasta corr&iacute;a un dicho que lo se&ntilde;alaba significativamente: "No te cases con extranjero, que quiere criada o busca dinero"; y eso privaba entre gente de mediana posici&oacute;n, &iexcl;qu&eacute; no ser&iacute;a entre pobres que no ten&iacute;an que dar, sino las tierras agrietadas y resecas de San Lorenzo!</p>

<p>Movido por ese presentimiento, hab&iacute;a ido Matilde una noche a la habitaci&oacute;n de O'Leary y le pregunt&oacute; abiertamente cu&aacute;les eran sus intenciones para con la ni&ntilde;a.</p>

<p>Hab&iacute;a penetrado furtivamente y solt&oacute; la pregunta sin pre&aacute;mbulos. La Matilde no era para andarse con rodeos.</p>

<p>-Tengo ojos en la cara y me doy cuenta de las cosas. Eres lo bastante hombre para darte cuenta de que la Constancia es una ni&ntilde;a y con nosotras no vas a jugar -le hab&iacute;a dicho.</p>

<p>Juan sonri&oacute; para tranquilizar su inquietud y le repuso:</p>

<p>-&iquest;Qu&eacute; intenciones puede tener un hombre como yo si no son las de casarse como Dios manda?</p>

<p>-&iquest;Y por qu&eacute; no hablaste con el amo antes de que se hubiera ido y dejara las cosas en regla? Mira que &eacute;l lo present&iacute;a, y me lo dijo: "Cuida de Constancia, si yo le falto y no vuelvo, no la abandones y mira que se case bien casada" Para Cayetano no es el caudal lo que hace un buen matrimonio, sino todo un hombre...</p>

<p>Juan se acerc&oacute; hasta ella y la code&oacute; con sus brazos, la llev&oacute; a su asiento y procur&oacute; calmarla.</p>

<p>-Antes que Cayetano se fuera, Constancia no me hab&iacute;a dado siquiera esperanzas. Era esquiva y no me miraba. Un hombre de mi edad no puede jugar con una ni&ntilde;a...</p>

<p>--No debe, dir&aacute;s..., porque jugar, s&iacute; que pueda hacerlo, mucho m&aacute;s un hombre como t&uacute;, que debe tener m&aacute;s ma&ntilde;as que el mismo diablo...</p>

<p>&nbsp;Juan solt&oacute; la risa, una risa alegre y divertida. Matilde le mir&oacute; con enojo.</p>

<p>-Ya conozco tus santas opiniones sobre los hombres, Matilde..., pero no todos hemos de ser lo mismo.</p>

<p>Comenz&oacute; a caminar por la habitaci&oacute;n; su alta figura se amplificaba contra el muro, iluminaba por la llama de la l&aacute;mpara de aceite. Se detuvo y apoy&oacute; las manos sobre la mesa mientras buscaba la mirada rencorosa de Matilde.</p>

<p>-Dime qu&eacute; debo hacer para convencerte de que tengo intenciones honradas...</p>

<p>La luz de sus ojos, intensamente azul, la trastorn&oacute;. Aquella mirada era capaz de conmover a una roca, su sonrisa hacia amable el rostro y anguloso hasta la barba rojiza parec&iacute;a iluminar sus ojos. Contra su propia voluntad, Matilde sonri&oacute; d&eacute;bilmente mientras pensaba: tiene raz&oacute;n mi ni&ntilde;a en perder la chaveta por este individuo.</p>

<p>-no sabemos nada de ti, de tu familia, de tu tierra -dijo como pretexto que comenzaba a debilitarse.</p>

<p>-Te he hablado de mi y de mi tierra; de mi familia tengo poco que decirte porque nos hemos perdido. Parece extra&ntilde;o que los parientes desaparezcan a veces, como si jam&aacute;s hubieran existido. De mi solo podr&iacute;a contarte una triste historia de tr&aacute;nsfuga, la vida de un hombre que huye sin encontrar refugio, sin ninguna esperanza, sin fe siquiera en s&iacute; mismo, hasta que un d&iacute;a, moribundo y m&aacute;s cerca de la muerte que de la vida, unas manos piadosas le dan lo que nunca tuvo, lo que busc&oacute; siempre, sin encontrarlo -se arrodill&oacute; y tom&oacute; las manos de Matilde y las llev&oacute; a su pecho, hasta sentir las palpitaciones de su coraz&oacute;n, y la mir&oacute; a los ojos-.&iquest;Me crees ahora? -pregunt&oacute;-. &iexcl;Tu coraz&oacute;n, entumido por los a&ntilde;os, puede despertar y o&iacute;r el llamado de mi amor! M&aacute;s todav&iacute;a que esto -dijo aprentando las manos contra el pecho- es Constancia para m&iacute;. &iexcl;Mucho m&aacute;s que mi vida! Lo &uacute;nico por lo que puede vivir un hombre como yo...</p>

<p>Matilde baj&oacute; los ojos y procur&oacute; desasirse de aquellas manos, mientras murmur&oacute; d&eacute;bilmente:</p>

<p>-dios te castigue si mientes, Juan O'Leary... &iexcl;Estas manos que cuidaron tu cuerpo y que trataron de salvar tu alma, te dar&aacute;n la muerte si da&ntilde;as a Constancia...., si te burlas de esta casa donde los Uribe nos dieron amparo a ti y a m&iacute;, cuando &eacute;ramos vidas sin rumbo!</p>

<p>-Dios me libre de hacerlo, Matilde. &iexcl;Por la salvaci&oacute;n de mi alma y de la tuya!</p>

<p>Guardaron los dos silencio, fatigados por aquel momento en que ambos quedaron frente a frente. Matilde se levant&oacute; para marchar, pero Juan la detuvo:</p>

<p>-Tengo que irme , Matilde, y no esta lejano el d&iacute;a en que deba hacerlo. Tengo&nbsp; que cumplir primero mi deber, para venir por la ni&ntilde;a&nbsp; o para quedarme con ella para siempre. &iquest;qu&eacute; se yo? Pero quiero pedirte que la cuides como cosa m&iacute;a, no solamente tuya y de su padre. Ella es lo &uacute;nico que tengo..., y si no vuelvo, Matilde, es porque mor&iacute; lejos y sus manos no cerraron mis ojos. Entonces ay&uacute;dala a olvidarme, ay&uacute;dala a encontrar el amparo y el cari&ntilde;o que yo hubiera querido darle...</p>

<p>Su voz ten&iacute;a un acento opaco, hundido en el dolor anticipado de las cosas. Matilde tembl&oacute; y le tom&oacute; las manos en un impulso de afecto.</p>

<p>-&iexcl;volver&aacute;s!... -le dijo-. &iexcl;tienes que volver!</p>
<p>-No somos due&ntilde;os de nuestro destino, Matilde. Estamos todos empe&ntilde;ados en una guerra, y un desertor como yo, tiene en contra su ley del fuerte, aunque ampare la justicia del d&eacute;bil. S&eacute; lo que me espera si caigo prisionero, &iexcl;y cr&eacute;eme que en ese caso preferir&iacute;a morir combatiendo!</p>

<p>Matilde se cubri&oacute; el rostro con las manos, horrorizada.</p>

<p>-&iexcl;por el amor de Dios..., no digas siquiera! &iexcl; No llames a la mala suerte!</p>

<p>Juan sonri&oacute; tristemente.</p>

<p>-No la llamo. Dios es testigo de que nada hay m&aacute;s lejos de mi deseo que invocar a la madrastra de los hombres..., pero no sabemos lo que pueda suceder. Una guerra no es un juego, Matilde, y menos una guerra como &eacute;sta, en la que los mexicanos no tienen ninguna seguridad para ganarla. Los invasores son due&ntilde;os ya de m&aacute;s de la mitad del territorio.</p>

<p>Le tom&oacute; el rostro con ambas manos y la acarici&oacute; con ternura.</p>

<p>-No digas anda de lo hablado a Constancia. Quede esto entre t&uacute; y yo, como un secreto. Ella lo presiente, pero no lo dice. Yo adivino la lucha que hay en su tierno coraz&oacute;n y por qu&eacute; trata de enga&ntilde;arse, &iexcl;pero deben ser terribles sus noches sin consolaci&oacute;n, sus d&iacute;as que aparenta alegr&iacute;a! &iexcl;No ser&eacute; yo, Matilde, quien le mienta un cari&ntilde;o; no ser&eacute; yo quien la haga infeliz! Dar&eacute; mi vida por la libertad de su patria, que ahora es m&iacute;a tambi&eacute;n. Como irland&eacute;s, yo te lo digo: s&eacute; lo que significa el dominio de gente que habla otro idioma y tiene otro credo religioso. Al amparo de lo uno y de lo otro se esclaviza al hombre y se le despoja de la tierra de sus mayores, de la casa que construyeron las manos de los suyos. A veces pienso que Cristo nuestro Se&ntilde;or sentir&iacute;a verg&uuml;enza de que se use su nombre para invocarlo y se practique lo contrario a lo que &Eacute;l nos ense&ntilde;o...</p>

<p>Matilde se persign&oacute; y movida por un rec&oacute;ndito impulso levant&oacute; las manos y le bendijo, despu&eacute;s, t&iacute;midamente, le bes&oacute;.</p>

<p>-Matilde..., mi vieja y buena Matilde -dijo &eacute;l estrech&aacute;ndola contra su pecho.</p>

<p>No volvieron a hablar para nada de todo aquello. Parec&iacute;a que se lo hab&iacute;an dicho ya todo, pero Matilde, fiel a la suplica recibida de Cayetano, no abandonaba para nada&nbsp; la muchacha. Si acaso alguna vez, haci&eacute;ndose la distra&iacute;da, los dejaba marchar delante de ella cuando por las tardes sal&iacute;an al campo a recoger le&ntilde;a. As&iacute; por lo menos, se dec&iacute;a, no dir&aacute;n que no los dejo en libertad.</p>


<p>-Las fiestas de carnestolendas se quedaron en el calendario. &iquest;Qui&eacute;n iba a tener alegr&iacute;a para ponerse frente a la caza una mascara y hacerle bromas al vecino? Apenas estaba el tiempo para vivir en duelo y trabajar duro para no pasar hambres. Por lo menos descansaban algo, porque Cayetano no hab&iacute;a tra&iacute;do mas heridos hasta San Lorenzo.</p>

<p>Y, sin embargo, para Constancia y Juan O'Leary, aquellos breves d&iacute;as fueron de felicidad. Se aferraban a ellos con renovado br&iacute;o, con ansias de plenitud y de vida; sab&iacute;an que el ma&ntilde;ana era incierto y que pronto llegar&iacute;a la hora de partir.</p>

<p>La anticipada primavera era calurosa y seca por el d&iacute;a y helada por las noches. Las caba&ntilde;uelas no hab&iacute;an tra&iacute;do agua que pronosticaran lluvias para las cosechas. El tiempo era tornadizo como el hombre.</p>

<p>O'Leary pens&oacute; que la primavera era, en mucho, semejante a la juventud, calida y potente, pero sin la frescura de las lluvias, estremecida por la angustia de una tierra atormentada y seca. As&iacute; cre&iacute;a &eacute;l que era el hombre cuando la vida desprende de la ni&ntilde;ez la promesa de sus ilusiones y de sus sue&ntilde;os. La adolescencia tiene amarguras tr&aacute;gicas, tormentos in&uacute;tiles, desvelos est&eacute;riles. Y temblaba como un padre como un padre al pensar que Constancia pudiera tener una&nbsp; juventud como la suya, inquieta y dolorosa, afligida por un amor frustrado y ausencias imprevistas.</p>

<p>-Me duele quererte tanto..., y que me quieras - le hab&iacute;a dicho esa ma&ntilde;ana, mientras marchaba delante de Matilde, las manos enlazadas, retrasando el paso</p>

<p>-Lo que es, es; y lo que ha de ser, ser&aacute;; le respondi&oacute; Constancia,&nbsp; como si en aquellas palabras renunciara a toda idea de lucha y se entregara con las manos atadas al fatalismo.</p>

<p>"Acu&eacute;rdate hombre que eres polvo y que has de volver al polvo..." La voz del sacerdote era mon&oacute;tona, el adem&aacute;n mec&aacute;nico para trazar el signo de la cruz sobre muchas cabezas, y , sin embargo, cu&aacute;n hondas hab&iacute;a llegado hasta el mismo coraz&oacute;n irland&eacute;s.</p>

<p>&iquest;Sal&iacute; alguna vez del polvo?, se pregunt&oacute; con tristeza. &iquest;No he sido sino una brima al viento y un &aacute;rbol sin ra&iacute;ces?</p>
<p>Y pens&oacute; en Deirdre y en aquella hija a la que no conoc&iacute;a, de la que supo su existencia por referencias de Dennos Conaban, soldado de aventura en Espa&ntilde;a como &eacute;l y perdido despu&eacute;s en los azares de aquella guerra.</p>

<p>Se sinti&oacute; invadido por una profunda melancol&iacute;a, por la nostalgia de una ternura jam&aacute;s sentida. Constancia le miraba y apoy&oacute; su mano sobre las suyas.</p>

<p>-&iquest;Estas triste? -pregunt&oacute;.</p>
<p>-&iquest;Por qu&eacute; no estarlo? -respondi&oacute;.</p>

<p>Desde un rinc&oacute;n del templo la Br&iacute;gida les hab&iacute;a visto, y una curiosa sonrisa se dibujo en su rostro.</p>

<p>A la salida procur&oacute; hacerse la encontradiza con ellos, as&iacute; pudo observar a sus anchas al hombre que ocupaba, por derecho, el sitio que Macario Pacheco quisiera para s&iacute;. &iquest;Hab&iacute;a aceptado Cayetano Uribe a un extranjero, a un desperdiciable yanqui para que su hija sustituyera a su enamorado gal&aacute;n?</p>

<p>Marcharon juntos y la Br&iacute;gida procur&oacute; charlar con la Matilde. Ten&iacute;a necesidad de aclarar muchas cosas que le interesaba saber, por si acaso...</p>

<p>Y naturalmente, Matilde relat&oacute; c&oacute;mo hab&iacute;a llegado O'Leary a San Lorenzo y c&oacute;mo la noche en que agonizaba, se present&oacute; Macario por sorpresa.</p>

<p>-T&uacute; no puedes quererlo, &iquest;verdad? -pregunt&oacute; Br&iacute;gida.</p>

<p>-Tengo razones que t&uacute; sabes...</p>

<p>-No por nada se lo trag&oacute; la tierra. Nadie sabe de &eacute;l, ni su propio padre.</p>

<p>Matilde ri&oacute; con una mueca desde&ntilde;osa.</p>

<p>-Ha de querer esconder su cara cortada.</p>

<p>La Br&iacute;gida suspir&oacute; y dijo con f&uacute;nebre acento:</p>

<p>-Por lo menos la Constancia nos veng&oacute; a ti y a m&iacute;, &iquest;verdad?</p>

<p>-&iexcl;Hemos odiado a&ntilde;os y todav&iacute;a no nos aliviamos de ese mal!</p>

<p>-&iexcl;Como crees que vamos a olvidarnos, si nos envenenaron la vida para siempre!</p>

<p>Las dos mujeres guardaron silencio, ambas metidas en su pensamientos y en sus tristezas. Caminaban una a lado de la otra, como dos sobras negras en el oro de la tarde. Delante de ellas, Constancia y Juan marchaban juntos de la mano, golpeando a su paso las piedras sueltas de la vereda.</p>

<p>-&iquest;No va a unirse con las tropas? &iexcl;Yo puedo encaminarlo! -dijo una voz de hombre mitad arriero, mitad soldado.</p>

<p>Constancia intervino violenta, casi disgustada:</p>

<p>-Es de la gente de Cayetano Uribe -dijo secamente.</p>

<p>-Bueno, lo dec&iacute;a por si quer&iacute;a -dijo el hombre disculp&aacute;ndose.</p>

<p>-Quiere, porque no es ning&uacute;n cobarde -terci&oacute; Matilde-, &iexcl;Habr&iacute;as de ver como nos lo trajo el amo! &iexcl;Se lo quitamos a la muerte de entre las garras! Pero no se mover&aacute; de aqu&iacute; hasta que Cayetano Uribe no lo disponga.</p>

<p>El hombre se llev&oacute; la mano al sombrero en se&ntilde;al de saludo. La Br&iacute;gida se despidi&oacute; y sigui&oacute; con ellos.</p>

<p>La gente de San Lorenzo tom&oacute; su camino. Ya bajaba la tarde y el sol untaba sus dedos de sombra sobre el llano. Constancia, temblando, se estrech&oacute; junto a Juan.</p>

<p>Matilde, como si rezara, iba murmurando:</p>

<p>-&iexcl;Malditos..., malditos..., malditos!</p>

<p>Una de las mujeres, como para librarse de&nbsp; malos pensamientos y deseos, levant&oacute; la voz:</p>

<p align="center">Alabado sea</p>
<p align="center">el sant&iacute;simo sacramento</p>
<p align="center">del altar.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>Las otras voces respondieron</p>

<p align="center">Y la limpia&nbsp; y pura</p>
<p align="center">Inmaculada Concepci&oacute;n.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>Ardi&oacute; la yesca tallada por el pedernal y se encendieron los ocotes. Una fila de luces temblorosas se extendi&oacute; por el campo. La noche ven&iacute;a bajando y el aire fr&iacute;o anunciaba la helada.</p>

<p>Ya estaba San Lorenzo a la vista, como un remanso. O'Leary la mir&oacute; con ansia, como si fuera la &uacute;ltima vez que tendr&iacute;a cobijo bajo su techo. All&iacute; hab&iacute;a vivido las mejores horas de su vida y, por extra&ntilde;o que pareciera, sinti&oacute; de pronto el deseo de abandonarlo de una vez por todas y de ir al encuentro de Cayetano Uribe.</p>

<p>-&iquest;D&oacute;nde crees que est&eacute; tu padre? -pregunt&oacute; a Constancia.</p>

<p>-No se..., no se..., &iquest;c&oacute;mo voy a imaginarlo siquiera si ni aquellos hombres lo supieron? &iquest;Quieres irte ya? - le pregunt&oacute; rehuyendo su mirada.</p>

<p>-De una vez Constancia..., antes de que puedas avergonzarte de mi, antes de que yo mismo me sienta un miserable...</p>

<p>Una angustiosa prisa se apoderaba de &eacute;l y le enfermaba de impaciencia.</p>







<p>.</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-9-167576" title="Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 9">Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 9</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
			</p>
			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>batallon de san patricio</category>
				<category>irlanda</category>
				<category>libro</category>
				<category>mexico</category>
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		<guid>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-9-167576</guid>
		<pubDate>Mon, 01 Dec 2008 22:14:23 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 8</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-8-167249</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p align="center">Capitulo 8</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">Confusi&oacute;n</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>No era que Cayetano hubiera abandonado la idea de buscar a Macario. Pacheco; cada d&iacute;a le odiaba m&aacute;s y&nbsp; procuraba no recordarle. &iexcl;Si pudiera borr&aacute;rselo del pensamiento! Pero all&iacute; lo ten&iacute;a, clavado, ardi&eacute;ndole como lumbre en la carne viva. &iquest;Y como habr&iacute;a de olvidarlo si en cualquier momento, a cualquier hora podr&iacute;a volver a San Lorenzo y encontrar sola a Constancia? He de encontrarlo, se dec&iacute;a, as&iacute; ardiera como yesca y la guerra le cobrara su presa. El desquite ser&iacute;a de otros, como le aconteci&oacute; a En&eacute;simo y a tantos otros como &eacute;l. &iexcl;Pero el no se cansar&iacute;a de odiarlo! &iexcl;Sus hombres todos ten&iacute;an la consigna de buscarlo, y aquel que lo encontrara le ajustar&iacute;a las cuentas si no pod&iacute;a hacerlo por propia mano Cayetano Uribe!</p>
<p>Volv&iacute;a a San Lorenzo con ansia de abrasar a su Constancia, ahora m&aacute;s que nunca querida. Su hija era valiente y brava, como la Matilde, pero no quer&iacute;a que, como ella, tuviera la vida amargada por la soledad y los recelos.</p>
<p>-&iexcl;Pensar que hicimos la independencia para ser libres y no lo conseguimos! -dijo a su compadre En&eacute;simo Garc&iacute;a, padrino de Constancia, que andaba con &eacute;l en las guerrillas y volv&iacute;a tambi&eacute;n a San Lorenzo.</p>
<p>-Y pensar que si nos ganan los yanquis volveremos a la esclavitud... -le respondi&oacute;-. &iexcl;Eso dicen los entendidos! Y seremos esclavos y herejes y no de cristianos...</p>
<p>-Lo mismo da de unos que de otros..., &iquest;pero por qu&eacute;, yo me lo pregunto, ni as&iacute; nos entendemos nosotros mismos?</p>
<p>-&iexcl;Sabe! -coment&oacute; En&eacute;simo, con aquella palabra que significaba lo mismo una pregunta que una afirmaci&oacute;n entre la gente del norte.</p>
<p>Las noticias no eran halagadoras. El pa&iacute;s segu&iacute;a dividido en bandos y opiniones, desunido por la masoner&iacute;a, entre escoceses&nbsp; lorquinos..., y ya Zacar&iacute;as Taylor hacia meses que hab&iacute;a tomado Monterrey y permanec&iacute;a inactivo, sin avanzar, como si esperara ma&ntilde;osamente su presa. Nuevo M&eacute;xico, la California, Santa Fe y Chihuahua estaban ya en poder de avanzadas invasoras, y las tropas nacionales no recib&iacute;an parque y armas suficientes, ni ordenes concretas y sensatas; la divisi&oacute;n se ahondaba porque, a falta de dinero en las arcas nacionales, Valent&iacute;n G&oacute;mez Far&iacute;as hab&iacute;a decretado la desamortizaci&oacute;n de bienes de manos muertas. Los bienes de la iglesia, y ya que el alto clero se negaba a proporcionar m&aacute;s y mayores pr&eacute;stamos, &eacute;stos ser&iacute;an confiscados para proporcionar ayuda contra el invasor, medida que contribu&iacute;a a encontrar&nbsp; m&aacute;s los &aacute;nimos, fomentaba el descontento y la desconfianza y desorientaci&oacute;n al pueblo ignorante y hambriento.</p>
<p>-No nos entendemos -dec&iacute;a Cayetano Uribe a su gente-. &iexcl;Parece que hablamos en distintos idiomas!</p>
<p>Las escaramuzas no resolv&iacute;an nada, por m&aacute;s que las guerrillas despegaban valor y denuedo. Se sab&iacute;a que don Antonio L&oacute;pez de Santa Anna, que hab&iacute;a vuelto de su destierro en La Habana, adiestraba gente en San Luis Potos&iacute; para avanzar hacia el norte a encontrar al enemigo. Sobre don Antonio se cern&iacute;a una tormenta de descontento y era inexplicable que, volviendo al pa&iacute;s en guerra como un soldado, seg&uacute;n hab&iacute;a dicho en un discurso, asumiera el gobierno otra ves como presidente y fuera ala ves general en jefe del ej&eacute;rcito.</p>
<p>-&iquest;No fue por don Antonio que perdimos Texas? -hab&iacute;a preguntado En&eacute;simo.</p>
<p>-As&iacute; dicen. Fue &eacute;l quien firm&oacute; ese papel que daba a los texanos su independencia.</p>
<p>-&iquest;Y por qu&eacute; lo firm&oacute;?</p>
<p>-Porque no de haberlo echo, Houston lo hubiera fusilado, &iexcl;digo yo! Ya se sabe que un cobarde en peligro entrega hasta a su madre con tal ve salvar la vida...</p>
<p>-Compadre... -dijo en&eacute;simo levant&aacute;ndose el sombrero por detr&aacute;s y ech&aacute;ndoselo sobre los ojos -&lsquo;Y &eacute;ste es el general-presidente?</p>
<p>-El mismo..., solamente que once a&ntilde;os m&aacute;s tarde.</p>
<p>-Y con once a&ntilde;os m&aacute;s de malas ma&ntilde;as...</p>
<p>Los dos hombres guardaron silencio. Iban adelante, agrupados, pero en desorden, con las armas a la bandolera. No eran tropas de l&iacute;nea sino guerrilleros feroces cuando entraban en acci&oacute;n. Cayetano Uribe no admit&iacute;a en su guerrilla m&aacute;s que hombres honestos, que supieran con certeza lo que iban a hacer. Muchos de los alzados hab&iacute;an acabado por convertirse verdugos de su propia gente y saqueaban las conductas o ca&iacute;an sobre rancher&iacute;as indefensas. Eran hombres sin coraz&oacute;n ni conciencia, maleantes que se echaban al monte seducidos por el grito de guerra de cualquiera de tantos caudillos que se autonombraban salvadores de la patria. En aquella confusi&oacute;n de doctrinas y hombres, de centralistas y federalistas que bien a bien no sab&iacute;an l oque peleaban, el bandidaje&nbsp; hab&iacute;a alcanzado proporciones alarmantes, y la crueldad se superaba cada vez m&aacute;s con los procedimientos que aprend&iacute;an que aprend&iacute;an ahora de los muchos desertores de las filas invasoras que probaban su fortuna incursionando por presidios y poblaciones aisladas y sin guarniciones.</p>
<p>Cayetano no ignoraba que cualquier hombre pod&iacute;a caer en al tentaci&oacute;n de un caudal hecho con rapidez y facilidad y por eso era inflexible con sus hombres. Perdonar una falta hubiera sido tanto como traicionar a&nbsp; la causa, y Cayetano ten&iacute;a muchos a&ntilde;os sobre las espaldas y la amarga experiencia de las luchas de la insurgencia para permitir una indisciplina.</p>
<p>Conoc&iacute;a el terreno como pocos, conoc&iacute;a a sus hombres y odiaba a los yanquis con sacrosanto furor. Nadie pudo explicarse por qu&eacute; hab&iacute;a perdonado la vida de Juan O'Leary y por qu&eacute; lo hab&iacute;a llevado a San Lorenzo. En&eacute;simo Garc&iacute;a se lo pregunt&oacute; una vez y el guerrillero se encogi&oacute; de hombros.</p>
<p>-&iexcl;Sabe! &iexcl;Ser&iacute;a la medalla la que le salvo la vida, no yo!</p>
<p>-&iquest;Se la hubieras perdonado a un gachup&iacute;n?</p>
<p>-Soldado no; civil si. Varios te lo pueden decir. Despu&eacute;s de todo, hablamos el mismo idioma y tenemos la misma iglesia.</p>
<p>-&iquest;Y entre estos..., vendr&aacute;n cristianos? -pregunt&oacute; candorosamente En&eacute;simo.</p>
<p>-Si fueran buenos cristianos no se contar&iacute;an entre ellos... A Dios no le mentimos: o somos sus hijos o somos su entenados.</p>
<p>-&iquest;Y &eacute;ste?... -insisti&oacute; En&eacute;simo-, no vas a enga&ntilde;arte que estaba contra nosotros...</p>
<p>-No. No me he enga&ntilde;ado yo, y creo que tampoco ustedes..., pero Dios le salvo la vida.</p>
<p>Los hombres hab&iacute;an detenido las cabalgaduras. San Lorenzo estaba a la vista, como una luz encendida en el desierto. El sol del poniente ba&ntilde;aba de luz la blancura de los muros y parec&iacute;a encender el rojo de l tejado. Se miraron entre ellos y sonrieron.</p>
<p>-Jam&aacute;s lo vide tan lindo... -exclam&oacute; uno.</p>
<p>-Pues m&iacute;ralo bien..., porque no sabemos ma&ntilde;ana -dijo En&eacute;simo Garc&iacute;a trazando sobre su frente la se&ntilde;al de la cruz.</p>
<p>-A galope, muchachos... -orden&oacute; Cayetano aflojando las riendas de Moro. Los dem&aacute;s le siguieron.</p>
<p>Constancia, desde el pretil, mir&oacute; a lo lejos y dej&oacute; la labor sobre la mesa, se llev&oacute; las manos al pecho como si tratara de calmar los desacompasados latidos de su coraz&oacute;n.</p>
<p>Juan O'Leary la vio palidecer y dirigi&oacute; la vista hacia aquella polvadera que hab&iacute;a atra&iacute;do la atenci&oacute;n de la muchacha.</p>
<p>-Matilde..., Matilde... -grit&oacute; Constancia bajando las peque&ntilde;as escaleras del portal-.&nbsp; &iexcl;Es pap&aacute;..., es pap&aacute;!</p>
<p>Matilde se llev&oacute; las manos a los ojos para hacerse sombra. En el brocal del pozo verti&oacute; el agua en el c&aacute;ntaro con mano temblorosa por la emoci&oacute;n.</p>
<p>-&iexcl;Es el amo..., es el amo! -grit&oacute;.</p>
<p>Las mujeres de los peones se agrupaban avanzando hacia la nube de polvo que era cada vez mas cercana.</p>
<p>Juan se incorpor&oacute; de su asiento. Se sent&iacute;a ahora menos d&eacute;bil y pod&iacute;a caminar algunos pasos sin el apoyo de nadie, pero las fiebres y los sudores le provocaban delirios y malas noches, como si su sola conciencia no fuera lo bastante para obligarle a pasar insomnios.</p>
<p>-&iquest;Es el amo, de verdad? -pregunt&oacute; ansioso.</p>
<p>Matilde le mir&oacute; sonriendo.</p>
<p>-El coraz&oacute;n nos lo ha dicho a todos... -y se&ntilde;al&oacute; hacia las mujeres que corr&iacute;an ya al encuentro de la cabalgata.</p>
<p>Juan se persign&oacute;, como si temiera ese encuentro, como si creyera que los ojos de Cayetano Uribe iban a desnudar sus pensamientos y a descubrir el enga&ntilde;o.</p>
<p>Le hubiera reconocido entre muchos, sin saber por qu&eacute;. Estrechaba a Constancia fuertemente contra su pecho. La mano ruda no hab&iacute;a soltado la fusta guarnecida de plata; el ancho del sombrero alzado sobre los cabellos dejaba descubierta la frente amplia, el rostro anguloso y serio. Usaba, como todos los hombres de la regi&oacute;n, la barba rasurada, pero conservaba el ancho bigote gris y las patillas largas. La expresi&oacute;n de los ojos era fiera, como de &aacute;guila, pero no dejaba de tener, al lado de la hija, una bondad escondida y firme; la boca grande era franca y severa, al mismo tiempo. El cuerpo erguido y seco, de hombre echo a las privaciones y temperazas de una vida parca y austera. Las piernas ligeramente abiertas, demostraban a las claras que era hombre de caballo. Le mir&oacute; de frente y le tendi&oacute; la mano en adem&aacute;n amistoso y seco. Al saludarle le dio su nombre, seg&uacute;n la usanza:</p>
<p>-Cayetano Uribe, para servir a Dios.</p>
<p>Juan Sinti&oacute; la fuerza de aquella mano; su bondad, su rudeza, le recordaron aquellas manos cuya fortaleza lejana estaba adormecida en los recuerdos de su juventud. Esteban O'Leary ten&iacute;a aquellas mismas manos vigorosas y fuertes, manos de hombre que no rehu&iacute;an a la ternura. Manos de var&oacute;n. En lo pasado y&nbsp; el presente, en lo remoto y lo cercano, los dos hombres pod&iacute;an ser uno solo, un solo ideal.</p>
<p>-Me alegra verle fuera de peligro -dijo Cayetano ocupando un asiento que Constancia hab&iacute;a tra&iacute;do mientras Matilde se afanaba en la cocina preparando la cena campesina, la carne asada sobre las brasas, los frijoles negros, las tortillas y el atole. Constancia hab&iacute;a querido ir a ayudarla, pero su padre la retuvo consigo, y ella, incre&iacute;blemente dichosa, le miraba arrobada.</p>
<p>O'Leary tuvo que volver a relatar los mismo que hab&iacute;a contado a las mujeres; Cayetano le escuchaba con inter&eacute;s. Hab&iacute;a cre&iacute;do que en la civilizada Europa no hubiera pueblos esclavizados al frente. &iquest;No se dijo que toda tiran&iacute;a hab&iacute;a muerto con Napole&oacute;n? &iquest;Y Espa&ntilde;a, la grandiosa Espa&ntilde;a, estaba tan revuelta como las tierras de M&eacute;xico que ahora sacud&iacute;an un yugo mas brutal y m&aacute;s infame, un yugo extranjero que tra&iacute;a consigo despojo y esclavitud?</p>
<p>-No hay d&iacute;a que no traiga una nueva lecci&oacute;n -coment&oacute;- y aunque ya estoy viejo, siempre aprendo algo nuevo. La vida es como ir a la escuela.</p>
<p>La gente se hab&iacute;a reunido para rezar el rosario, seg&uacute;n la costumbre, y en esta toc&aacute;bale a Cayetano la piadosa cuenta de las Ave Mar&iacute;as.</p>
<p>Constancia se hab&iacute;a arrodillado junto a Juan, y con la cabeza baja disimulaba su turbaci&oacute;n. Rezaba mec&aacute;nicamente, distra&iacute;da, pensando en una larga conversaci&oacute;n que hab&iacute;a tenido con&nbsp; la Matilde.</p>
<p>-A mi no me enga&ntilde;as Constancia..., entre t&uacute; y el extranjero algo se traen, y yo me s&eacute; lo que es.</p>
<p>La muchacha se sobresalt&oacute;. Los ojillos maliciosos de Matilde la observaban escrutadora mente. Era casi el tribunal de la Santa inquisici&oacute;n erguido frente a Constancia; es m&aacute;s, hac&iacute;a d&iacute;as que esperaba aquel interrogatorio y hasta hab&iacute;a preparado las respuestas, pero en el momento dado se le olvidaron, como si jam&aacute;s las s hubiera meditado.</p>
<p>Baj&oacute; la cabeza y sinti&oacute; que el rubor se le agolpaba en las mejillas. La Matilde se le acerc&oacute; y le tom&oacute; la barbilla para obligarla a levantar la cara.</p>
<p>-&iquest;No me equivoco verdad?</p>
<p>Constancia movi&oacute; la cabeza afirmativamente.</p>
<p>-&iquest;qu&eacute; te ha ofrecido, dime? -continuo la vieja-. &iexcl;Ya se me la historia! -dijo sent&aacute;ndose frente a la muchacha-: Nos casaremos, vendr&eacute; por ti y te llevar&eacute; a mi tierra. Conocer&aacute;s pa&iacute;ses que no has imaginado siquiera...</p>
<p>La muchacha guardaba empecinado silencio y las palabras de Matilde cayeron en el vac&iacute;o.</p>
<p>-&iquest;No es eso lo que te ha prometido? -pregunt&oacute;.</p>
<p>-No me ha ofrecido nada.</p>
<p>Matilde se desconcert&oacute;.</p>
<p>-Te habr&aacute; pedido algo, entonces.</p>
<p>-Solamente mi cari&ntilde;o.</p>
<p>-Es mas peligroso de lo que o cre&iacute;a. Constancia. Espera que llegue tu padre y se aclare esto. Nadita que va a gustarle -dijo Matilde con tono de reconvenci&oacute;n.</p>
<p>-Nada tenemos que ocultar.</p>
<p>-T&uacute;, nada seguramente..., pero &eacute;l...</p>
<p>-&iquest;por qu&eacute; lo dices?</p>
<p>-&iexcl;Conozco el mundo y s&eacute; lo que son los hombres!</p>
<p>-No todos han de ser iguales.</p>
<p>-&iexcl;Son id&eacute;nticos!..., qu&eacute; te crees. Como si el diablo los hubiera echado al mundo de un solo molde.</p>
<p>Matilde advirti&oacute; la zozobra en los ojos de Constancia, la ansiedad de sus labios que temblaron.</p>
<p>-&iquest;Por qu&eacute; eres as&iacute;, Matilde? &iquest;Por qu&eacute; has de pensar siempre mal?</p>
<p>-Porque los conozco, y nada bueno sacar&aacute;s de ellos. Si ya escapaste del Macario, no te enredes ahora por tu propia voluntad. De Macario estuviste a salvo porque no estabas enamorada; de este hombre est&aacute;s apasionada y eso te entregar&aacute; hasta perderte y no tendr&aacute;s lagrimas bastantes para llorar tu verg&uuml;enza.</p>
<p>Constancia ten&iacute;a ya los ojos arrasados de llanto, Matilde parec&iacute;a solazarse criminalmente en atormentarla.</p>
<p>-Un hombre como &eacute;ste no quiere novia, quiere mujer, Constancia. Es hombre maduro, con modos para hacerse querer, con palabras para decir cosas bonitas que te trastocan el cerebro; cualquier d&iacute;a de &eacute;stos, se lo lleva tu padre, si no te lleva a ti antes un mal cari&ntilde;o.</p>
<p>Un sollozo ahogado sacudi&oacute; el cuerpo de la muchacha.</p>
<p>-Ten piedad de m&iacute;, Matilde -suplic&oacute;.</p>
<p>-por eso te lo digo..., vale m&aacute;s que llores ahora no ma&ntilde;ana cuando ni esperanzas tengas de verlo. &iquest;Qu&eacute; sabes t&uacute; de donde vino, qu&eacute; busca y adonde va? No te enga&ntilde;es, Constancia -dijo estrech&aacute;ndola en sus brazos mientras a&ntilde;adi&oacute; con voz muy suave, tan queda que la muchacha&nbsp; casi no la oy&oacute; decir:</p>
<p>-&iexcl;Que Dios me lo perdone!</p>
<p>Esa ma&ntilde;ana, cuando Juan la hab&iacute;a llamado imitando el arrullo de la t&oacute;rtola, tal como ella lo hac&iacute;a, se miraron solamente sin decir palabra y Constancia se alej&oacute; de prisa, toda miedo. Matilde hab&iacute;a conseguido envenenarle el alma, y todo el d&iacute;a rehuy&oacute; encontrarse con Juan bajo la sombra del portal, donde el enfermo yac&iacute;a tomando el sol, saturando de silencio, de espacios abiertos, de llanura.</p>
<p>-&iquest;Por qu&eacute; no me miras siquiera, Constancia? -le pregunt&oacute; esa noche acerc&aacute;ndose a su o&iacute;do mientras la voz de Cayetano llevaba al rezo. Ella le mir&oacute; con ojos h&uacute;medos de ternura y de dolor.</p>
<p>Cuando termin&oacute; el rosario, aparecieron las vihuelas. La ocasi&oacute;n requer&iacute;a olvidarse de la guerra y disfrutar la presencia de los hombres. El tiempo pasar&iacute;a como un suspiro.</p>
<p>Una mano varonil rasgue&oacute; las cuerdas y una voz bien timbrada cant&oacute; un romance mexicano:</p>
<p align="center">A los &aacute;ngeles del cielo</p>
<p align="center">Les voy a mandar pedir</p>
<p align="center">una pluma de sus alas</p>
<p align="center">para poderte escribir.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">Una, dos o tres palabras</p>
<p align="center">donde te pueda decir:</p>
<p align="center">chaparrita de mi vida</p>
<p align="center">t&uacute; eres todo mi querer.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>La m&uacute;sica quer&iacute;a ser alegre sin lograrlo. Las mujeres miraban a sus hombres con un extra&ntilde;o arrobo, con una honda ternura que pon&iacute;a en sus ojos reflejos h&uacute;medos. Los sones despreocupados de las huastecas hac&iacute;an ruido, pero no olvidaban la tristeza, la irremediable despedida.</p>
<p>Juan miraba a Cayetano. &iquest;Hasta qu&eacute; punto ese hombre conoc&iacute;a la verdad sobre &eacute;l, cuando herido le llevaba a San Lorenzo? Se sent&iacute;a humillado al verse d&eacute;bil, y el despecho le apretaba la garganta con su sabor amargo. El huidizo silencio de la Constancia le acongojaba sin esperanza de alivio. &iexcl;Si pudiera irme..., si&nbsp; me fuera posible no verla nunca m&aacute;s! -pensaba.</p>
<p>Pero no podr&iacute;a hacerlo, por mucho que lo deseara. No le ser&iacute;a posible emprender esa larga jornada bajo el sol abrasador del p&aacute;ramo. Y ten&iacute;a que esperar cerca de Constancia, que rehu&iacute;a su compa&ntilde;&iacute;a, que esquivaba sus miradas y le regateaba las palabras.</p>
<p>Casi se sobresalt&oacute; cuando escuch&oacute; a la muchacha ta&ntilde;er la vihuela y cantar; era un dolido canto lleno de nostalgias, desgarradores acentos y escondidos suspiros. Sobre la alegr&iacute;a del baile cay&oacute; un cresp&oacute;n de tristeza. Todos guardaron silencio y la rodearon; las mujeres le apremiaron:</p>
<p>-Sigue, Constancia. &iexcl;Hac&iacute;a tanto que no cantabas! Y ella continu&oacute;:</p>
<p align="center">Yo ya me voy,</p>
<p align="center">al puerto donde se halla</p>
<p align="center">el barco de oro</p>
<p align="center">que debe conducirme.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">Yo ya me voy,</p>
<p align="center">s&oacute;lo vengo a despedirme</p>
<p align="center">adi&oacute;s mujer</p>
<p align="center">&iexcl;adi&oacute;s para siempre, adi&oacute;s!</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>Aquellas voces, unidas todas, eran una imploraci&oacute;n y una queja contra el destino. Las manos fueron estrech&aacute;ndose y se buscaron las h&uacute;medas miradas. La m&uacute;sica y el canto fueron apag&aacute;ndose lentamente y quedaron en silencio, como si de s&uacute;bito la realidad hubiera te&ntilde;ido de luto la aurora cercana.</p>
<p>-&iexcl;Buenas noches, patr&oacute;n! &iexcl;Buenas noches, jefe! &iexcl;Hasta ma&ntilde;ana Constancia!</p>
<p>Por el campo, entre las chozas, se dispersaron los hachones de ocote y todo quedo envuelto en un silencio transparente, bajo un hielo donde la luna iba plegando sus velas.</p>
<p>Juan no durmi&oacute;. Conmovido por las emociones busco su asiento de costumbre bajo el portal. El campo y el cielo parec&iacute;an bru&ntilde;idos y las p&aacute;lidas estrellas languidec&iacute;an en el alba. Como surgidos por un misterioso llamado fueron apareciendo los jinetes de la guerrilla de Cayetano Uribe; eran sombras que se deslizaban sin ruido hacia el amplio horizonte. Se iban sin decirse adi&oacute;s. La madre, la esposa o los hijos sab&iacute;an que encontrar&iacute;an el lecho vac&iacute;o; despedirse era morir anticipadamente. Como gente de campo, abrigaba aquella superstici&oacute;n.</p>
<p>O'Leary sali&oacute; de la soledad, el fr&iacute;o del relente le hizo embozarse en la cobija. Junto al brocal del pozo estaba Constancia; en la hondura del agua se apagaban los luceros y un gallo cant&oacute; a lo lejos. Ya de los hombres de la guerrilla s&oacute;lo quedaba una nube de polvo en la distancia.</p>
<p>Constancia se volvi&oacute; hacia Juan y exclam&oacute; con voz que era un sollozo:</p>
<p>-&iexcl;Se han dio!</p>
<p>Juan le abri&oacute; los brazos y la estrecho contra su coraz&oacute;n. Vencida al fin, Constancia se echo a llorar.</p>
<p>-&iexcl;Constancia, mi peque&ntilde;a... cu&aacute;nto te quiero! -dijo &eacute;l con voz suave-. &iexcl;Si pudiera hacer algo para no verte llorar!</p>
<p>-&iexcl;Tal vez no vuelva a verle!</p>
<p>En estas palabras estaba encerrada su congoja, el dolor de su tierra invadida y sangrante, la desesperanza de los d&eacute;biles y la angustia de todas las mujeres. As&iacute; en muchas partes, llorar&iacute;an las madres y las esposas, las hijas y las novias, pensando que ese adi&oacute;s sin palabras pod&iacute;a ser eterno.</p>
<p>Constancia levant&oacute; su rostro ba&ntilde;ado de l&aacute;grimas y como si ella misma temiera pronunciar sus palabras, dijo tambi&eacute;n:</p>
<p>-&iexcl;Cu&aacute;nto te quiero!</p>
<p>O'Leary se inclin&oacute; a&uacute;n para besarla. Estaba &aacute;vido de cari&ntilde;o, sediento de sus labios, embriagado de su nombre. Era in&uacute;til oponerse a ese amor que le estaba predestinado. &iquest;Qu&eacute; otra cosa si no eso le llev&oacute; hasta ella y puso su vida entre sus manos?</p>
<p>-&iexcl;T&uacute; tambi&eacute;n te ir&aacute;s un d&iacute;a, sin despedirte, sin decirme adi&oacute;s! -dijo ella.</p>
<p>-Pero volver&eacute;, Constancia... Y har&eacute; todo lo que pueda para hacerte feliz.</p>
<p>Ella le puso el dedo en sus labios y sonri&oacute; tristemente.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">&nbsp;</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-8-167249" title="Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 8">Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 8</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
			</p>
			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>batallon de san aptricio</category>
				<category>capiulo 8</category>
				<category>guerra</category>
				<category>irlanda</category>
				<category>mexico</category>
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		<guid>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-8-167249</guid>
		<pubDate>Mon, 01 Dec 2008 06:12:12 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 7</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-7-153972</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p align="center">Capitulo 7</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">Aprender a vivir.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>Un sol blanquizco se adormec&iacute;a sobre el campo sediento, y un cielo triste parec&iacute;a reflejarse sobre el llano, donde algunos brotes dispersos anunciaban una temprana primavera.</p>

<p>Juan O'Leary hab&iacute;a pasado apenas los dif&iacute;ciles d&iacute;as que le tuvieron en el umbral de la muerte. La barba crecida y los ojos hundidos daban a su rostro esa profunda melancol&iacute;a de los convalecientes. Su debilidad le hab&iacute;a puesto a merced de las piadosas manos que se afanaron por hacerle vivir; y viv&iacute;a sin saber c&oacute;mo, ni d&oacute;nde. Recordaba su torpeza cuando le llevaron de la cama hasta la butaca; dio algunos pasos con las piernas temblorosas, con el cuerpo empapado de su sudor fr&iacute;o, con sus ojos empa&ntilde;ados por la impotencia y verg&uuml;enza, en tanto que las dos mujeres se esmeraban por sostenerle y le animaban con palabras cordiales y t&iacute;midas sonrisas. Aquella cortes&iacute;a, un poco r&iacute;gida, un tanto desconfiada, no estaba exenta de ternura.</p>

<p>Lo hab&iacute;an sacado al portal, para que tomara el sol, y desde all&iacute; miraba esa misteriosa lejan&iacute;a que le hablaba de un sitio desconocido y ajeno. M&aacute;s all&aacute; comenzaba la llanura desierta y caliza, como una llama blanca y sucia que requemara las piedras erizadas de espinos.</p>

<p>Muy atr&aacute;s el perfil adusto de la cordillera que llevaba a las Huastecas, fecundas y alegres.</p>

<p>-San Lorenzo es nuestro santo patrono -le dijo Constancia se&ntilde;alando el horizonte mientras dec&iacute;a-:es un poco triste, &iquest;sabe?</p>

<p>San Lorenzo era un sitio completamente espa&ntilde;ol, de no haberse encontrado en M&eacute;xico. Austero y seco, pero sin molinos de viento ni crep&uacute;sculos que lo incendiaran como el&nbsp; crisol de la llanura manchega, crep&uacute;sculos dorados que ten&iacute;an el alivio de las aspas chirriando al viento. La gente de San Lorenzo deber&iacute;a ser como la gente de Castilla, severa, silenciosa, de pasiones violentas y escondidas, de simple vida y recta cristiandad. El color de la piel era semejante, el yantar muy parco, y la palabra, y la efusi&oacute;n de sentimientos, sobrios como el paisaje, como el agua, como la escasa frescura de la tierra. Gente dif&iacute;cil de entregarse a los efectos, pero leal hasta la muerte cuando daban su amistad o su cari&ntilde;o.</p>

<p>O'Leary se imaginaba a Cayetano Uribe como un Quijote, osado y temerario, cauto&nbsp; silencioso. Constancia era la Dulcinea de aquella tierra escasa de verdor; era como una flor bajo el cielo, como las alas de alg&uacute;n p&aacute;jaro o como el espejo del aljibe en que abrevaban los reba&ntilde;os.</p>

<p>La hab&iacute;a contemplado muchas veces frente a &eacute;l, inclinada la cabeza sobre el labor, el cutis api&ntilde;onado y terso, los ojos oscuros sin malicia y los labios risue&ntilde;os y candorosos. Entre todos sus recuerdos no hab&iacute;a una imagen como la de esa criatura sorprendentemente nueva, sin nada que lo atara a &eacute;l y, sin embargo, tan suya. No hab&iacute;a en su semblante la huella de otro rostro, y su voz, cuando le hablaba, ten&iacute;a un dejo de ternura como el arrullo de las t&oacute;rtolas. Hasta su nombre era tan nuevo que no despertaba nostalgias en su coraz&oacute;n.</p>

<p>-Constancia..., &iquest;sabes que tienes un nombre muy hermoso?</p>

<p>-Es el de mi madre.</p>
<p>-&iquest;Te parec&iacute;as a ella?</p>
<p>-Puede ser..., as&iacute; lo siento cuando me mira Cayetano Uribe.</p>

<p>-&iquest;Qu&eacute; edad tienes, Constancia?</p>
<p>-Diecisiete a&ntilde;os.</p>

<p>&iexcl;Qu&eacute; pocos resultaban sus diecisiete a&ntilde;os para el medio siglo que Juan llevaba ya vivido! Constancia pod&iacute;a ser su hija, y se hab&iacute;a aferrado a esa idea tratando de salvarse, por l&oacute;gica, del cari&ntilde;o que le iba naciendo muy dentro, contra su propia voluntad.</p>

<p>A veces sent&iacute;a la profunda impaciencia de partir y alejarse de ella para siempre, no volver a verla nunca m&aacute;s, arranc&aacute;rsela del sentimiento y olvidarla. Pero volv&iacute;a a mirarla, retacada y seria, como una estampa de los viejos tiempos, como alguna imagen de los dorados retablos espa&ntilde;oles donde las santas llevan sonriendo la palma del martirio.</p>

<p>Y pensaba en Deirdre, libre como los p&aacute;jaros, impetuosa como el oleaje, fresca como la lluvia, melanc&oacute;lica tambi&eacute;n como las canciones de su isla, y sin quererlo, la un&iacute;a a Constancia y la hac&iacute;a viva en ella, como si volviera a ser joven y renaciera a una vida en la que esper&oacute; siempre sin lograrla.</p>

<p align="center">Acushla, Acushla,</p>
<p align="center">Tu dulce voz est&aacute; llamando</p>
<p align="center">Me llama dulcemente</p>
<p align="center">Una y otra vez</p>
<p align="center">Acushla, Acushla...</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>Hab&iacute;a cantado en ga&eacute;lico, y Constancia le mir&oacute; atenta, atra&iacute;da por la profunda nostalgia de aquella antigua y desconocida canci&oacute;n. Juan comprendi&oacute; su curiosidad y tradujo al castellano las palabras.</p>

<p>-&iquest;Qui&eacute;n es Acushla? -pregunt&oacute;.</p>
<p>-Eres tu.</p>

<p>Constancia se ruboriz&oacute; sin saber por qu&eacute;. Ella se sent&iacute;a feliz al lado de Juan, tranquila y segura solamente con saberlo cerca.</p>

<p>-Acushla simboliza lo que m&aacute;s amamos, aquella que nos llama donde quiera que estemos, ala que volveremos siempre -dijo Juan.</p>

<p>Constancia baj&oacute; los ojos y los fij&oacute; nuevamente en su labor, pero sus manos y sus labios temblaban, y para ocultar su turbaci&oacute;n, dej&oacute; la labor en su regazo y volvi&oacute; a mirar hacia el campo donde se ahogaban las cigarras.</p>

<p>Ambos guardaron silencio, temerosos de haber dicho algo que pudiera haber sido escuchado por o&iacute;dos ajenos. En verdad, pensaban en lo mismo: en la barra de la separaci&oacute;n, en esa hora implacable que abr&iacute;a de llegar y los apartar&iacute;a de nuevo. Era tan encantador pasar las horas largas llenas de silencio, del sol, de olor a tierra, de lejanos rumores y sentirse cerca y saber que en esa simplicidad se puede ser inmensamente feliz.</p>

<p>La guerra parec&iacute;a olvidada; no la mentaban las palabras, pero estaba viva en sus sentimientos.</p>

<p>Juan ten&iacute;a plena sensaci&oacute;n de culpa. En Irlanda, donde hab&iacute;a permanecido hasta que con Deirdre pareci&oacute; haberse agotado su af&aacute;n de lucha y de libertad, crey&oacute; estar al lado de la justicia; en Espa&ntilde;a, a la que sali&oacute; por la aventura y llevado por el af&aacute;n de recobrar a Deirdre, crey&oacute; tambi&eacute;n estar al lado de los d&eacute;biles.&nbsp; Las revueltas que siguieron a la muerte de Fernando VII convirtieron el pa&iacute;s en un caos sangriento, como si todav&iacute;a Napole&oacute;n no hubiera muerto; y en Am&eacute;rica, Juan se hab&iacute;a equivocado de bandera. Le parec&iacute;a encontrarse arrastrado por un torbellino y todo era confuso, como si una niebla espesa le impidiera hallar el verdadero camino, aunque en el trasmundo de su conciencia intuitivamente tratara de salvar el poco de felicidad que hab&iacute;a encontrado. Y esa dicha era Constancia.</p>

<p>Era in&uacute;til enga&ntilde;arse. La b&uacute;squeda de Deirdre hab&iacute;a sido solo un pretexto para salir de Irlanda. Juan no ten&iacute;a los arrestos de Esteban O'Leary ni la entereza de Dominick O'Flynn. El era como esa juventud de la que su madre abominara tan cordialmente, era de aquellos que llevaban la pol&iacute;tica de paz a toca costa, cansados de la lucha sostenida por los padres de sus padres, sin rescate posible. Y ya era la hora de encontrarse a s&iacute; mismo.</p>

<p>Ahora lo comprend&iacute;a claramente, y frente a Constancia sent&iacute;a verg&uuml;enza y le parec&iacute;a que usurpaba un lugar que no le correspond&iacute;a.</p>

<p>Hab&iacute;a llegado la hora de tener limpios el cuerpo y el alma. &iquest;Pero D&oacute;nde estaban las palabras para decir sus culpas? &iquest;C&oacute;mo desenga&ntilde;ar a Constancia Uribe de que &eacute;l era solamente parte del odiado enemigo?</p>

<p>No supo por qu&eacute; le pregunt&oacute;:</p>

<p>-&iquest;No llueve nunca?</p>

<p>Constancia volvi&oacute; el rostro hacia &eacute;l y le mir&oacute; otra vez, pero como si rehuyera encontrar sus ojos.</p>

<p>-Llueve muy poco..., pero vemos la tormenta por las Huastecas. -Luego de un momento, casi con severidad interrog&oacute;-: &iquest;C&oacute;mo entiende mi idioma y yo no entiendo el suyo?</p>

<p>-&iquest;Te he hablado acaso en mi lengua?</p>
<p>-No, pero cuando estaba enfermo, dec&iacute;a cosas que no pod&iacute;a entenderle..., &iquest;d&oacute;nde aprendi&oacute; el espa&ntilde;ol?</p>
<p>-viv&iacute; largo tiempo en Espa&ntilde;a.</p>
<p>-Pero usted dijo que no era espa&ntilde;ol.</p>
<p>-Telo dije. Soy Irland&eacute;s.</p>
<p>-&iquest;Y que fue a hacer a Espa&ntilde;a?..., &iquest;Qu&eacute; vino hacer aqu&iacute;?</p>

<p>Juan sonri&oacute; y dijo se&ntilde;alando con el indice ala muchacha:</p>

<p>-Eres muy curiosa, &iquest;verdad?</p>
<p>-Si..., me extra&ntilde;a que la gente salga de su tierra y deje su casa y los suyos, &iquest;para que?</p>
<p>-Para buscar lo que no se encuentra nunca.</p>

<p>Constancia hab&iacute;a abandonado por completo la labor en su regazo y escuchaba atenta.</p>

<p>-&iquest;Qu&eacute; es lo que buscan? -pregunt&oacute;.</p>
<p>-Algunos, libertad; otros, fortuna.</p>
<p>-&iquest;Y usted?</p>

<p>Juan levant&oacute; los hombros con gesto displicente.</p>

<p>-Tal vez un sitio donde poder vivir.</p>

<p>Los ojos de Constancia le miraron con extra&ntilde;eza.</p>

<p>-&iquest;Y porque no puede vivir entre los suyos?</p>
<p>-Es una historia muy larga y muy triste -dijo Juan, y a&ntilde;adi&oacute;-: &iquest;Quieres que me entristezca al cont&aacute;rtela?</p>

<p>Ella movi&oacute; la cabeza negando, pero Juan tuvo la impresi&oacute;n de que no era eso todo lo que ella quer&iacute;a saber.</p>

<p>-&iquest;Qu&eacute; mas quieres saber de mi &iquest; -pregunt&oacute;.</p>
<p>-El se&ntilde;or cura dice que debemos huir de los herejes todos los que no hablan nuestro idioma ni profesan nuestra santa religi&oacute;n.</p>

<p>-No te preocupes por eso en lo que a mi respecta, hermosa ni&ntilde;a -dijo galantemente, como un caballero espa&ntilde;ol-. No hablo tu idioma por nacimiento, pero nac&iacute; en un pueblo cat&oacute;lico, perseguido por su fe... -y al decirlo, le mostr&oacute; la medalla que colgaba sobre su pecho.</p>

<p>-Ya la hab&iacute;a visto -dijo ella-, y a esa medalla le debe la vida. Dice mi padre que detuvo la punta de la bayoneta sobre su pecho...</p>

<p>-La he tra&iacute;do hace a&ntilde;os conmigo..., desde que era joven. Fue un regalo de un ser muy querido.</p>

<p>-&iquest;Su madre'</p>
<p>-No...</p>
<p>-&iquest;Su esposa?</p>
<p>-No tengo esposa..., no la tuve nunca -respondi&oacute; y guardo silencio recordando a Deirdre nuevamente, cuando aquella remota tarde en que colg&oacute; sobre su pecho la peque&ntilde;a imagen de plata, le dijo: "S&eacute; que con ella me recordar&aacute;s siempre..." &iquest;Pero porque hablar de Deirdre?, &iquest;Qu&eacute; pod&iacute;a importarle esa historia a una curiosa muchacha como Constancia?</p>

<p>-Debe ser triste no tener a nadie, &iquest;verdad? -dijo ella suspirando conmovida.</p>
<p>-&iexcl;Te tengo a ti! -respondi&oacute; Juan sin reflexionar.</p>
<p>-&iquest;A m&iacute;?</p>

<p>Ella fij&oacute; entonces sus ojos en la mirada azul, fascinada por las pupilas brillantes, por aquellas palabras, por &eacute;l mismo y por su propia e inmensa soledad.</p>

<p>-&iexcl;A mi! -volvi&oacute; a decir, pero no ya como una pregunta, sino como una afirmaci&oacute;n.</p>
<p>-&iquest;Puedes quererme, Constancia Uribe? -pregunt&oacute; con voz suave.</p>
<p>-&iquest;Por qu&eacute; no habr&iacute;a de quererlo? -su voz era suave, inocente, pero firme.</p>
<p>-&iquest;Sabes t&uacute; lo que es amar, Constancia? -pregunt&oacute; Juan tomando entre las suyas las manos de la joven.</p>
<p>-No lo s&eacute;, pero imagino que es alegrarse si el amado es feliz, llorar si &eacute;l sufre; compartir las penas, los trabajos..., y compartirlos para toda la vida...</p>
<p>-Yo no lo habr&iacute;a dicho mejor que t&uacute;, Constancia. &iexcl;Y tu has compartido mi desgracia, mi enfermedad y mi pobreza! &iquest;Es porque me amas?</p>

<p>Se inclino y se llev&oacute; a sus labios las manos de Constancia y a&ntilde;adi&oacute; buscando nuevamente sus pupilas azoradas, como las de una gacela.</p>

<p>-Aunque bien puedes haber sentido piedad por el desconocido que legaba a tus manos.</p>

<p>Constancia movi&oacute; la cabeza negando, Juan paso sobre sus labios su dedo y agreg&oacute;:</p>

<p>-Puedes haberme sentido lastima, Constancia, y me cuidaste como se cuida a un animal herido, y te encari&ntilde;aste con ese pobre ser que era ya m&aacute;s tuyo de lo que se pod&acute;&acute;ia suponer.</p>

<p>-&iexcl;Hac&iacute;a mucho que lo esperaba!</p>
<p>-&iquest;Me esperabas? -pregunt&oacute; sorprendido Juan.</p>
<p>-Si. Le esperaba. Desde alguna noche en que alguno de los hombres habl&oacute; del&nbsp; San Patricio y nos dijo que eran extranjeros que se pasaban del enemigo para pelear por nosotros. Entonces le ped&iacute; ala virgen que me lo mandara.</p>

<p>Aquella confesi&oacute;n resultada inesperada y sorprendente. &iquest;Con que hab&iacute;a soldados que abandonaban al ejercito triunfador?..., &iquest;y con que motivo? Locos deber&iacute;an de ser para hacerlo as&iacute;..., Locos o....</p>
<p>-&iquest;Qu&eacute; m&aacute;s sabes de ellos? -pregunt&oacute; interesado.</p>
<p>-Nada m&aacute;s, por eso esper&eacute; el milagro. La guerra pasa por pueblos alejados y nosotros resentimos sus rigores. &iexcl;Y odiamos a los invasores!</p>

<p>La mirada de Constancia se endureci&oacute; de pronto.</p>

<p>-Tienen raz&oacute;n -dijo, pero no agrego una palabra m&aacute;s. Su sentimiento de culpa, el haber tomado las armas contra M&eacute;xico, era como una muralla que se levantaba entre &eacute;l y la muchacha, y era una muralla infranqueable, un abismo de odio. Lo dec&iacute;an los ojos ardientes, los labios plegados en un citus de rabia impotente, las manos crispadas.</p>
<p>San Patricio, hab&iacute;a dicho. Los soldados extranjeros no pod&iacute;an ser otra cosa que irlandeses que, cat&oacute;licos al fin. No hab&iacute;an visto bien aquella guerra y obedecieron la voz de su conciencia.</p>

<p>Pero tambi&eacute;n hab&iacute;a cat&oacute;licos equivocados como &eacute;l; y al pensarlo, record&oacute; al padre Anthony Ray, quien aseguraba que tomar las armas contra M&eacute;xico no era pelear contra su propia fe, aunque ambos pueblos fueran cat&oacute;licos. De all&iacute; la horrible muerte que unos guerrilleros mexicanos dieran al sacerdote.</p>

<p>-&iexcl;Maldita guerra! -dijo con voz apagada.</p>

<p>Guardaron silencio mirando hacia el horizonte. Un cielo limpio y deste&ntilde;ido por el poniente parec&iacute;a tragarse el sol como una moneda redonda y roja. No hab&iacute;a nubes que embellecieran el crep&uacute;sculo, ni hab&iacute;a p&aacute;jaros que cantaran u buscaran en las ramas de los &aacute;rboles los nidos de su querencia. No hab&iacute;a grillos, ni brumas. All&iacute; seguramente no existir&iacute;an los lepricorn que hicieran travesuras a los humanos, ni niebla donde guarecieran sus tesoros, ni cuevas h&uacute;medas donde danzaran por las noches.</p>

<p>Constancia le mir&oacute; pensativo&nbsp; pregunt&oacute;:</p>

<p>-&iquest;En que piensa?</p>
<p>-En algo tan ajeno... -dijo Juan sonriendo-. Cuando yo era joven todav&iacute;a, esperaba las noches de luna llena para encontrarme con un lepricorn; son unos hombrecitos que caben en la palma de mi mano...</p>
<p>-&iquest;Y existen de verdad? &iquest;Son encantados? -los ojos y la voz de Constancia adquirieron una impaciencia casi infantil.</p>

<p>-No los vi nunca..., &iexcl;pero estoy seguro de que existen!</p>

<p>Y la sedujo nuevamente con el encanto de aquella dorada y vieja leyenda; y le describi&oacute; el paisaje h&uacute;medo y lluvioso, sus grandes lagos, sus r&iacute;os que cantan, su mar rugiente que se estrella contra los acantilados en el mar de Irlanda, y los duendes verdes que hacen zapatos y a los duendes rojos que se beben la cerveza y tienen mal car&aacute;cter.</p>

<p>Y se olvidaron de la guerra, y de las amarguras y las hambres, hasta que el cielo de esta&ntilde;o se fue oscureciendo poco a poco y los &aacute;ngeles de Se&ntilde;or colgaron bajo el oscuro palio sus luceros.</p>

<p>Matilde los encontr&oacute; as&iacute;, las manos enlazadas y charlando como ni&ntilde;os que se contaran embustes. La luz del farol le daba en los ojos oscuros y penetrantes, como el &aacute;guila.</p>

<p>Constancia apart&oacute; de inmediato sus manos y se levant&oacute;.</p>

<p>-Es la hora del rosario -dijo Matilde.</p>

<p>Por el campo se aceleraban las mujeres, los ni&ntilde;os de los peones y algunos viejos.</p>

<p>-&iquest;Querr&aacute; nuestro hu&eacute;sped llevar el rezo de esta noche? -pregunt&oacute; con severa malicia entregando a Juan el grueso rosario de cuentas toscas de madera, ensartadas en un cordel, sucio de tanto manejarse.</p>

<p>-Lo rezar&eacute; con gusto -dijo esperando que la gente se arrodillara, y al concluirlo exclam&oacute;:</p>

<p>-En Irlanda son siempre las mujeres de la casa las que levan el rezo. La autoridad de la mujer es indiscutible en el hogar.</p>

<p>Constancia le miraba desde la noche, donde los luceros parec&iacute;an ensartarse en sus cabellos.</p>

<p>As&iacute; era el hombre que ella hab&iacute;a amado anticipadamente a su llegada. Estaba segura de ello, aunque Matilde dijera&nbsp; que todos los hombres son siempre malvados y perversos. Juan no pod&iacute;a serlo, no pod&iacute;a enga&ntilde;arla ni mentirle.</p>

<p>Sinti&oacute; que el coraz&oacute;n le palpitaba aceleradamente y que la sangre se agolpaba en sus mejillas.</p>

<p>"&iquest;Quieres dej&aacute;rmelo Virgen Santa, por mucho tiempo..., mientras se acaba la guerra y mi padre vuelve? S&oacute;lo as&iacute; ha de irse nunca..., s&oacute;lo as&iacute; se quedara conmigo", rez&oacute; fervorosamente.</p>

<p>Le llev&oacute; a su cuarto mientras la Matilde caminaba erguida, con el farol alumbr&aacute;ndole los pasos.</p>

<p>Del campo ven&iacute;a una voz remota y melanc&oacute;lica:</p>


<p align="center">S&oacute;lo Dios alcanza a ver</p>
<p align="center">lo que hay en el porvenir;</p>
<p align="center">por tanto no has de decir</p>
<p align="center">de esta agua no he de beber.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>Ya en su lecho, Juan se dej&oacute; llevar por el pensamiento de Constancia. Le hab&iacute;a mentido, la hab&iacute;a enga&ntilde;ado..., &iquest;pero que objeto ten&iacute;a arrancar la verdad&nbsp; de su candor? Nunca es tarde para reparar el da&ntilde;o; nunca ser&iacute;a tarde para encontrar a aquellos que se le hab&iacute;an adelantado. Y lo har&iacute;a, porque ten&iacute;a esa deuda que pesaba sobre su coraz&oacute;n m&aacute;s que sobre su conciencia. Porque solo as&iacute; podr&iacute;a ser libre para amarla como nunca hubiera querido a mujer alguna.</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-7-153972" title="Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 7">Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 7</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
			</p>
			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>batallon de san patricio</category>
				<category>capitulo 7</category>
				<category>guerra</category>
				<category>inteervencion norteamericana</category>
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		<pubDate>Sun, 09 Nov 2008 18:22:46 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 6</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-6-153820</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p align="center">Capitulo 6</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">Constancia Uribe.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>-La mujer que a m&iacute; me gusta la tomo, qui&eacute;ralo o no, le guste o no...-dijo Pacheco.</p>

<p>Estaban en una de las callejas del pueblo, solitaria y oscura. Constancia tembl&oacute;, pero saco fuerzas de su propio miedo. Volvi&oacute; la vista en busca de amparo y no vi&oacute; a nadie. Estaba a Merced de Macario.</p>

<p>-Te costara muy caro si tocas a la hija de Cayetano Uribe -replic&oacute; desconociendo su propia voz.</p>

<p>-No mientras Cayetano este lejos de San Lorenzo -dijo Macario tom&aacute;ndola por las manos hasta hacerle da&ntilde;o. Constancia se volvi&oacute; furiosa y &eacute;l comenz&oacute; a re&iacute;r burlesco, mientras dec&iacute;a-: No te asustes, paloma. Yo escoger&eacute; la hora y el sitio. Me gusta hacer las cosas como las hac&iacute;a mi padre bien echas y a la antigua.</p>

<p>Constancia mir&oacute; los ojos oscuros brillar como ascuas; los dientes blancos y parejos destacarse bajo el bigote, por el rostro hermoso y perverso apenas iluminado por la luz que iba muriendo en un atardecer sangriento. Hab&iacute;a logrado desasirse y ech&oacute; a correr, pero la risa de Macario la persegu&iacute;a como un demonio que fuera tras sus pasos como una maldici&oacute;n.</p>

<p>-Antes me mato..., antes me mato -dijo jadeante, sintiendo el agitado coraz&oacute;n golpearle el pecho.</p>

<p>Matilde le mir&oacute; llegar p&aacute;lida y sobresaltada.</p>

<p>-Cualquiera dir&aacute; que has visto un alma en pena -dijo.</p>
<p>-Era el diablo mismo... &iexcl;Macario Pacheco!</p>
<p>-&iexcl;Jes&uacute;s, Mar&iacute;a y Jos&eacute;! -exclam&oacute; Matilde levant&aacute;ndose y yendo hacia Constancia.</p>
<p>-&iquest;Te amenaz&oacute;?</p>

<p>La muchacha afirm&oacute; con un movimiento de cabeza.</p>

<p>-No volver&aacute;s a salir sola, por la se&ntilde;al de la cruz -dijo la vieja besando el sagrado s&iacute;mbolo.</p>

<p>Constancia le relat&oacute; detalladamente el encuentro. Al concluir, Matilde coment&oacute;:</p>

<p>-Con que le gusta hacer las cosas bien echas, como a su padre.</p>

<p>Constancia le mir&oacute; sorprendida.</p>

<p>-&iquest;Cu&aacute;ndo muri&oacute; Macario el grande?</p>
<p>-No, ni&ntilde;a. Ese no ha muerto. &iexcl;Cu&aacute;nto diera este infeliz por ser las botas viejas del conde&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; de Valdespino! El s&iacute; que hac&iacute;a las cosas bien echas; tuvo muchos hijos de muchas mujeres y a ninguno olvid&oacute;. Pero &eacute;ste, el mas despreciable, el mas rid&iacute;culo, iba ser su castigo, iba a ser la afrenta que no puede levarse porque ya no tiene manos para hacerse justicia. -La voz de Matilde temblaba con extra&ntilde;a emoci&oacute;n, todav&iacute;a cuando dijo su frase sacramental: &iexcl;Los hombres son malos, todos ellos son la piel de Judas!, hab&iacute;a en su voz un asomo de llanto.</p>

<p>Constancia guard&oacute; silencio mientras Matilde cerraba los ojos, y los labios le temblaban como si rezara. De pronto interrumpi&oacute; su oraci&oacute;n para decir:</p>

<p>-&iquest;Con que va a escoger hora y sitio? &iexcl;Eso lo veremos, porque para hacerlo tendr&aacute; que pasar sobre los huesos de la vieja Matilde!</p>

<p>Le tendi&oacute; los brazos y se estrech&oacute; contra ella, como si en ese momento Matilde estuviera m&aacute;s temerosa que Constancia ante aquella amenaza.</p>

<p>-&iquest;De verdad..., no te gusta?</p>
<p>-No.</p>
<p>-Es Extra&ntilde;o...</p>
<p>-Tal vez..., pero me da miedo.</p>

<ul>
<li>- Es mejor, es preferible que as&iacute; sea. No volver&aacute;s a salir sola. Te defender&eacute; de un mal encuentro. Ahora du&eacute;rmete.</li>
</ul>

<p>La arrop&oacute; y apag&oacute; la luz. Constancia hubiera jurado que Matilde no dorm&iacute;a. Se levantaron muy temprano. De Palma Sola a San Lorenzo eran dos horas de camino por un llano solitario.</p>

<p>Desde que la guerra hab&iacute;a estallado, meses antes, se hablaba mucho, pero muy pocos hab&iacute;an echo lo que hizo Cayetano Uribe al sacrificarlo todo por su patria.</p>

<p>Todav&iacute;a recordaba Constancia su rostro grave al despedirse:</p>

<p>-No tengo nada que dejarte, sino un hombre honrado y una tierra pobre. S&eacute; que sabr&aacute;s cuidarlos.</p>

<p>Y los cuidaba con celo, porque alg&uacute;n d&iacute;a la guerra acabar&iacute;a y Cayetano vendr&iacute;a de nuevo.</p>

<p>Pero nada m&aacute;s lejos de aquellas esperanzas. Desde la toma de Monterrey, las guerrillas comenzaron su verdadera lucha. El territorio no se prestaba para combates enforma, y esto lo sab&iacute;an los hombres de las guerrillas. El teniente Coronel Cruz consider&oacute; a Cayetano como un valioso elemento y le confi&oacute; las haza&ntilde;as m&aacute;s peligrosas que el viejo soldado cumpli&oacute; con valent&iacute;a y desici&oacute;n.</p>

<p>Desde agua nueva, Las animas, El salado y por Pe&ntilde;asco, La Hedionda y Laguna seca, por valles y desfiladeros, las guerrillas de Cayetano Uribe eran incansables. El numero de heridos hizo que este resolviera a llevar a San Lorenzo a todoslos que pudieran transportarse. Una vida salvada era un hombre sobre las armas, un soldado para intervenir la injusta intervenci&oacute;n.</p>

<p>-&iquest;Podr&aacute;s hacerlo,&nbsp; Constancia? -pregunt&oacute; una noche, aquella en que volv&iacute;a a verla despu&eacute;s de su partida.</p>

<p>-Tratar&eacute; de hacerlo. Pondr&eacute; mi alma en servir de esta manera.</p>

<p>Cayetano la bendijo y parti&oacute;, no hab&iacute;a tiempo que perder; el enemigo avanzaba implacablemente.</p>

<p>Ni Constancia ni nana Matilde ten&iacute;an tiempo para preocuparse de los Pacheco. La hedionda estaba alejada, y ellos posiblemente hubieran sentido un impulso generoso y se decidieran por la guerra. En San Lu&iacute;s Potos&iacute;, el general Santa Anna adiestraba tropas para salir a combatir a Zacar&iacute;as Taylor, adue&ntilde;ado de casi todo el norte, mientras los pol&iacute;ticos discut&iacute;an las conveniencias o las desventajas del centralismo o la federaci&oacute;n, como si la forma de gobierno fuera m&aacute;s importante que combatir al invasor.</p>

<p>En el af&aacute;n de ayudar, de ser &uacute;til a los hombres que serv&iacute;an a M&eacute;xico, Juan O'Leary entr&oacute; en la vida de Constancia Uribe.</p>

<p>Una noche en que el herido parec&iacute;a entrar en agon&iacute;a la joven junto al lecho la pas&oacute; rezando casi con histerismo. De pronto crey&oacute; escuchar el galope de un caballo y se sobresalt&oacute;. No pod&iacute;a permanecer all&iacute; sola y ver morir al hombre que casi agonizaba sin m&aacute;s compa&ntilde;&iacute;a que su escaso valor. Todo pod&iacute;a soportarlo menos eso. Se levant&oacute; suavemente y sin ruido cruz&oacute; la puerta y sali&oacute; al portal. Mir&oacute; hacia la llanura solitaria. El cielo, cuajado de estrellas, le dio un poco de tranquilidad. Penetr&oacute; en la cocina llevando en la mano un peque&ntilde;o farol con una vela de sebo que ard&iacute;a parpadeante y la coloc&oacute; sobre la mesa. El relincho de un animal afuera de la habitaci&oacute;n la puso en guardia, se llev&oacute; las manos al pecho sintiendo palpitar su asustado coraz&oacute;n.</p>

<p>-&iexcl;No..., Dios m&iacute;o no lo permitas! -musit&oacute; persign&aacute;ndose, recordando la superstici&oacute;n de los rancheros sobre la muerte cabalgando entre la noche.</p>

<p>La puerta se abri&oacute; de improviso y apareci&oacute; en ella Macario Pacheco. Constancia dio un grito al reconocerle. Macario se hab&iacute;a levantado el ala del sombrero y avanzaba hacia ella sonriendo burlescamente.</p>

<p>-&iquest;Te acuerdas que te dije que escoger&iacute;a hora y sitio? Entonces hubiera sido imprudente. Est&aacute;bamos en el pueblo y los hombres del mes&oacute;n hubieran podido socorrerte. Ahora est&aacute;s sola y tu plazo se ha cumplido...</p>

<p>Constancia trat&oacute; de alcanzar la puerta, pero Macario se lo impidi&oacute; tom&aacute;ndola de los brazos.</p>

<p>-Est&aacute;s sola...,&iquest;no te das cuenta? Despu&eacute;s de esta noche es cuando vas a querer casarte conmigo y no ser&aacute; posible. Nadie podr&aacute; obligarme, &iquest;entiendes?</p>

<p>Constancia le implor&oacute;:</p>

<p>-Un hombre esta muri&eacute;ndose, Macario..., &iquest;lo dejar&aacute;s morir sin que encomiende su alma a Dios?</p>

<p>-&iquest;Qu&eacute; me importa a mi cualquiera? Yo estoy vivo y t&uacute; sigues gust&aacute;ndome como antes. &iexcl;Que se muera el que tiene que morir!</p>

<p>Esas palabras tuvieron el poder de despertar en Constancia toda su c&oacute;lera y su indignaci&oacute;n. Con fuerzas desconocidas dio un empell&oacute;n a Macario que, al tambalearse por lo inesperado del ataque, tropez&oacute; con la mesa y la tir&oacute; al suelo. La luz se apag&oacute;. En la oscuridad s&oacute;lo se escucho el jadeo de su respiraci&oacute;n enfurecida.</p>

<p>-Perra..., maldita perra..., conmigo no vas a jugar ya m&aacute;s -grit&oacute;.</p>
<p>Ese breve instante sirvi&oacute; a Constancia para buscar a tiendas el atizador del fog&oacute;n y con &eacute;l entre las manos tembl&oacute; de miedo y rabia.</p>

<p>-Atr&eacute;vete a tocarme..., da un paso m&aacute;s y no respondo de mi... -al decirlo, desconoci&oacute; su propia voz.</p>

<p>Macario, desde su rinc&oacute;n de sombras pregunt&oacute;:</p>

<p>-Di solamente por qu&eacute; no me has querido.</p>
<p>-Porque me repugnas. Porque eres malo, como tu padre...</p>

<p>-Y t&uacute; eres hip&oacute;crita, como el tuyo..., pero yo te dejar&eacute; tan humillada como tu me dejaste a mi, &iquest;te acuerdas?</p>

<p>Se hab&iacute;a orientado en la oscuridad y&nbsp; avanzaba hacia la muchacha pisando los carros rotos, en el piso humedecido por el agua derramada. Constancia casi pod&iacute;a verlo, m&aacute;s bien, present&iacute;a d&oacute;nde estaba por el sonido de su voz.</p>

<p>-Te advierto... &iexcl;No te me acerques! -grit&oacute;.</p>
<p>-&iquest;Crees que tengo miedo, chiquita? &iexcl;A mi no me asusta ni el diablo cuant&iacute;ennos t&uacute;!</p>

<p>Estaba como siempre, arrogante y seguro. Constancia sinti&oacute; sus pasos, su aliento, y levant&oacute; el atizador cerrando los ojos mientras dec&iacute;a:</p>

<p>-&iexcl;Aver Mar&iacute;a Pur&iacute;sima!...</p>

<p>Sinti&oacute; que el atizador hab&iacute;a golpeado y escuch&oacute; un alarido de&nbsp; rabia y una maldici&oacute;n:</p>

<p>-Malhaya...</p>

<p>Por la puerta entornada vio salir tambaleante una sombrea, y ella, desfallecida, se dejo caer sobre el piso. Al coraje segu&iacute;a una sensaci&oacute;n angustiosa de miedo. Si Macario volviera, ya no podr&iacute;a defenderse. No encontraba el atizador. Escuch&oacute; los cascos del caballo golpear suavemente la tierra y le pareci&oacute; que se alejaba. Alguien abri&oacute; la puerta llevando en las manos un farol que ilumin&oacute; la revuelta estancia.</p>

<p>-Por los santos varones... &iquest;Qu&eacute; sucedi&oacute; aqu&iacute;? -pregunt&oacute; Matilde con sobresalto.</p>

<p>Constancia, apenas pudo, respondi&oacute;:</p>

<p>-&iexcl;Macario Pacheco!</p>
<p>-Hijo de su... -grit&oacute; Matilde en el como de si indignaci&oacute;n. Constancia no se alarmo siquiera. En esos momentos se sent&iacute;a a salvo y nada le importaba lo que Matilde hiciera o dijera. La vieja mujer sali&oacute; a la puerta y grit&oacute; en demanda de auxili&oacute;. No tardaron en presentarse algunos hombres que no eran sino un remedo de guerrilleros, sin armas, debilitados y heridos.</p>

<p>Matilde se hab&iacute;a acercado a Constancia y la sostuvo, la llevo a una silla u mientras los hombres levantaban la mesa y pon&iacute;an un pocote orden, trataba de consolarla. A la d&eacute;bil luz del farol descubri&oacute; una mancha de sangre sobre la tierra suelta de la cocina. Al mismo tiempo la hab&iacute;an visto los hombres.</p>

<p>-&iexcl;Lo heriste Constancia!...</p>

<p>Uno de ellos ten&iacute;a el atizador en las manos.</p>

<p>-&iexcl;Vaya si le diste un diablazo, muchacha! -dijo como un general en una acci&oacute;n arriesgada y heroica-. &iexcl;Bien por la chiquilla!</p>

<p>Apenas entonces Constancia se dio cuenta de lo sucedido y pregunt&oacute; asustada:</p>

<p>-&iquest;Lo habr&eacute; matado?</p>
<p>-No, mi alma, &iexcl;que bueno fuera! Los muertos no se van a caballo...</p>

<p>Matilde tuvo entonces un ligero presentimiento:</p>

<p>-&iquest;Qu&eacute; hac&iacute;as aqu&iacute;?</p>

<p>Constancia se puso de pie bruscamente.</p>

<p>-Me dio miedo. El extranjero agonizaba y sal&iacute; a buscarte...</p>

<p>Echo a correr sin importarle la oscuridad y abri&oacute; la temblorosa puerta de la habitaci&oacute;n. El rostro afilado y p&aacute;lido ten&iacute;a los ojos grandemente abiertos y la mir&oacute;. Ella se acerco temblando y le tom&oacute; los las manos, se arrodillo y murmur&oacute;:</p>

<p>-No volver&eacute; a dejarte..., no, por Dios, as&iacute; el miedo me mate contigo...</p>

<p>El extranjero cerr&oacute; sus ojos y ella le mir&oacute; anonadada. Las manos eran tibias, sudorosas, sacudidas a veces casi imperceptiblemente.</p>

<p>Atr&aacute;s de ella, Matilde comenz&oacute; a rezar el rosario de difuntos. Parec&iacute;a el fin de todo af&aacute;n, de tanto esfuerzo, de tanto desvelo. Las voces de los hombres, enronquecidas, salmodiaban el mon&oacute;tono Ruega por &eacute;l. Nadie sabr&iacute;a jam&aacute;s el nombre del desconocido. Quedar&iacute;a all&iacute;, en tierra extra&ntilde;a, donde la caridad de los Uribe le dar&iacute;an piadosa sepultura...</p>

<p>En el coraz&oacute;n de Matilde&nbsp; se revolvieron viejos pesares adormecidos. Un hombre que muere y desaparece..., uno mas entre muchos que se pierden para siempre jam&aacute;s.</p>

<p>Se arrodill&oacute; y ella tambi&eacute;n tom&oacute; entre las suyas las manos del agonizante.</p>

<p>-Ruega por &eacute;l -dijo mientras pensaba: ruega por este hombre al que dimos piedad siendo extranjero, del que no sabemos ni su nombre. Por lo menos, nuestras manos cerrar&aacute;n sus ojos y pondremos una cruz sobre su tumba. Permite Se&ntilde;or que esto que hacemos ahora, alguien lo haya echo ayer por el hombre que fue mi marido...</p>

<p>Uno de los hombres la toc&oacute; en el hombro y ella volvi&oacute; la vista hacia &eacute;l, como si se hubiera olvidado de todo.</p>

<p>-No se va a morir, por lo menos no ahora -le dijo.</p>

<p>El rostro del enfermo parec&iacute;a inundado de paz. Pero no era la tranquilidad de la muerte; la intensa palidez y los hundidos ojos, ten&iacute;an algo extra&ntilde;o que inspiraba un poco de confianza.</p>

<p>Constancia, arrodillada todav&iacute;a, ten&iacute;a inclinada la cabeza entre las manos y se hab&iacute;a dormido, rendida por la fatiga. Matilde sonri&oacute; y su rostro duro y &aacute;spero, pareci&oacute; ba&ntilde;arse de una rec&oacute;ndita ternura. As&iacute; la sorprendi&oacute; el amanecer.</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-6-153820" title="Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 6">Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 6</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
			</p>
			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>batallon de san patricio</category>
				<category>guerrra</category>
				<category>intervencion norteamericana</category>
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		<pubDate>Sun, 09 Nov 2008 04:22:53 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 5</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-5-141173</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p>Hola otra vez, como dije esta vez no tardar&eacute; en subir los capitulos y asi lo hize y buneo seguire subiendolos en maximo dos d&iacute;as, para que lo puedan leer mejor. Que disfruten el capitulo el miercoles les dejo el 6... saludos.</p>
<p>-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>

<p align="center">Capitulo 5</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">Llama el amor.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>Constancia sali&oacute; ensimismada del cuarto del enfermo. El brillante azul del cielo abierto ante sus ojos, la ceg&oacute;. Todo parec&iacute;a radiante es ma&ntilde;ana; el eriazo, el aire, las distantes monta&ntilde;as, el agua del aljibe y aquellos ojos hondos, cuya mirada llevaba adentro como cosa suya.</p>

<p>Dej&oacute; a un lado la canasta y se sent&oacute; sobre el petril de la casa que daba al campo. Necesitaba soledad para poner en paz su agitado coraz&oacute;n. Sent&iacute;a un dulce temor que la embriagaba y ten&iacute;a miedo de que Nana Matilde descubriera lo que le ocurr&iacute;a. Estaba enamorada y no quer&iacute;a neg&aacute;rselo ella misma; lo hab&iacute;a estado desde que Cayetano Uribe dej&oacute; en sus manos aquel cuerpo desgarrado e inconsciente. &iexcl;Si pudiera llorar un poco! El llanto alivia las penas, pero ella no estaba triste, lejos de eso, se sent&iacute;a turbada por una rara felicidad nunca sentida.</p>

<p>El campo yermo y reseco se extend&iacute;a a lo lejos. De vez en vez , se escuchaban gritos aislados de algunas mujeres que desempe&ntilde;aban ahora la ruda tarea de los hombres. El sol ca&iacute;a implacable sobre las espaldas inclinadas, y las agudas hojas de los magueyes se perfilaban altivas retando al sol. Comenzaba a sentirse el bochorno que segu&iacute;a a las fr&iacute;as madrugadas; y los p&aacute;jaros anunciando la primavera, que poco se pod&iacute;a advertir en aquel p&aacute;ramo.</p>

<p>Constancia sinti&oacute; remordimiento por su ocio, hubiera querido dormir profundamente y descansar; olvidarse de la guerra, de las privaciones y las hambres, de su fatiga y, sobre todo, de Macario Pacheco. Quer&iacute;a olvidarlo por completo, como si no hubiera existido nunca, y tal vez por eso se entregaba en cuerpo y alma al trabajo huy&eacute;ndole a los pensamientos. Ahora precisamente, el maldito recuerdo vino hasta su sue&ntilde;o y la despert&oacute;.</p>

<p>Record&oacute; precisa la tarde en que el padre de Macario Pacheco apareci&oacute; en San Lorenzo, acompa&ntilde;ado de su hijo. Constancia hab&iacute;a advertido desde tiempo atr&aacute;s que el muchacho la cortejaba, hasta que un d&iacute;a, en una de las callejas del pueblo vecino, al que fue de compras, le cerr&oacute; el paso y algo dijo que ella no comprendi&oacute; del todo.</p>

<p>Macario le parec&iacute;a insolente y apagado de s&iacute;; hab&iacute;a en su sonrisa algo de perdonavidas y ten&iacute;a la arrogancia de esos hombres por quienes las mujeres pierden honor y verg&uuml;enza. Apuesto, con buena voz y con dinero, montaba con gallard&iacute;a y usaba caballos lujosamente enjaezados, acostumbraba hacer alardes en las esquinas de la poblaci&oacute;n, donde todos lo vieran y comentaran por la noche sus actitudes, y eso era demasiado,&nbsp; ya que de los Pacheco se hablaba bastante mal, por cierto.</p>

<p>El padre era mayordomo de la Hedionda, una hacienda en la que los amos no se presentaban desde que en 1833, los espa&ntilde;oles fueron expulsados de M&eacute;xico. Due&ntilde;o y se&ntilde;or de tierras y de vidas, Pacheco no desperdiciaba la oportunidad de humillar y robar, productivas aficiones que hab&iacute;a ejercido con anterioridad robando al amo ma&ntilde;osamente, para cobrarse en dinero el precio de su honra, pues se afirmaba que su esposa y el amo eran aut&eacute;nticos padres de su hijo.</p>

<p>Nunca hab&iacute;a dado Constancia mayores o&iacute;dos a los chismes que corr&iacute;an, porque ni el padre ni el hijo le interesaban ni poco ni mucho; adem&aacute;s, Nana Matilde parec&iacute;a con sa&ntilde;a especial y aunque nada sobre ellos hubiera dicho, Constancia hab&iacute;a advertido un extra&ntilde;o fulgor en sus ojos cuando se les mencionaba.</p>

<p>Al verlos aquel d&iacute;a en su casa, la muchacha sinti&oacute; un extra&ntilde;o malestar, pero no esperaba ser ella el objeto de la visita.</p>

<p>Macario Pacheco, tan insolente como su hijo, era vanidoso de su persona y de su fortuna, que sus alardes lo hac&iacute;an rid&iacute;culo, porque a fuerza de propalar que "era muy decente y buen cristiano, que su fortuna era echa honradamente", parec&iacute;a acusarse p&uacute;blicamente de sus descaradas rater&iacute;as y de sus abusos.</p>

<p>Constancia les introdujo en la estancia, una salita &iacute;ntima en la que el principal adorno era un altar donde luc&iacute;an todos los santos patronos de diferentes pueblos vecinos y diversas im&aacute;genes de Nuestra Se&ntilde;ora en varias advocaciones, todos ellos adornados con flores de oropel, candelabros de cobre pulido y una l&aacute;mpara que ard&iacute;a continuamente por el eterno descanso del alma de su madre.</p>

<p>No era ese el sitio que a ella le hubiera gustado llevar a unos visitantes como aquellos. La estancia era su grada por muchos y diversos motivos y crey&oacute; que la profanaba la presencia de los Pacheco, pero nunca antes se hab&iacute;a visto en semejante dilema. Los amigos, que eran pocos, iban siempre a la cocina y all&iacute; prolongaban la charla hasta muy tarde, entre jarro y jarro de caf&eacute; o fumando los apestosos chacuacos que compraban en San Lu&iacute;s Potos&iacute;, en "ca de &ntilde;or Benito", un buen se&ntilde;or que ten&iacute;a de todo y para todos, seg&uacute;n afirmaba con tal de vender.</p>

<p>Se pasaba la vida entera en la cocina y por eso Matilde y Constancia la ten&iacute;an alegremente adornada con toda clase de juguetes y jarros de barro vidriado que brillaban de puro limpios, y una enorme tinaja donde se guardaba el agua para el uso corriente. El piso de tierra suelta ol&iacute;a a frescura por las tardes, cuando entre ambas mujeres lo negaban, y pon&iacute;an sobre la mesa una jarra de vidrio con flores de papel de China que Constancia hab&iacute;a aprendido a hacer cuando fue a la doctrina, y all&iacute;, naturalmente, hab&iacute;a un altarcillo con la imagen de San Pascual Bail&oacute;n y de los santos varones, patronos en toda necesidad, sobre todo el primero, en las tribulaciones culinarias.</p>

<p>Constancia hab&iacute;a titubeado sobre la habitaci&oacute;n&nbsp; correcta en la cual introducir a los visitantes, y pensaba en ello mientras iba en busca de su padre a los corrales.</p>

<p>-&iquest;A qu&eacute; vendr&aacute;n? -pregunt&oacute; mir&aacute;ndola mientras ella le ayudaba a meter los brazos en la chaqueta corta que usaba para siempre desde sus tiempos de guerrillero en la lucha por la independencia.</p>

<p>-&iquest;Saber? -respondi&oacute; Constancia con cl&aacute;sica pregunta que trata de responder sin hacerlo.</p>

<p>No hablaron m&aacute;s hasta que Constancia les introdujo en la estancia y se dispon&iacute;a a salir sin despedirse. Al advertir su adem&aacute;n Macario, el padre, indic&oacute;:</p>

<p>-Yo me permito rogar a la se&ntilde;orita Constancia que nos honre con su presencia. El asunto que nos trae le interesa a ella directamente... - el timbre de su voz era desagradablemente burlesco o, por lo menos, eso crey&oacute; Constancia, que busc&oacute; con la mirada los ojos de su padre mientras respondi&oacute;:</p>

<p>-Si mi padre lo autoriza.</p>

<p>Constancia no hac&iacute;a nunca nada sin contar con el consentimiento paterno. Se encontraba en todo sometida a &eacute;l, como lo estuvieron las mujeres de la edad antigua, y nunca hab&iacute;a pensado que pudiera tomarse ciertos derechos y determinadas libertades.. No se sent&iacute;a por ello esclavizada, puesto que adoraba a su padre en quien hab&iacute;a fundido el amor maternal, del que careci&oacute; desde el momento mismo de nacer.</p>

<p>-Si el asunto que trae a estos se&ntilde;ores te concierne puedes quedarte, hija m&iacute;a.</p>

<p>Constancia tom&oacute; asiento, los dos pies apoyados sobre el piso, las manos enlazadas en el regazo y los ojos bajos, mir&aacute;ndose con inter&eacute;s la punta del calzado. Crey&oacute; que escuchaba mal cuando oy&oacute; ponderar a Pacheco todas sus virtudes de muchacha cristianamente educada, seria y formal, digna de ser la esposa de su muchacho. Ellos eran lo bastante ricos para compensar la desigualdad social que exist&iacute;a entre ambas familias. En suma, iba a pedir a Cayetano Uribe la mano de Constancia para su hijo.</p>

<p>Afortunadamente Cayetano sab&iacute;a ocultar perfectamente bajo su ruda apariencia un car&aacute;cter firme y tenaz, su reconocimiento de la vida y de la gente, su convicci&oacute;n de que no era el dinero lo que iba a compensar "la desigualdad social de las familias", y respondi&oacute; sin altaner&iacute;a, pero con firmeza:</p>

<p>-Me permito recordar a usted que en nuestro medio no se acostumbra dotar a los hijas. En este caso, aunque pobres, San Lorenzo es una propiedad particular que me pertenece, que he trabajado y que est&aacute; libre de hipotecas. Ser&aacute; este rancho el que herede mi hija cuando yo haga falta, no antes, mientras mis manos puedan trabajarla.</p>

<p>Pacheco pareci&oacute; que mascaba plumas, pero se contuvo y respondi&oacute;:</p>

<p>-Lo s&eacute; muy bien, se&ntilde;or Uribe, y creo que ha dado usted una equivocada intenci&oacute;n a mis palabras.</p>
<p>-Usted no midi&oacute; las suyas..., tal vez -dijo Cayetano mir&aacute;ndole retadoramente.</p>
<p>-Lo acepto y le presento mis excusas.</p>

<p>El lenguaje era demasiado refinado para unos campesinos como ellos, pero Pacheco quer&iacute;a hacer sentir una superioridad que cre&iacute;a tener, y Uribe le demostraba qu&eacute; el sab&iacute; colocarse en el terreno en que lo obligaran.</p>

<p>-Excusado est&aacute; -dijo con enfado.</p>
<p>-volvamos al tema que nos ha tra&iacute;do -dijo Pacheco tosiendo y revolvi&eacute;ndose en el asiento-. Aspiramos la mano de la se&ntilde;orita Uribe, que posee todas las cualidades de una dama.</p>

<p>Ahora no pod&iacute;a replicar nada Cayetano Uribe, as&iacute; que mir&oacute; a Constancia buscando su mirada, pero &eacute;sta hab&iacute;a enrojecido y permanec&iacute;a con los ojos bajos, tenazmente fijos en la punta de su calzado.</p>

<p>-&iquest;Ha habido alg&uacute;n convenio entre los j&oacute;venes? -pregunt&oacute; Cayetano con la voz quebrada, como si&nbsp; haber descubierto por ajena persona un romance de su hija le hubiera decepcionado profundamente. La pregunta parec&iacute;a que iba a quedar sin respuesta, hsta que el propio Pacheco tuvo que contestarla.</p>

<p>-Que yo sepa, no, se&ntilde;or Uribe, solamente que a mi me gusta tener las cosas a la antigua..., bien echas.</p>

<p>Muchas palabras se agolparon en la mente de Cayetano, palabras crueles que no se atrevi&oacute; a decir. Guard&oacute; silencio un momento y concluy&oacute;:</p>

<p>-Pues lo haremos a la antigua, se&ntilde;or Pacheco. Usted conoce la etiqueta. Yo debo interrogar a mi hija si desea casarse, y qui&eacute;ralo o no, tendr&eacute; que darle una negativa la pr&oacute;xima vez que usted venga por ac&aacute; con sus presentes. No soy hombre que acostumbre sujetarme a convencionalismos tontos, pero es el sistema que usted ha escogido y lo seguiremos. La ultima palabra quedar&aacute; para que sea Constancia quien lo diga por mi conducto... -Al terminar esta frase, Cayetano se levant&oacute;. Fue entonces cuando Constancia le mir&oacute; asombrada, anonadada casi. La alta y seca figura erguida frente a ellos, la voz firme, profunda y grave, los ojos entrecerrados, como el &aacute;guila que atisba su presa. &iexcl;Ese era su padre Cayetano Uribe, el temible guerrillero de la independencia, el que secundar&aacute;, sin preguntar, razones, las &oacute;rdenes del general&iacute;simo! La mano&nbsp; &aacute;spera ten&iacute;a entre los dedos la fusta, era una mano de la que Constancia solamente hab&iacute;a recibido ternura, pero &iexcl;qu&eacute; fiera se miraba con las manos levantadas!, como r&iacute;os de sangre que se abalanzaban haciendo latir su pulso en apagada c&oacute;lera. Ese era el hombre que hab&iacute;a amado hasta la muerte, porque no otra cosa hab&iacute;a sido encerrarse en San Lorenzo y dedicarse&nbsp; su hija con devota ternura.</p>

<p>Macario Pacheco y su hijo se hab&iacute;an levantado tambi&eacute;n,&nbsp; y el padre se despidi&oacute; sonriendo ir&oacute;nico:</p>

<p>-Fijaremos un plazo razonable..., digamos dos semanas, &iquest;le parece?</p>

<p>-Digamos dos meses...</p>
<p>-Es largo el plazo -argument&oacute; Pacheco.</p>
<p>-&iquest;Le parece poco lo que ha venido a pedirme?</p>

<p>Pacheco quiso tomarse la libertad de tocar el rostro de Constancia, que permanec&iacute;a inclinado, pero ella se retir&oacute; violentamente mientras &eacute;l se disculpaba:</p>

<p>-Pero criatura..., si mi sue&ntilde;o dorado es que t&uacute; me cierres los ojos -dijo tratando de parecer convincente, entonces le tendi&oacute; la mano y los dedos de ella apenas rozaron los suyos. Fue un movimiento repulsivo m&aacute;s que t&iacute;mido.</p>

<p>Una vez que se hubieron ido, Cayetano pregunt&oacute;:</p>

<p>-&iquest;Ha habido entre t&uacute; y el hijo del mayordomo de La Hedionda?</p>

<p>Constancia advirti&oacute; que su padre mencionaba intencionadamente el oficio de Pacheco, entonces le mir&oacute; francamente a los ojos y sonri&oacute; abiertamente.</p>

<p>-No pap&aacute;..., ni me gusta.</p>
<p>-&iquest;No te gusta porque Matilde te haya pervertido, o simplemente porque te no gusta? No creo que sea la clase de hombre que le desagradecer&iacute;a a una mujer -dijo Cayetano sent&aacute;ndose en el petril del corredor. Constancia vino a su lado y le acarici&oacute;.</p>

<p>-&iquest;Matilde nunca te ha dicho nada sobre ellos?</p>
<p>-Nunca... -Constancia hizo la se&ntilde;al de la cruz y la bes&oacute;.</p>

<p>Cayetano era ahora el que sonre&iacute;a.</p>

<p>-Pues si alguna vez dice algo, ser&aacute; mucho, cr&eacute;eme. Ella los conoce bien, ella y todos nosotros, los que sabemos sus porquer&iacute;as, sus robos, sus... -guard&oacute; silencio y luego se levant&oacute; violentamente y casi grit&oacute; descargando el pu&ntilde;o sobre el petril-: &iexcl;Y ese quiere que seas t&uacute; quien le cierre los ojos!</p>

<p>-&iquest;Qu&eacute; es lo que no te gusta de &eacute;l, pap&aacute;?</p>
<p>-&iquest;Por qu&eacute; no te gusta a ti? -pregunt&oacute; volviendo a sentarse junto a ella y tom&aacute;ndole las manos. Constancia se encogi&oacute; de hombros.</p>

<p>-No s&eacute;..., no podr&iacute;a decirlo.</p>
<p>-&iquest;Presentimiento?</p>
<p>-Tal vez...</p>
<p>_No hay coraz&oacute;n que enga&ntilde;e a su due&ntilde;o, pero mira bien, Constancia, alg&uacute;n d&iacute;a debes casarte. No quiero dejarte sola, no quiero que causes l&aacute;stimas como Matilde.</p>

<p>-Pero Matilde -interrumpi&oacute; Constancia-, Matilde fue casada y perdi&oacute; al marido.</p>
<p>-Si lo perdi&oacute;, pero qued&oacute; sin amparo, sin nadie que le entendiera la mano, que viera por ella, y seso no es lo que quiero para ti. Por eso aferro a San Lorenzo, por es quiero que te cases -la mir&oacute; a los ojos y dijo resignado-: con el hombre que t&uacute; elijas, solamente mira que sea todo un hombre.</p>

<p>&nbsp;-Todo un hombre como t&uacute;, Cayetano Uribe -dijo ella bes&aacute;ndole las manos que soltaron la fusta.</p>

<p>-Constancia... - dijo como un murmullo.</p>
<p>-Dime pap&aacute;... &iquest;Me llamas a mi o llamas a mam&aacute;?</p>
<p>-Un poco de cada una. Soy hombre de un solo amor Constancia. En la vida y en la muerte solo hubo una mujer para mi.</p>

<p>-Yo tambi&eacute;n quiero ser amada as&iacute;, en la vida y en la muerte -dijo ella como un suspiro...</p>

<p>Al cabo de los dos meses convenidos, los Pacheco volvieron a San Lorenzo. Esta vez ya les esperaba Cayetano, que hab&iacute;a escrito la fecha en la pared de la cocina con un pedazo de carb&oacute;n.</p>

<p>&nbsp;-La llevo estampada en el lama tambi&eacute;n -coment&oacute; con sus amigos, todos ellos vecinos y trabajadores, gente ruda y pobre, pero decidida y en&eacute;rgica, que no disimularon su admiraci&oacute;n ante los hechos.</p>

<p>-Quiere hacerse decente el tal... -dio uno.</p>
<p>-Nada m&aacute;s que la herencia es como el talento, se nace con ellos y se muere sin que nos dejen -respondi&oacute; otro.</p>

<p>All&iacute; estaba otra vez insistiendo en su propuesta, sin que Cayetano pudiera explicarse qu&eacute; razones ten&iacute;an.</p>

<p>La respuesta negativa no parec&iacute;a desanimar a los Pacheco; es m&aacute;s, la esperaban y decidieron poner otro plazo, "seg&uacute;n lo acostumbrado!. Sobre la peque&ntilde;a mesa de la estancia estaban los presentes que la novia rechaz&oacute; tambi&eacute;n, seg&uacute;n lo establecido. Un rebozo de Santa Mar&iacute;a, de eso que pasan por un anillo de puro fino que son; unas arracadas de oro y una mascada de seda. Los Pacheco regresaron con ellos por donde hab&iacute;an venido.</p>

<p>-&iquest;Otros dos meses? -interrog&oacute; Pacheco.</p>
<p>-Digamos cuatro -respondi&oacute; Cayetano.</p>
<p>-Es mucho tiempo.</p>
<p>-Est&aacute;n j&oacute;venes, pueden esperar. Yo no tengo prisa -dijo Cayetano casi furioso.</p>

<p>Pero la tercera vez fue necesario aclarar de una vez por todas la rotunda negativa de Constancia.</p>

<p>-La muchacha no quiere casarse -dijo Cayetano.</p>
<p>-&iquest;Por qu&eacute;?</p>
<p>-Porque no quiere. Eso es todo y conste que lo advert&iacute; desde la primera visita.</p>
<p>-Fue una jugada darnos plazo.</p>
<p>-Una jugada que ustedes quisieron hacerse. Si mal no recuerdo, se&ntilde;or Pacheco, usted dijo que har&iacute;amos las cosas a la antigua. As&iacute; lo hemos hecho. No hay poder ni ley, ni fuerza legal alguna que me obligue a entregarles a mi hija contra su voluntad -dijo Cayetano con tono decidido.</p>

<p>-La se&ntilde;orita nos desde&ntilde;a... -replic&oacute; Pacheco recogiendo&nbsp; violentamente los presentes de sobre la mesa y a&ntilde;adi&oacute; casi entre dientes-: ojal&aacute; no le pese alg&uacute;n d&iacute;a habernos echo este desaire.</p>

<p>Constancia, como era lo establecido, hab&iacute;a acompa&ntilde;ado a su padre en las dos entrevistas, pero sin levantar la vista, exactamente igual a como se comportara la primera vez. Todav&iacute;a Pacheco insisti&oacute; acerc&aacute;ndose a ella y pregunt&oacute;:</p>

<p>-dime la verdad, hija m&iacute;a. &iquest;No te han forzado a dar la negativa&nbsp; por contesta? &iquest;Voluntariamente desde&ntilde;as a mi hijo que te quiere tanto y puede hacerte feliz?</p>

<p>Constancia no sabr&iacute;a decir por qu&eacute; sinti&oacute; miedo, y persisti&oacute; en su terca actitud sin levantar los ojos.</p>

<p>-No quiero..., no quiero... -respondi&oacute; rompiendo su miedo, la timidez que la ten&iacute;a asida por los cinco sentidos, y entonces levant&oacute; la vista y desafi&oacute; la altiva de los Pacheco.</p>


<p>Mal hab&iacute;a acabado la entrevista. No qued&oacute; siquiera la atenuante del disimulo, sino la desnudez del despecho.</p>

<p>-Vamos, padre -intervino el hijo-. Ninguna mujer hasta ahora nos hab&iacute;a afrentado como la se&ntilde;orita Uribe. Somos muy poco para ella, pero Dios quiera no se arrepienta de haberlo echo...</p>

<p>Cayetano y Constancia los vieron partir. Est&aacute; ultima vez, para impresionarlos sin duda con los brillos de su fortuna, hab&iacute;an echo la visita con un carruaje de La Hedionda.</p>

<p>-Uno de los coches del amo -dijo Cayetano mir&aacute;ndolos alejarse.</p>

<p>M&aacute;s tarde, al comentarlo con Matilde, &eacute;sta dijo con rabia contenida:</p>

<p>-Bien se cobra el fulano los galanteos de su mujer con el se&ntilde;or de Valdespino. Nadie ha de reclamarle ahora nada si desde antes no o hicieron.</p>

<p>Y la voz de Matilde parec&iacute;a un comienzo de llanto, de rabia y despecho apretados en la garganta como una tenaza.</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-5-141173" title="Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 5">Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 5</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
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		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>el batallon de san patricio</category>
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		<pubDate>Tue, 28 Oct 2008 07:07:28 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San Patricio (Patricia Cox). Capitulo 4</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-4-140333</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p style="text-align: center;">hey hey hey <img title="Sonrisa" src="http://www.obolog.com/js/tiny_mce/plugins/emotions/img/smiley-smile.gif" border="0" alt="Sonrisa" />&nbsp;hola a todos de nuevo, aqui una vez mas les dejo el cuarto capitulo de este buen libro del batallon de san patricio, espero qeu lo sigan disfrutando tanto como yo en transcribirlo para ustedes, bueno subir&eacute; el proximo capitulo para el miercoles, espero sus COMENTARIOS <img title="Lengua fuera" src="http://www.obolog.com/js/tiny_mce/plugins/emotions/img/smiley-tongue-out.gif" border="0" alt="Lengua fuera" />. saludos a todos.</p>
<p style="text-align: center;">---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>
<p style="text-align: center;">Capitulo 4</p>
<p style="text-align: center;">Otra patria.</p>
<p style="text-align: center;">&nbsp;</p>
<p>Esa ma&ntilde;ana, al volver en si, al revivir sus recuerdos, comprendi&oacute; la grandeza del dolor y la enorme alegr&iacute;a de vivir. Pocas veces se hab&iacute;a encontrado tan dentro de si mismo. Un loco torbellino le hab&iacute;a arrastrado desde ese d&iacute;a en que Deirdre se alejara para siempre de su lado y la gente le volviera la espalda. Hab&iacute;a sido fugitivo de s&iacute; mismo, rehuyendo el encuentro de los que fueron sus compa&ntilde;eros, y rechazando el llamado del padre Nolan. Parti&oacute; para siempre, sin decirle adi&oacute;s a nadie, sin saber siquiera a donde pod&iacute;a buscar fortuna. Viv&iacute;a aturdido y humillado y crey&oacute; que nunca se aliviar&iacute;a la herida de su coraz&oacute;n. No sab&iacute;a por qu&eacute; recordaba ahora todo aquello. Era como si algo extra&ntilde;o hubiera rebotado lo vivido, como si volviera a beber su copa de amargura. Pero el agua turbia se tranquilizaba lentamente y los sentimientos tambi&eacute;n.</p>

<p>&iexcl;Qu&eacute; extra&ntilde;a sensaci&oacute;n de paz y de nostalgia, tendido sobre un lecho limpio, sin dolor, sin angustia, sin saber siquiera d&oacute;nde se encontraba!</p>

<p>Juan O'Leary crey&oacute; que so&ntilde;aba, cuando su mirada encontr&oacute; los risue&ntilde;os ojos negros de una muchacha que le observaba t&iacute;midamente; con la sonrisa jugando en los labios entreabiertos. Estaba muy cerca de su lecho, y la joven ten&iacute;a las manos cruzadas sobre la blancura de las s&aacute;banas. Eran manos peque&ntilde;as, morenas y as&iacute; enlazadas, le parecieron a Juan como esos pajarillos parduscos que alegran el campo.</p>

<p>-&iexcl;Alabado sea Dios! -exclam&oacute; la joven-, por primera vez le veo los ojos limpios, libres de nube que parec&iacute;a borrarle todo.</p>

<p>Su voz cantarina y alegre sacudi&oacute; los nervios del herido. La muchacha hablaba en castellano, idioma que O'Leary comprend&iacute;a, aunque lo hablaba lentamente por su marcado y rudo acento irland&eacute;s.</p>

<p>&nbsp;La joven se incorpor&oacute; y le toco la frente, baj&oacute; sus dedos por su rostro y le roz&oacute; la barba crecida. El la dejaba hacer, gratamente satisfecho; ten&iacute;a la curiosa sensaci&oacute;n de haberse convertido en un animalillo mimado y orgulloso.</p>

<p>-Todav&iacute;a tendr&aacute; que estar muy quieto -le reconvino la muchacha amenaz&aacute;ndole con el &iacute;ndice-. Sus heridas no est&aacute;n del&nbsp; todo cerradas; no deber&aacute; dar manotazos, ni empujarme las manos cuando le cure... &iexcl;tendr&aacute; que portarse como ni&ntilde;o bueno para que se alivie pronto!</p>

<p>O'Leary disfrutaba de aquella charla infantil y del adem&aacute;n de cari&ntilde;o con que la muchacha cumpl&iacute;a sus deberes de enfermera. Cuando ella guard&oacute; silencio y se qued&oacute; pensativa, el enfermo oy&oacute; a los p&aacute;jaros alborotar afuera.</p>

<p>-&iexcl;Ave Mar&iacute;a Pur&iacute;sima! -exclam&oacute;--, &iexcl;es posible que no haya entendido nada de todo lo que he dicho!</p>

<p>O'Leary la mir&oacute; enrojecer mientras se inclinaba sobre el lecho y sus ojos buscaban su mirada. Hab&iacute;a apoyado sus manos muy cerca de la que O'Leary ten&iacute;a fuera de la s&aacute;bana, y los dedos largos y fuertes se acercaron a la manecita que permanec&iacute;a inm&oacute;vil.</p>

<p>-Comprendo todo, ni&ntilde;a... -respondi&oacute; oprimi&eacute;ndola ligeramente.</p>

<p>Ella se asombr&oacute; de haber sido comprendida. Hab&iacute;a o&iacute;do decir que los extranjeros hablaban un idioma incomprensible y en su inocencia cre&iacute;a que por eso eran herejes y perversos; dif&iacute;cilmente podr&iacute;a olvidar el horror que le caus&oacute; desde su ni&ntilde;ez haber escuchado al Tata Cura en la doctrina hablarles de la Torre de Babel, y pens&oacute; que hablar otro idioma que no fuera el suyo significaba ya en s&iacute; una maldici&oacute;n.</p>

<p>El enfermo, desde su lecho, la miraba curioso. De pronto se sinti&oacute; abochornada por los ojos fijos en ella, entre sonrientes y burlones, pero se sobrepuso y haciendo acopio de su &aacute;nimo le pregunt&oacute;:</p>

<p>-&iquest;Es usted I&ntilde;aki?</p>

<p>O'Leary sonri&oacute; y neg&oacute; suavemente con un movimiento de cabeza, mientras respondi&oacute;:</p>

<p>-No..., soy irland&eacute;s.</p>
<p>-&iquest;Y all&iacute;..., hablan nuestro idioma?</p>
<p>-No. Tenemos lengua propia, pero los ingleses nos obligan a usar la suya.</p>
<p>-Y eso..., &iquest;d&oacute;nde queda?</p>
<p>O'Leary hizo un adem&aacute;n amplio mientras dijo:</p>
<p>-Al otro lado del mar.</p>

<p>Constancia fing&iacute;a entretenerse con peque&ntilde;os dobleces que hac&iacute;a entre sus dedos nerviosos a la s&aacute;bana cuando pregunt&oacute; lo que m&aacute;s le interesaba:</p>

<p>-&iquest;Y qu&eacute; hace usted aqu&iacute;?</p>
<p>O'Leary se desconcert&oacute; y no supo de pronto qu&eacute; responder. Sus ojos se clavaron en ella y su mirada suplicante y humillada.</p>

<p>-No s&eacute;... -respondi&oacute; confuso-. Pelear..., supongo.</p>

<p>Constancia le mir&oacute; las manos sin sangre, enflaquecidas y debilitadas, manos que ella hab&iacute;a tenido que contener rudamente durante la fiebre, manos que hab&iacute;an sido entre las suyas flores arrancadas de su tallo. Levant&oacute; la vista y la fij&oacute; en &eacute;l; un extra&ntilde;o impulso la oblig&oacute; a callar la pregunta que estaba por hacer.</p>

<p>-&iquest;Peleaba usted por ellos?..., o por nosotros?</p>

<p>Nunca sabr&iacute;a explicarse porqu&eacute; guard&oacute; silencio; jam&aacute;s quiso decirse a si misma que sab&iacute;a la verdad. Sab&iacute;a que hab&iacute;a cuidado con esmero a un invasor, a un puerco yanki al que su padre, los guerrilleros y aun ella misma, en un momento dado, hubieran matado sin tentarse el alma.</p>

<p>O'Leary advirti&oacute; que ella no parec&iacute;a feliz, como hacia apenas un momento y, sin embargo, ve&iacute;a que la dominaba esa rec&oacute;ndita ternura con que las madres miraban a sus hijos y las ni&ntilde;as a su mu&ntilde;eca preferida. Era agradable su rostro casi infantil, sus manos breves y morenas, su figura toda menudita y graciosa. Le pareci&oacute; sentir la impresi&oacute;n de encontrar en ella algo que pod&iacute;a considerar &iacute;ntimamente suyo como si le perteneciera por un misterioso derecho. La mir&oacute; por un instante seria, pensativa, y luego adopt&oacute; una actitud rotundamente maternal y severa.</p>

<p>-Va a quedarse solo porque tengo mucho qu&eacute; hacer all&iacute; afuera -dijo se&ntilde;alando hacia la puerta entornada-. &iexcl;Nada de hacer imprudencias! -reconvino mientras concluy&oacute;-: &iexcl;Fue muy duro pel&aacute;rselo a la muerte! &iexcl;Cuantas veces me amaneci&oacute; sentada en este mismo sitio cuid&aacute;ndole las manos para que no se arrancara los vendajes o se quitara las cobijas y cogiera fr&iacute;o... Fue un batallar continuo hasta esta ma&ntilde;ana... &iexcl;Y ahora ha salido el sol!</p>

<p>&iquest;Por qu&eacute; lo dijo? Hab&iacute;a habido sol todas las ma&ntilde;anas y all&iacute; estaba como siempre, en el cielo desnudo y azul, cayendo sobre el llano donde estallaban las flores amarillas de huisache..., y, sin embargo, crey&oacute; firmemente que ese sol no hab&iacute;a brillado para ella sino hasta ese d&iacute;a. Se levant&oacute; bruscamente de la orilla de la cama y fingi&oacute; ocuparse de recoger ropas y vasijas que acomodaba en una cesta. Hab&iacute;a guardado silencio, pero escuch&oacute; al enfermo tararear una canci&oacute;n llena de nostalgia.</p>

<p>Un hombre como &eacute;l, se dijo, debe tener muchas ma&ntilde;as con las mujeres, Es distinto de nosotros, viene de otro mundo, de otra gente que no habla siquiera nuestro idioma y, sin embargo, aunque quisiera, no pod&iacute;a aborrecerlo, casi le pertenec&iacute;a, casi era suyo. Y sinti&oacute; ganas de llorar, sin saber por qu&eacute;, as&iacute; como se dejaba llevar sin defensa por encontrados sentimientos, por extra&ntilde;as&nbsp; y oscuras sensaciones.</p>

<p>Ella no hab&iacute;a conocido m&aacute;s hombres que los rudos rancheros del llano, de esa tierra dura como madrastra a la que hab&iacute;a que arrancarle cada grano de ma&iacute;z, cada mata de fr&iacute;jol. Las nopaleras y los magueyales crec&iacute;an arrancado al llano su propia subsistencia. Eran &aacute;speros y hermosos, por lo menos a Constancia le agradaban, y los hombres ten&iacute;an algo de la llanura, pero eran hombres malos porque todos los hombres son malos, as&iacute; lo aseguraba Nana Matilde, que la hab&iacute;a criado al faltar su madre.</p>

<p>Sinti&oacute; un ferviente impulso de huir, pero a la vez un extra&ntilde;o sobrecogimiento la reten&iacute;a. Hubiera querido preguntarle por qu&eacute; la observaba as&iacute;, pero hacerlo no estaba permitido en las normas de la buena crianza. Record&oacute; entonces que los dedos del enfermo hab&iacute;an oprimido suavemente su mano, y se turb&oacute; m&aacute;s todav&iacute;a. Acab&oacute; por confesarse que algo extra&ntilde;o le ocurr&iacute;a, algo que ella hab&iacute;a presentido desde el comienzo, y tal vez por eso pens&oacute; con angustia en las palabras de Nana Matilde: "Los hombres son todos malos, muy malos, no lo olvides, Constancia...". Como si escuchara la voz de la mujer, dio media vuelta y lentamente, sin atreverse a mirar de nuevo al&nbsp; enfermo, sali&oacute; del cuarto.</p>

<p>O'Leary crey&oacute; que con ella se hab&iacute;a ido su alivio, su alegr&iacute;a de vivir otra vez, la felicidad de su abandono. Muchas mujeres hab&iacute;an pasado por su vida despu&eacute;s de Deirdre, aunque ninguna como ella, hasta esta criatura de quien ignoraba el nombre. A todas las hab&iacute;a amado en distinta forma, tal vez en realidad buscaba en ellas a la que dej&oacute; en su juventud un agrio sabor de imposibles, y cuyo recuerdo permanec&iacute;a tan solo adormecido en su coraz&oacute;n.</p>

<p>El despertar de esa ma&ntilde;ana hab&iacute;a sido como renovar sus sentimientos. Esa ni&ntilde;a le invadi&oacute; de una dulce esperanza, de una deliciosa embriaguez que le llevaba aprisa la sangre por las venas. Juan O'Leary ya no era&nbsp; joven. Hab&iacute;a pasado de los cuarenta hac&iacute;a ya tiempo, pero ten&iacute;a hermoso aspecto y los pocos cabellos blancos que resaltaban en su pelo cobrizo, le hac&iacute;an m&aacute;s seductor; por otra parte, era libre y de esp&iacute;ritu aventurero, sab&iacute;a charlar y su conversaci&oacute;n de su &eacute;xito en el mundo femenino, aunque careciera de fortuna.</p>

<p>-Es rid&iacute;culo -pens&oacute;- conmoverse as&iacute; por esta ni&ntilde;a que puede ser mi hija. -Trat&oacute; de justificarse ante &eacute;l mismo explic&aacute;ndose: la debilidad reduce al individuo y lo vuelve a la ni&ntilde;ez; en estas condiciones, un hombre es capaz de llorar por una nader&iacute;a. A pesar de sus reflexiones, sinti&oacute; que despertaba de nuevo como si desde su adolescencia se hubiera quedado dormido a la orilla del camino, ese mismo camino donde cerr&oacute; los ojos a su primer amor y lo dej&oacute; perder. Constancia, sin saberlo, le tra&iacute;a el recuerdo de sus d&iacute;as felices. Resultaba sorprendente volver a encontrarse a s&iacute; mismo, como si &eacute;l tiempo se hubiera detenido y una magia extra&ntilde;a lo hubiera transportado a un pa&iacute;s diferente, tan ajeno a su infancia que su solo nombre parec&iacute;a conjuro de horizontes.</p>

<p>-No -insisti&oacute; reproch&aacute;ndose otra vez-, la debilidad es ma&ntilde;a, acobarda y nos hace rid&iacute;culos y sentimentales.</p>

<p>Pero a pesar de todo se sent&iacute;a feliz, dulcemente embriagado por esa di&aacute;fana paz que brillaba en los ojos de la desconocida.</p>

<p>Y Juan O'Leary sonri&oacute; como si estuviera presente.</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-4-140333" title="Batallon de San Patricio (Patricia Cox). Capitulo 4">Batallon de San Patricio (Patricia Cox). Capitulo 4</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
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			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>el batallon de san patricio</category>
				<category>mexico</category>
				<category>war</category>
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		<pubDate>Sun, 26 Oct 2008 03:53:27 +0100</pubDate>
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	<item>
		<title>Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 3</title>
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			<![CDATA[
			<p>Hola de nuevo, para quienes leen esto, les pido una discupa por haberme tardado tanto en escribir el siguiente capitulo, es que esta semana pasada la universidad me tuvo un poco ocupado pero ahora si aqui esta el capitulo y les prometo subirl los demas&nbsp; em minimo cuatro d&iacute;as. Espero sus comentarios un saludo y que lo disfruten.</p>
<p style="text-align: center;">---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>
<p style="text-align: center;">Capitulo 3</p>
<p style="text-align: center;">Deirdre.</p>


<p>-Nada tengo que esperar ya, ni tengo por qu&eacute; vivir -dijo Dominick despu&eacute;s de aquella noche. Al perder su &uacute;ltima esperanza s&oacute;lo le quedaba la muerte, que habr&iacute;a de reunirla para siempre con Esteban en el para&iacute;so.</p>

<p>Juan la miraba sobresaltado ocupar el sitio donde Esteban pasara sus &uacute;ltimas horas. Era como una figura de cera, inm&oacute;vil y sombr&iacute;a sin hablar y sin moverse.</p>

<p>El padre Nolan vino y trat&oacute; de ayudarla, con cristianas palabras, pero en vano se esforz&oacute; por hacerla hablar. Toda su entereza anterior parec&iacute;a haberse derrumbado y aplastarla con su propio peso.</p>

<p>-Lo que quiere tu madre es morir en paz -le dijo Popsi una ma&ntilde;ana a Juan-. &iexcl;Yo muchas veces he querido morir tambi&eacute;n, pero tal vez no lo he deseado con vehemencia que la muerte me haya escuchado! Aqu&iacute; me tienes todav&iacute;a u no le pertenezco ni al pasado ni al presente. Soy una sombra despreciable.</p>

<p>A veces, cuando Popsi se embriagaba, recurr&iacute;a a la tragedia para tener compasi&oacute;n de si mismo y justificar su vicio. Juan le ten&iacute;a paciencia y le ayudaba siempre, tal como Dominick ayudara a sus vecinas. No era, pues, extra&ntilde;o ver a Popsi desde el amanecer hasta que cerraba la noche en casa de los O'Leary, para despu&eacute;s ir a refugiarse a la taberna o al City Hall.</p>

<p>Juan pasaba el d&iacute;a en el campo y le parec&iacute;a vivir una pesadilla; no hallaba refugio alguno al llegar a su casa y contemplar a su madre sentada, dispuesta a morir a toda costa, sin probar alimento y s&oacute;lo dormitando cuando el sue&ntilde;o venc&iacute;a su fatigado cuerpo.</p>

<p>-Madre..., necesitas vivir para no dejarme solo -suplic&oacute; Juan un d&iacute;a.</p>

<p>Dominick pareci&oacute; escucharle desde muy lejos, porque movi&oacute; su cabeza negando, pero no pronunci&oacute; palabra. Y Juan se refugiaba con Popsi, en el soportal h&uacute;medo y fr&iacute;o, donde prend&iacute;an una peque&ntilde;a hoguera.</p>

<p>-Deber&iacute;as casarte, Juan -dijo Popsi una ocasi&oacute;n-. Tu madre va morir cualquier d&iacute;a y tu vas a dejar para siempre esta tierra si no te has casado antes.</p>

<p>-&iquest;Con qui&eacute;n he de casarme, Popsi? Las muchachas son esquivas conmigo, parecen tenerme miedo.</p>

<p>-Tal vez as&iacute; sea -dijo Popsi-. En la taberna se escucha el sentir del pueblo; all&iacute; los hombres cuando beben dicen sin recato sus sentimientos, y t&uacute; llevas sobre ti el peso de Esteban O'Leary..., &iquest;no me entiendes, verdad? -dijo mirando el gesto de sorpresa del muchacho-. Esteban hab&iacute;a sido un proscrito de quien nadie se acordaba, a excepci&oacute;n de tu madre que manten&iacute;a vivo el desastre del 98. Los hombres sent&iacute;an verg&uuml;enza frente a ella porque fue siempre muy entera, menos ahora -dijo volviendo el rostro para mirar de soslayo la figura inm&oacute;vil de Dominick, iluminada apenas por el resplandor de la chimenea-. &iexcl;Y f&iacute;jate que hablo de ella como si ya no nos escuchara, que Dios me lo perdone! -Atiz&oacute; la hoguera y se frot&oacute; las manos mientras a&ntilde;ad&iacute;a-: Al volver Esteban tan inesperadamente, el pueblo tuvo que admitir su propia cobard&iacute;a, pero no hizo nada por salvarle, nadie movi&oacute; un dedo para librarlo de la muerte. Parece extra&ntilde;o, pero as&iacute; lo hicieron. Eres una acusaci&oacute;n viviente, y esto te aparta de todos. Si fueras un delator, te odiar&iacute;an y ejercer&iacute;an sus peque&ntilde;os rencores en contra tuya; si fueras un proscrito, te proteger&iacute;an y ser&iacute;an tus c&oacute;mplices, porque representar&iacute;as lo que su cobard&iacute;a les impide ser, pero no eres ni lo uno ni lo otro..., por lo menos as&iacute; es como yo entiendo lo que ocurre.</p>


<p>Tal vez Popsi ten&iacute;a&nbsp; raz&oacute;n. El hecho de ser hijo de una v&iacute;ctima era como echarles en cara su debilidad y su parte culpa, de all&iacute; que tuviera pocos amigos y que ninguna muchacha le mirara a los ojos.</p>

<p>Vio a Popsi fijamente, estudiando cada l&iacute;nea de su rostro. Era repugnante y sucio, y ol&iacute;a a alcohol, pero era su &uacute;nico amigo y tuvo que confesarse que significaba muy poco para si entristecida juventud. Popsi segu&iacute;a hablando, como lo hac&iacute;a siempre que el licor le calentaba los huesos y le soltaba la lengua.</p>

<p>-No quiero aconsejarte, Juan O'Leary, pero yo en tu lugar esperar&iacute;a simplemente que Dominick cerrara de una vez sus ojos, la sepultar&iacute;a cristianamente y me apartar&iacute;a para siempre de esta tierra. &iexcl;Hemos perdido casta, y sobre Irlanda y sus hombres ha ca&iacute;do una maldici&oacute;n! Los j&oacute;venes tienen que buscar la tierra de promisi&oacute;n, como las antiguas tribus de Israel.</p>

<p>La mirada de Popsi parec&iacute;a la de un profeta, ardiente y fan&aacute;tica. Mientras el fuego pon&iacute;a en sus barbas sucias reflejos rojizos.</p>

<p>-&iexcl;La tierra de promisi&oacute;n! -repiti&oacute; mec&aacute;nicamente Juan, como si respondiera a un rec&oacute;ndito anhelo largamente acariciado. Mir&oacute; a lo lejos la tierra duramente peleada a los pantanos, la casa que construyeron sus abuelos y que cuid&oacute; con esmero su madre, &iquest;qu&eacute; significaba todo aquello frene a su asilamiento? -&iexcl;Tal vez tengas raz&oacute;n, Popsi! -dijo, cediendo de una vez por todas a sus pensamientos.</p>

<p>-&iexcl;A donde vayas, te llevar&aacute;s todo lo que en verdad te pertenece: tu propia libertad, tu conciencia y tu voluntad para rehacer tu vida...!</p>

<p>Juan estir&oacute; su mano y tom&oacute; la sucia mano del viejo Popsi que le miraba sonriendo con su boca desdentada.</p>

<p>Dominick no vivi&oacute; mucho; se hab&iacute;a propuesto morir y quer&iacute;a morir, hasta que lo consigui&oacute;. El padre Nolan acudi&oacute; a su lado en los &uacute;ltimos momentos, pero comprob&oacute; plenamente que la pobre mujer hab&iacute;a muerto desde que sepult&oacute; a su marido. Su pobre alma atormentada vagar&iacute;a de aquella sepultura al interior de su casa si &eacute;l no perdonaba su actitud y la consideraba con caridad cristiana. Era un dilema para su sacerdocio aceptar los actos como dispuestos as&iacute; por el Se&ntilde;or, pero sin duda. El lo hab&iacute;a querido, y Dominick no ten&iacute;a ya otra misi&oacute;n por cumplir. Todav&iacute;a en la mirada de la agon&iacute;a, el padre Nolan hab&iacute;a admitido la resoluci&oacute;n que ella ten&iacute;a de morir Portu propia voluntad.</p>

<p>Los funerales de Dominick fueron bastante concurridos. Era el &uacute;ltimo tributo que el pueblo daba a la viuda de Esteban O'Leary, una mujer que hab&iacute;a sido silenciosamente heroica. La tradici&oacute;n se segu&iacute;a al pie de la letra, y Popsi ayud&oacute; concientemente a Juan en aquellos menesteres.</p>

<p>Una vez m&aacute;s se reunieron en el soportal los dos extra&ntilde;os amigos.</p>

<p>-Deja todo esto, Juan, y ve en busca de esa tierra de promisi&oacute;n -aconsej&oacute; Popsi.</p>

<p>Juan estaba de pie mirando ese campo cultivado con el agobio de los suyos&nbsp; regando con el sudor y la sangre de aquellos O'Leary que alguna vez tuvieron la pretensi&oacute;n humana de ser los due&ntilde;os de la tierra que trabajaban. Era como una traici&oacute;n abandonarla, pero tambi&eacute;n era demasiado dura la carga sobre sus debilitadas espaldas. Dominick le hab&iacute;a ense&ntilde;ado a venerar el trabajo y el esfuerzo heredado de los suyos.</p>

<p>-Tratar&eacute; de salvarme, Popsi..., quiero aferrarme a lo que ha sido de mi familia, a lo que me pertenece -respondi&oacute; con voz apagada.</p>

<p>-&iquest;Hasta cuando podr&aacute; pertenecerte? -dijo Popsi llev&aacute;ndose a los labios los restos de whisky que quedaban en el gal&oacute;n de barro-. &iquest;Hasta que el coronel Johnston disponga lo contrario? A Dominick O'Flynn se le respetaba porque era la mujer de un proscrito, despu&eacute;s d todo, hubiera sido demasiado arrojarla de su propiedad, y ella no lo hubiera permitido, era demasiado valiente para consentirlo, pero contigo cambia todo: eres un hombre soltero que puedes significar una amenaza en el futuro. Eres el hijo de Esteban O'Leary, como quien dice un rebelde en potencia.</p>

<p>&nbsp;Juan no sabr&iacute;a decir si en la voz de Popsi hab&iacute;a un acento de burla o de sinceridad.</p>

<p>-No soy un rebelde -dijo con disgusto.</p>
<p>-No lo eres, por Nuestro Se&ntilde;or..., pero lo ser&aacute;s si sigues aferrado a este maldito lugar.</p>

<p>Juan sinti&oacute; ira contra Popsi..., &iquest;tienes alg&uacute;n inter&eacute;s en que yo me vaya de aqu&iacute;? -pregunt&oacute; Juan con no disimulado disgusto.</p>

<p>-Dios me libre de semejante sentimiento en contra tuya, siendo el &uacute;nico amigo que tengo y el &uacute;nico que me soporta -respondi&oacute; Popsi casi con lagrimas en los ojos-. Lo digo porque me duele tu soledad, porque miro el vac&iacute;o que hay a tu alrededor. &iquest;D&oacute;nde est&aacute;n tus amigos de la infancia? &iquest;D&oacute;nde est&aacute;n los tuyos? Tus padres y tus abuelos &iquest;no tuvieron aqu&iacute; su hogar, no son piedras de este pe&ntilde;asco?.., y tus amigos no est&aacute;n ya aqu&iacute;, se fueron en busca de otro mundo menos hostil y menos dif&iacute;cil, donde haya siquiera una esperanza.</p>

<p>Juan volvi&oacute; el rostro hacia el interior de la casa, como antes, y no vio a la r&iacute;gida figura de su madre; el fuego iluminaba apenas los muros blanquizcos. <br />Algo adentro de si mismo pareci&oacute; decirle:</p>

<p>-&iquest;Qu&eacute; esperas ya? &iquest;Qu&eacute; te queda aqu&iacute;?</p>

<p>S&oacute;lo entonces comprendi&oacute; el gran vaci&oacute; de Dominick, pero ella, al menos, lo ten&iacute;a a &eacute;l y viv&iacute;a por &eacute;l.</p>
<p>Mir&oacute; a Popsi y comprendi&oacute; tambi&eacute;n porque el vagabundo miserable buscaba el olvido en el licor; una embriagues est&uacute;pida y opaca que s&oacute;lo serv&iacute;a para provocar l&aacute;stimas y desprecio.</p>

<p>-Si te quedas aqu&iacute; -le oy&oacute; decir-, acabar&aacute;s como yo, &iexcl;la misma imagen de la desolaci&oacute;n y la miseria!, o ser&aacute;s un rebelde y terminar&aacute;s con lasota al cuello o deportado.</p>

<p>-El paisaje es hermoso... -dijo Juan con iron&iacute;a. -Pero es tu &uacute;nico paisaje -dijo Popsi llev&aacute;ndose a los labios el &uacute;ltimo trago. Despu&eacute;s los dos quedaron en silencio.</p>

<p>Pocos d&iacute;as m&aacute;s tarde Juan conoci&oacute; a Deirdre, y se asombr&oacute; de que hubiera una mujer como ella. Estaban ambos en el acantilado, frente al mar. Se encontraron all&iacute; porque el destino as&iacute; lo ten&iacute;a dispuesto, seg&uacute;n comprendi&oacute; m&aacute;s tarde.</p>

<p>Ella le hablo amigablemente. No era una mujer como las de la poblaci&oacute;n, aldeana desconfiada: era una muchacha libre de preocupaciones y prejuicios, libre como los p&aacute;jaros y como ellos, alegre y voluntariosa. Le mir&oacute; serenamente y pregunt&oacute; sin embozo:</p>

<p>-&iquest;Eres Juan O'Leary, el hijo de Esteban el ajusticiado?</p>

<p>Juan recibi&oacute; esas aquellas palabras como un golpe en pleno rostro y la mir&oacute; con rencor, pero ella sonri&oacute; y sus ojos ten&iacute;an una extra&ntilde;a luz c&aacute;lida y azul.</p>

<p>-S&eacute; que Dominick ha muerto... -dijo-. Creo que fue lo mejor para ella.</p>

<p>No sabr&iacute;a Juan decir por qu&eacute; una extra&ntilde;a opinaba en esa forma sobre ellos, as&iacute; que pregunt&oacute; entre indignado y confuso:</p>

<p>-&iquest;Por qu&eacute; hablas as&iacute; de nosotros los O'Leary?</p>
<p>-Porque ustedes son gente nuestra, como Popsi, como Rally, como los McClelland o como Cavanaugh... &iquest;Qu&eacute; m&aacute;s da? &iexcl;Tu madre ha descansado al fin, despu&eacute;s de una larga y penosa jornada!</p>

<p>Se hab&iacute;a acercado hasta &eacute;l y le miraba abiertamente a los ojos, sin recato, como una real se&ntilde;ora acostumbrada a mandar. Juan advirti&oacute; que en sus&nbsp; palabras y en su actitud, aquella criatura no ten&iacute;a la menor intenci&oacute;n de molestarlo; as&iacute; pues, tuvo que confesar:</p>

<p>-Es verdad..., ha descansado. No quer&iacute;a vivir ya y no ten&iacute;a porque vivir m&aacute;s.</p>

<p>-&iquest;Y t&uacute; qu&eacute; piensas hacer?..., &iquest;seguir&aacute;s con la tierra, con la casa, con el peso de los tuyos sobre tus solitarias espaldas?</p>

<p>Nuevamente le parec&iacute;a que&nbsp; ella se burlaba de &eacute;l, as&iacute; que con enfado replic&oacute; bruscamente:</p>

<p>-Seguir&eacute; adelante y por si te interesa, puedo bastarme a mi mismo...</p>
<p>Ella ri&oacute; de su enfado, y lo hizo alegremente.</p>

<p>-eres un incorregible irland&eacute;s, sombr&iacute;o y gru&ntilde;&oacute;n, con un profundo sentido f&uacute;nebre de las cosas y la gente.</p>

<p>Juan no pudo contenerse y la tom&oacute; por las manos bruscamente. Ella dej&oacute; de re&iacute;r. Sus azules ojos parecieron azules llamas de c&oacute;lera y trat&oacute; de zafarse diciendo:</p>

<p>-Y, adem&aacute;s, eres un campesino bruto y salvaje.</p>
<p>-&iquest;Qu&eacute; quer&iacute;as que fuera entonces? &iquest;Qu&eacute; otra cosa le permiten los ingleses a un irland&eacute;s para que pueda vivir?</p>

<p>-El mundo es grande. &iquest;o lo has reducido a este poblacho miserable? -grit&oacute; ella furiosa.</p>

<p>Ambos quedaron en silencio, mir&aacute;ndose a los ojos. Despu&eacute;s, Juan fue soltando lentamente las manos de ella, que se frot&oacute; las mu&ntilde;ecas enrojecidas mientras dec&iacute;a suavemente:</p>

<p>-tienen raz&oacute;n los que hablan de ustedes. Son b&aacute;rbaros rebeldes, pero en el fondo reconozco que deben serlo, Juan O'Leary. Si cambian alg&uacute;n d&iacute;a y reconocen que el tirano tiene sus derechos, Irlanda se habr&aacute; perdido para siempre. Por eso admir&eacute; tanto a Dominick O'Flynn.</p>

<p>Juan hab&iacute;a pasado insensiblemente de la ira a la humillaci&oacute;n y de &eacute;sta a la admiraci&oacute;n que despertaba en &eacute;l aquella muchacha, diferente a todas las que hab&iacute;a conocido.</p>

<p>-&iquest;T&uacute; la conociste? -pregunt&oacute;.</p>
<p>-La conoc&iacute;, y a ti tambi&eacute;n..., pero t&uacute; nunca me viste.</p>

<p>-&iquest;D&oacute;nde has estado? -pregunt&oacute; &eacute;l.</p>
<p>-Aqu&iacute;... -dijo ella se&ntilde;alando todo lo que la rodeaba- &iexcl;soy irlandesa, como t&uacute;..., como todos!</p>

<p>Se encamin&oacute; directamente hacia un pe&ntilde;asco y como si nada hubiera ocurrido se puso a cantar quedamente. Juan, atr&aacute;s de ella, ve&iacute;a sus cabellos revueltos por el viento, sus manos suaves y blancas ca&iacute;das sobre la falda, el perfil adolescente y gracioso y la boca reidora y alegre. La escuchaba con embeleso.</p>

<p align="center">Acushla, Acushla,</p>
<p align="center">Tu dulce voz esta llamando</p>
<p align="center">Me llama dulcemente</p>
<p align="center">Una y otra vez.</p>
<p align="center">Acushla, Acushla...</p>

<p>Un impulso ciego le hizo acercarse a ella, apoy&oacute; sus rudas manos en los hombros y la mir&oacute; profundamente. Sinti&oacute; que una desconocida ternura le invad&iacute;a y cay&oacute; de rodillas frente a ella, bes&aacute;ndole las manos que antes hab&iacute;a lastimado.</p>

<p>Ella apoy&oacute; su rostro sobre los cabellos y permaneci&oacute; quieta y silenciosa, como si tuviera miedo de romper el hechizo que los un&iacute;a.</p>

<p>Desde ese d&iacute;a se encontraron todas las tardes y se amaron con locura. All&iacute;, frente al horizonte donde se hac&iacute;a cristal el d&iacute;a, se olvidaban de todas las miserias, de todos los pesares y abr&iacute;an sus corazones a un mundo insospechado y nuevo...</p>

<p>-Deirdre..., &iexcl;si quisieras casarte conmigo! -pidi&oacute; Juan una vez.</p>
<p>-No me hables&nbsp; de eso, Juan... &iquest;No estoy contigo?</p>

<p>Ambos sab&iacute;an que estaban desafiando una situaci&oacute;n establecida. Entre ellos se abr&iacute;a un abismo, y pretender salvarlo era una locura; para borrar aquella impresi&oacute;n Deirdre reprochaba con ternura.</p>

<p>-Como buen irland&eacute;s quieres tener sobre mi derecho de propiedad, como si fuera un caballo o un pedazo de tierra..., sin embargo, nada es tuyo ni m&iacute;o. &iexcl;Todo es y ser&aacute; de los ingleses!</p>

<p>-Ser&aacute;..., hasta que podamos arranc&aacute;rselo de las manos.</p>
<p>-&iquest;Qu&eacute; esperan, pues?</p>

<p>Juan no supo qu&eacute; responder. &iexcl;Hac&iacute;a tanto que esperaban!, &iexcl;siglos de lucha sin orden ni sentido, a&ntilde;os de hambre, miseria y desesperaci&oacute;n!</p>

<p>-Conf&oacute;rmate con lo que te da la vida, Juan O'Leary.</p>

<p>Fueron d&iacute;as felices, semanas y meses. Popsi miraba maliciosamente la alegr&iacute;a de Juan, su nerviosismo, su asilamiento. A veces le esperaba largas horas en el soportal, porque Juan era el &uacute;nico que segu&iacute;a toler&aacute;ndolo y teni&eacute;ndole paciencia, y Popsi se hab&iacute;a esclavizado voluntariamente a la casa&nbsp; de los O'Leary.</p>

<p>Un d&iacute;a, Deirdre no lleg&oacute;. Juan la esper&oacute; enfadado primero, angustiado m&aacute;s tarde. Y desde entonces vivi&oacute; en un infierno. No volvi&oacute; a verla nunca m&aacute;s. Las tardes iban a morir en ese vac&iacute;o opaco y desabrido que hab&iacute;a sido su vida antes de conocer a Deirdre. Preguntar por ella hubiera sido ins&oacute;lito y atrevido, as&iacute; que tuvo que guardar en silencio si abatimiento y su congoja.</p>

<p>A veces no regresaba a su hogar. Permanec&iacute;a en su soledad hasta muy avanbzada la noche. No quer&iacute;a ver&nbsp; a nadie ni saber de nadie. &iquest;Qui&eacute;n podr&iacute;a darle raz&oacute;n de su adorada?</p>

<p>Una noche, sin embargo, Popsi le esper&oacute; hasta el alba. Bajo el soportal hab&iacute;a hecho fuego y se calentaba las manos temblorosas, su botella de whisky estaba casi agotada cuando lleg&oacute; Juan.</p>

<p>-He sabido algo que puede interesarte -dijo el vagabundo mirando de soslayo a Juan, y sin esperar respuesta continu&oacute;-; La se&ntilde;orita Johnston&nbsp; parte para Londres con su familia...</p>

<p>-&iquest;Qu&eacute; me importa a mi la se&ntilde;orita Johnston? -dijo Juan casi con un gru&ntilde;ido, mientras tomaba asiento frente a Popsi que le miraba interrogadamente.</p>

<p>-Tal vez te importe si sabes que ella se llama Deirdre...</p>
<p>Juan se levant&oacute; de un salto y mir&oacute; al vagabundo, conturbado por un extra&ntilde;o sentimiento de inquietud y de ira.</p>

<p>-&iquest;Qu&eacute; sabes t&uacute;&nbsp; de Deirdre?</p>
<p>-De ella, &iexcl;lo que ha dicho una de las criadas!</p>
<p>-&iquest;Qu&eacute; ha dicho? -pregunt&oacute; Juan tom&aacute;ndole bruscamente por los hombros.</p>

<p>-Que parece... parece -dijo enf&aacute;ticamente- que va a tener un hijo y que se ha negado a decir de quien puede ser el padre...</p>

<p>Juan no termino de escuchar aquellas palabras. Echo a caminar resueltamente hacia el poblado. Atr&aacute;s de &eacute;l Popsi caminaba a brincos, levantando su bast&oacute;n y tropezando, mientras trataba de contenerlo:</p>

<p>-Espera, Juanito, espera...</p>

<p>Pero Juan no le o&iacute;a ya. Corr&iacute;a dominado por un torrente de emociones encontradas y diversas. &iexcl;La raptar&iacute;a! Nadie ten&iacute;a derecho sobre Deirdre sino &eacute;l, Juan O'Leary, el hijo del ajusticiado.</p>

<p>Se detuvo frente a la vestusa casa del coronel Johnston, una mansi&oacute;n pesada y sombr&iacute;a, apagada y oscura a esas horas. Un peeler le salio al paso.</p>

<p>-&iquest;Qu&eacute;&nbsp; buscas? -pregunt&oacute;.</p>
<p>Popsi hab&iacute;a tratado en vano de alcanzarlo y lo miraba desde lejos hablar con el odiado peeler.</p>

<p>Juan se sobresalt&oacute;, pero reaccion&oacute; r&aacute;pidamente.</p>
<p>-No busco nada..., solamente quisiera saber de la familia.</p>
<p>-&iquest;En que pa&iacute;s del mundo vives t&uacute;? &iquest;En lo alto de las rocas o en los pantanos? &iquest;Y qu&eacute; inter&eacute;s tiene un pelafust&aacute;n como t&uacute;&nbsp; en la familia de su honor? &iexcl;Se han ido esta tarde y no volver&aacute;n nunca a este maldito lugar! Se han ido para siempre, &iquest;sabes? -y a&ntilde;adi&oacute; con desprecio-: Ya veremos si los campesinos pueden encontrar a otro amo como el coronel Jonatan Johnston...</p>

<p>Juan permaneci&oacute; como petrificado.</p>
<p>-&iquest;Sabes a d&oacute;nde se han ido? -pregunt&oacute; con voz casi suplicante.</p>
<p>-&iquest;Qui&eacute;n eres t&uacute; para preguntarlo? Michael Hegarty te podr&iacute;a informar si tienes alg&uacute;n negocio pendiente..., y ahora..., &iexcl;vamos..., vamos de aqu&iacute;! -dijo empuj&aacute;ndole con la culata del fusil.</p>

<p>Juan sinti&oacute; que su sangre se hab&iacute;a convertido en un torrente de amargura.</p>

<p>-Deirdre..., Deirdre... -exclamo con voz ahogada-, &iexcl;te amo!</p>

<p>Popsi hab&iacute;a llegado hasta &eacute;l y pas&oacute; su mano por su hombro en se&ntilde;al de amistad. &iquest;Qu&eacute; podr&iacute;a decirle el vagabundo para consolar ese dolor nuevo hasta entonces? &iquest;Q&uacute;e palabras pueden aliviar la pesadumbre de un amor truncado, la desolaci&oacute;n de una esperanza quebrantada?</p>

<p>Hundido en su derrota, Juan comprendi&oacute; que hab&iacute;a sido una locura pretender salvar aquel abismo. De si cari&ntilde;o enloquecido quedaba s&oacute;lo ceniza, agrio sabor ausencia sin adioses.</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-3-138127" title="Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 3">Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 3</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
			</p>
			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>batallon de san patricio</category>
				<category>guerra</category>
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		<pubDate>Mon, 20 Oct 2008 01:55:55 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San patricio (Patricia Cox) Capitulo 2</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-capitulo-2-133753</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p>Aqui les pongo el capitulo numero 2 de este para mi un gran libro, espero les guste yo seguir&eacute; subiendo los demas capitulos lo mas pronto posible mientrastanto espero sus comentarios.</p>
<p>--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;&nbsp;</p>
<p align="center">Capitulo 2</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">Un Patriota.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>


<p>-No volver&aacute;s a irte... &iexcl;Nunca m&aacute;s!&nbsp; &iexcl;Nunca m&aacute;s! -gimi&oacute; Dominick.</p>

<p>Juan no pudo separar sus ojos de aquel rostro austero, enflaquecido, de ojos profundamente azules y de atormentado mirar, la boca finalmente dibujada ten&iacute;a un extra&ntilde;o rictus y los labios le temblaban ligeramente. Sus manos curtidas acariciaban los cabellos de su esposa. En las mu&ntilde;ecas se advert&iacute;a claramente el castigo del hierro.</p>

<p>-No me ir&eacute;, Dominick... &iexcl;he venido a empezar de nuevo!...</p>

<p>Juan advirti&oacute; un estremecimiento que denotaba claramente el horro que Dominick sinti&oacute; ante aquellas breves palabras. Como impulsada por un violento empuje de inconformidad casi grit&oacute;:</p>

<p>-&iquest;Empezar de nuevo, Esteban O'Leary? &iquest;Acaso has terminado? &iquest;Y quien va a secundarte? Aquellos hombres nuestros que t&uacute; dejaste no est&aacute;n ya, los que quedan est&aacute;n viejos, enfermos y desencantados. Los j&oacute;venes no quieren o&iacute;r hablar del pasado u s&oacute;lo piensan en salir de aqu&iacute; en busca de la tierra de promisi&oacute;n. Dicen que es Am&eacute;rica, los dem&aacute;s no ambicionan nada: tienen alma de esclavos y han jurado fidelidad ala reina. Protestan en voz baja y nuestros sacerdotes predican la paz " a cualquier precio".</p>

<p>-Daniel O'Connel opina de distinta manera. Dios que ahora la lucha es pol&iacute;tica y que lograr&aacute; la uni&oacute;n de Irlanda a pesar de los irlandeses -dijo Esteban.</p>

<p>-&iquest;A pesar de nosotros mismos? &iquest;Qui&eacute;nes nos han empujado a la desesperaci&oacute;n?...., &iquest;Qui&eacute;n nos apart&oacute;, Esteban? -Al decirlo, le mir&oacute; angustiosamente, dolida de los largos a&ntilde;os de ausencia y separaci&oacute;n, y a&ntilde;adi&oacute;-: &iexcl;Tenemos derecho a un poco de felicidad... y para mi, la dicha toda es estar a tu lado!</p>

<p>Juan pens&oacute; en aquellas palabras de Dominick, provocadas por la desolaci&oacute;n y el abandono: &iexcl;Si yo fuera hombre!. El cambi&oacute; era brusco y rotundo: era, sobre todo, mujer y esposa. Esteban la mir&oacute; inundado de amor y ella le beso las manos.</p>

<p>-&iexcl;Mira c&oacute;mo te han dejado, amor m&iacute;o! -dijo al ver las marcas del hierro en las mu&ntilde;ecas. Despu&eacute;s reaccion&oacute; y habl&oacute; con voz muy suave, lenta, como si cada palabra le pesara en el alma-: Olvidaba que para nosotros no puede ni deber haber paz humillante. Perd&oacute;name. Esteban O'Leary. Es curioso que el tenerte otra vez conmigo me ha acobardado, me ha hecho sentirme mujer otra vez.</p>

<p>Esteban no respondi&oacute;. Le tom&oacute; las manos y ambos se miraron con infinita ternura. &iquest;Porqu&eacute; record&oacute; Juan aquel breve poema escuchando muchas veces de labios de su madre?</p>

<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p align="center">&iexcl;Ah, mirlo! Est&aacute;s alegre</p>
<p align="center">Con tu nido escondido entre matojos.</p>
<p align="center">Eremita, no ta&ntilde;es la campana:</p>
<p align="center">Dulce, suave y pl&aacute;cida es tu nota.</p>
<p align="center">&nbsp;</p>
<p>-&iexcl;Tu nota, eremita, que destruir&iacute;a el encanto de esta hora nunca vivida antes! -dijo completando el antiguo romance, mientras calladamente se retir&oacute; a su lecho.</p>

<p>-&iexcl;Ah, p&iacute;caro lepricorn!, &iquest;por qu&eacute; no has usado de tu magia y has limpiado el pa&iacute;s de invasores y nos dejas due&ntilde;os de nuestras tierras? -se pregunt&oacute; al cerrar los ojos y caer en las tinieblas del sue&ntilde;o.</p>

<p>Muy de ma&ntilde;ana Dominick baj&oacute; al pueblo sola. Era necesario comprar algo especial para agasajar a su adorado hu&eacute;sped. Sus ojos ten&iacute;an un reflejo profundo de felicidad. Los vecinos la saludaron extra&ntilde;ados de verla sola.</p>

<p>-&iquest;se te ha casado Juanito? -pregunt&oacute; el vagabundo Popsi.</p>

<p>Dominick sonri&oacute;, pero no respondi&oacute;, y sigui&oacute; adelante, de prisa, porque los minutos para ella se convert&iacute;an en horas.</p>

<p>Esteban y Juan se vieron por vez primera. Hasta ahora, los ojos del padre encontraban al hijo presentido apenas.</p>

<p>-Eres ya un hombre -dijo-. A tu edad, yo ten&iacute;a una esposa.</p>
<p>-Usted ten&iacute;a tierras.</p>
<p>-Es verdad. Las ten&iacute;a. A lo largo de los a&ntilde;os, a solas con mis pensamientos, he llevado sobre el coraz&oacute;n una carga muy pesada. Haber fracasado, y haberlos abandonado. Para una lucha como &eacute;sta, el hombre debe ser soltero. Ninguna mujer debe llorar nuestra ausencia, su soledad y su pobreza. Pero ya es tarde para regresar el camino andado... -dijo Esteban, sent&aacute;ndose frente a la mesa y mirando a Juan que, de pie junto a la chimenea, observaba aquel rostro tan viejo y tan nuevo, temeroso de que la magia del lepricorn lo hiciera desaparecer as&iacute; como lo hab&iacute;a echo llegar.</p>

<p>Parec&iacute;a irreal encontrarse de pronto frente a frente y teniendo tanto qu&eacute; decirse, no saber de que hablar. As&iacute; lo demostraban los grandes silencios en que, sin quererlo, se encontraban como sumergidos en una corriente extra&ntilde;a. De pronto, Juan hizo la pregunta en la que ambos pensaban:</p>

<p>-&iquest;Y si le encuentran, padre?</p>
<p>-Hay orden de disparar sobre cualquier fugitivo, &iquest;lo sabes? -despeus de un breve y pesado silencio, su padre dijo-: &iexcl;Nadie puede imaginarse la vida de un forzado, y Australia est&aacute; tan lejos que se pierde en el mar!. Si he de morir, prefiero que sea aqu&iacute; en la tierra de los m&iacute;os, donde est&aacute;n mi casa y mi familia. Tal vez s&oacute;lo a eso he venido, Juan: a morir aqu&iacute;. Estoy&nbsp; desencantado de todos y principalmente de mi mismo.</p>

<p>Alarg&oacute; sus manos enflaquecidas y tom&oacute;&nbsp; entre ellas las de Juan.</p>

<p>-Suceda lo que suceda, cuando el tiempo pase quiero que recuerdes esto: el hombre naci&oacute; para vivir libre, ese hombre soy yo, eres t&uacute;, somos todos los que luchamos y fracasamos, los que aun perdiendo, tenemos una esperanza. No s&eacute; a ciencia cierta que esperamos, pero creemos en algo que debe llegar un d&iacute;a, en la justicia que debe regir sobre los hombres, en la comprensi&oacute;n y tolerancia que hacen llevadera la convivencia humana y, a pesar de decirlo, yo no he sido tolerante porque no puedo convivir con quienes durante setecientos a&ntilde;os han explotado y envilecido a mi pueblo, contra quienes le han despojado de su cultura y de su fe, de su idioma y de sus tradiciones. Me asquea y me da lastima mi propia gente, derrumbada bajo el peso de su desgracia. &iexcl;Qu&eacute; contradictorio y &iexcl;qu&eacute; absurdo es todo! Luch&eacute; por la libertad y me deportaron, condenado a trabajos forzados. Am&eacute; la vida y me arrancaron de los que amaba y, a pesar de todo, espero que llegue un d&iacute;a la libertad y la paz. &iexcl;Y tengo miedo de no verlo!</p>

<p>Dejo caer la cabeza,&nbsp; abatido, y solt&oacute; la mano del hijo, que le hab&iacute;a escuchado bebiendo sus palabras, luego levant&oacute; los ojos y los fij&oacute; en Juan.</p>

<p>-No debo estar mucho tiempo aqu&iacute;. Quiero ahorrar a tu madre el trago mas amargo. He venido dispuesto a morir y huyo de quien puede hacerme la muerte menos dura, menos amarga... &iexcl;Ay!, Juan, &iquest;cu&aacute;ntas veces Cristo ha de redimir al hombre?</p>

<p>Juan le o&iacute;a extasiado. A nadie hab&iacute;a escuchado jam&aacute;s expresarse en esa forma, con palabras tan simples y tan bellas, como las de alguno de los antiguos poemas c&eacute;lticos, como se hablaba en los C&aacute;nticos de Ossian.</p>

<p>-&iquest;Pensar que nunca antes te hab&iacute;a visto, que jam&aacute;s pude hablarte? Y teniendo tanto de qu&eacute; decirte, no te he dicho si no mi propia pesadumbre. &iexcl;La comprender&aacute;s, porque eres un hombre y eres esencia de mi sangre! As&iacute; como ahora, te he visto siempre dentro de mi mismo, como el fin y la raz&oacute;n de mi esperanza. Despu&eacute;s de ti, nada sino el vac&iacute;o.</p>

<p>Juan sinti&oacute; arder sus manos por la fiebre, vio los ojos brillar como una luz lejana.</p>

<p>As&iacute; los encontr&oacute; Dominick, que regresaba del poblado. Todav&iacute;a no se sab&iacute;a nada de los reci&eacute;n llegados... Se arrodill&oacute; frente al esposo y pregunt&oacute;:</p>

<p>-&iquest;Crees que hay un ma&ntilde;ana?</p>
<p>-El hoy es lo &uacute;nico que nos pertenece... -dijo Esteban, inclin&aacute;ndose a besarla.</p>

<p>Juan les mir&oacute; fascinado. Hab&iacute;a descubierto una ternura desconocida en su madre, valerosa y aguerrida siempre, como un soldado. Se retir&oacute; a su habitaci&oacute;n sin que ellos se dieran cuenta y cay&oacute; en un sue&ntilde;o acogedor y profundo.</p>

<p>Le pareci&oacute; escuchar un disparo, pod&iacute;a ser, quiz&aacute;, cualquier ruido que perturbara su sue&ntilde;o; pero no tardo en o&iacute;r otro y otro m&aacute;s. Despert&oacute; sobresaltado, y unos golpes violentos a la puerta de su casa le pusieron de pie&nbsp; r&aacute;pidamente.</p>

<p>Se asom&oacute; a la ventana. Era apenas el alba, un amanecer sucio de nubes grises y de charcos sobre el camino.</p>

<p>&iexcl;Dominick O'Flynn! -grit&oacute; desde afuera una voz imperiosa-: &iexcl;Abre en nombre de la reina..., sabemos que tu marido est&aacute; en tu casa!</p>

<p>Junto a la puerta, Juan encontr&oacute; a su madre. La mir&oacute; r&aacute;pidamente y comprendi&oacute; que era de nuevo la mujer adusta de siempre.</p>

<p>Afuera otro grito:</p>

<p>-Disparen sobre todo aquellos que se mueva.</p>

<p>La puerta abierta dej&oacute; ver el rostro&nbsp; odiado y sanguinario de un peeler, con la bayoneta sobre el arma.</p>

<p>-En nombre de su majestad la reina... -dijo.</p>
<p>-Pasad, en nombre de Dios, que es el &uacute;nico que se venera en esta casa. -dijo Dominick, franque&aacute;ndoles la entrada.</p>

<p>-No escapar&aacute; con vida, Dominick... &iexcl;No escapar&aacute;! -dijo uno de ellos mientras arriba se escuchaban los pasos, el remover de muebles y las palabras groseras.</p>

<p>-Ha muerto hace mucho, y ustedes los irlandeses lo mataron -respondi&oacute; ella levantando el mandil sobre su rostro y cubriendo su cabeza en se&ntilde;al de dolor y desesperaci&oacute;n.</p>

<p>Y muerto estaba. Le sorprendieron al huir, no mucho m&aacute;s lejos del acantilado. Dominick iba entre los peeler que la custodiaban con lujo de fuerza. A Juan le hab&iacute;an atado los brazos ala espalda y lo llevaban a golpes tras de su madre.</p>

<p>Lo vieron tendido en unas angarillas, el cuerpo sangrante, acribillado por las balas asesinas. Entre el hoy y el ma&ntilde;ana hab&iacute;a transcurrido un breve tiempo, el alba apenas, tan breve que s&oacute;lo quedar&iacute;a se&ntilde;alando por m&aacute;s horas.</p>

<p>Dominick permaneci&oacute; silenciosa como una estatua. Sus labios se mov&iacute;an pronunciando solamente un nombre: &iexcl;Esteban... Esteban O'Leary!</p>

<p>Despu&eacute;s se arrodillo junto al cad&aacute;ver,&nbsp; mientras el pueblo entero desfilaba junto a ellos.</p>

<p>Para colmar la balanza inmisericorde de aquella turba que burlaba toda piedad y justicia, colgaron el cuerpo en un improvisto pat&iacute;bulo, "como un escarnio y una advertencia" -dijeron.</p>

<p>Dominick no se hab&iacute;a movido de su sitio. Parec&iacute;a petrificada, anonadada en el torrente de su propia angustia.</p>

<p>-&iquest;Qui&eacute;n lo dispuso as&iacute;? -pregunto Michael Hegarty, que no tard&oacute; en presentarse en el lugar.</p>
<p>-La justicia -le respondieron.</p>
<p>-&iquest;Qui&eacute;n le juzg&oacute;?</p>

<p>El silencio fue la respuesta. Pero el coronel Johnston hab&iacute;a llegado tambi&eacute;n. El pueblo le abri&oacute; paso respetuosamente. Era un hombre seco, de pocas palabras, que ejerc&iacute;a su autoridad sin abusos, y a pesar de ellos el pueblo no le amaba. Ten&iacute;a que pagarle el arrendamiento de sus propias tierras y esto era m&aacute;s que suficiente para odiarle.</p>

<p>Con los ojos penetrantes y dominantes mir&oacute; a los peeler y pregunt&oacute; al jefe:</p>

<p>-&iquest;Qui&eacute;n dio semejante orden?</p>
<p>El peeler trat&oacute; de excusarse:</p>
<p>-Es la ley, se&ntilde;or...</p>
<p>-Pero la ley tiene reglamento. &iexcl;Que ninguna mano se atreva a ejecutar a lo que yo debo disponer! &iexcl;Abajo ese cuerpo!</p>

<p>Los hombres obedecieron.</p>

<p>Dominick solo ten&iacute;a ojos para mirar a su marido, inerte como un fardo, destruido y miserable por una causa justa. El coronel Johnston se acerc&oacute; a ella.</p>

<p>-Ll&eacute;vate el cuerpo de Esteban O'Leary y dale cristiana sepultura. Dios sabe que hombres como &eacute;l no merec&iacute;an esa muerte.</p>

<p>&nbsp;Dominick no respondi&oacute;. Su rostro p&aacute;lido parec&iacute;a sin sangre y sus ojos estaban secos, como si de pronto la fuente de su llanto se hubiera agotado.</p>

<p>-Desatad al muchacho -ordeno Johnston.</p>

<p>Y Juan sinti&oacute; el martirio de su sangre corriendo bruscamente entre sus venas, pero permaneci&oacute; impasible, como su madre, Johnston les volvi&oacute; la espalda y subi&oacute; a su caballo. Michael Hegarty le sigui&oacute;.</p>

<p>Los vecinos ayudaron a Dominick en aquella penosa tarea. Estaba tan profundamente abatida, que parec&iacute;a no darse cuenta de todo lo que ocurr&iacute;a a su alrededor. Nada fall&oacute; para el velorio, y cualquiera que no hubiera sido ella, podr&iacute;a haberse sentido satisfecho de tan magnifico funeral.</p>

<p>-Hemos pensado mal de esta pobre gente -dijo Juan m&aacute;s tarde&nbsp; cuando todo hubo concluido y estuvo a solas de nuevo con su madre-, En el fondo, estamos estrechamente unidos, no se necesitan palabras para decirlo, las voluntades, aparentemente quebrantadas, se mueven en un solo y generoso impulso. Necesitan solamente un poco de esperanza, un poco de fe en sus hombres, en sus gu&iacute;as.</p>

<p>-Nada de eso puede devolverme a Esteban O'Leary. Todos ellos juntos no podr&iacute;an d&aacute;rmelo de nuevo - dijo.</p>

<p>Juan trat&oacute; de consolarla.</p>

<p>-Mi padre ven&iacute;a dispuesto a morir, &iquest;telo dijo acaso? &iexcl;Quer&iacute;a que sus cenizas descansarsaran en la tierra de los suyos, cerca de ti, a la que tanto am&oacute;!</p>

<p>Fue entonces cuando toda la f&eacute;rrea entereza de Dominick se quebrant&oacute;. Se dejo caer sobre el piso, donde Esteban Hab&iacute;a apoyado sus pies, junto a la mesa, y all&iacute; llor&oacute; desconsoladamente. Llor&oacute; hasta quedar sin lagrimas.</p>			<p>
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			</p>
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		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>batallon de san patricio</category>
				<category>guerra</category>
				<category>heroes</category>
				<category>irlanda</category>
				<category>libro</category>
				<category>mexico</category>
				<category>usa</category>
				<category>war</category>
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		<pubDate>Mon, 06 Oct 2008 04:27:04 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>Batallon de San Patricio. (Patricia Cox)</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-patricia-cox-131504</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p style="text-align: center;"><em>Capitulo 1. Nuevo despertar.</em></p>
<p style="text-align: center;"><em></em></p>
<p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p>Al estallido sigui&oacute; una luz violenta como un rel&aacute;mpago, y con ella, un dolor que parec&iacute;a rasgar su propia carne, intenso hasta el delirio; despu&eacute;s se dejo caer sin voluntad y sin defensa en una hoguera donde las llamas fueron convirti&eacute;ndose en sombras; luego, el silencio, la noche pesando en sus pupilas, en sus labios, en su mente.</p>
<p>&nbsp;Volv&iacute;a a la vida sin saber cu&aacute;ndo ni ad&oacute;nde.</p>
<p>La brisa perfumada le tra&iacute;a olores de campi&ntilde;a, el balar de los reba&ntilde;os, el canto de los&nbsp; gallos y alguna voz indefinida que iba a perderse a lo lejos en un paraje desconocido y remoto.</p>
<p>&nbsp;Su pensamiento gir&oacute; violentamente; su memoria, como una ruleta, se detuvo recordando un grito, un pa&ntilde;o tricolor flameando al viento, un disparo y esa nube&nbsp; roja, incandescente, que lo envolvi&oacute; consumi&eacute;ndolo en el olvido. &iquest;Hab&iacute;an pasado d&iacute;as o a&ntilde;os? Lo &uacute;nico que sab&iacute;a con precisi&oacute;n era que estaba herido, en tierra extra&ntilde;a, en un pa&iacute;s desconocido y hostil.</p>
<p>&nbsp;Hab&iacute;a tomado las armas en una guerra que le era ajena. La brecha abierta por las tropas de Zacar&iacute;as Taylor, en el fuerte de Santa Isabel, se hab&iacute;a convertido en un desierto hasta el Desfiladero de Pi&ntilde;ones. La aridez de la tierra ten&iacute;a espejismos distantes, y las noches pasaban de luceros y presagios. El odio estaba petrificado en rostros tallados en las rocas, en ojos calcinados en la arena; eran garras las espinas que florec&iacute;an en el yermo, y un sudario de ceniza el horizonte gris, donde el sombr&iacute;o perfil de la sierra era el filo de una amenaza en asecho.</p>
<p>&nbsp;Ser&aacute; insospechado el sitio donde estoy -pens&oacute;, recorriendo con la mirada la habitaci&oacute;n modesta y limpia, una como muchas de las que hab&iacute;a visto en pueblos y ranchos que cayeron al empuje del invasor. Caba&ntilde;as de gente pobre, de campesinos rudos convertidos en guerrilleros y de mujeres en cuyos rostros de hab&iacute;an desdibujado la sonrisa.</p>
<p>&nbsp;Tienen raz&oacute;n en odiarnos..., pero no somos enemigos; la fatalidad nos arrastr&oacute; hasta este pa&iacute;s desconocido donde los irlandeses no tenemos porque combatir, porque despojar, incendiar y saquear. &iexcl;Hemos dejado un mar de llanto a nuestro paso! -suspir&oacute;, pensando en los ojos que le miraron con rencor, en los rostros se&ntilde;alados con el hierro de marcar esclavos, en las manos ca&iacute;das y vac&iacute;as en los labios marchitos y sedientos. Esos ojos, espejo de todas&nbsp; las tristezas, le recordaron a su madre. All&iacute; estaba ella, en ese llanto silencioso, en esas manos lacias como flor tronchada. El rostro querido estaba fijo en su memoria, imborrable en el amor, aclar&aacute;ndose en su conciencia, preciso como si sus ojos lo miraran. Estaba adentro, como su sangre y su dolor.</p>
<p>&nbsp;Cuando un hombre llega a la vida -pens&oacute;-, siempre hay una mujer. La vida misma es como ella, d&eacute;bil y fuerte, amorosa y cruel. El hombre siempre tiene en sus recuerdos un nombre de mujer.</p>
<p>&nbsp;Ese rostro, borrado casi por los a&ntilde;os y la ausencia, volv&iacute;a de nuevo a su memoria. Hab&iacute;a sido tan suyo como su paisaje h&uacute;medo, su propia soledad y la locura de sus sue&ntilde;os de adolescente; era, a la vez, irreal como la niebla y el humo del hogar, como los duendes de las leyendas y la queja errabunda de las &aacute;nimas en pena.</p>
<p>&nbsp;De su ni&ntilde;ez miserable y amarga, de su juventud aniquilada, no le quedaba si no el melanc&oacute;lico recuerdo de Dominick O'Flynn, atareada siempre, porque dec&iacute;a ella que las mentes ociosas engendran malos pensamientos, y ella era joven, hermosa y asediada. Alguna vez su mano &aacute;spera y grosera, maltratada por la tierra y los quehaceres dom&eacute;sticos, se deten&iacute;a en los cabellos, la &uacute;nica caricia que le hac&iacute;a, le comunicaba energ&iacute;a y confianza en la lucha diaria que llevaban las cuestas.</p>
<p>&nbsp;Viv&iacute;an solos, alejados de la poblaci&oacute;n, en el ambiente h&uacute;medo y sombr&iacute;o de pantanos recobrados dif&iacute;cilmente para la agricultura, labrando una tierra que ya no era del todo suya, sorteando la miseria y el abandono con un valor ejemplar.</p>
<p>&nbsp;En la diaria oraci&oacute;n que recitaba Dominick frente al cazo donde humeaban las papas, daba gracias al Se&ntilde;or por la raci&oacute;n lograda como premio al fruto del trabajo, agradec&iacute;a tambi&eacute;n el techo que les cobijaba y ped&iacute;a por el padre ausente y perseguido; un nombre que era para Juan una a&ntilde;oranza y para Dominick un destino sin ma&ntilde;ana.</p>
<p>&nbsp;Juan estaba acostumbrado a esa vida hosca y silenciosa que interrump&iacute;an a ratos las visitas de los vecinos, hombres, mujeres y ni&ntilde;os que solicitaban invariablemente ayuda de aquella solitaria mujer. Les escuchaba charlar de los eternos e insolubles problemas del campo y la cosecha; y o&iacute;a a las mujeres quejarse de sus hombres, y los ni&ntilde;os hablar de las proezas realizadas en sus sue&ntilde;os al arrecho de cualquier desvelado lepricorn verde o rojo que pudiera sacarles de su miseria, d&aacute;ndoles un tesoro en relucientes monedas de oro.</p>
<p>&nbsp;A&ntilde;o con a&ntilde;o, el alboroto de la feria les llevaba al pueblo con sus mejores ropas. Dominick se miraba deslumbradamente hermosa con los cabellos recogidos en lo alto de su cabeza, como una dama, y vestida con el traje verde oscuro que hab&iacute;a sido el de sus bodas y que ella conservaba con esmera.</p>
<p>&nbsp;Iba ala feria a vender sus productos y sus animales y a pagar tambi&eacute;n la cuenta al administrador del coronel Johnson, deuda que casi siempre era mucho mayor de lo que esperaban.</p>
<p>&nbsp;-Te has salvado otro a&ntilde;o, Dominick -dec&iacute;a el administrador a la hora de las cuentas, cuando ella le entregaba relucientes monedas reci&eacute;n adquiridas-. &iexcl;Si aceptaras mi proposici&oacute;n no trabajar&iacute;as tanto y habr&iacute;a a tu lado un hombre que mirara por ti!...</p>
<p>&nbsp;-Mientras ese hombre sea mi marido, ninguno estar&aacute; a mi lado ni pisar&aacute; mi casa -respond&iacute;a ella sin alterarse.</p>
<p>&nbsp;-&iexcl;Hace a&ntilde;os que te abandon&oacute; y aun as&iacute; lo quieres!&nbsp; -insist&iacute;a el administrador sin preocuparse de la presencia de Juan que, todo o&iacute;dos, no dejaba escapar una sola de aquellas palabras, la gorra entre las manos y pegado a su madre como una sombra.</p>
<p>&nbsp;- No me abandon&oacute; y bien lo sabes, Michael Hegarty. Fue mas hombre que tu y eso lo perdi&oacute;. Si tuvieras verg&uuml;enza te abstendr&iacute;as de cobrar el dinero que sudamos los campesinos, y estar&iacute;as en Australia deportado.</p>
<p>&nbsp;Michael dej&oacute; la pluma sobre el escritorio y mir&oacute; retador a Dominick.</p>
<p>&nbsp;-Bien sabes que yo no los delat&eacute; -murmur&oacute;.</p>
<p>-&iexcl;Por el nombre de Cristo!, yo no he dicho tal cosa, aunque en algunos quede esa deuda...</p>
<p>-&iquest;Y qu&eacute; pod&iacute;a yo haber hecho?</p>
<p>-Combatir a su suerte como te correspond&iacute;a.</p>
<p>-&iexcl;OH, no! A dios gracias, no me agrada el papel de v&iacute;ctima. Vivo bien y tengo un puesto de confianza.</p>
<p>-Un puesto que un hombre honrado no admitir&iacute;a jam&aacute;s; si no hubiera hombres como t&uacute;, hace tiempo que Irlanda hubiera echado a los ingleses&nbsp; -a&ntilde;adi&oacute; Dominick con voz alta y en&eacute;rgica.</p>
<p>&nbsp;Entre el grupo de campesinos que esperaba su turno pacientemente, se coment&oacute; aquel dialogo que Juan solamente comprendi&oacute; en parte.</p>
<p>&nbsp;Michael Hegarty administraba los bienes del coronel Johnson, que era ingl&eacute;s y protestante, pero que cumpl&iacute;a como caballero cristiano con sus deberes de caridad y ten&iacute;a compasi&oacute;n de sus acreedores, una compasi&oacute;n llevada l&oacute;gicamente hasta cierto l&iacute;mite, pues de lo contrario, recurr&iacute;a a los peeler y hac&iacute;a lo que todos los terratenientes: desalojar a los morosos, arrasar sus caba&ntilde;as y quitarles todos los animales y cosas de valor, si algo valioso pod&iacute;an tener, para cobrarse el adeudo.</p>
<p>&nbsp;Cada a&ntilde;o, despu&eacute;s de la feria, segu&iacute;a el pago del arrendamiento, las admoniciones, las quejas y lamentos y las componendas. Dominick O'Flym trabajaba como un hombre, y como tal respond&iacute;a a sus compromisos. Se le miraba con respeto por su energ&iacute;a, por ser la mujer de un rebelde y tambi&eacute;n. Porque era mujer de letras, de all&iacute; que respondiera a Michael como deb&iacute;a.</p>
<p>&nbsp;-Agradece ala bondad del coronel el que est&eacute;s en tu propiedad a pesar de tu marido...</p>
<p>&nbsp;-El coronel y t&uacute; saben bien que Esteban O'Leary hered&oacute; esas tierras de su padre. Eran de ellos, por la concesi&oacute;n que se dio a los campesinos sobre los pantanos, y se dijo que no pagar&iacute;an impuestos. De no haber sido por la desventurada revoluci&oacute;n del 98, la tierra seguir&iacute;a siendo nuestra.</p>
<p>&nbsp;--Tu marido fue convicto -dijo Hegarty apartando de ella sus ojos y mirando hacia su libro de cuentas. Aquellas palabras parec&iacute;an mas una acusaci&oacute;n que una disculpa, pero Dominick no se arredr&oacute; y repuso:</p>
<p>&nbsp;-Eran hombres valientes, Michael Hegarty, hombres que creyeron en la fuerza de sus armas mas que en la polic&iacute;a de manos tendidas, hombres que quieren ser libres y luchaban por esa libertar, dondequiera que est&eacute;n...</p>
<p>&nbsp;En la oficina se levant&oacute; un murmullo de aprobaci&oacute;n. Michael cambi&oacute; entonces el tema y pregunt&oacute;, mirando a Juan:</p>
<p>&nbsp;-&iquest;Este es tu hijo?</p>
<p>-Dios le bendiga -respondi&oacute; ella acariciando con fuerte mano&nbsp; los cabellos del muchacho-. &iexcl;Es el &uacute;nico hijo que he tenido y quien me ayuda a salir adelante mientras las cosas cambian!</p>
<p>&nbsp;-Las cosas no cambiar&aacute;n, Dominick. &iexcl;Ya no hay valientes! -dijo Michael en un susurro de voz que s&oacute;lo ella escuch&oacute;, como si aquellas palabras dichas t&iacute;midamente hubieran evocado una &eacute;poca, una gloria y un triste destino que no le fue posible alcanzar.</p>
<p>&nbsp;Dominick sonri&oacute; enigm&aacute;ticamente y contest&oacute;:</p>
<p>&nbsp;-No todos son como t&uacute;, Michael Hegarty, que desertaste de las filas de la libertad para volver a las de los esclavos.</p>

<p>Los ojos de Michael parecieron arder y respondi&oacute; con ahogada c&oacute;lera:</p>

<p>-Tienes la lengua muy suelta, Dominick, y podr&iacute;a costarte caro.</p>

<p>-No m&aacute;s del precio que ya he pagado, y mientras seas t&uacute; quien me oiga y el coronel sea tu amo. Los dos, amo y siervo, me conocen bien.</p>

<p>-Te conocemos bien, &iquest;por el amor de Dios que s&iacute;!, pero abusas en el uso de tus palabras...</p>

<p>-Pago religiosamente un impuesto que no deber&iacute;a pagar y nunca les he pedido ayuda ni plazo alguno...</p>
<p>-respondi&oacute; ella con leve altaner&iacute;a mientras tomaba a Juan por los hombros y se dispon&iacute;a a marcharse. Ya en la puerta sonri&oacute; con profundo desprecio.</p>

<p>-&iexcl;Cu&aacute;nto dar&iacute;as por verla humillada, pidi&eacute;ndote siquiera una prorroga y logrando por la mala lo que nunca supiste por la buena!... &iexcl;Qu&eacute; hermosa venganza para ti!, &iquest;verdad, Michael Hegarty? -dijo una voz varonil al administrador, y a&ntilde;adi&oacute;-: Dominick O'Flym tiene mas valor que todos nosotros juntos.</p>

<p>Juan apenas alcanz&oacute; a escuchar aquellas palabras, pero el dialogo anterior le revel&oacute; mucho de su propia vida, ignorada hasta entonces, porque Dominick pretend&iacute;a no remover su pasado y le ense&ntilde;aba solamente a venerar y a esperar el regreso de su padre, con la ciega confianza de que volviera.</p>

<p>Juan hab&iacute;a advertido, adem&aacute;s, que hab&iacute;a en la localidad muchos hombres como Michael Hegarty que segu&iacute;an a Dominick con mirada codiciosa. El candor de Juan hab&iacute;a presentido las miradas de fuego; y mas tarde, ya adolescente, se dio cuenta cabal de aquel asedio y sinti&oacute; odio hacia todos aquellos que miraban a su tierra, cuando se ve&iacute;an precisarlos a emplear brazos extra&ntilde;os para levantar la cosecha.</p>

<p>-A ti te come la impotencia -le hab&iacute;a dicho el viejo Popsi, un vagabundo tuerto que conoc&iacute;a al dedillo de las habladur&iacute;as, los chismes y vidas de los vecinos-. &iexcl;Yo tambi&eacute;n creo que Esteban O'Leary volver&aacute; alg&uacute;n d&iacute;a!</p>

<p>Y Esteban O'Leary volvi&oacute; entre la lluvia, una noche muy cerca de San Juan, cuando los chicos se empe&ntilde;aban en acumular le&ntilde;a en sus tejavanas para prender las hogueras de esa noche: Hab&iacute;a tiempo que Juan hab&iacute;a ido al monte con otros muchachos , y al volver a casa hab&iacute;a encontrado en el pantano un pu&ntilde;al oxidado. La excitaci&oacute;n del hallazgo hizo a los muchachos disparatar sobre su posible procedencia. Alguno afirm&oacute; que no era sino el arma dorada de uno de los lepricorn rojos, tal vez el rey de todos ellos y el m&aacute;s temible.</p>

<p>-Esta noche se volver&aacute; de oro entre tus manos, y el lepricorn aparecer&aacute; para recobrarla. P&iacute;dele entonces tres deseos---, pero ten cuidado, porque son muy duchos para enredarte en tu propia ambici&oacute;n.</p>

<p>Juan hab&iacute;a guardado el arma bajo su camisa. Dennis Conaban se le acerco para preguntarle:</p>

<p>-&iquest;Qu&eacute; le pedir&aacute;s el lepricorn?</p>
<p>-No creo que existan...</p>
<p>-No digas eso..., pueden tomar venganza -digo Dennis francamente asustado-. &iexcl;S&eacute; de un hombre que los neg&oacute; y los lepricorn se metieron en su vida y no lo dejaron ni morir en paz.</p>

<p>Juan sonri&oacute; u observ&oacute; la seguridad de su amigo al mencionar a los astutos duendecillos.</p>

<p>-&iexcl;De verdad..., pregunta a Popsi! &iquest;Qu&eacute; les pedir&aacute;s?</p>

<p>Obedeciendo a un s&uacute;bito anhelo acariciado largos a&ntilde;os, Juan se llev&oacute; la mano al pecho y toc&oacute; la oxidada hoja met&aacute;lica mientras dec&iacute;a:</p>

<p>-Que vuelva Esteban O'Leary... &iexcl;Qu&eacute; yo lo conozca siquiera!</p>

<p>M&aacute;s tarde hab&iacute;a limpiado con aceite la hoja del pu&ntilde;al y la coloco sobre la mesa. Era un trofeo que le gustaba acariciar diariamente con la mirada y con los dedos, como si su filo mellado le diera una extra&ntilde;a energ&iacute;a.</p>

<p>Bajo la mirada apacible de su madre, Juan estudiaba con ahinco. Era el &uacute;nico entre los muchachos de la aldea que sab&iacute;a leer y escribir correctamente.</p>

<p>-&iexcl;Si nuestro pueblo no fuera tan ignorante -dec&iacute;a Dominick-, no ser&iacute;a enga&ntilde;ado tan f&aacute;cilmente por los ingleses y los traidores! Un pueblo que desconoce sus ra&iacute;ces, que ignora su pasado, est&aacute; perdido y es esclavo del desamor y de la ignorancia &iexcl;Ah...-suspiraba a veces-, yo deb&iacute; de haber nacido hombre!</p>

<p>-&iquest;Qu&eacute; hubieras echo, madre, de haberlo sido?</p>

<p>Dominick permaneci&oacute; un momento en silencio, luego dijo:</p>

<p>-Seguramente hubiera hecho lo mismo que tu padre porque a pesar de que la ausencia sigo siendo parte suya. Pero te aseguro que nunca me hubiera doblegado a la pol&iacute;tica de tolerancia, de sumisi&oacute;n a su majestad que me predican ahora los sacerdotes en la misa. Es indigno hacerlo cuando hay hombres desterrados, familias desechas, mujeres que sufren desamor y soledad. "La paz a cualquier precio", dicen, pero porque eso les permite vivir en paz, c&oacute;modamente. Ya no hay sacerdotes como aquellos del 98...</p>

<p>-Ahora vivimos en 1818...</p>
<p>-Es verdad. T&uacute; vas a cumplir veinte a&ntilde;os y ya eres un hombre. Esa edad ten&iacute;a tu padre cuando me case con &eacute;l... -le mir&oacute; con ansiedad, fijamente, y cuando pregunt&oacute;-: &iquest;no le recuerdas Juan?</p>

<p>Juan movi&oacute; la cabeza negando.</p>

<p>-Es verdad... eras apenas una criatura casi reci&eacute;n nacida. A veces pienso porque habemos mujeres que tenemos el atrevimiento de traer hijos a este mundo. Si alguna vez te pesa la vida, Juanito, recuerda que te pido perd&oacute;n humildemente y piensa tambi&eacute;n que la vida tiene su lado hermoso, fuerte, y que en alg&uacute;n lugar debe haber paz y abundancia...</p>


<p>Se levanto y atiz&oacute; el fuego, como si la voz se hubiera ahogado en su garganta, guard&oacute; silencio y tom&oacute; el rosario. Afuera, confundido entre el golpear de la lluvia, se escucho un leve golpe.</p>

<p>-Debe ser Sally..., estaba por nacer su criatura -dijo Dominick ech&aacute;ndose sobre los hombros un grueso chal de lana.&nbsp; Abri&oacute; la puerta y mir&oacute; hacia fuera, entre el cortinaje liquido que desdibujaba los contornos y las figuras. Juan se sorprendi&oacute; al escuchar un grito ahogado que parec&iacute;a un sollozo, un alarido, una queja. Se levant&oacute; violentamente y tom&oacute; la vela, cuya flama cubri&oacute; para protegerla del h&uacute;medo viento que entraba por la puerta entornada. No alcanz&oacute; a salir. Dominick penetr&oacute; seguida por un desconocido que le mir&oacute; fijamente. La voz de la sangre le grit&oacute; en las venas un nombre remoto, pero vivo en el recuerdo. Dos brazos rudos y fuertes le estrecharon contra el pecho y una humedad de lluvia y l&aacute;grimas le empap&oacute; el rostro.</p>

<p>-Por el amor de Dios, cierra la puerta. &iexcl;Que nadie te vea! &iexcl;Estos cobardes te entregar&iacute;an sin piedad al verdugo!</p>

<p>Al acomodar la vela sobre la mesa, la mano de Juan toc&oacute; el oxidado pu&ntilde;al y pens&oacute; en la pregunta lejana de Dennos CONABAN. Era rid&iacute;culo que siendo un hombre, ahora recordara la existencia de los lepricorn. &iexcl;Hac&iacute;a tanto tiempo que hab&iacute;a perdido la gracia que se le conced&iacute;a ahora! Pero al fin hab&iacute;a llegado. Esteban O'Leary dejaba de ser un sue&ntilde;o y entraba al mundo de realidad y formaba parte de su juventud, de su vida misma.</p>

<p>Volvi&oacute; los ojos y le mir&oacute; como si de pronto fuera a desvanecerse. Pero Esteban no le mir&oacute; siquiera. Cambiado con ropa seca, tomaba asiento frente al hogar, y Dominick, pose&iacute;da por la infinita ternura, reclin&oacute; su cabeza en sus rodillas y cerr&oacute; los ojos...</p>			<p>
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			</p>
			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>batallon</category>
				<category>irlanda</category>
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		<pubDate>Mon, 29 Sep 2008 00:16:55 +0100</pubDate>
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	<item>
		<title>El libro de Patricia Cox</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/libro-patricia-cox-129607</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p>Bueno, para aquel que me pregunto sobre donde conseguir la pelicula del batallon de San Patricio, pues bueno esa pelicula esta en youtube solo qeu esta en 12 partes de 9 minutos cada una, solo he visto una parte, la verdad no la he qeurido ver pues esta doblada por espa&ntilde;oles y no me gusta ese acento, es mejor y se los recomiendo qeu la busqeun subtitulada en ingles o con doblaje mexicano, pero de todos modos si esta interesante la pelicula.</p>
<p>Bueno, el motivo de mi ausencia pues es por la escuela pero ya me aliviane un pokito o eso creo yo, ok queiro darles la noticia o mejor dicho me gustaria mucho compartir con todos ustedes el libro de El batallon de San Patricio de Patricia Cox, esta basado en los echos reales de la guerra pero en forma de novela, muy buena para aqeullos que les guste leer, el problema esq no se halla en internet nisi queira en el ares, yo tengo el libro pero no en computadora y bueno lo que quiero decirles es que escribire capitulo por capitulo para que ustedes tambien puedan leerlo, ya qeu repito no se encuentra en ninguna parte..</p>
<p>Bueno, mientras tanto me agradar&iacute;a saber sus comentarios y pronto subire los capitulos, nos vemos despues cuidense.</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/libro-patricia-cox-129607" title="El libro de Patricia Cox">El libro de Patricia Cox</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
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		<author>Aang</author>
				<category>batallon de san patricio</category>
				<category>john riley</category>
				<category>mexico</category>
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		<pubDate>Mon, 22 Sep 2008 05:13:25 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>IN MEMORIAN</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/in-memorian-90565</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p style="text-align: center;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">IN MEMORIAN</p>
<p style="text-align: center;"><img src="http://www.patriagrande.net/mexico/san.patricio.jpg" border="0" alt="Al her&oacute;ico batall&oacute;n de San Patricio - 1847" width="170" height="172" /></p>
<p style="text-align: center;">-----------------------------------------------------------------------------------</p>
<p style="text-align: center;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;"><img src="http://www.gifss.com/banderas/mejico/mexico.gif" alt="" hspace="30" width="68" height="50" />&nbsp;<img src="http://www.gifss.com/banderas/irlanda/ireland.gif" alt="" hspace="30" width="68" height="50" /></p>
<p style="text-align: center;"><strong>El Heroico Batallon de San Patricio</strong>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">Akles, Hezekiah W. - Muri&oacute; por la patria<br />Aloif, C. - Muri&oacute; por la patria<br />Alvarez, Ignacio - Muri&oacute; por la patria<br />Antison, Patrick. - Muri&oacute; por la patria<br />Appleby, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Arce, C.D.N. - Muri&oacute; por la patria<br />Bachelor, Ramon B. - Muri&oacute; por la patria<br />Bachiller, Michael. - Muri&oacute; por la patria<br />Bartley, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Benedick, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Bingham, George. - Muri&oacute; por la patria<br />Bowers, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Brooke, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Burke, Richard. - Muri&oacute; por la patria<br />Burns, Michael. - Muri&oacute; por la patria<br />Calderon, Jose M. - Muri&oacute; por la patria<br />Casey, Patrick. - Muri&oacute; por la patria<br />Cassady, Thomas. - Muri&oacute; por la patria<br />Cavanaugh, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Chambers, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Conahan, Dennis. - Muri&oacute; por la patria<br />Cuttle, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Dalton, Patrick. - Muri&oacute; por la patria<br />Dalwig, George. - Muri&oacute; por la patria<br />Daly, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Delaney, Kerr. - Muri&oacute; por la patria<br />Donaley, Thomas. - Muri&oacute; por la patria<br />Doyle, Matthew. - Muri&oacute; por la patria<br />Duhan, Roger. - Muri&oacute; por la patria<br />Eglen, William. - Muri&oacute; por la patria<br />Ellis, Edward. - Muri&oacute; por la patria<br />Fany, Carlos. - Muri&oacute; por la patria<br />Fitz-Henry, Henry. - Muri&oacute; por la patria<br />Fischer, William. - Muri&oacute; por la patria<br />Fogal, Frederick K. - Muri&oacute; por la patria<br />Frantius, Marquis T. - Muri&oacute; por la patria<br />Fritz, Parian. - Muri&oacute; por la patria<br />Garretson, Robert W. - Muri&oacute; por la patria<br />Geary, August. - Muri&oacute; por la patria<br />Green, Joseph. - Muri&oacute; por la patria<br />Groot, Othon. - Muri&oacute; por la patria<br />Hamilton, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Hanley, Richard. - Muri&oacute; por la patria<br />Hart, Barney. - Muri&oacute; por la patria<br />Hogan, Roger. - Muri&oacute; por la patria<br />Hoginn, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Horacs, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Humphrey, James. - Muri&oacute; por la patria<br />Hynes, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Jackson, George. - Muri&oacute; por la patria<br />Keech, William H. - Muri&oacute; por la patria<br />Kelley, James. - Muri&oacute; por la patria<br />Kenny, Harrison. - Muri&oacute; por la patria<br />Klager, John W. - Muri&oacute; por la patria<br />Linger, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Little, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Longenhammer, Henry. - Muri&oacute; por la patria<br />Lusk, Elzier S.- Muri&oacute; por la patria<br />Lydon, Martin. - Muri&oacute; por la patria<br />Lynch, John. - Muri&oacute; por la patria<br />McClellan, Hugh. - Muri&oacute; por la patria<br />McCormick, John. - Muri&oacute; por la patria<br />McDonald, John. - Muri&oacute; por la patria<br />McDowell, Gibson. - Muri&oacute; por la patria<br />McDowell, James. - Muri&oacute; por la patria<br />McElroy, David H. - Muri&oacute; por la patria<br />McFarland, James D. - Muri&oacute; por la patria<br />McHeron, Edward H. - Muri&oacute; por la patria<br />McKee, Alexander. - Muri&oacute; por la patria<br />Macky, Laurence. - Muri&oacute; por la patria<br />McLachlin, Lachlin. - Muri&oacute; por la patria<br />Mahon, James. - Muri&oacute; por la patria<br />Maloney, Patrick. - Muri&oacute; por la patria<br />Manzano, Camillo. - Muri&oacute; por la patria<br />Mauray. - Muri&oacute; por la patria<br />Mejia, Enrique. - Muri&oacute; por la patria<br />Mestard, Augstin. - Muri&oacute; por la patria<br />Meyers, John A. - Muri&oacute; por la patria<br />Miles, Martin. - Muri&oacute; por la patria<br />Miller, James. - Muri&oacute; por la patria<br />Millett, Thoms. - Muri&oacute; por la patria<br />Mills, James. - Muri&oacute; por la patria<br />Milord. - Muri&oacute; por la patria<br />Moreno, Francisco. - Muri&oacute; por la patria<br />Morstadt, August. - Muri&oacute; por la patria<br />Murphy, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Neil, Peter. - Muri&oacute; por la patria<br />Neuer, Henry. - Muri&oacute; por la patria<br />Nolan, Andrew. - Muri&oacute; por la patria<br />O'Brien, Peter. - Muri&oacute; por la patria<br />O'Conner, Francis. - Muri&oacute; por la patria<br />O'Conner, William. - Muri&oacute; por la patria<br />O'Connor, Thomas. - Muri&oacute; por la patria<br />Ockter, Henry. - Muri&oacute; por la patria <br />O'Leary, S. - Muri&oacute; por la patria<br />O'Sullivan, Michael. - Muri&oacute; por la patria<br />Outhouse, William. - Muri&oacute; por la patria<br />Parker, Richard. - Muri&oacute; por la patria<br />Peel, Ireland. - Muri&oacute; por la patria<br />Popes, Henry. - Muri&oacute; por la patria<br />Price, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Rhode, Francis. - Muri&oacute; por la patria<br /><strong>RILEY, JOHN. - MURIO POR LA PATRIA</strong><br />Riley, Thomas. - Muri&oacute; por la patria<br />Rocher, Danaiel. - Muri&oacute; por la patria<br />Romero, Elizio. - Muri&oacute; por la patria<br />Rose, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Schaffino, Francisco. - Muri&oacute; por la patria<br />Schmidt, Herman. - Muri&oacute; por la patria<br />Sheehan, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Smith, Charles. - Muri&oacute; por la patria<br />Spears, James. - Muri&oacute; por la patria<br />Stevenson, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Sutherland, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Thomas, Samuel H. - Muri&oacute; por la patria<br />Thompson, Henry. - Muri&oacute; por la patria<br />Vader, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Venator, Henry. - Muri&oacute; por la patria<br />Vinet. - Muri&oacute; por la patria<br />Vosbor, John. - Muri&oacute; por la patria<br />Wallace, William A. - Muri&oacute; por la patria<br />Ward, Edward. - Muri&oacute; por la patria<br />Wheaton, Lemuel N. - Muri&oacute; por la patria<br />Whisler, Henry. - Muri&oacute; por la patria<br />Williams, Charles. - Muri&oacute; por la patria<br />Wilton, John England.- Muri&oacute; por la patria<br />Winnitt, Luis.- Muri&oacute; por la patria</p>
<p style="text-align: center;">&nbsp;</p>
<hr style="text-align: center;" />
<p style="text-align: center;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">"... Y t&uacute;, grupo marcial, querido grupo,<br />&iexcl;ramo de adelfas de la verde Irlanda,<br />hijos de San Patricio!, que con sangre<br />quisisteis bautizaros mexicanos;<br />alma de O'Conell, nuestra santa causa<br />era digna de ti ..."<br /><em>(Guillermo Prieto)</em></p>
<p style="text-align: center;">----------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>
<p style="text-align: center;">&nbsp;</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/in-memorian-90565" title="IN MEMORIAN">IN MEMORIAN</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
			</p>
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		<author>Aang</author>
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		<pubDate>Wed, 28 May 2008 22:23:06 +0100</pubDate>
	</item>
	<item>
		<title>El Batallon de San Patricio</title>
		<link>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-62463</link>
		<description>
			<![CDATA[
			<p>
Bueno quiero dedicar un peque&ntilde;o espacio para hablar algo de historia y no se vayan aburrir.<br />
<br />
Quiero hablar sobre unos herores que no son muy conocidos por la mayoria de las personas pero si son conocidos en la historia y es algo que que USA quiere olvidar quiere borrar de la histora pero mexico jamas lo hara.<br />
<br />
El batallon de San Patricio fue un grupo de inmigrantes irlandeses desertores del ejercito norteamericano unidos a mexico, durante la guerra mexico-estadounidense (1845-1847)<br />
<br />
En la dicha guerra estados unidos tomo como pretexto la invasion de carricitos donde soldados mexicanos capturaron una patrulla gringa pero dicha patruya estaba obstruyendo el territorio mexicano, ese fue el pretexto de estados unidos para declarar la guerra a mexico, segun ellos el ejercito mexicano habia invadido territorio norteamericano lo cual era mentira ya que carricitos pertenecia a mexico pero bueno los gringos solo usaron eso como pretexto.<br />
<br />
tengan en cuenta que los soldados norteamericanos contaban con armas mucho mejores que las de los mexicanos, el ejercito gringo derroto a la division del norte mexicana en la batalla de palo alto, y masacraban mujeres y ni&ntilde;os sin importarles nada ya que segun ellos lo de el alamo habia sido una masacre para sus compatriotas &not;_&not;..... tengan en cuenta que esas atrocidades que le hacian a los civiles mexicanos era la milica nortemericana es decir gente corriente ladrones y asesinos ya quellos soldados regulares no hacian tal atrocidad........<br />
<br />
El capitan irlandes de artilleria John Riley no estaba de acuerdo en declararle la guerra con razones expancionistas a un pais catolico como mexico , ademas de ver como se negaba la libertad injustamente y que poco podian hacer los soldados mexicanos ante tal ejercito conquistador pero que luchaban valientemente y sin exito. John riley fue el primer desertor del ejercito nortemericano para unirse a la causa de mexico que poco a poco empesaba a obetner soldados norteamericanos (en su mayoria irlandeses) presentandose ante los oficiales mexicanos que estos los recibian con gusto.<br />
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Los soldados iralndeses se unian a la causa de mexico ademas de luchar a lado de un pais catolico aunque sabian que perderian la guerra se quedaron a lado de los mexicanos ya que tambien los oficiales mexicanos al ver la hermandad religiosa hizo una campa&ntilde;a invitando a enliztarse al ejercito mex y acambio podian establecerse en mexico al igual que en EU.<br />
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Los soldados irlandeses se pusieron asi mismos &quot;El batallon de San Patricio&quot; enbanderados con &quot;ERIN GO BRAGH&quot; irlanda para siempre, luchando a lado de mexico. Participaron en 5 importantes batallas defendiendo con honor la causa mexicana.<br />
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La defensa de Churubusco(20 de agosto de 1847) fue la ultima ahi casi todos murieron, algunos fueron ahorcados pro traidores otros humillados y fusilados. Los soldados mexicanos trataban de rescatarlos al igual que trataban tambien de impedir que bajaran su bandera pero sin exito.<br />
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Se conmemora a los mas de 200 irlandeses que lucharon a lado de los meixcanos se comemora a los que &quot;Murieron por Mexico&quot;.<br />
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<em>(informacion sacada del libro &quot;la intervencion norteamericana en Mexico&quot; de Leopoldo Martinez C.)</em><br />
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Quiero dejarles aqui un video sobre el heroico batallon de san patricio grandes heroes, el video es de la peliculka ONE MAN'S HERO y la cancion de David Rovics espero que les guste.
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tambien les dejo la letra en espa&ntilde;ol por si quieren saber lo qeu dice..................<br />
El Batall&oacute;n San Patricio (Saint Patrick Battalion)David Rovics<br />
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Mi nombre es John Riley<br />
Uds. s&oacute;lo me escuchar&aacute;n un minuto<br />
Yo dej&eacute; mi querido hogar en Irlanda<br />
Era la muerte, el hambre o el exilio<br />
Y cuando llegu&eacute; a Am&eacute;rica<br />
Fue mi deber Entrar al Ej&eacute;rcito y arrastrarme a trav&eacute;s de Texas<br />
Para sumarme a la guerra contra M&eacute;xico<br />
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Fue all&iacute; en los pueblos y las colinas<br />
Que me di cuenta del error que hab&iacute;a cometidoSer parte de un ej&eacute;rcito conquistador<br />
Con la moral de una hoja de bayoneta<br />
As&iacute; que entre todos estos pobres cat&oacute;licos agonizantes<br />
Ni&ntilde;os gritando, el hedor a quemado por todos lados<br />
Doscientos irlandeses y yo<br />
Decidimos levantarnos para cumplir con nuestro deber<br />
<br />
(Estribillo)<br />
Desde la Ciudad de Dubl&iacute;n hasta San Diego<br />
Vimos c&oacute;mo se negaba la libertad<br />
As&iacute; que formamos el batall&oacute;n San Patricio<br />
Y peleamos del lado de los mexicanos<br />
<br />
Marchamos bajo la bandera de San Patricio<br />
Embanderados con &quot;Erin Go Bragh&quot;Brillantes con el harpa y el shamrock<br />
Y &quot;Libertad para la Rep&uacute;blica Mexicana&quot;<br />
Justo cincuenta a&ntilde;os despu&eacute;s de WolftoneA cinco mil millas de distancia<br />
Los yankis nos llamaron una legi&oacute;n de extra&ntilde;os<br />
Y ellos pueden decir lo que quieran<br />
<br />
(Estribillo)<br />
Los combatimos en Matamoros<br />
Mientras sus voluntarios violaban a las monjas<br />
En Monterrey y en Cerro Gordo<br />
Combatimos como los hijos de Irlanda<br />
Eramos los combatientes pelirrojos por la libertad<br />
Entre estas mujeres y estos hombres de piel marr&oacute;n<br />
Lado a lado peleamos contra la tiran&iacute;a<br />
Y me atrevo a decir que lo volver&iacute;amos a hacer<br />
<br />
(Estribillo)<br />
Los combatimos en cinco importantes batallas<br />
Churobusco fue la &uacute;ltima<br />
Aplastados por los ca&ntilde;ones de Boston<br />
Ca&iacute;mos con cada explosi&oacute;n del mortero<br />
Casi todos nosotros morimos en esa colina<br />
Al servicio del estado mexicano<br />
Tan lejos de nuestra tierra ocupada<br />
Fuimos h&eacute;roes y v&iacute;ctimas del destino<br />
<br />
byee eso es todo comenten si pasan por aqui.
</p>			<p>
			Leer <strong><a href="http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-62463" title="El Batallon de San Patricio">El Batallon de San Patricio</a></strong> en <a href="http://cuatronaciones.obolog.com" title="en memoria del Batallon de San Patricio">ALberto</a>
			</p>
			 ]]>
		</description>
		<author>Aang</author>
				<category>batallon</category>
				<category>battalion</category>
				<category>guerra</category>
				<category>hero</category>
				<category>mexico-usa</category>
				<category>war</category>
				<comments>http://cuatronaciones.obolog.com/batallon-san-patricio-62463#formulario</comments>
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		<pubDate>Tue, 19 Feb 2008 01:00:27 +0100</pubDate>
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